© 2019 by ÁGRAFOS
 

  • Twitter Clean

Follow us on Twitter

​Follow us on facebook

  • w-facebook

Algo nuevo va a nacer

Por Sergio Ramírez

I

Si me preguntan cuándo se arruinó el proyecto de nación democrática en Nicaragua, yo diría que desde el principio mismo de la república, cuando comenzaron las luchas de poder entre liberales y conservadores que desembocaron en guerras civiles, y luego los golpes de estado, las constituciones abolidas y suspendidas, los estado de sitio, las masacres de prisioneros, los exilios forzados.

 

En mis años de Berlín escribí un ensayo acerca de Centroamérica al que llamé Balcanes y Volcanes, una historia de constantes inquinas que, tras la independencia en 1821, llevaron a una sangrienta e inútil guerra encabezada por el general Francisco Morazán empeñado en unir a las cinco provincias dispersas en una República Federal, lucha de años que culminó con su fusilamiento en 1842.

Cinco países volcánicos por explosivos y generadores de catástrofes, enfrentados con encono, aislados y dispersos, que siguieron entregados a las guerras en un largo período de anarquía hasta mediados del siglo diecinueve, cuando la invasión de las huestes del filibustero esclavista William Walker logró el arduo milagro de volver a juntarlos por el tiempo suficiente para expulsar a los invasores.

 

Al centro de esa cordillera ígnea, como un cráter rebosante de lava ardiente, dispuesto siempre a estallar, ha estado siempre y desde entonces Nicaragua. El régimen colonial no le heredó ninguna unidad política, y menos condiciones de estabilidad, ya no se diga instituciones. Si a lo largo de nuestra historia contamos los gobiernos democráticos que no se han basado en la pretensión del acaparamiento del poder y en la represión, nos sobrarían dedos en una sola mano.

Pero las tiranías sobran. Uno de esos dictadores del siglo diecinueve, el coronel Casto Fonseca, que se impuso sobre las instituciones civiles que nunca terminaron de cuajar, se ascendió el mismo al grado supremo de Gran Mariscal y se vestía con atuendos de opereta.

A las asonadas y los golpes de estado se les llamó siempre revoluciones, y cuando lo fueron de verdad, como la revolución liberal de 1893, su caudillo máximo, el general José Santos Zelaya, la confiscó a los pocos meses declarándose con derecho a la reelección perpetua, aboliendo la nueva constitución democrática celebrada como “la libérrima”. Reelegirse, quedarse para siempre, encarcelar a los adversarios, suprimir el derecho a la disidencia, ha sido hasta hoy la marca imborrable de la historia de Nicaragua.

No le faltó talante reformista a Zelaya, como liberal ilustrado que era. “El Presidente era hombre de fortuna, militar y agricultor, mas no se crea que fuese la reproducción de tantos tirano y tiranudo de machete como ha producido la América española. Zelaya fue enviado por su padre desde muy joven a Europa; se educó en Inglaterra y Francia, sus principales estudios los hizo en el colegio Hoche de Versalles…”, cuenta de él Rubén Darío.

Creó instituciones civiles nuevas, separó la iglesia del estado, fundó colegios técnicos y vocacionales, y quiso unir la costa del Caribe con la del Pacífico a través de un ferrocarril; pero como habría de ser la constante, eran reformas desde arriba, y el sistema democrático nada más que un estorbo a la mano diligente del liberal ilustrado convertido en dictador que pretendía hacer el bien, y también el mal, sin que nadie lo fiscalizara, y mientras emprendía el camino del progreso llenaba las cárceles y los cementerios.

Un alzamiento conservador amparado por Washington terminó derrocándolo, sellado por una comunicación tajante que le dirigió el 1 de diciembre de 1909 el secretario de estado del presidente Taft, Philander Chase Knox, conminándolo de manera perentoria a dejar el poder, la que el dictador, antes tan orgulloso, no tuvo más remedio que acatar.

La figura más osada de esta sublevación armada fue Emiliano Chamorro, el prototipo del caudillo rural y cerril, dueño de una astucia nata, capaz de recordar los nombres de sus soldados, que eran a la vez sus compadres, y aún los de sus ahijados, envuelto en el misterio de la leyenda pues gozaba de la fama de aparecer al mismo tiempo en distintos puntos del campo de batalla, de allí su sobrenombre de el Cadejo, el perro sobrenatural de las consejas. En los hogares campesinos su retrato era enflorado y alumbrado con candelas.

