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El ídolo

(en: Casa de Islandia, 2004 y 2014)


Por Luis Hernán Castañeda

Cuando despertó, vio ramas y hojas flotando en la luz de la madrugada. Un viento movía las hojas y algunas caían, trazando una espiral, sobre su cuerpo acostado en la tierra. Por un instante se sintió desnudo, pero luego recordó que se había puesto el pijama antes de salir al bosque. La impresión de desnudez era el rezago de un sueño que se negaba a partir. Andaba sin ropa a la orilla de una laguna cuando una chica lo abordó. El le preguntó su nombre, ella se limitó a mirar para la niebla: allá lejos, detrás de una pared de ladrillo, estaba el vecindario de casas marrones. Pronto darás batalla, le dijo ella. Hoy será recordado como el día del ídolo.

Hoy es mi cumpleaños, pensó él. Pero aquí nadie lo sabe.

Se puso de pie. De la autopista llegaba un rumor: era la marea de trabajadores en camino a los complejos de oficinas. Escuchó un rugido y volvió la cabeza hacia el jardín de la casa, donde alguien acababa de encender un automóvil. Sus tíos salían a trabajar muy temprano, gastaban el día tras ventanas oscuras y regresaban, pálidos y enfermos, después de la aparición de las estrellas, demasiado agotados para sentarse en el porche a intentar contar su número. Una vez lo habían llevado a conocer las instalaciones de la compañía donde tal vez, si él quería, podría trabajar el verano próximo. Asintió y trató de sonreír, pero en el fondo sabía que su destino estaba en el bosque. 

A sus tíos les había dicho que pasaría la noche en casa de un amigo. Mentir era la única forma de mantenerlos tranquilos. Los veía poco, a veces cenaban juntos en el adusto comedor para las visitas y hablaban vagamente de sus padres, sus buenos padres, pobres y esforzados, sus pequeños padres allá perdidos en un país detrás del océano. Las conversaciones rozaban en ocasiones el tema de las fotos, que con el tiempo –llevaba seis meses viviendo en ese lugar– habían ido poblando las paredes de su cuarto. Por más que se hubiera empeñado en mantener el secreto, sus tíos sabían muy bien que las encomiendas le llegaban sin falta, que él recogía del buzón los paquetes de cartón áspero y los llevaba, atravesando cuartos desiertos y el jardín de arbolitos inmóviles, hasta la casa de huéspedes, donde desgarraba las envolturas. Allí, en su guarida, podía estar en paz.

No te atrevas, me gustan sus ojos, le había comunicado a tía Virginia, escribiendo esta frase en su cuaderno rojo, cuando ella quiso quitar las fotos de su decoración personal. La salita, el baño y el dormitorio de su château de grisou, como llamaba a la casa de huéspedes, estaban empapelados con imágenes de padres e hijas, y también madres e hijos, absortos en ciertas situaciones que sus tíos ni siquiera podrían nombrar. La última encomienda, un pedido especial que su primo Simón le había ayudado a hacer con la computadora, contenía varias tomas de abuelas y nietos descubriendo nuevos ángulos de su relación. Aunque al principio sus tíos habían manifestado una débil oposición a sus intereses fotográficos, ahora se limitaban a preguntarle cuántos paquetes más pensaba recibir. El argumento de sus diecisiete años cumplidos, sumado a la amenaza de escaparse de la casa, había terminado por sumirlos en un silencio incómodo.

Apartó los arbustos que formaban una valla entre el bosque y el jardín. Tío Andrew estaba cerca de la piscina sin agua, quitando la escarcha a las ventanillas del automóvil con una rasqueta. Trabajaba con el ceño fruncido y sus mejillas se veían rojizas. Todavía llevaba puesto el pijama de seda azul y tenía las botas de lana roja que se deslizaban sin ruido sobre el piso de bambú. También tía Virginia usaba esas botas: a veces, él se volvía de improviso y se daba de lleno con su rostro saturado de cremas. Eran gestos de vigía, pensaba, métodos carcelarios que debía tolerar mientras siguiera siendo un huésped. Después de todo, era verdad que sus tíos lo habían recogido en aquella casona de ladrillos pardos, techo a dos aguas y aldabas doradas con formas de animales.

Más de lo que puedo decir de papá y mamá, pensó.

