NARRATIVA  

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Rodrigo: una relato sobre el Cid [tercer capítulo]

Por Roberto Carlos Pérez 

III

De mentiras y verdades

Éste distinguía a Rodrigo Díaz con su predilección y amistad de tal manera que lo nombró alférez de todo su ejército. Así creció Rodrigo y se convirtió en guerrero muy fuerte y Campeador en el palacio del rey Sancho. En las batallas que el rey Sancho libró con el rey Alfonso en Llantada y Golpejera, donde le venció, Rodrigo Díaz llevó el pendón real del rey Sancho y se destacó y sobresalió entre todos los soldados de su ejército.


 

Historia Roderici.

 


 

Zamora, 1072

 

Yo, Sancho Segundo de Castilla, apodado «El fuerte», he de morir. No como príncipe sino como rey. Mañana entraré en batalla y por si la parca se presenta, deseo dejar constancia en este memorial de vida que, de no haber sido por el caballero llamado Rodrigo Díaz, tal vez no hubiera alcanzado esta corta, aunque intensa edad, con una última brizna de fuerza después de siete largos meses de campaña en Zamora. 

Muchas veces ese zagal, ya hecho mi alférez, ha sacado el pecho por mí. En caso de morir en batalla, que se apresta difícil, quiero en este documento ofrecer prueba de la integridad de Rodrigo frente a las mentiras que en torno suyo ha urdido mi primo, el conde García Ordoñez. 

Ante todo diré que nadie puede dudar que heredé de mi padre el rey Fernando el coraje necesario para defender a Castilla y León de los moros, cuya persistencia en invadirnos, es fuerza repetirlo, hacía correr la sangre en las costas mediterráneas de Andalucía, empalando a cuanto cristiano lograban apresar. Sus orgías de muerte terminaron con muchos de los nuestros, quienes fueron traspasados por estacas o crucificados en montículos, para luego ser abandonados como pasto de buitres y chacales. 

A fin de evitar más muertes nos acostumbramos a un llamado para alertar a las tropas cuando la zona de paso se encontraba fuera de peligro: Gritábamos: «¡No hay moros en la costa!». Pero no siempre las matanzas se daban cerca del Mediterráneo. También las hordas de moros mataban a cristianos en Zaragoza y Pamplona y en otras ciudades de la región. 

Lejos de mejorar, las cosas han empeorado. Fui nombrado rey de Castilla en momentos en que como nunca, desde hacía varios años, los moros pugnaban por hacerse de tierras castellanas y leonesas. Y como guerrero y rey he respondido con constancia.

No he de negar el disgusto que tuve cuando Alfonso heredó de nuestro padre el reino de León. Inútil me fue rogarle sus razones para tal medida. Pero si Castilla era un pequeño condado que mi padre elevó a reino para dejármelo por herencia, ninguno puede impugnar que he hecho de ella un lugar temible para los moros. 

Sabido es que desde hace muchos años León tiene bajo su dominio diversas taifas que pagan los más alto tributos a los reinos de mi hoy finado padre, incluyendo la de Toledo. Ésta, en su momento, perteneció al califato de Córdoba. 

Yo, hombre de pausado cavilar, considero a mi hermano débil en cuanto a su actuar con los moros. Muchas veces lo he visto hacer caso omiso de hurtos en las parias que terminan en manos de sus emisarios, entre ellos las de nuestro primo, el conde García Ordoñez, apodado «El crespo», un hombre de poca monta que de cuando en cuando y hasta el día de hoy, según me dicen mis consejeros, se hace de estos tributos a vista ciega de mi hermano. 

A pesar de todo es Alfonso un hombre recto, lo sé, pero tímido ante nuestros enemigos. Por eso mañana lucharé contra él. Será así porque de no hacerle la guerra en la heroica Zamora los moros terminarán por restablecer el extinto califato de Córdoba, y está en mi ley y mi fe, que es también la de Alfonso, defender las tierras que besaron los pies del apóstol Santiago. Así lo hubiera querido nuestro padre. 

Puedo decir en esta noche en que la luna llena pasa por Castilla y los árboles crepitan por el viento que no le temo a la muerte, pero sí a los ardides del también alevoso Vellido Dolfos, amigo de García Ordoñez y caballero de mi hermana Urraca, impetuosa dama a quien mi padre le heredó el reino de Zamora. 

He estado aquí con mis huestes siete meses en contienda y de pronto Urraca se ha puesto del lado de mi hermano y, por ende, del traidor García Ordoñez. Presumo que ha sido por las murmuraciones de Vellido Dolfos, posiblemente ideadas por el pérfido de su amigo, hombre astuto cuya ambición es infinita. 

García Ordoñez jamás ha sido hombre de fiar. Oscura tiene la cuenca de los ojos, torva la mirada, y el pelo encrespado sobre la frente como un torbellino en alta mar. Hay en su alma una lobreguez que alberga funestos sentimientos. Ni Castilla ni León le importan, cuanto menos combatir a los moros; sólo su ambición. 

Temo que tanta codicia desate una catástrofe que avive el ánimo de los jefes moriscos, por el momento amilanado debido a los embates sufridos en Zamora y en otras taifas. Con sus turbias acciones, duele decirlo, Vellido Dolfos y García Ordoñez pueden empañar nuestros logros.  