A su regreso de Washington, donde en su calidad de embajador había firmado en 1914 el célebre tratado Chamorro-Bryan, que entregó la soberanía del país a Estados Unidos para la fallida construcción del canal interoceánico, cumplió un período presidencial entre 1917 y 1920, dentro de la sucesión de gobiernos conservadores que duraría hasta 1928; y como confiesa cándidamente en su Autobiografía, se decidió a presentarse candidato “puesto que contaba con la simpatía del Departamento de Estado que tanta influencia moral tenía entonces”.

Pero lo perdió su ambición de mando. En 1926 volvió al poder mediante un golpe de estado contra su correligionario conservador don Carlos Solórzano, pero su mismo fiel Departamento de Estado lo obligó a renunciar a los nueve meses y se fue al exilio diplomático. Nunca volvió al poder, pero se quedó para siempre en los vericuetos políticos de la historia de Nicaragua, como caudillo del partido conservador hasta su muerte a los 95 años de edad. 

El autoritarismo, basado en la figura del patrón, dueño de latifundios ganaderos o cafetaleros, es el modelo en que se vació el estado donde la peonada sustituía a los ciudadanos. La patria del caudillo. Mientras tanto, la democracia no fue nunca un concepto vigente, o ni siquiera existente, más que en la mente de los intelectuales ilustrados que eran escuchados con desprecio por los gamonales, y apenas salían de sus bibliotecas a las plazas públicas terminaban siendo fusilados tras la primera arenga.

Ha sido el caudillo el que ha triunfado siempre sobre las instituciones y sigue siendo así, de José Santos Zelaya a Emiliano Chamorro a Anastasio Somoza García, fundador de una dinastía, y del último Somoza a Daniel Ortega. Todos generales, liberales y conservadores, y un comandante marxista. De entre ellos, Somoza no encabezó nunca una revolución, porque la demagogia y el cinismo, más su docilidad con la intervención extranjera, y el haber mandado asesinar a Sandino en 1934, un general distinto a los demás, crearon su capital político.

Fue suficiente que hablara el inglés de los bajos fondos de Filadelfia, donde había sido enviado a estudiar contaduría por su padre, tras preñar a una empleada doméstica, que hubiera dado un braguetazo casándose con la hija de un aristócrata de León, sobrina del presidente Juan Bautista Sacasa, y que se aficionara a él la esposa del embajador de Estados Unidos, para que tanto Sacasa como el comandante de las tropas de ocupación, teniente coronel Calvin B. Mathews, se pusieran de acuerdo en escogerlo como jefe  de la Guardia Nacional al marcharse del país los marines en 1933.

Pero entre todos ellos no hay diferencia alguna. Más allá de las ideologías, que suelen pasar a segundo plano, los une su conducta absolutista, la falta de escrúpulos y la falta de piedad, la retórica vacía, el oportunismo a tiempo, la capacidad de dar la vuelta a las palabras para que signifiquen lo contrario de lo que realmente quieren decir. Y, sobre todo, la voluntad de quedarse en el poder de manera indefinida, sin importar la violencia ni las artimañas, como si fuera la pertenencia de sus vidas.

Nuestra historia, siempre arcaica, da tropiezos en la oscuridad una y otra vez, y el camino que recorre a ciegas vuelve siempre a ser el mismo. Un camino circular jalonado por caudillos recluidos dentro del mundo que han fabricado en sus cabezas como una tenebrosa fantasía.

Durante los años ochenta, los años de la revolución sandinista que triunfó en 1979, esas tentaciones del caudillismo existieron, pero no fueron realizables. El mismo origen diverso del sandinismo, basado en una coalición de fuerzas obligadas a mantener el equilibrio a través de una Dirección Nacional de nueve miembros, lo evitó. Pero tampoco es que ese equilibrio hiciera posible la democracia, que no era prioridad del proyecto revolucionario.

Ortega no era el más carismático de los jefes guerrilleros, ni el más hábil, ni un buen orador frente a las masas, y precisamente por eso, porque facilitaba el equilibrio, fue designado como un primus inter pares, presidente del país, y secretario general del partido, mientras el poder se repartía en feudos.

