Le debemos tanto a José Emilio…
Los jóvenes hablan del maestro

Por Autores varios

José Emilio Pacheco

Las batallas de la memoria y la ficción

Por Yader Velázquez

 

Era una noche cualquiera de mediados de abril. Yo tenía alrededor de 22 años y había empezado a trabajar en la empresa donde continúo hasta la fecha. Ante mí se abría un mundo desconocido, poco a poco empezaba a experimentar los efectos del tedio y el cansancio, la insatisfacción de la vida adulta acompañada de sus trampas ilusorias: la obsesión por el éxito, la sociedad de consumo, el vértigo de la información, etc. Pero esa noche después del trabajo me encontré con un descubrimiento inesperado. No sé por qué razón tomé Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco y empecé a leer. Después de unas cuantas páginas me había sumido en una especie de trance. La claridad y belleza de su prosa, sumados a la fuerza emocional de su historia, habían provocado una sensación ambigua de nostalgia y felicidad. Había algo en la forma de contar aquella historia que me emocionaba. Ante mí se revelaba una experiencia a la vez familiar y desconocida. 

De pronto, como si de una epifanía se tratase, reconocí una canción de Café Tacvba. Quizás deba ser honesto y aclarar que los versos forman parte de un antiguo bolero de mediados de los años treinta. Pero mi experiencia, mi propia vida de joven nacido en los 90s, cuya educación sentimental había estado a cargo de algunos discos de rock y de música latinoamericana, me hizo recordar con la misma fuerza ciertos eventos del pasado. Me vi a mí mismo caminando por Managua después de salir de clases, observando el tráfico de Carretera a Masaya mientras escuchaba la misma canción con los audífonos puestos.

Pensé en el paso del tiempo y en cómo aquellos años me habían formado el carácter. La memoria era renovada y reinterpretada a través de los artificios de la ficción. La cotidianidad se revelaba con cierta trascendencia, como si a través de los años aquellas acciones en apariencia desestimables hubieran adquirido su verdadero significado. Una serie de imágenes y emociones se acumulaban mientras leía de un tirón aquella novela: el recuerdo de la amistad, la experiencia de la ciudad, las aventuras de la adolescencia.

Desde entonces todo parece haber cambiado. Mi vida y mi ciudad no son las mismas. Varias patrullas de policías armados hacen guardia día y noche en las mismas calles en las que solía caminar. Algunos amigos han muerto o abandonado el país y poco a poco la euforia juvenil se disipa en el cansancio de la rutina. Quizás solo mi obsesión por la música y la literatura permanezca intacta, igual de intensa como en aquellos años. De vez en cuando, al acumulárseme el aburrimiento o el desánimo, releo aquel pasaje o escucho de nuevo la misma canción:

Al escuchar el otro bolero que nada tenía que ver con el de Ravel, me llamó la atención la letra. Por alto esté el cielo en el mundo, por hondo que sea el mar profundo.

Miré la avenida Álvaro Obregón y me dije: Voy a guardar intacto el recuerdo de este instante porque todo lo que existe ahora mismo nunca volverá a ser igual. Un día lo veré como la más remota prehistoria. Voy a conservarlo entero porque hoy me enamoré de Mariana. ¿Qué va a pasar? No pasará nada. Es imposible que algo suceda. ¿Qué haré? ¿Cambiarme de escuela para no ver a Jim y por tanto no ver a Mariana? ¿Buscar a una niña de mi edad? Pero a mi edad nadie puede buscar a ninguna niña. Lo único que puede es enamorarse en secreto, en silencio, como yo de Mariana. Enamorarse sabiendo que todo está perdido y no hay ninguna esperanza.

            ¿Y qué es la ficción si no el mecanismo de medir y transformar la vida? ¿La forma de desautomatizar la realidad y ordenar nuestra interpretación de la misma? Quizás el efecto de la historia de Carlos, Jim y Mariana, de los juegos infantiles y las caminatas por la Colonia Roma, no se deba al recuerdo de una época ni a la añoranza de una ciudad perdida.

