HOMENAJE  

logo negro.png
Gustavo.jpg

El “huidobriano”; retrato de quien espera un pájaro

Por Murvin Andino Jiménez

Ha transcurrido un año ya desde la muerte del poeta Gustavo Campos (San Pedro Sula, 1984- Ibid, 13 de enero de 2021) y parece increíble pensar en el vacío que ha dejado entre quienes fuimos para él (y él para nosotros) como hermanos: mi hermano menor. Recuerdo que nos conocimos durante nuestros años de estudio en la carrera de Letras de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras en el Valle de Sula. Casi siempre llegaba tarde, era apartado y tenía un semblante de hastío, llegaba a clases motivado más que todo por el encanto de algunas compañeras de clase, por las jovencitas que coincidieron en ese tiempo en los mismos pasillos o porque vivía ilusionado con algún amor imposible para él. 

Cuando no había clases, el “huidobriano”, como él prefería llamarse, le gustaba salir por las tardes luego del trabajo en una oficina estatal de cultura a algún café del parque central de la ciudad, donde casi siempre coincidíamos porque desde esa esquina se podía apreciar todo el panorama de la multitud que iba y venía en sus afanes cotidianos y cuando era de noche recorríamos algunos antros donde sabíamos que estaría algún otro conocido con quien podríamos conversar, normalmente eran compañeros de la universidad. A veces coincidíamos y conversábamos hasta tarde, oyendo música hasta la saciedad, riéndonos de las cosas y los personajes más curiosos e irracionales que se cruzaran por enfrente o quizá tratando de imaginar hasta dónde podríamos llegar algún día.

Años después y por esas circunstancias de la vida que nos llevan a buscar nuestros propios senderos, tomamos rumbos diferentes y era menos frecuente encontrarlo. Algunas veces escribía para preguntar cómo iba todo y solo coincidíamos de vez en cuando en algún evento cultural en la ciudad o para alguna de las presentaciones de nuestros libros.

En Gustavo Campos encontré no solo a un escritor comprometido con el oficio, sino a un amigo, a quien no le importaban los formalismos sociales y prefería aislarse a leer o escribir porque quizá sabía que eso era lo único que lo podría salvar del olvido y sabíamos que eso no significaba escribir algunos cuantos libros así nada más, sino que eso libros fueran fundamentales para renovar o al menos darle un nuevo aliento a la literatura hondureña. Quizá la última vez que coincidimos en algún evento fue en la presentación de uno de mis libros en la casa de la cultura de la ciudad de El Progreso (Yoro, Honduras) en el año 2019. Llegó de lentes oscuros (parecía un actor de Hollywood) y pidió el micrófono para decir algunas palabras sobre mí y sobre mi obra, quizá en cierta forma creía que tenía una deuda pendiente conmigo por haberme fallado antes en algunas otras presentaciones. 

Un par de años después vivió en La Ceiba en casa de un amigo en la costa Caribe de Honduras (había sido también compañero de estudios) quien con mucha solidaridad lo recibió en su casa como si fuera parte de su misma familia. Había llegado procedente de la capital donde había vivido un tiempo en casa de una compañera escritora con la cual tuvo algunas diferencias y decidió buscar otro lugar donde resguardarse. Estuvo allí en su casa durante el primer año de la pandemia del Covid 19, encerrado y escribiendo como un desesperado, a veces se escapaba para ir a algún lugar a la orilla del mar donde pudiera estar lejos de todo y volvía tarde a casa o días después. 

Luego se regresó a su casa en Villa Florencia en San Pedro Sula y no volví a saber de él hasta el día de la noticia fatal. Esa mañana me llamó el poeta Otoniel Natarén para decirme que al parecer Gustavo Campos había fallecido. Marqué a su número de celular y no hubo respuesta. Entonces llamé a otro amigo residente de la misma zona para que fuera a su casa a verificar qué tan cierto era tan terrible misiva. Luego de un instante recibí la respuesta de que efectivamente el poeta Gustavo Simón Salgado Campos había fallecido y me resultó tan doloroso pensar en que ya no volvería a ver a mi amigo, ni siquiera podría estar para despedirlo porque estábamos en ciudades distantes y por las restricciones de movilidad que imperaban para ese entonces. 

Esa fue la última vez que supe de él, quizá entendí que por fin descansaría de un mundo que lo agobió y lo orilló a ciertas circunstancias, quizá entendí que sus amigos, o mejor dicho sus hermanos de carne, le habíamos cumplido hace mucho y que podríamos estar en paz con él y recordarlo siempre como lo que fue: un amigo, un “huidobriano” inacabado, incomprendido, solidario, afectivo, un poeta con tanta palabra y con tanta voz. 

La Ceiba, Atlántida, Honduras, 20 de diciembre de 2021.

Bibliografía

Campos, G. (2005). Habitaciones sordas. Ciudad de Guatemala: Letra Negra.

Campos, G. (2008). Desde el hospicio. San Pedro Sula: Nagg y Nell.

Campos, G. (2010). Los Inacabados. San Pedro Sula: Nagg y Nell.

Campos, G. (2011). Entre el parnaso y la maison. San Pedro Sula: Nagg y Nell.

Campos, G. (2012). Katastrophé. San Pedro Sula: Nagg y Nell.

Campos, G. (2019). Retrato de quien espera un pájaro. San Pedro Sula: Nagg y Nell.

51VHzCJsEPL._SY600_.jpg

Murvin Andino Jiménez. Poeta y narrador. Docente de Humanidades y Arte en UNAH-CURLA