La deriva autoritaria comienza después, tras el pacto que firma en el año 2000 con el ex presidente liberal Arnoldo Alemán, el jefe corrupto del partido liberal, juzgado y condenado por lavado de dinero, quien, a cambio de impunidad, ya Ortega en control de los tribunales de justicia, concede a su adversario, y ahora socio, una reforma constitucional que permite ganar la presidencia en primera vuelta con sólo el 35% de los votos, la cota máxima que Ortega había alcanzado en las tres elecciones anteriores, siempre derrotado.

Entonces es que en su mundo enclaustrado toma cuerpo la idea de que nunca más permitirá que lo derroten, y que a partir del triunfo de 2006, el poder, ahora sí, le pertenece para siempre. El poder a como sea y se pueda, una obsesión persistente. Y más ciega aún la obsesión en medio de la espantosa crisis que empieza en abril de 2018 donde señorea la muerte y cuando no hay gobernabilidad posible, convencido de que no tiene por qué ceder, si está ganando la guerra contra el enemigo que no es otro sino un ejército de ciudadanos desarmados, a la cabeza de ellos estudiantes universitarios.

Hoy, en las manifestaciones organizadas por el régimen en las que comparece Ortega delante de sus partidarios fieles, que los tiene, y empleados públicos acarreados desde todas partes del país, lo reciben con gritos de “!Daniel se queda, Daniel se queda!”. Y han creado una cansina canción que repite “¡el comandante se queda, se queda!” Hace ya cerca de cuarenta años, en un noticiero de la Televisión Española se ven imágenes de otra multitud congregada para vitorear a Anastasio Somoza Debayle, a menos de un año de su caída, donde los gritos desaforados son “¡No te vas, te quedás! ¡No te vas, te quedás!” ¿Cómo no creer entonces que, dando tropiezos, la historia se repite en Nicaragua con pasmosa y aterradora fidelidad?  Quedarse, no importan los costos, se vuelve un objetivo en sí mismo. Quedarse entre ruinas.

El general Zelaya, el general Chamorro, el general Somoza, el comandante Ortega. Si echamos cuentas, desde el triunfo de la revolución liberal hasta su derrocamiento, Zelaya estuvo 16 años en el poder. Cuando se fue al exilio, en un buque que le envió desde México el general Porfirio Díaz, ordenó que a los caballos del coche que lo llevaría al filo de la medianoche, del Palacio Nacional a la estación del ferrocarril, camino al puerto, les amarraran trapos a los cascos para que nadie supiera que se iba. 

Emiliano Chamorro, el menos duradero, estuvo solamente cuatro años y nueve meses, pero no por voluntad democrática, sino porque no pudo resistirse a la prohibición de Washington que no legitimó su regreso por medio de un golpe de estado. Pero esa prohibición no se extendió al viejo Somoza, pues su larga estancia en el poder, allanada por el asesinato de Sandino, comenzó precisamente en 1936 cuando derrocó su propio tío, el doctor Juan Bautista Sacasa. Por sí mismo, estuvo 16 años en la presidencia, emparejando a Zelaya. Su hijo, Luis, 7 años. Su otro hijo Anastasio, el último de la dinastía, 10 años. El comandante Ortega lleva ya 21 años, con lo que supera con holgura a los demás.

Zelaya fue derrocado tras una guerra civil en la que sus adversarios contaron con la complicidad de Estados Unidos. Chamorro fue obligado a bajarse por Estados Unidos. El último Somoza cayó tras otra guerra civil encabezada por el Frente Sandinista, que tuvo el apoyo de una coalición de países en la que figuraron Venezuela, Panamá, México, Cuba, y, de alguna manera, los Estados Unidos de Carter. Luego el Frente Sandinista perdió las elecciones en 1990 tras otra guerra civil de una década, en la que los contras recibieron el respaldo de los Estados Unidos de Reagan, y los sandinistas el de la Unión Soviética y Cuba, una hoguera de la guerra fría en el trópico.

 

Hoy, esta nueva tiranía enfrenta una insurrección que alcanza a todos los sectores sociales, pero el círculo vicioso de las guerras civiles parece romperse por primera vez. Se trata de fuerzas policiales y paramilitares armadas con fusiles de guerra, que actúan en conjunto, en contra de una población desarmada. Esta lucha desigual ha tenido un costo excesivo para un país tan pequeño, de apenas 6 millones de habitantes: más de 400 muertos en cien días. Pero es una lucha fundamentalmente cívica, esa es la novedad. Una novedad que es una esperanza.

