De Rafael Cadenas: aforismos, anotaciones, dichos, fragmentos y demás

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En su prólogo a Obra entera de Rafael Cadenas, publicada en 2007, el poeta colombiano Darío Jaramillo decía:

Rafael Cadenas es (…) un poeta de estirpe aforística. Y en su caso por doble motivo: es autor de aforismos y en sus poemas y ensayos abundan las expresiones con vocación aforística.

Aforismo, dice la enciclopedia Larousse, es una “Sentencia breve y doctrinal”. En la Internet asoman los contornos que le dan carne a tal concisa definición. Así tenemos “Sentencia breve que resume algún conocimiento o una reflexión filosófica” y la más intrigante: “máxima que se da como guía, ofrenda y oblación”. Sea completamente intelectual o emocional, lo cierto es que el aforismo no es una figura poética, y así entra y sale a sus anchas por cualquier género literario, pues es una figura del pensamiento o de la razón.

Seguramente en los aforismos de Cadenas hay un gran débito a la poesía y a la prosa del Siglo de Oro español. Y sin embargo, en su escritura se vuelven tan originales. Y ello se debe a que florecen un terreno acosado por la falta de atención, la indiferencia y la frivolidad.

La literatura de Cadenas es un quehacer de exactitudes, de exigencia puesta en el ahora. No es extraño que también le pida al lector detener su camino por un momento para preguntarse por sí mismo, quién es él, por qué lee,  pero no inquiere Cadenas a través de discursos ni programas ni doctrinas ni desbordante imaginación, sino con una escritura en la que aforismos y otras figuras aparecen como 

 

Nota, apunte, registro.

A veces trozo, fragmento, triza.

A veces nada –desgarrón, harapo, silencio--.

(Anotaciones



 

De Anotaciones, 1983

 

Hemos entrado en una barbarie. No ha habido invasiones. Después de todo, los bárbaros portan una energía que avigora civilizaciones cansadas. En nuestro tiempo es la sociedad la que, revestida de progreso, se barbariza. Se trata de una destructividad “inteligente”. Hay algo tanático en el progreso que conocemos. 

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Un pueblo sin conciencia de la lengua termina repitiendo los slangs de los embaucadores; es decir, muere como pueblo.

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Frente al poema. Entramos en contacto con palabras que se reaniman en nosotros, que dependen de nuestra repuesta para cumplirse. El modo de recibirlas es lo que hace el poema.

 

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La ciencia no puede decirnos qué es la realidad; sólo alcanza a ponerle nombres. Su terreno es el cómo. Cómo es, cómo funciona, cómo opera ; pero una parte, no el todo. El universo se nos escapa. De ahí que el conocimiento sea siempre de la parte. Esto lo saben los científicos mejor que yo. Así, volvemos al asombro.

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Nada se tiene firme ya, para nuestro bien, excepto la vida, ese misterio, y raras veces la crisis de los que padecen el fin de las ideologías desembocan en ella. Prefieren seguir probando doctrinas en lugar de acoger la doctrina que la quiebra de la historia nos impone: la ausencia de doctrina.

 

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Quien se pone a escribir un poema, adopta un lenguaje que ha recibido de manos de una tradición como si fuera un traje de lujo, un traje para ir de visita, para lucirlo. Esto suena incurablemente falso. El ademán se me antoja cansado. Yo, al menos, ya no puedo con eso. Es encerrar la expresión en una forma que se ha vuelto, con el paso de los siglos, obligatoria. 

 

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Lo oral le gana en vida a lo escrito, pero se lleva el instante. Se trata de fuerzas diferentes que actúan a su manera casa una.

Vivacidad, inmediatez, espontaneidad, distinguen lo oral, que se apoya en el poderío de los no verbal — gestos, pausas, tonos— , la magia de la presencia. Lo escrito sólo cuenta con las palabras para alcanzar o exceder la fuerza de lo oral.





