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La fuerza moral de la juventud nicaragüense contra Ortega-Murillo

Por Manuel Sandoval Cruz

Nicaragua experimenta una segunda dictadura. En menos de cuarenta años se asentó una tiranía familiar en el país: los Ortega-Murillo que relevaron en la cultura dinástica nicaragüense a los Somoza. Con justa razón, el periodista Stephen Kinzer en su artículo “Dinastías peligrosas” que apareció en The Boston Globe (17 de agosto de 2016), dijo: “Ahora Nicaragua está reclamando su título como campeón del hemisferio en tiranías familiares”. De modo que, coincidimos con lo que escribe don Edmundo Jarquín en El régimen de Ortega: ¿una nueva dictadura familiar en el continente? (Jarquín, 2016), que dice: “Acertó (Tomás Borge) en cuanto a la perpetuidad, porque Ortega ha demostrado que no piensa abandonar el poder, más bien lo ha venido organizando de manera personal, familiar y con pretensión dinástica”.

En el artículo “La ruptura del orden constitucional en Nicaragua” que escribí en coautoría con mi amigo, Juan Barberena Gutiérrez, señalamos la violación de Ortega a la Constitución a través del Decreto 03-2010 que prorrogó el periodo de los funcionarios cuando existía una prohibición taxativa en la Constitución. Dicho de otra manera, la alteración del orden constitucional no se ha dado a raíz de la represión ordenada desde el 18 de abril del 2018. Abril demostró ante el mundo lo que los nicaragüenses sabíamos: que no había Estado de Derecho, la institucionalidad democrática era inexistente y que, desde hace años, había una silente como evidente represión a la población.

El desmantelamiento de las instituciones y la sumisión del resto de poderes del estado al Ejecutivo, evidenció la cooptación del estado que ocasionó el ascenso al poder de Daniel Ortega por medio del Pacto Alemán-Ortega. Muestra de lo referido es la sentencia de la Corte Suprema de Justicia que resolvió dejar como inconstitucional el artículo de la Constitución que prohibía la reelección presidencial. Pero el poder, Ortega no solo lo ha sostenido a base de  los fraudes electorales, si no por medio de la fuerza (policial y del ejército), como el “Modelo de Diálogo y Consenso” entre el gobierno y el sector privado (hoy opositor a la dictadura).

La obra “El Régimen de Ortega” detalla de manera exacta los principales problemas que Ortega ha ocasionado con el control total del poder. Sin embargo, ninguno de los autores del libro imaginaron el horror y el espanto en que se vive desde la represión a la Universidad Centroamericana (UCA), en Camino de Oriente, Matagalpa y León, la noche del 18 de abril que las turbas obedecieron para atacar a quienes ejercían el legítimo derecho de la protesta. En los sucesivos días, las violaciones fueron sistemáticas contra el derecho a la vida, la libertad de expresión, de reunión y asociación, la libre circulación, entre otros. Dicho de esta forma, la cruel represión se intensificó contra los universitarios y la juventud que luchaba contra las reformas del seguro social, pero que el 19 de abril se convirtió en una exigencia moral el hecho de reclamar justicia por nuestros primeros asesinados.

Es menester decir que, antes de abril, la juventud nicaragüense era muy poca activa en los temas de la cosa pública. El artículo “Relevo generacional: ¿liderazgo o servilismo?” que publicó en 2012 Cristiana Guevara-Mena, detalló cómo la vieja escuela concebía el papel de la juventud nicaragüense en el quehacer político. Escribió: “hemos sido utilizados como carne de cañón, jauría entrenados al ataque, y somos enviados a hacer plantones, a actuar como turbas delincuentes, rezar en las rotondas, saturar plazas, y llenar el espacio para un spot publicitario. Lo peor de todo es que a falta de criterio propio, somos fácilmente manipulables para votar a favor o en contra de un candidato en temporada de elecciones” (Guevara-Mena, 2012).  Guevara-Mena nos describió como una clase política sometida a la vieja y mala escuela que hoy estamos relevando. Sin embargo, algo nuevo está naciendo en Nicaragua y parece no detenerse hasta lograr la refundación legítima de la República.

Pero, ¿quién es Daniel Ortega Saavedra, a quien la juventud nicaragüense encaró? La mejor descripción la encuentro en la introducción del libro de Fabián Medina:

Daniel Ortega es, para bien o para mal, uno de los más importantes personajes de la historia de Nicaragua. Ortega también es un personaje omnipresente en la Nicaragua de estos últimos doce años. Todos los días oímos de él. Todos los días lo nombramos por alguna u otra razón. Determina en gran medida nuestras vidas. Su nombre y su rostro están en vallas de calles y carreteras de Nicaragua, en los noticiarios y los periódicos. Es querido por unos y odiado  por otros. Y sin embargo, es un gran desconocido. Poco se sabe de su pasado. (Medina Sánchez, 2018).

