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La vida que se escribe

El periodismo cultural de José Emilio Pacheco [Fragmento]*

 


Por Juan Villoro

Fanfarria para el hombre común

Del 5 de agosto de 1973 al 4 de julio de 1976, José Emilio Pacheco publicó la columna semanal “Inventario” en el suplemento Diorama de la cultura, del periódico Excélsior, dirigido por Julio Scherer García. Luego del golpe orquestado por el presidente Luis Echeverría contra un diario que había logrado convertirse en uno de los diez mejores del mundo, Pacheco continuó publicando en la revista Proceso, también dirigida por Scherer, de noviembre de 1976 hasta su fallecimiento, en enero de 2014.
 

Antes de abordar la excepcional columna de Pacheco, vale la pena detenerse en el contexto en que fue publicada. Nadie colabora en un medio sin que alguien abra la puerta. Julio Scherer García concibió un periodismo heterodoxo, capaz de involucrar a articulistas provenientes de muy distintas disciplinas. Historiadores, politólogos, teólogos, comunicólogos, ingenieros convertidos en activistas se sumaron a un proyecto donde se hacía cultura desde la noticia y donde la cultura era noticia. Una entrevista con Julio Cortázar merecía primera plana.

José Emilio Pacheco - Foto tomada de El Universal

Excélsior renovó las posibilidades del “periodismo de autor”; a tal grado que esa tendencia influyó en las zonas menos “intelectuales” del oficio. Ramón Márquez urdió impecables piezas en el ringside del boxeo, y más tarde abordaría con fortuna la “nota roja”, y Manuel Seyde demostró que las crónicas de futbol podían ser variantes del lirismo o la diatriba, dependiendo del desempeño de los “ratoncitos verdes” de la selección nacional.

La realidad del periodismo no está en los hechos sino en la manera de contarlos. Esta certeza definió la calidad de Excélsior y sus publicaciones paralelas, Plural, dirigida por Octavio Paz, Diorama de la cultura, suplemento dirigido por el novelista Ignacio Solares, donde Pacheco publicó su “Inventario”, y Revista de Revistas, dirigida por Vicente Leñero, cronista capaz de convertir la visita de la actriz Raquel Welch a la Ciudad de México en un episodio inolvidable y de generar textos como el recuento de José Agustín sobre su estancia en la cárcel de Lecumberri o las entrevistas que la escritora argentina Tununa Mercado hizo a los sobrevivientes del Holocausto que vivían en México.

El afán de trasformar una exclusiva en buena prosa venía de lejos, según recordó Pacheco en el “Inventario” dedicado a José Joaquín Fernández de Lizardi, cuyas colaboraciones en la prensa de principios del siglo XIX fueron “literatura de emergencia”. De 1968 a 1976, en el Excélsior de Scherer esa emergencia se volvió costumbre y la “firma”, tan importante como el tema abordado.

En 1976 entré a estudiar la carrera de Sociología en la Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa y un profesor nos advirtió: “Estudien, muchachos, o van a acabar de periodistas”. Durante décadas, el oficio había sido degradado por escribidores que recibían sobornos del gobierno y pensaban, como el general Gonzalo N. Santos, que “la moral es un árbol que da moras”. Pero las cosas habían comenzado a cambiar, al menos en Excélsior. Ese mismo año, el presidente Echeverría juzgó que el periódico había ido demasiado lejos en su independencia y creó las condiciones para una sublevación “interna”, sin saber que los expulsados fundarían diversos medios críticos, como el unomásuno, La Jornada y, por supuesto, Proceso, revista encabezada por el propio Scherer.

La afrenta a la libertad de expresión fue narrada con pulso maestro por Vicente Leñero en su novela sin ficción Los periodistas. Desde su título, el libro anuncia que el tema a tratar es un oficio. Al narrar los avatares de Excélsior, diagnostica las amenazas que se ciernen sobre la verdad y otorga valor épico a la sala de redacción donde se fragua el destino que se leerá mañana.

En un ámbito donde los colaboradores de la prensa adquirían progresiva importancia, Pacheco se presentaba como un testigo que rehuía el primer plano. Firmaba con sus iniciales (JEP) y dosificaba sus opiniones para realzar las de los otros. Al hablar de la voz sosegada de Antonio Machado, señaló que era “un conversador extraviado en una asamblea de oradores”. Lo mismo puede decirse del tono de Inventario, donde rara vez se usa la primera persona y donde los alardes estilísticos se suprimen en favor de la eficacia narrativa. Si para Ortega y Gasset la claridad es la cortesía del filósofo, para Pacheco es la obligación del cronista.