Antes del viaje, los millonarios habían tenido para él un atractivo especial. Tío Andrew vivía en su imaginación junto a los poetas, compartiendo una cualidad mágica que, mientras en ellos se manifestaba como una relación con las palabras, en su tío aparecía como una intimidad entre sus manos y los billetes. Pero ahora, viendo a Andrew en la vulgar situación de raspar el vidrio con un instrumento que parecía una espátula, se vio forzado a aceptar que su tío era un hombre común. No se diferenciaba de los otros trabajadores de este país, los que oía zumbar día tras día en la autopista y los que había conocido cuando lo llevaron a la oficina, sujetos grises, de mirada obtusa y manos vibrátiles, que manipulaban las máquinas con una destreza repugnante. Tío Andrew, siempre con el teléfono en la mano tras su escritorio de cedro, se movía con idéntico desdén hacia todo.

Andrew miró hacia el bosque y vio a su sobrino descolgándose de la valla y viniendo hacia él por el borde de la piscina. Cuando lo tuvo cerca, puso ambas manos sobre sus hombros y lo miró fijamente.

–¿Qué ha pasado, César? ¿Dónde estuviste? ¿Tienes tu cuaderno rojo?

El negó con la cabeza y se hizo atrás, irritado.

–Anda –le ordenó tío Andrew–. Ve por tu cuaderno y escribe dónde has estado.

César lanzó un escupitajo y corrió hacia la puerta de la cocina. Vio a tía Virginia de espaldas con una toalla amarrada en la cabeza, preparando unos huevos fritos. ¿Qué hacía con esa toalla?, se preguntó él. Apenas reparó en su sobrino, la mujer abrió un cajón y sacó un cuaderno rojo que colocó sobre la mesa junto a un lápiz muy gastado. César cogió el lápiz y escribió:

¿Simón?

Su tía respondió:

–Pasó la noche con un compañero. Tenían un trabajo. Lo llevarán al colegio.

Andrew entró a la cocina y le habló a su esposa:

–¿Dónde ha estado este chico? Llamé a la madre de George. Dice que no durmió allá.

César tomó el lápiz con ambas manos y lo quebró en dos.

–No importa, no importa –dijo Andrew–. Aquí tienes un lapicero.

La pareja se acercó para leer los garabatos en el cuaderno:

Estuve con Raymond. Mi nombre es César.

–Sí, sí, sabemos tu nombre. Virginia, llama de inmediato a la madre de Raymond.

–Se hace tarde –dijo ella–. Todavía debes vestirte.

–Lo sé. Pero esto no puede quedar así.

–En la noche, amor, en la noche. Ahora tienes que trabajar.

–Es verdad. Ya hablaremos cuando regrese.

–Además, hoy es el cumpleaños de César. Feliz día, corazón.

El hombre miró al chico con sorpresa y vergüenza.

–Sí, felicidades –musitó–. Esta noche cenamos juntos.

Andrew forzó una sonrisa. Se encaminó a la escalera y, con una mano apoyada en la pared, se volvió para decir:

–Sobrino, sube a quitarte esas hojas y alístate para salir.

***

El estacionamiento estaba lleno. Casi todos los alumnos mayores poseían automóviles de lujo. Las madres de los más pequeños no se bajaban para escoltar a sus hijos, sino que los besaban desde sus asientos y los veían ir solos, enfundados en abriguitos lanudos. El edificio de la escuela, una larga construcción de un solo piso orillada por arbustos deshojados, tenía una puerta automática que se abría y cerraba sin ruido. Se tragaba a los alumnos en total silencio.

–Ayer por la tarde –comentó el tío Andrew en el automóvil–, intenté llamarlo.

–¿Para qué? –preguntó Virginia–. No hemos hablado en meses.

–Sí. Pero es tu hermano.

–Eso no significa nada.

–No se olvidaría así de nosotros. ¿Habrá ocurrido algo?

–¿Qué podría haber ocurrido? Esto es típico de esa mujer.

–Otra vez a hablar mal de ella.

–Y tú, cuándo no, defendiéndola. Recuerda que siempre trabajó para romper todo lazo entre nosotros. Parece que al fin lo ha conseguido. Primero nos envía a su hijo, ni siquiera nos agradece lo que hacemos por él, y después corta la comunicación. ¿Soy yo la culpable?

El limpiaparabrisas producía un crujido. Mientras sus tíos hablaban, César tomó su mochila y bajó del automóvil. El ruido de la puerta hizo voltear a Virginia, pero ya para entonces el chico corría bajo la lluvia.