Sin embargo, a Ortega no se le puede estudiar lejos de Rosario Murillo, la consorte, la “eternamente leal” como la llamó el mismo dictador. Fabián Medina Sánchez nos dirá de ella:

Ambos (Daniel y Rosario) se complementan. Ortega encontró en Murillo lo que a él le faltaba. Y Murillo encontró en Ortega el vehículo que necesitaba”. De tal manera que, aquellos que se conocieron un día de 1977 en Venezuela y que Murillo dijera de aquel primer contacto “su flacura, su magnetismo, para mí electrizante”.

Daniel y Rosario han liderado una represión sin precedentes en la historia de Nicaragua. El problema no solo es Daniel o las ansias de poder de Murillo, él yace en la cultura nicaragüense y pretende arrancarse desde raíz con la juventud a la vanguardia de esta resistencia. Todo ello, por supuesto, gracias a los cursos de liderazgo, políticas públicas, a esos espacios de reflexión donde se diseccionaba lo endémico de la cosa pública. Fue, es y será a las ganas de estudio, de pensamiento crítico, a la lectura y la búsqueda de conocimiento que hoy tenemos una generación menos sometida, menos sumisa y más consciente de su rol en esta lucha cívica y pacífica.

Sin embargo, la vieja escuela de la política, la heredera de la corrupción, de pactos, de cúpulas e impunidad, no cesa sus ataques contra los referentes morales de esta lucha. Quieren usurpar el liderazgo juvenil porque son, al igual que Daniel y Rosario, fruto de la lucha del poder por el poder. Esta calamidad generacional que hoy nos ataca y nos quiere hacer de un lado, son la casta política que debería sentir vergüenza por los horrores de su pasado, por las muertes que justificaron y las impunidades que permitieron.

La literatura nicaragüense ha descrito esa etapa de la política nicaragüense de muchas formas. Así, por ejemplo, Ángela Saballos en su obra Conversaciones con 9 creadores, destaca las palabras de Claribel Alegría (1924-2018):

Todos estábamos con esa maravilla que había pasado en Nicaragua y veníamos aquí y nos reíamos y llorábamos. ¡Y no había nada!... Pero no importaba, porque era la esperanza. Todos queríamos colaborar. Esos años fueron muy difíciles pero muy lindos. Los que estaban gobernando decían que todo lo querían por Nicaragua. Ellos estaban dispuestos a dar su vida por Nicaragua… Algo nuevo estaba sucediendo que no había ocurrido hacía muchos años en América Latina. Fue algo muy nuevo, mágico y limpio. Por eso mucho de nosotros nos ha dolido tanto lo que pasó después. (Saballos, 2017).

Y Sergio Ramírez Mercado en Adiós muchachos va hacer suyas las palabras de Dickens en Historia de dos ciudades (1859): “fue el mejor de los tiempos, fue el peor de los tiempos; fue tiempo de sabiduría, fue tiempo de locura; fue una época de fe, fue una época de incredulidad; fue una temporada de fulgor, fue una temporada de tinieblas; fue la primavera de la esperanza, fue el invierno de la desesperación”. (Ramírez Mercado, 1999).

Pero lo que hoy vivimos es una agonía, un olor a muerte por las calles de Nicaragua, una juventud en los cementerios, las cárceles, en la clandestinidad y en el exilio. Durante la Revolución Popular Sandinista hubo toda clase de violación a los derechos humanos. En Agonía en Rojo y Negro, una obra bajo la recopilación de Mario Alfaro Alvarado, detalla los nombres los ciudadanos nicaragüenses detenidos por los sandinistas en 1980, 1981 y 1982; la lista de 266 nicaragüenses prisioneros pasados a la orden de los tribunales populares antisomocistas. De igual forma, las 31 muertes no esclarecidas, según la CPDH de entonces,  cuyas detenciones fueron el 22 de octubre (entre el Cuá y San José de BOCAY) y el 1 de diciembre, Sébaco de 1983. Sin embargo, los comandantes, para 1981, ante una delegación de la OEA que visitó Nicaragua, justificaron los asesinatos desde 1979 como producto de un calor vengativo de las pasiones para saldar acciones similares perpetradas por algunos guardias somocistas. (Alfaro Alvarado, Agonía en Rojo y Negro, 1986). El mismo Daniel Ortega justificó su complicidad en el asesinato de Gonzalo Lacayo bajo la anterior premisa.

