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Querido Diego, te abraza Quiela


[Fragmento]
 

Por Elena Poniatowska

«Angelina Beloff, exiliada rusa, pintora incipiente, escribe desde el gris, el frío y la pobreza del París de posguerra, a Diego Rivera, su compañero durante diez años, a quien no ha podido seguir en su regreso a México. Angelina Beloff escribe cartas amargas que el pintor no responde. Una mujer fina y suave es atraída hacia una experiencia de libertad, soledad y creación en que las fuerzas faltan y hay que inventarlo todo. Es la posguerra, la emancipación de las mujeres, las formas rotas: no hay modelos. Elena Poniatowska ha recreado, en estas cartas imaginarias, el testimonio entrañable de una artista y amante en la encricijada del tiempo nuevo. Elena Poniatowska ha recreado, en estas cartas imaginarias, el testimonio entrañable de una artista y amante en la encrucijada del tiempo nuevo. El tono suave recorta y sustenta aquí la pasión amorosa y la pasión creadora».
 

Ediciones Era

17 de diciembre de 1921

 

No te escribí durante más de quince días, Diego, porque he estado enferma. A consecuencia de mi visita al Louvre, en medio de la mayor exaltación me puse a manchar una tela, agitada y con dolor de cabeza. Desatendiendo la tela, al poco rato tomé un lápiz y deseché un boceto tras otro y como se me había acabado el papel, recogí las hojas para dibujar tras de ellas. Nada me satisfizo. Me levanté a las cuatro de la mañana como tu lo hacías y traté de organizar la composición y seguí haciéndolo todo el día, luché como  no te imaginas, ni siquiera me levanté para cocinar algo y recordé nuestros caldos de huesos y unas cuantas legumbres –“pucheros”, los llamabas-, sonreí para mí misma al pensar que ojalá y hubiera una Angelina que cuidara de mí y me rogara interrumpir, tan sólo un momento para comer un poco, y continué hasta la noche convulsivamente, empezando una y otra vez. Pensé que tu espíritu se había posesionado de mí, que eras tú y no yo el que estaba dentro de mí, que este deseo febril de pintar provenía de ti y no quise perder un segundo de tu posesión. Me volví hasta gorda Diego, me desbordaba, no cabía en el estudio, era alta como tú, combatía en contra de los espíritus –tú me dijiste alguna vez que tenías tratos con el diablo- y lo recordé en ese momento porque mi caja toráxica se expandió a tal grado que los pechos se me hincharon, los cachetes, la papada, era yo una sola llanta, busqué un espejo, estaba allí mi cara abotagada y ancha, palpitante como si la soplaran con un fuelle desde adentro ¡cómo me latían las sienes! ¡Y los ojos! ¡qué enrojecidos! Sólo entonces me toqué la frente y me di cuenta de que tenía fiebre ¡bendita fiebre! Había que aprovecharla, vivir esta hora hasta el fondo, te sentí sobre de mí, Diego, eran tus manos y no las mías las que se movían. Después no supe lo que pasó, debo haber perdido el conocimiento porque amanecí tirada junto al caballete con un frío tremendo. La ventana estaba abierta. Seguramente la abrí en la noche como tú solías hacerlo cuando sentías que tu cuerpo se agigantaba hasta cubrir paredes, rincones, abarcaba una mayor extensión sobre la tierra, iba más allá de sus límites, los rompía. Naturalmente pesqué una angina de pecho y si no es por la solicitud de la concierge, sus bouillons de poule diarios, ahora mismo estarías despidiéndote de tu Quiela. Me he debilitado mucho, no he salido y salvo Zadkin que vino a preguntar una tarde si tenía yo noticias tuyas, mi contacto con el mundo exterior es nulo. Mi mayor alegría sería ver entre mi escasa correspondencia una carta con un timbre de México, pero este sería un milagro y tú no crees en los milagros. He estado muy excitada; la pintura es el tema central de mis meditaciones. Hace ya muchos años que pinto: asombraba yo a los profesores en la Academia Imperial de Bellas Artes de San Petersburgo, decían que estaba yo muy por encima de la moyenne, que debería continuar en París, y creí en mis disposiciones extraordinarias. Pensaba: todavía soy una extranjera en el país de la pintura, pero puedo algún día tomar residencia. Cuando gané la beca para la Academia Imperial de San Petersburgo ¡ay Diego, entonces pensé que yo tenía en mi algo maravilloso, algo que a toda costa tendría que proteger y salvaguardar! Mi meta final sería París, l´Académie des Beaux Arts. Ahora sé que se necesita otra cosa. Darme cuenta de ello, Diego ha sido un mazazo en la cabeza y no puedo tocarlo con el pensamiento sin que me duela horriblemente. Claro, prometo, prometo pero ¿prometo desde hace cuánto? Soy todavía una promesa. A veces me consuela tu propio sufrimiento a la hora de la creación y pienso: “Si para él era tan duro, cuantimás yo” pero el consuelo dura poco porque sé que tú eres ya un gran pintor y llegarás a serlo extraordinario, y yo tengo la absoluta conciencia de que no llegaré mucho más lejos de lo que soy. Necesitaría mucha libertad de espíritu, mucha tranquilidad para iniciar la obra maestra y tu recuerdo me atenaza constantemente además de los problemas que te sabes de memoria y no enumero para no aburrirte; nuestra pobreza, el frío, la soledad. Podrías decirme como lo has hecho antes, que cualquiera envidiaría mi soledad, que tengo todo el tiempo del mundo para planear y llevar a cabo una buena obra pero en estos días me he removido en mi cama torturada por el recuerdo de la muerte de mi hijo (y no envuelta como tú por las llamaradas del fuego sagrado). Sé que tu no piensas en Dieguito; cortaste sanamente, la rama reverdece, tu mundo es otro, y mi mundo es el de mi hijo. Lo busco, chatito, físicamente me hace falta. Si él estuviera vivo, si compartiera conmigo este estudio, tendría que levantarme por más mal que me sintiera, atenderlo, darle de comer, cambiarlo y el solo hecho de hacerle falta a alguien me aliviaría. Pero ahora él está muerto y yo no le hago falta a nadie. Tú me has olvidado allá en tu México que tanto deseé conocer, nos separa el Atlántico, aquí el cielo es gris y allá en tu país siempre azul y yo me debato sola sin tener siquiera el consuelo de haber trazado en estos días, una línea que valga la pena.