Esta voluntad de desaparecer contrasta con el tono confesional de otro colaborador del diario, Jorge Ibargüengoitia, maestro de la primera persona que escapó al narcisismo gracias al humor con que se burlaba de sus equívocos. Mientras Pacheco narraba la historia que antecedió al golpe de Estado en Chile, el calvario de Sacco y Vanzetti o la ascensión y caída de Vicente Guerrero, Ibargüengoitia ofrecía exclusivas de su vida privada y transformaba a sus tías de Guanajuato en celebridades noticiosas. En forma brillante, ambos registros establecieron polos complementarios del nuevo periodismo mexicano.

Pacheco apostó por un punto de vista a medio camino entre la crónica y el ensayo. Para Alfonso Reyes, el ensayista practica el “centauro de los géneros”, una criatura dual, hecha de ideas y aconteceres. Jinete de sí mismo, es un comentarista que relata, que piensa al cabalgar. Pacheco amplía estos atributos e incluye las exigencias del momento: en su caso, la mirada de Sagitario depende del paisaje que recorre semanalmente. Al escribir para un periódico, adquiere estrictos compromisos con la legibilidad, la extensión y la pertinencia temporal de sus textos. Opera en un espacio restringido. Curiosamente, estas exigencias fomentan su creatividad. Si el poeta debe liberarse entre las catorce rejas de un soneto y atender a la métrica y la rima, el periodista debe cumplir con un riguroso número de caracteres y satisfacer requisitos de interrogatorio judicial: qué, cómo, cuándo, dónde y con quién.

El autor de Inventario fue ensayista desde el periodismo, lo cual equivale a decir que logró que la erudición pactara con los favores de la claridad y los imperativos de la hora.

Sabemos, por Roland Barthes, que la persona que firma un texto no es la misma que lo cuenta. Autor y narrador son categorías distintas. JEP se postuló como una voz que podría parecer contradictoria: fue un proselitista discreto. Sin exhibirse a sí mismo, exhibía sus convicciones; se borraba como autor para fortalecerse como narrador.

No quiso recopilar en vida sus “Inventarios”, aunque recibió infinidad de solicitudes al respecto. Hasta la fecha, la mayoría de esos trabajos sólo se encuentran en Internet o en las remotas salas de las hemerotecas. Sus lectores recuerdan, o creen hacerlo, datos e ideas leídos a lo largo de cuatro décadas. Los más fetichistas conservan algunos textos en su archivo personal, la mayoría los atisba de modo fragmentario en las citas que de ellos hacen otros autores. Durante cuatro décadas hemos practicado una lectura legendaria de una obra mayúscula que escapa a cualquier antecedente en la literatura en lengua española.

Editorial Era prepara una antología en tres tomos del caudaloso Inventario. He podido consultar las 724 páginas del primero de ellos. Mis reflexiones se basan en ese acceso parcial a la enciclopédica contribución de Pacheco.

En 2003, Marco Antonio Campos reunió en un magnífico volumen, La lumbre inmóvil, las colaboraciones de Pacheco sobre el poeta Ramón López Velarde. Siguiendo ese ejemplo, se podrían extraer de Inventario libros sobre el modernismo, el Siglo de Oro, el grupo de Contemporáneos, los independentistas latinoamericanos, los liberales del siglo XIX (“la mejor generación que ha dado este país”) o el annus mirabilis de 1922, que produjo las obras maestras de Joyce, Eliot, Vallejo y Rilke. Sin embargo, Pacheco se negó a ordenar sus “Inventarios” en libros temáticos. El primer tomo que está por publicarse es fiel al carácter ecléctico de textos motivados por muy variadas exigencias periodísticas, pero ha sido podado con cuidada cortesía para evitar excesivas reiteraciones (toda columna semanal, en sí misma, es la puesta en escena de una obsesión).

En forma deliberada o involuntaria, el escritor dispone de una estrategia para presentar su obra. Incluso las “actitudes secretas” —guardar silencio, vivir en reclusión o carecer de una conducta pública definida— definen la percepción pública de su persona y la forma en que circulan sus libros.