La resistencia civil no violenta cuenta, antes que nada, con la voluntad de quienes resisten para no hacer uso de armas, y parece ser una voluntad indoblegable. Es por eso que hay que abrir bien los ojos frente a lo que ocurre en Nicaragua. Si se logra un cambio de la dictadura a la democracia sin guerra civil, se habrá evitado el riesgo, tantas veces probado, de que sobre los escombros del país se erija un nuevo tirano triunfante que se sienta en la silla del tirano derrotado.

Al contrario, lograr el cambio a través de la lucha cívica permitirá, por primera vez, construir instituciones firmes, tener un sistema judicial independiente, y elegir libremente un nuevo gobierno con los votos contados de manera transparente. Entonces, habremos entrado, por fin,  al camino de la modernidad.

           

 

 

II

La Nicaragua de paramilitares encapuchados y jóvenes asesinados por francotiradores o secuestrados de sus casas, nunca la hubiéramos imaginado cuando luchábamos por la utopía de la revolución hace cuarenta años. Los de hoy, perseguidos a muerte, son jóvenes como nosotros entonces, una generación que, igual que esta, convirtió sus ideales en convicciones, la primera de ellas una sociedad justa e igualitaria, libre de la maldición de la familia Somoza y de todo el caudillismo autoritario del pasado.

Era un experimento novedoso que hoy se ha comido la polilla. Cuando tomamos el poder en julio de 1979, apenas pocos meses atrás el Frente Sandinista se hallaba aún dividido en tres tendencias, que no eran más que la representación de concepciones de cúpulas intelectuales instruidas en el marxismo sobre las formas de tomar el poder.       

Los jóvenes y adolescentes que luchaban en la clandestinidad, tras las barricadas y en las montañas, y la gente que los apoyaba jugándose también la vida, entendían poco de aquellos artificios ideológicos, y su urgencia era derrocar a una dictadura opresora y corrupta. Y allá abajo empezaron a juntar sus fuerzas y recursos antes de que arriba se llegara a firmar un acuerdo de unidad.

El poder pasó de la noche a la mañana de manos de una casta familiar decrépita y corrompida, a las de unos muchachos inexpertos que improvisaban la organización del nuevo estado, no sin que estuvieran ausentes las luchas de poder. Pero, por primera vez, no había un caudillo. Las tres tendencias aportaron cada una tres miembros de igual rango a la Dirección Nacional, y se dio el fenómeno, nuevo en la historia de Nicaragua, como he dicho, de un equilibrio de mando dentro de un cuerpo colectivo de nueve personas sin cabeza visible.

 De ese delicado equilibrio dependía el consentimiento, y por tanto la adhesión de todas las fuerzas guerrilleras, que tenían su referente único de autoridad en un colectivo, y no en un solo hombre. Y quienes formaban ese colectivo entendían que la ruptura del equilibrio implicaba el riesgo de una lucha intestina, con miles de armas en manos de los combatientes que apenas tomaban respiro de la guerra de liberación recién concluida, mientras se iba articulando el nuevo poder.

Este fenómeno de mutua contención explica el surgimiento de la figura de Daniel Ortega, porque era el que poseía menos condiciones de caudillo, según he explicado. No era ni histriónico, ni demagogo, como, por ejemplo, Tomás Borge. Daniel no tenía dones oratorios, aburría a la gente en las plazas con sus largas tiradas históricas, ni tampoco era carismático, ni lo pretendía.

 Sus grandes lentes de marco grueso, los bigotes de guías largas, la barba siempre incipiente que nunca cuajaba, cuando se suponía que los guerrilleros la llevaban frondosa, le daban, a pesar del uniforme verde olivo, el aire de un muchachos hosco, de sonrisa difícil, sometido por la timidez, y que si algo acusaba eran sus largos años de prisionero que, como él mismo escribió en un poema desde la cárcel, se había perdido de ver a las muchachas de minifalda por las calles de Managua, una moda que ya para entonces había pasado.