 Tengo que encontrar a Simón, pensó César, hoy vamos a celebrar. El pasillo bullía de estudiantes ruidosos que golpeaban los casilleros y conversaban en una lengua estridente. La claridad del invierno iluminaba las caras lampiñas, picadas de granos. Algunas se volvían a mirar torvamente a César, que pasaba entre sus enemigos con cautela, bajando los ojos. Se sentía más fuerte que todos ellos, pero nada podía hacer contra los ataques colectivos. César procuraba faltar a las clases de educación física, ocasión propicia para que los rencores se expresaran en codazos y zancadillas.

El timbre estuvo repiqueteando hasta que los pasillos quedaron vacíos. Llegar tarde nunca había inquietado a César. Libre de andar sin toparse con nadie, se internó en la zona prohibida, donde moraban los profesores y los empleados administrativos. Aquí la luz disminuía su fuerza para ser sustituida por una red de fluorescentes. Había que cruzar el oscuro centro del edificio para alcanzar la otra ala, en la que funcionaba la escuela media. Por su edad Simón debía estar en el octavo año, pero sus brillantes calificaciones le habían valido pasar a noveno. El repudio que le profesaban sus compañeros había hecho nacer en César la necesidad de protegerlo: seré su maestro, se había dicho, salvaré al discípulo para que este me salve a mí”.

Ante la puerta cerrada del aula, César se detuvo a espiar un momento. Quería saborear la ocasión. El vidrio distorsionaba las caras de los niños sentados en sus carpetas de plástico verde. Simón, de cabello negro y suéter blanco, ocupaba un asiento en la última fila. Su carita, una mancha color durazno, estaba vuelta hacia la ventana, contra la que se agitaba una rama en forma de mano. César imaginó con deleite que su pupilo deseaba el bosque. Solían jugar allí en las tardes, recogiendo bellotas, trepando a los árboles y atrapando ardillas, pero sobre todo discutiendo sin cesar acerca del ídolo. César aprovechaba la curiosidad de Simón para irlo instruyendo sin levantar sospechas.

–Simón, te busca tu primo –anunció el maestro apenas César tocó la puerta. Tenía un acuerdo con aquel hombre de patillas rojas, que dejaba ir a Simón en mitad de las clases bajo la condición de que César no dijera nada de lo otro. El maestro le había prometido, restregándose las manos, que sería muy paciente.

Simón parpadeó, un poco sorprendido de ser solicitado a esas horas. Recogió su mochila y ambos salieron de la clase.

–¿Por qué no hablas? –preguntó Simón al salir por una puerta lateral. Había dejado de llover y el estacionamiento estaba sembrado de charcos resplandecientes.

César sacó el cuaderno rojo de su mochila y se detuvo un momento para escribir.

–Vamos, tú y yo sabemos que no necesitas eso.

Simón le arrebató el cuaderno y corrió lejos, hasta hacerse pequeño. César oyó sus gritos de piel roja y vio las hojas arrancadas revolotear en el aire limpio, como palomas blancas.

El niño se aproximó. Jadeaba.

–Habla –le ordenó a César.

–Tú sabes que no puedo.

–No delante de los otros, pero conmigo es diferente.

–Porque tú eres diferente.

–Gracias, tú también eres raro.

–No. Soy mucho peor que eso.

–¿Qué quieres decir?

–Te lo explicaré más tarde.

***

–¿Hoy no habrá más fotos? –preguntó Simón.

–No. Hoy es mi cumpleaños. Me haré un regalo.

–No lo sabía. Felicidades.

–No importa. Lo único importante es que hoy verás al ídolo.

–¿Sigues pensando en esas tonterías?

–Nunca dejo de hacerlo. Y no son tonterías.

–Yo creo que mientes. No hay ningún ídolo.

–Piensa lo que quieras. Hoy podrás verlo.

–Me lo has prometido tantas veces.

–Tú sígueme y verás.

–¿Dónde dijiste que estaba?

–En el centro exacto del bosque.

El sol se ocultaría pronto. Sus rayos horizontales iluminaban el polvo flotante. César y Simón estaban acuclillados al pie de un árbol, mirando hacia lo alto. Ambos observaban un bulto grande, todo envuelto en sábanas blancas, que colgaba de una soga como si fuera una jaula para aves exóticas.

–Bah, son puras mentiras –dijo Simón–. No te creo, es demasiado estúpido.

–¿Qué es estúpido?

–Eso de matar a tu familia. ¿Por qué harías algo así?

–Quizás sea un asesino. Quizás sea mi esencia.

–No digas eso. ¿Esencia?