Pacheco era célebre por su modestia, contradicción reforzada por otra ambivalencia: no concedía entrevistas, pero dialogaba durante horas con quienes asistían a sus multitudinarias conferencias. En su espléndida semblanza de Chesterton, publicada en el “Inventario” del 2 de junio de 1974, hizo un retrato indirecto de sí mismo. Maestro de las paradojas, el autor de El hombre que fue jueves dejó esta frase sobre la inutilidad de las noticias: “El periodismo consiste esencialmente en decir ‘Lord Jones ha muerto’ a gente que no sabía que Lord Jones estaba vivo”. Después de desacreditar la importancia del género, Chesterton lo ejerció con pasión. Pacheco dice de él: “con la más sincera modestia se definía como ‘a jolly journalist’”; el periódico le parecía “una escuela de trabajo y humildad […] la mayor obra publicada anónimamente desde que se erigieron las grandes catedrales cristianas”.

Chesterton era un tremendista que disfrutaba la cultura y los placeres: “Puso su oído sobre la hierba y escuchó el rumor de las catástrofes que se aproximaban. Su optimismo es una respuesta al caos que nos amenaza por todas partes”, escribe Pacheco. La mayor similitud entre ambos es el respeto por quien se encuentra al otro lado de la página, el ignorado testigo que lee: “Lo que más aprecio del hombre: el viejo bebedor de cerveza, forjador de credos, frágil, sensual, respetable”.

No es común asociar a Pacheco con el católico e irónico Chesterton, extraño caso de conservador liberal. Sin embargo, ambos entienden el periodismo como una tarea colectiva y anónima, redactan con la sutileza de quien incorpora su voz al coro sin pretender cambiar la melodía, conciben la Historia como un teatro del desastre y profesan un amor mundi que les permite celebrar la naturaleza, ciertas calles, algún atardecer y la literatura. Por último, se dirigen a un lector marcado por una nobleza vulnerable, el ser común que bebe cerveza.

 

 

Discreción y fama pública

Desde su título, “Inventario” se presenta como un recuento de activos que no pertenecen al autor. Pacheco actúa al modo de un notario (oficio que, por cierto, ejerció su padre): da fe de acontecimientos y méritos ajenos. Enemigo de “darse aires”, solía citar una frase de Flaubert: “Los honores deshonran y los grados degradan”. Si acaso se refería a sí mismo, usaba la expresión “este redactor”. Sin embargo, las iniciales JEP, destinadas a ocultarlo, acabaron por tener el efecto opuesto. En Francia, el hipermediático Bernard-Henri Lévy es conocido como BHL. ¿Qué autor mexicano ha logrado un sello equivalente? La discreción de Pacheco fue un ingrediente de su notoriedad. Aunque “Inventario” hubiera aparecido sin sus siglas, se habría reconocido su autoría.

Si el estilo ensayístico de Octavio Paz es el de quien deletrea el mundo desde su balcón con luminosa contundencia, sin pedir auxilio a las voces con las que dialoga, pero que rara vez llegan a sus páginas en forma de citas, José Emilio Pacheco es su contrafigura ensayística, el escribano que anuda los cabos sueltos de la tradición y se reconoce deudor de infinitos predecesores. En este sentido, “Inventario” representa la más dilatada muestra de cortesía en la literatura del idioma.

Con inaudita generosidad, Pacheco se ocupó del trabajo de los otros. Fue amanuense de Juan José Arreola, prodigioso orfebre verbal que le dictó Bestiario, y Fernando Benítez no publicaba un libro sin someterlo a sus correcciones. Su rigor en este territorio alcanzó rango mítico: “Ver a José Emilio corregir un texto es asistir a un campo de batalla”, comentó Carlos Monsiváis.

La genuina valoración de los autores sólo puede ser póstuma. En uno de sus primeros “Inventarios”, escrito en 1974 con motivo de la muerte de Rosario Castellanos en un accidente en Israel, Pacheco comenta: “Nadie puede saber verdaderamente quién es un poeta hasta que sus versos son su única voz, hasta que nos hablan no ya de la muerte sino desde la muerte, y al cerrarse sobre sí mismos se iluminan con su auténtica luz”.