Desde los primeros discursos que le escuché pretendía aleccionar a la gente sobre la historia de Nicaragua, empezando por la lejana conquista española y la resistencia indígena, el dominio colonial, la invasión filibustera de William Walker en 1855, las ocupaciones militares de Estados Unidos que empezaron en 1910, pero eran lecciones que en las plazas públicas, bajo el ardiente sol que en Nicaragua quema las molleras, la gente se preocupaba poco de escuchar. Lo que todo el mundo quería saber era lo que le revolución se proponía.

De modo que para conjurar el peligro de Tomás, ministro del Interior, surgió Daniel, sacado del sombrero de mago de su hermano Humberto, jefe del nuevo Ejército, hábil para construir alianzas dentro de la propia Dirección Nacional.

Daniel partía con ventaja, pues además de ser parte de la Dirección Nacional, estaba en la Junta de Gobierno de cinco miembros, civiles todos menos él. La Junta tampoco tenía cabeza formal. En 1983, tres años después del triunfo de la revolución, era ya su coordinador, y también coordinador de la Dirección Nacional. Un título burocrático en ambos casos, que no llamaba mucho la atención.

 

No quiere decir que no le faltaran astucia y olfato político, y que no estuviera claro de la estrategia que se jugaba para consolidarlo en el poder, parte de la cual pasaba por asegurarse el respaldo de Fidel Castro, cuya voz era respetada y reverenciada dentro de la Dirección Nacional;  y tampoco que no aspirara a figurar entre los líderes africanos y asiáticos del tercer mundo, cabezas de movimientos de liberación en aquellos años postcoloniales, para lo que era necesario mostrar un talante radical en contra del imperialismo yanqui, una referencia que no faltaba nunca en sus discursos en el ámbito local, ni tampoco en los que pronunciaba anualmente ante la Asamblea General de las Naciones Unidas y en los foros de los Países No Alineados.

En 1985 dejó atrás sus títulos provisionales. Resultó electo presidente de la república, y a la vez fue escogido como secretario general de la Dirección Nacional, sin que eso significara que tuviera allanado el camino para convertirse en caudillo. La presidencia le concedía más atributos, y podía tomar un mayor número de decisiones por sí mismo, pero el colectivo, con sus pesos y contrapesos, seguía funcionando, y era la Dirección Nacional la que dictaba siempre las líneas maestras en cuanto a defensa, seguridad, economía y política exterior, temas aún más sensibles en medio de la guerra.

 

Este cuerpo colegiado, sin embargo, ejercía un poder vertical, amparado en una consigna que se creó al poco tiempo del triunfo revolucionario, que fue ¡Dirección Nacional ordene! El poder popular no significaba que desde las bases se elaboraban las decisiones estratégicas las cuales, depuradas instancia tras instancias, eran aprobadas o consensuadas en el último nivel donde se hallaban los nueve comandantes. Ese tipo de procedimiento contemplado en los manuales fue siempre una quimera política. De la Dirección Nacional partían “líneas” u “orientaciones”, iguales a las de un buró político, y algunas veces bajaban, para su lectura religiosa, y aprobación sin enmiendas, a la Asamblea Sandinista, que hacía las veces de Comité Central.

 

Y si en esa dirección suprema cada miembro era dueño de su propia parcela de poder, unos más fuertes que otros, había una rendición mutua de cuentas. En cada sesión, los días viernes, el primer punto de la agenda era la crítica y autocrítica. Cualquiera que hubiera sobrepasado sus límites tenía que mostrar firme propósito de enmienda. Los pecados de vanidad y soberbia, o exceso de figuración, eran juzgados con severidad, como en el priorato de una orden religiosa.

 

Estos antecedentes no los ofrezco para arrojar luz sobre los aciertos y fracasos de la revolución, que es materia aparte, sino para explicar cómo la utopía llegó a convertirse en distopía. Esa forma de poder equilibrado se hizo pedazos con la derrota electoral de 1990, porque perder las elecciones no significó simplemente un cambio de gobierno, sino el fin definitivo del proyecto revolucionario, tal como busco explicarlo en mi libro de memorias Adiós muchachos.

 

La Dirección Nacional ya no fue capaz de conducir al Frente Sandinista sin poder frente a una militancia confundida por la derrota, y desapareció el aparato burocrático del partido con sus departamentos de organización, formación de cuadros, agitación y propaganda, y hasta uno de religión, porque aquel aparato dependía del financiamiento del estado que ya no era posible. Estallaron entonces las contradicciones antes reprimidas, hasta que, tras varios intentos de reestructuración, la Dirección Nacional terminó desintegrándose.