El viento hacía bailar el bulto y la soga chirriaba, como si alguien oculto al interior estuviera susurrando.

–¿Estás molesto conmigo? –preguntó Simón.

–¿Por qué? ¿Te sientes culpable?

–No dije eso. Es que a veces te pones muy sensible.

–Y tú muy hablador. ¿Quieres ver al ídolo o no?

–Sí, quiero. Quiero acabar con esto de una vez. Digamos que es verdad; ¿se puede saber cómo hiciste para traerlos hasta aquí desde tu país?

–Mis hombros son fuertes, lo suficiente para cargarlos a todos.

–¿Qué estás diciendo? ¿Que cruzaste el mar andando?

–Es una cualidad.

–Podrás caminar sobre el agua, pero mientes muy mal.

–Si tú lo dices. Pero basta ya de charla.

César se incorporó de un salto. El sol doraba su figura mientras caminaba hacia el árbol. Trepó con agilidad a la rama más baja, escaló las siguientes como un simio y quedó a horcajadas sobre una rama gruesa a la mitad del tronco, las piernas suspendidas y las manos abrazando al ídolo, que se balanceaba tristemente.

–¿Estás listo?

La sábana se desprendió del bulto y comenzó a descender, flotando como una pluma gigante, ondulando como una hoja de papel, impidiendo en su descenso la visión desnuda del ídolo, hasta aterrizar con suavidad sobre la cabeza de Simón y vestir todo su cuerpo, su cara y su mirada.

 –¡Quítate eso y mira!–ordenó César.

–Dijiste… que nadie podía mandarme –tartamudeó Simón, que no podía ver nada con la sábana y se aferraba a ella.

–¡Están ahí abrazados, colgando juntos, como los suicidas en el infierno!

–Seguro que sí, porque si es mentira harías el ridículo.

–¡Quítate la sábana, Simón, y verás a mi familia trenzada por el amor!

–No tengo que hacerlo, no te creo nada.

–¡Tienes miedo, eres un cobarde!

–Puede ser, pero no miraré.

Simón comenzó a retroceder, se enredó con la sábana y cayó. Se levantó escuchando la risa de César, las groserías que le gritaba desde el árbol y las amenazas para que abriera los ojos y adorara al ídolo, y corrió lejos de aquel lugar. Corrió durante horas, o al menos durante horas creyó correr, hasta que el fin la risa se perdió tras él y pudo vislumbrar las luces de la casa, oír la voz de su padre canturreando en el jardín. Saltó la valla de arbustos rasguñándose las piernas y avanzó ciego, hasta que unos brazos conocidos lo acogieron y pudo llorar, gemir por fin con alivio.

–Simón, hijo, ¿qué pasa?

–Papá, es que César...

–¿Qué tiene César? Hemos estado buscándolo. ¿Dónde anda?

–El bosque.

–¿De veras? Voy por él de inmediato.

–¡Mejor no vayas!

–¿Por qué? ¿Qué tienes, Simón?

–No vayas, por favor.

–Está bien, no iré.

–Gracias. César está mal, ¿no?

–No hables así. Somos su familia y debemos cuidarlo.

–¿Es verdad que puede ver?

–¿Ver qué?

–No sé. Cosas.

–Las que imagina, supongo. Pero no hay que hacerle mucho caso.

Simón vio la silueta de su madre moviéndose en la cocina.

–Vamos a cenar, Simón. César vendrá cuando tenga hambre.

El padre tomó la mano del chico. Antes de entrar, Simón se detuvo.

–¿Ahora qué sucede?

–Papá, ¿mamá y tú siguen molestos? Siempre están discutiendo.

–Ya no. Tú mamá es maravillosa.

–¿De verdad lo crees?

–Claro que sí. Las mujeres son maravillosas, están hechas para dar.

¿Para dar?, pensó él. ¿Para dar qué

La risa de su padre nubló la mente de Simón, que ya solo pudo pensar en el olor a comida que salía por la puerta.

Luis Hernán Castañeda (Lima, Perú 1982).  Escritor peruano y profesor universitario. Ha publicado ocho libros de ficción, todos en Perú, entre ellos las novelas Casa de Islandia (2004), Hotel Europa (2005), La noche americana (2010) y La fiesta del humo (2016). Como investigador se interesa por la literatura latinoamericana moderna y ha publicado la monografía Comunidades efímeras: círculos de artistas en la novela hispanoamericana del siglo XX. Vive en Middlebury, Vermont.