La importancia de entender la literatura como un legado y no como algo que se produce de modo todavía tentativo es tan significativa que Pacheco encomia el peculiar trato que Vasconcelos da a sus conocidos: “Tuvo el valor de hablar sobre los vivos como si ya estuvieran muertos”. La frase alude a la inevitable condición necrológica de la escritura testimonial: quien lleva la cuenta de los días trabaja con una materia evanescente; escribe hoy el pasado de mañana. Sobre este punto, conviene recordar el inagotable Cuaderno gris, de Josep Pla, donde el diarista reflexiona en la dificultad de ser contemporáneo de los personajes retratados. La objetividad surge de la distancia que sólo brinda lo que ya ocurrió, sin enmienda posible. Es la perspectiva que Pacheco encomia en Vasconcelos.

El cronista debe situarse en un plano que le permita entender el instante como algo que será olvidado y sólo alcanzará resistente condición cuando lo rescate la memoria. Escribir es una apuesta contra la fugacidad que construye el pasado del futuro. En palabras de Michel Foucault: “Escribir significa ocuparse de la muerte de los otros, pero sobre todo ocuparse de los otros como si ya estuvieran muertos. En cierto sentido, escribo sobre el cadáver de los otros. Debo admitir que, de algún modo, estoy postulando su muerte. Al hablar de ellos, me coloco en la posición del anatomista que practica una autopsia […] No los condeno a muerte, sencillamente asumo que están muertos”[2].

La obsesión por el paso del tiempo se advierte en los títulos de numerosos libros de poesía de Pacheco: Tarde o temprano, Irás y no volverás, Desde entonces, Siglo pasado y, por supuesto, No me preguntes cómo pasa el tiempo.

 

En el poema “Contraelegía”, de Irás y no volverás, dice:

 

Mi único tema es lo que ya no está.

Sólo parezco hablar de lo perdido.

Mi punzante estribillo es nunca más.

 

La vida que se escribe hoy, necesariamente, estará muerta mañana. Asumirlo no significa apelar a un sentido necrofílico de escritura; es su razón de ser. Toda obra tiene un carácter testamentario. La observación de Pacheco sobre Vasconcelos no es un juicio moral, sino un principio técnico.

Aquella frase, por cierto, va precedida de otra: “Escribir es herir, afrentar, difamar”. JEP fue un cronista cauteloso. Aunque opinaba con franqueza, puso especial esmero en reconocer hasta la más mínima deuda intelectual, rara vez criticó a un colega y no tuvo talante de polemista.

El narrador reticente evita la contundencia y favorece las suposiciones. En los cuentos de El viento distante, Pacheco opera por alusión: lo insinuado es más fuerte que lo dicho. En Inventario asume un tono más directo y franco, pero no olvida que “escribir es herir, afrentar, difamar” y se detiene antes de que la queja o la discrepancia puedan ser vistas como un ataque.

De cualquier forma, sabe que alguien, en alguna parte, lo lee con mala leche. Todo fabulador es un profesional de la sospecha; imagina posibilidades: la paranoia favorece la ficción. En esa tesitura, Pacheco advierte: “Siempre somos la bestia negra de alguien que en secreto anota los agravios que involuntariamente le infligimos. El día menos pensado nos presentan la cuenta”. Una indudable ventaja del autor póstumo es que desconoce la forma en que es leído y, sobre todo, la forma en que es ignorado.

¿Inventario permaneció inédito como libro para evitar el caprichoso y tal vez vengativo juicio de los otros? Sean cuales fueran las razones, no pueden atribuirse a un autocrítico repudio al mayor torrente literario del autor ni a un veleidoso rechazo a los lectores.

Pacheco se interesaba en la circulación, la recepción y el devenir público de los textos. Una fotografía de Rogelio Cuéllar lo muestra en medio de una vorágine de libros y sugiere a un ermitaño que rara vez abandona su biblioteca. No es erróneo verlo como un bibliófilo, pero también estamos ante un testigo del acontecer que no escatima el trato con los otros. Su universidad fueron las redacciones. En 1957, a los dieciocho años, se hizo cargo de la sección “Ramas nuevas”, dedicada a los jóvenes escritores en la revista Estaciones, que dirigía y pagaba con generosidad el poeta Elías Nandino. Desde entonces, colaboró en numerosos medios y desplegó una intensa actividad en la vida cultural. Aunque prefería no ser reconocido, rara vez lo lograba. Con simpática coquetería, aseguraba que sus libros estaban destinados a no salir de las bodegas de las editoriales, pero era uno de los pocos escritores reconocidos por los pasajeros del metro (con justicia poética, un vagón lleva hoy su nombre)