Como todas las grandes obras, Las batallas en el desierto nos ofrece la posibilidad de comprender nuestra naturaleza humana al margen de la época o el contexto histórico. Quizás su trascendencia se deba a su capacidad para recordarnos de qué estamos hechos, de hacernos reflexionar sobre las pequeñas historias que conforman nuestra experiencia individual. ¿Qué más y qué menos podemos pedirle a la literatura?

 

La obra de José Emilio como tabla de salvación

Por Italo Yamil Dávila Rodríguez

El amor a la ficción de JEP nació con una obra de teatro, y ésta, a su vez, con Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez. Gabo es el culpable de llevarme a leer a grandes escritores, entre ellos a JEP.

Mi primer encuentro con el escritor mexicano fue en el centro laboral de mi mejor amigo. Al momento de llegar tuve que esperarlo en la biblioteca, donde aproveché el hecho de estar rodeado de libros y me dispuse a pasear de estante en estante hasta que fijé la atención en un libro que tenía una portada negra. Era una antología de poesía de JEP.

Es raro el poeta que me apresa. Uno de ellos ha sido el nicaragüense Francisco Ruíz Udiel (q.e.p.d), a quien le debo la vida por su poesía, como se la debo a JEP, de quien aquella vez me bastó leer dos que tres poemas para percibir la calidad que tenía como poeta. Y fue así que el nombre de José Emilio Pacheco me quedó tatuado en la mente y sus versos en el corazón.

La segunda vez que tuve contacto con JEP fue al escuchar música de manera consciente, y digo de manera consciente porque la canción ya la había escuchado varias veces, pero mi ignorancia no me anunciaba el tributo a JEP. La canción de Café Tacvba me llevó a leer su novela Las batallas en el desierto, una novela corta, sencilla, que me cautivó desde la primera línea. Y es que en la sencillez está su complejidad, compactada como algún tipo de alimento, así de nutritiva es la lectura de JEP.

Le debo a JEP la disciplina, respeto y perseverancia a la hora de escribir. JEP es uno de los mejores escritores, poetas, ensayistas y traductores, cuya producción literaria ha influido hasta en la música.

José Emilio Pacheco: un triunfo en la derrota

Por Andrés Moreira

 

No es exageración decir que de todos los estudiantes siempre he sido el peor. Nunca gané ningún premio ni condecoración por mis méritos académicos. Pero durante el tiempo que estudié la licenciatura en Lengua y Literatura Hispánicas en la UNAN-Managua, la maestra de Estudios Rubendarianos, al final del curso, luego de informarme en su oficina que había aprobado su clase con una nota deficiente, me dijo que por haber presentado uno de los mejores exámenes me regalaría un libro. Me obsequió La fábula del tiempo.

La fábula del tiempo es una pequeña, pero muy concentrada antología editada por Ediciones ERA, parte de la inmensa e inagotable obra de José Emilio Pacheco; libro que me dio la oportunidad de conocer poemas como «Alta traición», «Luz y silencio», «Jardín de niños», «Vidas de los poetas», «El pulpo», «La derrota», entre otros. Poemas cuyos versos que te dejan, al menos a título personal, suspendido en el espacio.

Esa misma semana devoré el libro, pero lo seguí consultando de manera periódica porque simplemente era parte de lo que estaba buscando en la poesía. Sus poemas se volvieron una suerte de mantra y en cada lectura encontraba algo nuevo en ellos, poemas que todavía me dejan con la mirada trabada en el techo por minutos que simulan ser eternos.

Pero de todos esos poemas antes mencionados es «Alta traición» el poema que más me conmueve por su fuerza anárquica y melancólica. Porque siempre he sido un desarraigado de la patria. Quizá la maestra vio en aquél joven a alguien irreverente e impetuoso, carente de sosiego y patria. Al leer La fábula del tiempo supe yo que necesitaba a José Emilio.

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