 

Y la revolución misma, con su cauda de ideales, promesas y sueños, y desaciertos y errores capitales que fueron pagados al precio de la derrota electoral, desapareció también para siempre. Es de esa dispersión y de esa desarticulación que Ortega fue surgiendo como caudillo único. Aceptó la derrota electoral con buen talante, pero de inmediato se contradijo, y sembró la primera semilla de su poder arbitrario al proclamar que iba a “gobernar desde abajo”.

 

Es decir, con asonadas en las calles, huelgas fabricadas, tranques, barricadas, choques con la policía con saldo de muertos y heridos, decidido a frustrar el gobierno legítimo de doña Violeta de Chamorro. Así se ganó la lealtad de quienes, engañados por la promesa de retorno al poder por la fuerza, empezaron a verlo, con nostalgia agresiva, como encarnación de la revolución perdida, y se reagruparon a su alrededor. Su tesón en reunir los restos del partido derrotado, viejos combatientes, colaboradores históricos, líderes de los sindicatos en escombros, remanentes de las organizaciones populares, le rindió frutos.

 

No cejó en acercarse constantemente a los municipios, a los barrios, en celebrar asambleas y mítines con la vieja militancia. La idea entonces no era ganar adeptos, sino mantener firme a las bases, evitar las deserciones, y enfrentarse a las divisiones que se produjeron, la más notable de ellas cuando se creó en 1995 el Movimiento Renovador Sandinista, que se llevó a buena parte de los cuadros del partido, tato civiles como antiguos jefes guerrilleros; pero logró contener la sangría en las bases, y convertirse en la correa de transmisión de la tradición revolucionaria; de la vieja y dispersa Dirección Nacional, sólo él quedaba a la cabeza.

 

Se reinventó a sí mismo en la soledad, y se apropió de los símbolos de la vieja revolución, de sus consignas, de su retórica antimperialista y anti oligárquica, de la lucha por los pobres. Si en el mundo quedaba una idea de revolución en Nicaragua, él la encarnaba. Y soportó a lo largo de 15 años tres derrotas electorales, sin lograr superar nunca la cota de un tercio de los votos que en cada ocasión su electorado fiel le daba.

 

Pero el discurso se iba volviendo cada vez más retórico y su conducta era cada vez más la de un viejo político que busca ganancias apartando los escrúpulos. En el 2000, ya sabemos, pactó con Arnoldo Alemán la reforma a la Constitución que facilitaba su vuelta al poder. A cambio, Alemán si libraba de la cárcel porque Ortega, en su lenta y sagaz reconstrucción del poder, controlaba ya los tribunales de justicia.

 

Ganó las elecciones en 2006 gracias a ese pacto; y en 2011, como la Constitución le prohibía reelegirse, hizo que sus fieles magistrados de la Corte Suprema de Justicia dictaran una sentencia decretando que semejante prohibición era inconstitucional. Es decir, la Constitución fue declarada inconstitucional. Ya en 2014, para allanar de mejor manera su tercera reelección, la Constitución fue reformada, eliminándose de una vez por todas la prohibición. Podía presentarse a las elecciones cuantas veces quisiera, siendo suyo también el Consejo Supremo Electoral.

 

Cuando en 2006 ganó la presidencia, se prometió que nunca volvería a perder. Y logró asumir también el control de la Asamblea Nacional, de la Fiscalía General, de la Procuraduría de Justicia, de la Contraloría de Cuentas, de las universidades estatales, autónomas según la ley, y del movimiento estudiantil, y  fue copando a la Policía Nacional, y al Ejército, buscando la lealtad personal de los mandos y congelándolos en sus puestos, pasando por encima de las leyes de orden interno de ambas instituciones.

 

También pactó con su acérrimo enemigo el cardenal Obando y Bravo, arzobispo de Managua. Y con el gran capital y las cámaras de empresarios: a cambio de plenas garantías para prosperar en sus negocios, les quedaba vedado el territorio político. Y creó, con ventaja, su propio poder empresarial, gracias a las llaves abiertas del petróleo venezolano obsequiado por Chávez.