Poeta, novelista, cuentista, guionista de cine (le debemos El castillo de la pureza y El Santo Oficio, dirigidas por Arturo Ripstein) y de noticieros cinematográficos, traductor, antologador, profesor universitario, miembro de El Colegio Nacional, Pacheco ejerció la literatura en muy diversos frentes. No fue un alquimista refugiado en su santuario, sino un lector inmenso que conocía el entorno circundante. Su amistad con Carlos Monsiváis dependió de afectos y complicidades generacionales, del sentido del humor y el interés por el modernismo o los liberales del siglo XIX, pero también de su mutua pasión por la cultura popular. Baste mencionar la forma en que Pacheco recupera el mundo de la lucha libre en la novela breve El principio del placer, el “Inventario” que dedica a Agustín Lara y la importancia que en Las batallas en el desierto concede a las fotos tímidamente eróticas de la revista Vea, consultadas en el recoleto espacio cultural de una peluquería.

Un tema transversal recorre numerosos “Inventarios”: la reflexión sobre el contexto que favorece o limita la cultura. Crítico de la banalización, Pacheco se refirió a las “alusiones perdidas”, los referentes —muchos de ellos tomados de la Biblia o la tradición grecolatina— que durante siglos formaron parte de la educación media y que han perdido significado en la sociedad del espectáculo. En este sentido, su Inventario representa una decisiva intervención para evitar el incesante repliegue de las referencias culturales. La nota exacta, la efeméride sorprendente, la renovada pertinencia de un poema muestran la forma en que un garante del tono civilizado se harta y desespera ante el deterioro del ambiente.

Equidistante del apetito por lo nuevo y el conocimiento de la tradición, entendió la originalidad no como un exabrupto surgido de la nada, sino como una informada discrepancia con lo anterior: “La única ruptura válida es el rompimiento con lo aprendido y dominado, no la que sirve pare disfrazar la torpeza, la indolencia o la ineptitud”, escribió cuando iniciaba su columna, en enero de 1974.

Las vanguardias le interesaron como ensayista sin influirlo como poeta. No se apropió del “diccionario amotinado” que Borges atribuyó a los estridentistas, pero en su calidad de cronista registró ése y otros arrebatos literarios. Como creador, su gesto más rupturista fue la novela Morirás lejos, influida por la nouveau roman. En julio de 1981 precisó: “La vanguardia es, tiene que ser, un momento, no un modus vivendi”. Al triunfar como sorpresa, lo nuevo se diluye pronto.

Su rescate de la tradición no le impidió interesarse en subgéneros como el cómic o el folletín, y en alguna ocasión dedicó su columna al autor de bestsellers Harold Robbins, que había vendido más libros que todos los autores mexicanos juntos. Consciente del carácter mundano e histórico de la escritura, se interesó en la fama pública de los autores (“escritor famoso es aquel a quien negamos apasionadamente sin habernos tomado nunca la molestia de leer un párrafo suyo”) y de los malentendidos que acarrea. A propósito de Hemingway, comentó que la leyenda del novelista como hombre de acción, interesado en visitar el frente de guerra, cazar leones y descorchar botellas de champaña, había ocultado las fatigas de quien pasaba horas ante los borradores para renovar la prosa: “Si algo se nos derrumba en 1981 es la imagen antiintelectual de Hemingway: el feroz combatiente, el insensible conquistador, el macho a la intemperie, pasa a segundo plano ante el humilde estudioso y denodado trabajador de las letras, el Borges de Montparnasse (quién lo diría) y el Flaubert de San Francisco de Paula […] Y quien hoy se levanta de sus cenizas no es tanto el campeón vencido, el cazador desmoronado que cobró su última pieza en sí mismo, como aquel muchacho que en un Montparnasse que ya no existe miraba lleno de valor y de esperanza un provenir que hoy es nuestro terrible pasado”.

Pacheco tampoco fue ajeno a la forma en que la conducta cívica influye en los destinos literarios. Estudió la vanguardia estridentista pero lamentó que sus principales voceros se transformaran en diplomáticos o diputados y lucharan contra Salvador Novo, Carlos Pellicer, Jorge Cuesta y los demás miembros del grupo Contemporáneos para acabar con “la comedia de maricones y el cinismo de los pederastas”.