 

De En torno al lenguaje, 1984

 

Supongamos que nuestro lenguaje actual vaya distanciándose cada vez más de aquel en que están escritas las obras clásicas de la literatura, o aun, me aventuro sin titubear, las modernas, y alguien que no sea un lector intente leerlas ¿No sentirá que están en una lengua extraña, casi muerta?, Es lo más probable, y ¡qué descorazonador! Porque esas obras están en una lengua más viva, más abundante y más rica que la usada por nosotros en la vida corriente.

 

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Cuando una comunidad conoce bien su lengua y está en condiciones de apreciarla y quererla, puede recibir sin riesgo todos los aportes. De otro modo, es posible no que esta cambie, sino que se la cambien, sin que se dé cuenta, fuerzas muy ciegas. 

 

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¿No estamos presenciando constantemente todavía los estragos de tantos totalitarismos, de tantas democracias de papel, de tantos sistemas que profanan el lenguaje acomodándolo para embaucar?  La estafa verbal es un rasgo de nuestra época. En muchos políticos el lenguaje hasta se autonomiza, funciona sin conexión vital con el hablante, como si a éste lo usara un idiolecto estereotipado.







 

De Dichos, 1992

 

¿Discutir para qué? Siempre es posible encontrar argumentos para defender esto o aquello. De lo que se trata, y hay urgencia, es de inquirir.

 

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No hay guerra santa.

 

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Todas las doctrinas quieren poner en una horma al hombre.

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El no dejar aparecer lo real, que pugna por nacer a través de nuestros esquemas y subyugado y vuelve a surgir, ¿no es un

 

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La “resurrección de la carne” es la resurrección de los vivos.

 

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 Sin esperanza, y por eso, sin desesperanza.

 

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Sólo en un sitio puede ser derrotada la sociedad: en el pecho de cada hombre.

 

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 La vida nos llamó desnudos, y cuando acudimos, el lastre nos impedía verla. No encontramos su casa. Ni el camino de regreso.

 

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Tú creas la voz; pero ella también te crea.





 

De Apuntes sobre San Juan de la Cruz y la mística, 1995

 

Solemos hablar del misterio del universo sin incluirnos, como de cosa ajena, como si no formáramos parte de él, como si no le perteneciéramos. A estas alturas podríamos darnos cuenta de que ese misterio nos constituye; de que somos misterio, de pies a cabeza; de que el misterio está en cada poro, cada célula, cada átomo que nos forma. El espacio más familiar, el espacio done nos movemos, el espacio cotidiano, es el mismo de las estrellas.

 

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La humildad es un refinamiento.

 

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En carta religiosa, dice hermosamente San Juan: “...adonde no hay, ponga amor, y sacará amor”. ¿Será así realmente? Antes no tenía duda; de algún tiempo acá no estoy tan seguro. La frase, sin embargo, tiene el sello de la perennidad. Brilla como una joya en nuestras tinieblas.

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Rafael Cadenas nació en Barquisimeto, Venezuela, en abril de 1930. Comenzó a escribir poesía desde muy joven y también fue temprana su actividad política, por lo que tuvo que exiliarse a Trinidad en 1952, donde permaneció hasta 1957. Allí vivió cuatro años y aprendió el inglés, lo cual le permitió leer y traducir a los poetas anglosajones. De esa experiencia surgió también, ya de regreso a Venezuela, su primer gran libro: Los cuadernos del destierro. Rafael Cadenas fue uno de los fundadores del grupo y la revista Tabla Redonda (1959-1963). A partir de 1963, la fama de Rafael Cadenas se extendió por toda Latinoamérica tras la publicación de Derrota. Fue profesor de la Escuela de Letras de la Universidad Central. Recibió la beca Guggenheim en 1986 y el doctorado Honoris Causa de la Universidad Central de Venezuela. Ha ganado el Premio Nacional de Ensayo (1984), el Premio Nacional de Literatura (1985), el Premio San Juan de la Cruz, el Premio Internacional de Poesía J. A. Pérez Bonalde (1992), el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (2018), así como una beca de la Fundación Guggenheim (1986). También le fue otorgado en México el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances. Dueño de un lenguaje mágico y depurado, su obra lo sitúa como uno de los grandes exponentes de la poesía  hispanoamericana.