Abril de 2018 ha sido una esperanza nueva para los nicaragüenses. Estos errores y horrores del pasado son y serán siempre la antítesis de nuestros ideales, de nuestras conquistas, de hacer por fin avanzar a la “Bicicleta estacionaria”, como metafóricamente, denomina a Nicaragua el Dr. Alejandro Serrano Caldera. Pese a esto, el pasado siempre regresa en su faceta igual o peor. Alfaro Alvarado al final de su prólogo, también revela las ignominias que vivieron los sacerdotes y obispos católicos: “Que busquen el testimonio del Cardenal Miguel Obando y Bravo, de los sufridos y vilipendiados Obispos nicaragüenses, de los sacerdotes perseguidos, amenazados, expulsados y denostados por la propaganda gobiernista”. (Alfaro Alvarado, Agonía en Rojo y Negro , 1986). Entonces es cuando extendemos el exilio forzado de monseñor Silvio Báez, las balas en la camioneta del obispo Abelardo Mata, lo asedios a las actividades religiosas de monseñor Rolando Álvarez, o el exilio, amenazas, detenciones arbitrarias y toda clase de hostigamiento a los sacerdotes que se oponen a la dictadura.

Nuestro mayor desafío no se trata de quitar a Ortega-Murillo, el mayor reto de la juventud es no caer en las garras del engaño populista. Fabián Medina Sánchez dirá en el prólogo de El Preso 198: “El problema no es Daniel Ortega… el problema somos nosotros. Si no hubiese existido Daniel Ortega estaría otro. Y eso no va a cambiar mientas nosotros no dejemos de crear los Somoza, los José Santos Zelaya, los Emiliano Chamorro o los Daniel Ortega” (Medina Sánchez, 2018). Es ese el principal temor de creer que la lucha la ganemos  si  ungimos a ese mesías, o creer que ya vienen predestinados para ser redentores de Nicaragua y que ello está dentro del liderazgo emergente de abril a la fecha. La cuota de cambio y de sacrificios por la reconstrucción de la nación pasa por todos, sin importar Lesther Alemán, Medardo Mairena, Francisca Ramírez, algún preso o alguien del exilio. En Nicaragua debe terminar ese mesianismo que ha destruido durante décadas de la política nacional. Hay que cerrar los ciclos de castas, élites y grupos fácticos decidiendo por toda la sociedad. Es por ello que no hay que caer en las garras del populismo que “en muchas partes –como dijo Mario Vargas Llosa- a pesar de todas las pruebas de que el populismo, sea de derecha o de izquierda, es un rotundo fracaso”. Y, Enrique Krauze dirá que el populismo engaña porque secuestra la verdad.

No obstante, si no existe una estrategia con sentido común que nos permita ir desplazando al populismo de nuestras sociedad, seguiremos viendo que en países como Venezuela, la Argentina de los Kirchner, Bolivia, Ecuador o Centroamérica, Nicaragua y otros países, el antiyanquismo ha sido –y seguirá siendo- la estratagema perfecta de los líderes populistas para justificar la incompetencia y la devastación institucional y para distraer la atención de la corrupción. (Kaiser & Álvarez, 2016). Nada ajeno, pues, a la realidad nicaragüense cuando en los inicios de la rebelión de abril, el gobierno culpaba  a Estados Unidos por financiar las protestas.

Pese a todo lo vivido, sabemos que esto nuevo que cada día se fortalece como el embrión en el cuerpo de una mujer hasta el parto que es dolor y alegría, Nicaragua va gestando su libertad en medio del régimen sandinista en su segunda versión. Tal como se le quiera llamar, hemos comprobado que el sandinismo, como le dijo Mario Vargas Llosa a Ángela Saballos cuando le preguntó sobre el posible regreso de Ortega a la Presidencia: “Cuando vine a Nicaragua (en los 80) sentí que el sandinismo no iba con la democracia, pero ahora la vive Nicaragua. Esto es muy positivo y tengo esperanzas de que los nicaragüenses no quieran regresar a situaciones que han vivido antes”. (Saballos, 2017). Pese a esa aseveración de Vargas Llosa y con justa razón nos llamó en su discurso de aceptación del Nobel de Literatura en 2010, “seudo democracia payasa”, los nicaragüenses hemos revivido el calvario de una dictadura, similar o peor que a la de los Somoza.