 Su renuencia a aparecer en televisión o dar entrevistas no fue un gesto de misantropía; derivaba de su genuina timidez, pero también de una convicción: el discurso literario se abarata bajo los reflectores. Aquilató el valor del silencio y el secreto, convencido de que la fuerza magnética de un documento inencontrable sólo se ve disminuida por su hallazgo. Al posponer la publicación de su muy solicitado Inventario, le otorgó el interés de lo que debe ser aguardado. En medio del frenesí de lo instantáneo, apostó por otro tiempo para la lectura, menos ansioso, más perdurable.

Esta dilación conllevaba un riesgo. El periodismo cultural vive de la circunstancia; al paso de los años, las columnas semanales pueden parecer extemporáneas o incluso incomprensibles. La demora en publicar Inventario como libro aumenta la expectativa, pero también pone a prueba la resistencia de los textos. Ya ajenos a la oportunidad periodística, tendrán que sobrevivir como literatura.

 

 

La escritura imposible

Ricardo Piglia señaló que su verdadero interés como autor consistió desde un principio en practicar una forma privada de la escritura: el diario. Sin embargo, resulta difícil que se publiquen las páginas íntimas de alguien que no ha escrito nada más. Para remediar esta situación, publicó novelas, ensayos y cuentos, construyendo una personalidad literaria que, a la postre, le permitiera dar a conocer sus papeles personales. Esta explicación es algo más que una broma: Piglia necesitaba ser dos autores, uno público y otro oculto, que sólo podía aparecer gracias el primero, en segundo término. Adelantó algunos pasajes del diario, pero la mayor parte de ese corpus se mantuvo oculto hasta 2015, cuando apareció el primer volumen de Los diarios de Emilio Renzi. Así concluía un itinerario bibliográfico, el largo camino del escritor conocido al escritor secreto.

El caso de Pacheco es diferente porque “Inventario” salió a la luz. Sin embargo, sólo un maniático del coleccionismo hubiera podido conservar esas publicaciones a lo largo de cuarenta años. El autor no ocultó las partes, sino el todo que le daba cabal sentido, pues la escritura enciclopédica opera por acumulación.

En sentido inverso a los diarios de Piglia, los “Inventarios” publicados durante cuarenta y un años fueron puestos en reposo, sometiéndose al olvido o la lectura parcial. No se trataba de los residuos nunca recogidos en libro que deja todo autor, sino de un proyecto esencial, al que Pacheco dedicó la mayor parte de su trayectoria. Con los años, el caudaloso panorama de la cultura en el último cuarto del siglo XX y los primeros años del XXI adquirió el aura de lo que sólo se conoce de oídas, a partir de citas o las búsquedas en Internet.

¿Algo falló en el camino? Uno de los temas recurrentes en la poesía de Pacheco es el fracaso literario. Desde su título, el poema “Despedida”, incluido en Tarde o temprano, tiene un aire testamentario. Ahí, el poeta aborda su incierto legado:

 

Fracasé. Fue mi culpa. Lo reconozco.

Pero en manera alguna pido perdón o indulgencia.

Eso me pasa por intentar lo imposible.

 

La poesía de Pacheco suele asumir un tono conversacional y sus cuentos rehúyen la imaginación desaforada. En prosa y en verso es un autor que se percibe fácilmente como cercano; no pretende que el lector se adentre en magníficas tinieblas ni procura cegar con su mucha luz. Lejos del deliberado artificio, descifra y crea enigmas en lengua llana y en espacios de entrañable familiaridad.

Entre sus empeños, lo que más se acerca a una “escritura imposible” es “Inventario”. Ahí se sirvió de todos los géneros para apoyar el de la crónica y aceptó el enciclopédico y extenuante desafío de ser Diderot una vez a la semana. Es posible que la negativa a publicar se viera influida por el hecho de escribir algo que jamás estaría completo —el devenir transformado en escritura—, o que sólo lo estaría con la muerte del autor. Lo cierto es que el destino final de esas copiosas páginas se convirtió en su trama decisiva. Gran lector de novelas de  aventuras (no es casual que dedicara dos “Inventarios” a Jack London), JEP no podía ignorar que cuando sus textos regresaran para someterse a la prueba del tiempo, tendrían la sugerente condición de “manuscrito hallado”.

