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Una sonriente monja de rostro esquelético

 

Por Mario Ramos

«Este es el cuerpo de Cristo, que quita el pecado del mundo, dichosos los llamados a la cena del Señor», dijo el cura. Fue el momento perfecto para levantarme y caminar hacia el cuarto donde estaba el Santísimo y hacer lo mismo que hacía los lunes por la mañana durante la misa: tomar una siesta de quince minutos y, con suerte, hasta de una hora siempre y cuando lograra pasar desapercibido a fin de perderme la clase de religión.

Caminé despacio y medio encorvado para no llamar la atención. Esta vez, en la esquina opuesta, una monja oraba de rodillas, así que para disimular hice lo mismo que ella: me puse de rodillas, uní las manos como si fuera a rezar, incliné la cabeza y cerré los ojos. No era la posición más cómoda para dormir, pero era la mejor mientras esperaba que la monja saliera y así poder hacer la siesta.

De pronto la monja se sentó y comenzó a contemplar el altar, más parecido a una jaula de oro donde había una copa brillante, también de oro, con «el cuerpo de Cristo», como siempre nos enseñaron. Nunca entendí cómo un cuerpo podría caber dentro de una copa, pero era mejor no preguntar. En menos de un minuto las rodillas me comenzaron a doler. Me senté y apoyé los brazos y la cabeza en la banca de enfrente. Era la posición perfecta y el lugar indicado. Todo estaba en silencio, había poca luz y olía a flores. La monja seguía allí, inmóvil, observando el altar. Se me cerraron los ojos de inmediato y quedé profundamente dormido.

Al poco tiempo comencé a sentir un hormigueo en los brazos y desperté de golpe, asustado, con los ojos perdidos. Giré la cabeza hacia el lado izquierdo para asegurarme que nadie me miraba. La monja seguía allí, sentada, pero ahora viéndome a mí, sonriéndome con su rostro esquelético. Parecía una pintura antigua que había tomado vida y me vigilaba. Tuve miedo, no porque me hubiera descubierto dormido en el Santísimo, sino porque me observaba como si me fuera a comer. Bajé la mirada, hice la señal de la cruz y dije «amén» en voz alta para que ella pensara que había terminado de rezar, aunque en el fondo sabía que ella no creería nada de lo que estaba haciendo.

 

Me levanté despacio para salir de ese lugar pero ella dijo «Siéntate, la misa ya terminó». Estaba aterrado. La apariencia de la monja me paraba los pelos. Nunca la había visto en la escuela y pensé que todo se trataba de una pesadilla, un castigo del cielo por venir siempre a dormir a la iglesia. Me senté lo más alejado posible de ella para salir corriendo si la cosa se ponía más rara,  pero ella se levantó, se sentó a mi lado, en la orilla de la banca, obstruyéndome la salida.

Estaba perdido. Tomó una Biblia que traía consigo, la puso sobre sus piernas y dijo: «Hoy tendrás tu clase de religión aquí conmigo». Me observó fijamente a los ojos como si quisiera ver dentro de mí. Yo parecía un idiota. No decía nada, solo asentía con la cabeza a todo lo que ella decía.

De pronto me preguntó si sabía cuáles eran las Virtudes Teologales. Lo pensé por unos segundos y le respondí que no, aunque me parecía haber escuchado antes de esas «virtudes». La monja abrió los ojos, sorprendida por mi respuesta. Dejó de sonreír. En ese momento supe no escaparía de la clase de religión.

Con mucha calma, la monja comenzó a revisar la Biblia en silencio, hoja por hoja, buscando algo para mostrarme. Nuevamente abrió los ojos, sonrió, y dijo en murmullos: «Aquí está». Mientras tanto, yo observaba cuidadosamente en sus manos un anillo de plata con un crucifijo incrustado.

 

—Escucha lo que dice Pablo en la Primera carta a los corintios —me dijo la monja, y leyó:

Si yo hablara lenguas humanas y angélicas

Oí sin escuchar. Minutos después, me preguntó:

—¿No te parece hermoso?

No puse atención porque estaba concentrado en los detalles de su apariencia: sus uñas largas y puntiagudas, la ropa pesada y gruesa (poco apropiada para el terrible calor del pueblo) y hasta los dedos de los pies, que eran largos y se salían de las sandalias viejas que calzaba.