 

Esas cuantiosas sumas, 5 mil millones de dólares al menos en diez años, le permitieron también ampliar las bases de su partido hacia una dimensión clientelista en base a programas asistenciales parecidos a los de Chávez, y unas estructuras ahora distintas para ese partido, basadas ahora en comités de poder ciudadano en los barrios y las áreas rurales, que se auxiliaron de los programas asistenciales, y de la represión,  para establecer el control social y político, y buscar así la sumisión y el silencio.

 

Su esposa Rosario Murillo, que en los años ochenta jugó un papel marginal, salvo en el área de la cultura, donde se empeñó en una tercia con Ernesto Cardenal, a quien terminó desbancando como ministro, fue adquiriendo a partir de 2006 un papel cada vez más imprescindible en el gobierno, como vocera, jefa de propaganda, y primer ministro de hecho. Hasta que en 2016 resultó electa vicepresidenta.

 

Este poder absoluto, sin paralelos en la historia de Nicaragua, parecía no tener desafío. Cualquier amago de protesta, por pequeño que fuera, era sofocado de inmediato por las fuerzas de choque, auxiliadas por la policía. La regla del temor y el silencio parecía funcionar sin estorbos.

 

Sin embargo, de pronto, a partir del 18 de abril de 2018, la pareja perdió las calles, invadidas por gigantescas manifestaciones de repudio; los árboles de la vida,  símbolos esotéricos del poder de su esposa, empezaron a ser derribados. Perdió el apoyo del gran capital y las cámaras empresariales, y en contra suya tiene también a los obispos y el clero de la iglesia católica, los pequeños y medianos productores, la sociedad civil, los estudiantes, la juventud, la gente de los barrios, los campesinos, mientras el Ejército se ha resguardado en la proclama de neutralidad. Y su aislamiento internacional es cada vez más creciente. Sólo puede contar con Cuba, Venezuela, y la lejana Rusia.

 

Y, sobre todo, la gente perdió el miedo. “Nos han quitado tanto que nos quitaron hasta el miedo” reza una de las primeras pancartas que vi en una de las marchas exigiendo su salida del poder.

 

Le queda la Policía Nacional que se identifica ahora abiertamente con el partido, y los paramilitares; el aparato judicial, que tiene un papel asignado en la represión; el control de las estructuras del estado; el núcleo duro de la militancia, y la Juventud Sandinista, controlada burocráticamente, y que forma parte de las fuerzas de choque. Según una encuesta de Cid Gallup publicada el 16 de mayo de 2018, un 70% de la población reclamaba su salida. Una más reciente, presentada por Ética y Transparencia en septiembre del mismo año, reveló que un 81% de la población estaba de acuerdo en adelantar las elecciones presidenciales fijadas para 2021, según se ha demando constantemente en las calles.

 

En adelante buscaremos explicar cómo se llega a este momento de explosión y ruptura, pero desde ahora podemos afirmar que el repudio generalizado de todos los sectores sociales contra el régimen se volvió irreversible debido a la brutalidad con que las protestas fueron reprimidas desde el primer día, el 18 de abril de 2018, a lo largo de cuatro meses de protestas. Los más de 400 muertos que hemos señalado, muchos de ellos a causa de disparos de francotiradores, otros ejecutados luego de ser capturados, además de cerca de 4.00o heridos, según el reporte de la Asociación Nicaragüense Pro Derechos Humanos (ANPDH) del mes de septiembre del mismo año.

 

De acuerdo al mismo informe, 1,338 personas habían sido secuestradas por paramilitares, de las que sólo habían aparecido 123, sometidos a torturas, llevados a instalaciones policiales peor también a cárceles clandestinas, y a las propias “casas del partido”.

 

El país no puede volver a las condiciones en que se hallaba antes del 18 de abril, cuando empezó la represión. No hay compatibilidad posible entre el caudillo que se apropió de una revolución ya muerta, y la sociedad nicaragüense de hoy, que no acepta nada que no sea la democracia plena.

 

La normalidad no puede imponerse con más muertes ni con el terror, las caravanas de paramilitares enmascarados, los juicios ilegales, los secuestros selectivos de líderes civiles y dirigentes estudiantiles, los despidos masivos de médicos acusados de terroristas por socorrer a las víctimas de la represión, la criminalización de las protestas, los exilios forzados. La única normalidad posible es la democracia, y Ortega no entra en ese nuevo paisaje.