Mientras crecíamos yo notaba que Alfonso le concedía méritos a las palabras de García Ordoñez. Mi hermano solía olvidar que él era un príncipe y nuestro primo un conde más entre los reinos del grande Fernando Primero. 

Casi siempre las promesas y palabras de García Ordoñez terminaban en mentiras, como cuando aseguró, en un convite de amigos y al calor del vino, que nuestra prima, la bella y juiciosa Jimena, hoy pretendida por Rodrigo, aceptaba secretamente sus requiebros en los vergeles del señorío de mi hermano Alfonso. 

Bellaco y rufián, García Ordoñez también es un pusilánime que, a cambio de conseguir fama y fortuna, pues no le basta con ser conde, es capaz de urdir las peores patrañas. Y si mañana muero en batalla, espero que Rodrigo haya aprendido, como se lo he enseñado muchas veces, a cuidarse de las personas cuyas palabras no tienen valor ni respaldo. Son capaz de todo. 

En la soledad de mi tienda, con el cierzo agitando las carpas, confieso que mucho me dolió que en la campaña de Llantada, hace cuatro otoños a orillas del río Pisuerga, vencido Alfonso por mis hombres y reconocida su derrota no me entregara el reino de León tal como lo prometió.

No soy hombre de venganzas. Sólo me mueve a enfrentarme a mi hermano su debilidad con los moros y su cercanía con el despreciable García Ordoñez, quien ha hilado toda suerte de mentiras en torno a mi alférez, el valiente Rodrigo, que desde la misma contienda de Llantada y también en la de Golpejera ha recibido el nombre de Campeador por soldados y caballeros. ¡Mi corazón se rompe de orgullo por él! 

Por allí he escuchado entre mis soldados que García Ordoñez insinuó, sin presentar prueba alguna, que Rodrigo se ha hecho de los tributos que los reinos moros pagan a Castilla. Imposible creer que el caballero que tantas veces estuvo a punto de ser traspasado por la lanza sirviéndome en campaña pudiera traicionarme.  

Al contrario de García Ordoñez, Rodrigo ha mostrado una férrea lealtad a prueba de lanza y jabalina, y no ha habido contienda en la que no haya expuesto su vida más que cualquier otro alférez de los reinos heredados por mi padre. Tal vez por eso su fama de hombre de brío y arrojo ha crecido en la región. No así la de mi primo. 

Unos nacen con estrella y otros, para chocar con ellas. Ese ha sido el destino de García Ordoñez, el infeliz que ha entrado en mi tienda entre sombras y medianoche para acusar al noble Rodrigo a traición, el mozuelo de Vivar que mañana, cuando comience la batalla, seguro estoy de que con su jabalina, más que con su espada, le hará conocer su suerte a los moros. Dura será la cruzada, pues todos estamos cansados, más no apocados en nuestra misión de obligar a replegarse a los infieles invasores.

De no salir vivo de esta lid, yo, Sancho Primero de Castilla dejo testimonio en este escueto memorial que las palabras de García Ordoñez no me han hecho nunca dudar de Rodrigo. Si muero, espero que mi hermano lo acoja en sus huestes. 

Ruego a Dios que las mentiras que llegue a tramar nuestro primo sobre Rodrigo no se asienten en el corazón de Alfonso a quien, desde ya, absuelvo de toda culpa de lo que pueda sucederme. 

Corren rumores de que Alfonso pretende matarme, pero sé que mi hermano nunca se atrevería a tanto, pues afrentaría la memoria de nuestro padre. Si hay algo que reconozco en él es que la dureza de esta guerra no ha quebrantado la integridad de sus ideales; sé que tampoco ha nublado su alma con oscuras falsedades ni infame avidez como sí ha sucedido con el abyecto García Ordoñez.

Que los moros sean vencidos y que reine Jesucristo, el Rey de reyes. Al Espíritu Santo y a la Santa Virgen me encomiendo. Amén. 

 

 

                Sancho Segundo de Castilla

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Roberto Carlos Pérez (Granada, Nicaragua, 1976). Músico, narrador y ensayista. Estudió Música en Duke Ellington School of the Arts y se licenció en Música Clásica por Howard University, en Washington D. C. En la Universidad de Maryland estudió una maestría en Literatura Medieval y en los Siglos de Oro. Es autor del libro de cuentos Alrededor de la medianoche y otros relatos de vértigo en la historia (2012), de las novelas cortas Un mundo maravilloso (2017) y Rodrigo: un relato sobre el Cid (2020), y del libro de ensayos Rubén Darío: una modernidad confrontada (2018, segunda edición 2021). También es editor del libro en homenaje al poeta mexicano José Emilio Pacheco: José Emilio Pacheco en Maryland (1985-2007), de la edición crítica de la novela El vampiro (1910), del modernista hondureño Froylán Turcios, y del poemario Breve suma (1947), del vanguardista nicaragüense Joaquín Pasos. Roberto Carlos Pérez es miembro correspondiente de la Academia Nicaragüense de la Lengua, de la Academia Norteamericana de la Lengua Española, y miembro del Centro Nicaragüense de Escritores. También es cofundador y editor en jefe de la revista Ágrafos y miembro del consejo editorial de Revista Abril.