El Premio Cervantes 2017, Sergio Ramírez Mercado publicó “Algo nuevo va nacer”, un extenso y enriquecedor ensayo en la Revista Ágrafos. En él dijo de la crisis que hoy vivimos: “Hoy, esta nueva tiranía enfrenta una insurrección que alcanza a todos los sectores sociales, pero el círculo vicioso de las guerras civiles parece romperse por primera vez. Se trata de fuerzas policiales y paramilitares armadas con fusiles de guerra, que actúan en conjunto, en contra de una población desarmada. Esta lucha desigual ha tenido un costo excesivo para un país tan pequeño, de apenas 6 millones de habitantes: más de 400 muertos en cien días. Pero es una lucha fundamentalmente cívica, esa es la novedad. Una novedad que es una esperanza”. Y, más adelante agrega el valor de la juventud nicaragüense en esta nueva lucha por liberarnos de otra dictadura: “La Nicaragua de paramilitares encapuchados y jóvenes asesinados por francotiradores o secuestrados de sus casas, nunca la hubiéramos imaginado cuando luchábamos por la utopía de la revolución hace cuarenta años. Los de hoy, perseguidos a muerte, son jóvenes como nosotros entonces, una generación que, igual que esta, convirtió sus ideales en convicciones, la primera de ellas una sociedad justa e igualitaria, libre de la maldición de la familia Somoza y de todo el caudillismo autoritario del pasado”. (Ramírez Mercado S. , 2018).

Esta nueva historia que hoy escribimos con la sangre de nuestros asesinados, de la herida que aún no cierra de los desaparecidos y presos, del dolor del sentirnos apátridas en este exilio, siempre valdrá la pena en las páginas de la historia nicaragüense. La nueva estirpe sangrienta (los Ortega-Murillo) y la juventud que hoy se alza contra la tiranía, la barbarie y el totalitarismo, será recordada y cuando pregunten y diga del porqué de esta resistencia, digamos con las  palabras de Pedro Joaquín Chamorro: “que sirva para explicar a los hijos de los que han muerto asesinados por los [Ortega Murillo], el porqué del sacrificio de sus padres”. Es porque Nicaragua vuelva –o logre ser- República.

El reto es grande, enorme, pero la juventud y el pueblo nicaragüense se alzarán con la victoria. Aquella profecía de Darío que las generaciones futuras proclamarán la paz, ya se va vislumbrando en la Nicaragua. Es por ello que, concluyo citando a Cristiana Guevara-Mena: “debemos (los jóvenes) representar algo distinto, golpear la mesa e imponernos con ideas irrefutables y protestar contra el sistema actual. No dejemos que los comportamientos tradicionales arcaicos y mediocres abrumen nuestra personalidad como nuevos políticos. La forma idónea de pensar por nosotros mismos es educándonos para desarrollar criterio y carácter. Es la única manera de generar cambios positivos y sustanciales en la política y, sobre todo, en nuestras vidas. No hay otra manera”. (Guevara-Mena, 2012).

El autor es universitario exiliado.

Bibliografía

Alfaro Alvarado, M. (1986). Agonía en Rojo y Negro. San José, Costa Rica.

Alfaro Alvarado, M. (1986). Agonía en Rojo y Negro . Sam.

Guevara-Mena, C. (28 de Julio de 2012). Ensayos políticos . Obtenido de http://ensayospoliticosbilingues.blogspot.com/2012/07/el-relevo-generacional-liderazgo-o.html#.XMDiiTBKjIU

Jarquín, E. e. (2016). El régimen de Ortega/ ¿Una nueva dictadura familiar en el continente? . Managua : PAVSA.

Kaiser, A., & Álvarez, G. (2016). El engaño populista . Bogotá, Colombia : Editorial Planeta Colombiana .

Medina Sánchez, F. (2018). El Preso 198/ Un perfil de Daniel Ortega. Managua : Imprenta Comercial la Prensa.

Ramírez Mercado, S. (1999). Adiós muchachos . México : Aguilar .

Ramírez Mercado, S. (23 de Noviembre de 2018). Revista Ágrafos. Obtenido de https://www.revistaagrafos.com/sergio-ramirez-algo-nuevo-va-a-nace

Saballos, Á. (2017). Conversaciones con 9 creadores . Managua : anama.

Manuel Sandoval Cruz (Nicaragua, 1995). Es estudiante universitario de Derecho en el exilio. Fue expositor sobre Rubén Darío en el XII Festival Internacional de la Poesía de Granada ;en 2016 del Foro Debate "La Juventud toma la palabra" que coordina el filósofo nicaragüense Alejandro Serrano Caldera en la Universidad Americana (UAM). En 2018 fue expositor en el Colegio de Profesionales en Psicología de Costa Rica para hablar sobre migración y derechos humanos. Sus artículos de opinión han sido publicados por La Prensa, Confidencial y Revista Cultura Libre (Nicaragua); La Nación, Semanario Universidad y La Nueva Prensa (Costa Rica); El Pulso (Honduras) y República Económica (Argentina). Su primera reseña fue sobre el libro de cuentos Alrededor de la medianoche y otros relatos de vértigo en la historia que apareció en El Pulso y luego en la Revista Temas Nicaragüenses. Es coautor del artículo La ruptura del orden constitucional en Nicaragua. Su artículo «Monseñor Silvio, el buen pastor" fue publicado en Honduras, Nicaragua y Costa Rica.