            Tras la caída de la dictadura de Somoza, José Coronel Urtecho escribió el poema “No volverá el pasado”:

 

                                    Ya todo es de otro modo

                                    Todo de otra manera

                                    Ni siquiera lo que era es ya como era

                                    Ya nada de lo que es será lo que era

                                    Ya es otra cosa todo

                                    Es otra era

                                    Es el comienzo de una nueva era

                                    Es el principio de una nueva historia

                                    La vieja historia se acabó, ya no puede volver

                                    Esta, ya es otra historia…

 

 

Como hasta ahora la historia de Nicaragua ha probado ser cíclica, este poema, escrito frente a lo que fue entonces un despertar, vale plenamente frente a este otro. No sabemos aún cuál será la salida de esta siega sangrienta, cuándo la lista de muertos de todos los días tendrá un punto final, cómo y de qué manera vendrá la democracia, cómo se hará justicia frente a los crímenes. Pero si de algo estamos seguros, es que no regresará el pasado.

 

Este nuevo ciclo de un nuevo poder familiar se cierra indefectiblemente, y no tiene vuelta atrás, porque ya se agotó. “Es el principio de una nueva historia”. Las posibilidades de gobernar se erigen sobre un consenso que puede ser activo, o pasivo, o como lo fue en muchos sentidos hasta el 18 de abril de 2018, un consenso forzado, acalambrado, o temeroso.

 

Pero una vez que los ciudadanos traspasaron la barrera del miedo, todo empezó a ser de otra manera. El pasado, tal como era, bajo la férula de un gobierno entre esotérico y populista, que pasó diez años ensayando la represión a dosis calculadas, ya no es posible. Desde que en abril murió el primer joven en las calles, el régimen inició su viaje hacia ese pasado de manera irreversible, y con cada asesinato más, más irreversible aún.

 

Con cada muerto, ese poder que es ya del pasado alza otra hilera en el muro que lo separa de la gente. Es un poder en tiempo pasado que sigue matando desde el pasado, incompatible con el presente, pero más incompatible aún con el futuro.

 

La respuesta reiterada del poder, machacada en los oídos, ha sido  que se trata de una conspiración orquestada para desprestigiar a la democracia plena que Nicaragua disfruta, con su cauda benéfica de libertades públicas. Un golpe de estado. Un plan del imperialismo. Es lo que ha repetido el canciller de Ortega, el general retirado del Ejército de Nicaragua, Denis Moncada, ante el pleno del Consejo Permanente de la Organización de Estados Americanos en Washington. Una conspiración contra una democracia encapuchada.

 

En 1978, cuando el régimen de Somoza entraba también en el pasado, su canciller Julio Quintana dijo ante el mismo pleno que se trataba de mentiras orquestadas con afán de desprestigiar al gobierno constitucional del general de cinco estrellas, paladín de la democracia. El pasado, que, ya vemos, tiene en Nicaragua esa rara virtud de repetirse.

 

Pero la pregunta es si el muro formado por cadáveres que separa al poder de los ciudadanos, deja algún resquicio de compatibilidad. Es un muro amasado con sangre, pero también con lágrimas, coraje, indignación, rechazo. Y no existen muestras de voluntad política para detener la represión y hacer que los escuadrones de la muerte desaparezcan de las calles.

 

El Diálogo Nacional es la única manera de buscar un cambio de gobierno y evitar que se desate en Nicaragua una nueva guerra civil, la peor maldición que podría caer sobre nuestras cabezas. La lucha ha sido cívica, y son los desarmados quienes han puesto la abrumadora mayoría de los muertos.

 

La vieja historia se acabó, ya no puede volver. Esta, ya es otra historia…

Sergio Ramírez. Escritor, periodista, político y abogado nicaragüense, fue vicepresidente de su país durante los años 1985-1990. Premio Cervantes 2017. Es el primer centroamericano en recibir dicho premio. Su obra ha sido traducida a más de 20 idiomas. Ha recibido los más importantes elogios de la crítica y entre sus reconocimientos se incluyen el Premio Alfaguara de Novela (1998), el Premio José Donoso (2011) y el Premio Internacional Carlos Fuentes a la Creación Literaria en Idioma Español (2014).