Siempre tuve ese problema en la escuela. Me distraía fácilmente y nunca ponía atención a lo que decían los maestros. La profesora Gertrudis, que decía que yo era un retrasado mental y que tenía la mente de teflón porque nada se me pegaba. Recuerdo que me ofendió lo de retrasado mental, pero lo del teflón nunca lo entendí.

Al terminar el año la profesora Gertrudis no podía creer que yo, el «retrasado» de la clase hubiera pasado el examen final con buena nota, a pesar su predicción de que repetiría el año. Para ser honesto, el examen lo aprobé gracias a Carminda, mi compañera de clase, que me pasó la copia pues, como siempre, no había estudiado nada pero, gracias a mi astucia, le gané a la profesora «Regla», como le decían todos a la maestra Gertrudis, pues tenía fama de dar reglazos a los alumnos que se portaban mal o la contradijeran. Yo hacía las dos cosas.

 

En cuanto a la monja, no sabía qué responder a la pregunta, y pensé que lo más inteligente sería decir «sí» a todo. Lo que no esperaba era la siguiente pregunta:

—¿Qué entendiste de lo que te leí?

Fácil: nada. No le había puesto atención a la cita bíblica pero, una vez más, improvisé diciendo:

—Entendí varias cosas, pero no sé cómo explicarlas.

Ella torció la boca, pues sabía que estaba mintiendo otra vez.

—¿Por qué mientes? —preguntó.

—No miento —respondí. Lo cual era otra mentira.

La monja volvió a torcer la boca y me preguntó si sabía lo que significaba la palabra fe.

—Creo —respondí después de unos segundos— que es algo así como creer en cosas que sabemos que no van a pasar pero que soñamos que pasen.

Ella sonrió y dijo:

—Si sabemos que no van a pasar, entonces no tenemos fe, pues la fe es precisamente lo contrario: creer en cosas que no podemos ver y la recompensa de la fe, es ver esas cosas en las que creemos.

Todo aquello era confuso pero sonaba bonito y comenzaba a gustarme, pues aunque le tenía miedo sentía curiosidad por escuchar qué más tenía que contarme acerca de la fe. Creo que por primera vez en mis seis años de escuela tenía preguntas que no eran del todo estúpidas.

De pronto sonó el timbre anunciando el cambio de clase.

—Es hora que regreses a clases. Tu maestra comenzará a buscarte si no te presentas en el aula pronto —, dijo la vieja monja.

—¿Cuándo terminaremos las otras virtudes que mencionó? —le pregunté.

Ella sonrió una vez más y me dijo:

—Las otras virtudes son esperanza y caridad. Ya irás aprendiendo acerca de ellas.

La monja se levantó de la banca y salió del Santísimo. Después de ese día nunca más volví a verla. Pensé que la habían trasladado a otro lugar o quizá sólo estaba de visita, pues nunca antes la había visto.

Aún sigo escapándome de misa los lunes al cuarto del Santísimo,  pero ahora con fe de que al despertar estará a mi lado la sonriente monja de rostro esquelético.

Mario Ramos (Tegucigalpa, Honduras, 1977). Fotógrafo, productor de televisión y cineasta ganador del premio Emmy en 2016, 2017 y 2019. Es autor del libro de fotografías Framing Time (2012). Sus imágenes han ilustrado las portadas de libros como El vampiro, de Froylán Turcios, Flame in the Air, de Vidaluz Meneses y El evangelio del amor, de Enrique Gómez Carrillo, entre otros. Ha trabajado para El Tiempo Latino/The Washington Post, CBS Radio y American University. Ganador del Premio José Martí (Golden Award) otorgado por la Asociación Nacional de Publicaciones Hispanas en Estados Unidos y de la medalla de bronce en la categoría de foto-periodismo/interés humano, otorgado por la Sociedad Fotográfica Americana. Productor y director del cortometraje Vuelve con nosotros (2016), Chocolate (2017) y del documental Brigade (2017). Actualmente es director de producción para Univisión Washington, director de Cabezahueca Films, cofundador de Casasola Editores y columnista para la revista de opinión centroamericana (Casi) Literal. A su vez, es embajador honorario de Plan International Honduras y cofundador de Ágrafos, revista de literatura, arte y política.