Se despide de ti y te besa tristemente

 Quiela

 

28 de enero de 1922

 

Sabía yo por amigos que también le mandas dinero a Marievna Vorobiev Stebelska (y en ello reconozco tu gran nobleza), pero hoy para que no me cupiera la menor duda le enviaste 300 francos conmigo, rogándome con tu letra presurosa que se los hiciera llegar porque según tú, yo soy la persona más cumplida y más responsable sobre la tierra. C´est un peu fort ¿no Diego? Le pedí a Fischer que llevara el dinero. No las he vuelto a ver, ni a Marievna ni a la pequeña Marika, pero me han dicho que ella se te parece muchísimo. Aunque me hallas escogido como confidente y agradezco tu gesto, no puedo verlas porque siento celos y no logro reprimirlos. Hiciste bien en decírmelo Diego, no te reprocho nada, después de todo Ehrenburg fue quien te presentó a Marievna cuando preguntaste en La Rotonde: “¿Y quién es esta admirable caucasiana?” y en ese momento, Marievna también buscó mi amistad, pero mis celos son ardientes y no tolero siquiera pensar en ellas, ni en la madre, ni en tu hija. Pienso en nuestro hijo muerto y me invade una gran desesperación. Cuando te pedí otro hijo, aunque te fueras, aunque regresaras a México sin mí, me lo negaste. Y Marievna tiene una hija tuya y está viva y crece y se parece a ti, aunque tú la llames la “hija del armisticio”. Tú has sido mi amante, mi hijo, mi inspirador, mi Dios, tú eres mi patria; me siento mexicana, mi idioma es el español aunque lo estropee al hablarlo. Si no vuelves, si no me mandas llamar, no sólo te pierdo a ti, sino a mí misma. A todo lo que pude ser. Para Marievna, tú sólo fuiste uno más. Tú mismo me lo dijiste: “Era el armisticio y por ese sólo hecho, con la loca alegría del fin de la guerra, todas las mujeres abrieron los brazos para recibir a todos los hombres”. La vida se vengaba así de la muerte. Marievna Vorobiev Stebelska estuvo siempre entre nuestras amistades rusas, sentada en La Rotonde junto a Boris Savinkov. Una noche contó casi a gritos que había sido amante de Gorki; creíamos que lo era de Ehrenburg; en Montparnasse llamaba la atención por su forma desinhibida de llegar hasta nosotros. Por lo pronto yo no tenía tiempo para Marievna, lo único que me interesaba era ver tu evolución entre mis amigos, como te concretaste primero a escuchar, después al calor de la discusión, a gritarles tus ideas en un español salpicado de palabras francesas, de palabras rusas; inventabas el idioma, lo torcías a tu antojo y rompías la barrera; tus ideas iban más allá de las limitaciones del lenguaje; eras tan claro que nos dejabas a todos sorprendidos, sobre todo a mí, que día tras día, tomaba clases para aprender tu idioma y repetía la gramática con una puntualidad escolar sin aventurarme jamás. ¡Cómo recuerdo los ojos de nuestros amigos fijos en ti! Los de Marievna también, prodigiosamente atentos y por el sólo hecho de admirarte la hice mi amiga, sí, era mi amiga y la embarazaste y sin embargo tú y yo seguimos. Sentí que las simpatías de los amigos eran para mí, no para Marievna. Ella era la amante, yo la esposa. Enfermaste a raíz de tu relación con ella. Fuimos al Périgueux a la cura de ostras. Después quisiste hacer la dieta de fresas. Tú y yo atravesamos juntos las mismas penalidades. Me lo contabas todo, la locura de Marievna, su persecución desquiciante, el peligro que según tú, representaba. Yo te escuchaba y lo padecí todo; Marievna también fue mi verdugo.

