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Nuestro tirano el adjetivo
 

Por Amado Nervo

Cuando yo escribía en El Correo de la Tarde, de Mazatlán, primero y simpático portavoz de mis lirismos mozos, era redactor jefe del mismo periódico un vigoroso septuagenario, culto, de espíritu caballeresco, de potente cabeza, cuya calvicie hipocrática estaba enmarcada por algunos rizos nevados: Don Carlos F. Galván, nacido, según ceo, en España, pero venido desde muy niño a la capital de la República, en cuyo Colegio Militar había estudiado, siendo compañero nada menos que de Miramón, entonces adolescente. El Licenciado Galván, que había cultivado, según me dijo, buena amistad con mi abuelo paterno, más por esta que por otras razones, acogió mi colaboración en El Correo de la Tarde. Trabajaba yo en su casa, recreándome con la

conversación, deliciosamente salpicada de ironías, y él revisaba con cuidado mis cuartillas. Cuando encontraba un adjetivo se ponía serio, y lo hacía pasar por la alquitara de su severo análisis. -Yo no soy de la época de los adjetivos- me repetía con frecuencia, y con cierta desdeñosa inflexión, que no olvidaré jamás. Naturalmente, yo, "que sí era de la época de los adjetivos", llevaba mi escarcela bien repleta de estos diamantes de… Coro. Tal fue el único escollo, insignificante por cierto, en que dio uno que otro pequeñísimo traspiés la buena amistad de aquel anciano hidalgo, cuyo recuerdo me acompañará siempre, y del poeta novel que cantaba inconscientemente cosas de amores y de tristezas, más de memoria que de verdad. ¿Pues qué diría el Licenciado Galván si leyese los periódicos ultramodernos? La incontinencia del adjetivo ha llegado a tal punto, que hemos agotado por completo su poder de presión, y embotado en absoluto su eficacia. Según cierto humorista francés, un crítico amigo suyo publicó en los diarios de París el siguiete anuncio: “Un crítico dramático compraría a muy buen precio una lista escogida de calificativos laudatorios, hiperbólicos, etc, para usarlos en reseñas teatrales y bibliográficas. Dirigirse a X…" -¡Qué quiere usted!- le decía el crítico, a manera de disculpa-, la mantequilla está carísima, pero el adjetivo ya no vale nada. Cuando escribo que un autor es talentoso, me creo un enemigo… Lo menos que puedo decirle es que Moliere y Beaumarchais junto a él… ni se ven de chiquitos. Bastaría, en efecto, leer las melifluas dedicatorias de los libros. Llamar a un hombre conocido "ilustre", es exponerse a que nos manden los padrinos.  ¿Quién de vosotros se atrevería a decir que un financiero amigo vuestro es "hábil"? El "hábil financiero"… ¡Intolerable humillación! ¿Quién tendría la temeridad suficiente para llamar "inspirado" a un poeta cualquiera? A mí, el que menos, me llama "gran". Lo de "eminente" ya me escuece un poco. En días pasados, un señor me escribió llamándome "milagroso". Cierto es que se trataba de prepararme para un sablazo de algunos duros; pero, en fin, dada la prolijidad actual de calificativos, confesemos que es lo menos que se me puede decir. En España, el sonriente y cordial escepticismo de las Redacciones, no escatima a nadie los "eminente" los "insigne", los "gran". Y aún solemos leer: "El "portentoso" artista Don Fulano, abre hoy su exposición al público." "El "inefable" poeta Don Mengano, leerá mañana en el Ateneo algunas composiciones de su libro Torre de Eter." "El "estupendo" profesor Don Perengano se halla enfermo." Por supuesto, que tan inefable es Rubén Darío como Sixto Casillas, y tan estupendo Ramón y Cajal como el curandero de la esquina. El público, al principio desorientado, hoy se encoge los hombros, Nadie se molesta por esta adjetivorrea, porque allá, para el forro de su capa, se dice: "Ya me tocará a mí, y entonces me llamarán, por lo menos, "conspicuo"…" Claro está que no me refiero al calificativo que matiza, colora, fisonomiza una cosa, un ser, una entidad, al calificativo goncourtista, diamante azul de los tesoros del léxico… Pero hay tan pocos goncourts por allí… Visto lo cual, yo propondría que volviésemos a la limpidez, a la serenidad, al "espléndido aislamiento" del sustantivo… De mi sé decir que más me halaga que llamen "el poeta" o "un poeta", o mejor aún, que no me llamen de ningún modo, y no me apelliden el "prodigioso" Paréceme que cuando me dan un calificativo así, me abofetean. Y de hecho es una bofetada la que recibo, porque no puedo menos que pensar: "Este señor tiene de mi un concepto muy vil. Se imagina que el rastacuerismo imprudente de su elogio, puede agradarme…" Digamos: "Juan es un artista", "Pedro es un Poeta", "Antonio es un escritor", "José es un estadista", "Enrique es un economista", "Luis, es un pastor de pueblos", y dejemos que en la copa de esos sustantivos severos y simples cada quien vaya poniendo el vino de su entusiasmo, la espuma de su aplauso… o la hiel de su envidia.

Amado Nervo. De nacionalidad mexicana. Nació el 27 de agosto de 1870 en Tepic, Nayarit. Poeta, narrador y ensayista. Su nombre real era Juan Crisóstomo Ruiz de Nervo y Ordaz. Descendiente de una familia española que se estableció en San Blas. Su instrucción primaria la realizó en las escuelas de su ciudad natal. Falleció su padre cuando él tenía nueve años, y su madre le envió a un Colegio de Padres Romanos, en Michoacán, que entonces gozaba de cierta fama. En este colegio, y después en el seminario de Zamora, realizó sus estudios preparatorios. Colaboró en la Revista Azul, de Manuel Gutiérrez Nájera. Se relacionó con escritores mexicanos como Luis G. Urbina y Tablada, y con algunos extranjeros como Rubén Darío y José Santos Chocano. Quiso seguir la carrera de abogado y estudió dos años, pero el quebrantamiento rápido de la herencia paterna le obligó a volver a Tepic, donde tuvo que ponerse al frente de lo poco que quedaba para ayudar a su familia, que era numerosa. Formó parte de la redacción de El Universal, El Nacional y El Mundo. Ingresó en el cuerpo diplomático siendo embajador de su país en Madrid (España), y en Montevideo (Uruguay). Escribió cuentos, libros de viaje, ensayos y, sobre todo, poesías reunidas en el libro El éxodo y las flores del camino (1902). Su primera obra, la novela El bachiller (1895), muestra rasgos naturalistas, y en sus primeros libros de poemas, Perlas negras y Místicas (1898), ya aparecen características modernistas. Es en esta época cuando funda la Revista Moderna. Amado Nervo falleció el 24 de mayo de 1919 en el Parque Hotel, en la ciudad de Montevideo, donde residía siendo Jefe de la Misión Diplomática de México en Uruguay. Tenía 48 años.