Lo compartimos todo, Diego, cuando había un queso, una hogaza de pan, una botella de vino llamábamos a los amigos para gozar de estos manjares. ¿Recuerdas el salchichón que conseguí en el mercado negro y cómo por poco y se lo acaba Modigliani? ¿Y el camembert que Hayden trajo escondido entre los pliegues de su abrigo y que estuvo a punto de dejar caer por la ventana al asomarse? ¡Qué tiempos aquellos, chatito! ¡Nos reíamos como niños en medio del horror! ¿Recuerdas cómo Adam Fischer trajo a la casa un litre de gros rouge y en el camino no aguantó y le dio un sorbito, en la esquina otro y bajó la puerta de nuestro estudio otro y llegó mareado porque hacía tanto que no lo probaba? Marievna era parte de nuestra camaradería  y en cierta forma nos traicionó a todos. El otro jueves seguí a los niños –a veces me sorprendo siguiendo a los écoliers- y me senté junto a ellos en el Jardin du Luxembourg para ver el Guignol. Entre las figuras había una mujer muy alta, con un tupé rubio en forma de fleco sobre los ojos tremendamente azules y la marioneta me hizo pensar en Marievna. En la obra hacía lo mismo que Marievna; les propinaba a todos una tremenda cachetada lo cual hacía reír hasta las lágrimas a los espectadores. Parecía una fiera. Todos los demás títeres se comunicaban entre sí por medio del habla, la única que lo hacía a golpes era la muñeca rubia y los niños empezaron a llamarla a gritos; querían ver cómo se liaba a sopapos con el primero que se le atravesaba. Era muy popular. También fue  popular Marievna. Hasta conmigo. ¡Pero basta de Marievna! ¿Te acuerdas de ese frasco de arena de mar que trajimos de Mallorca, de Cala de San Vicente y que empezaste a pegar sobre la tela dejando intacta la textura de la arena? No lo he encontrado en ninguna parte y me duele porque recuerdo tu emoción ante el Mediterráneo y los movimientos del agua a nuestros pies. Quisiera encontrarlo porque justamente pinté un paisaje de agua y me gustaría recobrar algo de aquella playa.

Avanzo lentamente, estoy muy lejos de pintar como el pájaro canta, como lo pedía Renoir. Pero soy tu pájaro al fin y al cabo y he anidado para siempre entre tus manos.

Tu Quiela       

 

 

 

   

Elena Poniatowska Amor, hija de padre francés de origen polaco, Jean E. Poniatowski, y madre mexicana, Paula Amor, nació en París, en 1932. Primera mujer en recibir el Premio Nacional de Periodismo, entre sus obras se cuentan La noche de Tlatelolco, un clásico desde su publicación, al que se le otorgó el Premio Xavier Villaurrutia que rechazó preguntando quién iba a premiar a los muertos. Sus novelas y cuentos son La flor de lis, De noche vienes y Tlapalería, Paseo de la Reforma, Hasta no verte Jesús mío, Querido Diego, te abraza Quiela, Tinísima,  ganadora del Premio Mazatlán (1992), La piel del cielo, ganadora del Premio Alfaguara de novela 2001 y El tren pasa primero, sobre la vida de los ferrocarrileros mexicanos, Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos (2007). Leonora obtuvo el Premio Biblioteca Breve Seix Barral (2011). El Universo o nada (2013) es la biografía del astrofísico Guillermo Haro. Rondas de la niña mala es su primer libro de poesía, y cinco libros de cuentos para niños. Boda en Chimalistac, La vendedora de nubes, El burro que metió la pata, Sansimonsi, lustrado por Rafael Barajas, El fisgón y El niño estrellero,  por Fernando Robles. Traducida a veinte idiomas, Gaby Brimmer y Las mil y una historia de Paulina abordan problemas sociales. Tras recibir doctorados Honoris Causa de la UNAM y de la UAM, le fueron otorgados los de la Universidad de Puebla, de la de Sonora y del Estado de México, de la de Guerrero, la de Chiapas y la de Puerto Rico. También recibió el New School of Social Research de Nueva York, Manhattanville College y la Florida Atlantic University en los Estados Unidos y en Paris 8, La Sorbona y en Pau-Pyrénées, así como el premio Mary Moors Cabot de periodismo en la Universidad de Columbia, Nueva York (2004) el de la Universidad Complutense, Madrid (2015), la Legión de Honor Francesa a título de oficial, el “Gabriela Mistral” de Chile y en 2006 el «Courage Award» de La International Women’s Media Foundation. El 19 de noviembre fue nombrada Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes 2013.