Hay algo descomunal en el interés de cubrirlo todo, del secuestro de la millonaria Patricia Hearst a los crímenes de Charles Manson, pasando por la invención de la máquina de escribir y los poemas del olvidado José Santos Chocano. Pacheco sabía que estaba creando un libro imposible y lo más congruente era no publicarlo. Antes de Internet, y al igual que su amigo Carlos Monsiváis, se convirtió en un “motor de búsqueda” que articulaba datos dispersos y referencias que jamás se habían cruzado. La sostenida aparición de sus columnas hizo que esa peculiaridad adquiriera la rara apariencia de algo “natural”. JEP ocultó su originalidad transformándola en costumbre.

Armando Ponce, director de la sección cultural de Proceso, ha relatado el tino con que reaccionaba ante la concesión del Premio Nobel. Ciertos galardonados, que podían sorprender a otros comentaristas, eran abordados por Pacheco con la seguridad de quien lleva años esperando la noticia.

Esto permite hacer algunas conjeturas sobre la forma en que leía, anticipando temas futuros. Coleccionista de minucias, aguardaba el momento para conectarlas. En el laberinto de los libros, las revistas y los cables noticiosos recogía hallazgos que podían calificar como rarezas o curiosidades y adquirirían relevancia con el acontecer. Inventario sólo se explica por el fervor con que Pacheco ejercía la lectura potencial, aquilatando un texto en espera de un sentido posterior, dictado por la contingencia.

Tanto el escritor satírico como el enciclopedista ejercen una pedagogía moral. El primero edifica por medio del defecto, señalando los vicios que deben evitarse; el segundo, preserva la civilización en medio de las ruinas y propone un sistema de alarma para evitar daños mayores. Como Voltaire, Rousseau, Borges o Alfonso Reyes, Pacheco pertenece al segundo orden; acopia el saber y critica la decadencia de la cultura, la urbanidad en riesgo, la destrucción de la naturaleza. Cuando no tiene un blanco a la vista, y así esté hablando de otra cosa, arremete contra la devastación de la Ciudad de México (al ocuparse de Efraín Huerta recuerda los “dos volcanes muertos cubiertos por la nieve” descritos por el poeta en 1950, ya convertidos en “el único espacio del DF que aún no alcanzamos a destruir ni a envilecer”, y al resumir la curiosa biografía de José Santos Chocano se desvía para decir que las nuevas obras de vialidad “han convertido de una vez y para siempre a México en el Detritus Federal”). Inventario es, simultáneamente, archivo y ventanilla de quejas, el compendio de lo que merece ser conservado y de los impedimentos para que eso suceda.

Pero también estamos ante un formidable caso de hedonismo. La columna le permitió a Pacheco ejercer en forma vicaria variantes de la escritura que le apasionaban, pero que no abordó de modo canónico. No fue biógrafo, historiador, novelista de aventuras, dramaturgo ni analista de estrategias militares; sin embargo, todas estas facetas alimentan su periodismo cultural. Ante la necesidad de informar, suplanta a la autoridad que no ha llegado al tema. Abre el tremendo expediente de Antonio López de Santa Anna, once veces presidente de México, y comenta: “Hay buenos libros acerca de Santa Anna pero aún nos falta la gran biografía, el estudio del hombre, época y sociedad que ya puede emprenderse con base en los trabajos monográficos de años recientes. Mientras llega esa obra, conviene repasar en forma mínima lo que aprendimos y olvidamos en la escuela”. Con típica falsa modestia, finge apoyarse en sus recuerdos escolares para trazar un complejo retrato del ditirámbico guía de hombres que celebró un funeral de Estado para su propia pierna. No es casual que le entusiasmara la novela Ragtime, de E. L. Doctorow, publicada un año antes de esa nota, que convierte episodios históricos en sustancia narrativa.

En sus textos historiográficos acude con frecuencia a la anécdota secundaria, la petite histoire que redondea y sazona los hechos: “El paso del tiempo dignifica los chismes de una época y los convierte en historia”, escribe a propósito de la legendaria Rosario, que hechizó a Luis G. Urbina, Guillermo Prieto y José Martí, y llevó al suicidio a Manuel Acuña.

Algunos de los momentos más felices de Inventario son miniaturas teatrales, como el encuentro de Amado Nervo y Ramón López Velarde en la calle de San Juan de Letrán. En el México de los ochenta, López Velarde, discípulo de Nervo, tiene una reputación superior, pero el autor de La amada inmóvil entiende mejor la forma en que se fraguan las reputaciones y acepta complacido que todos los poetas se mezclen y confundan en la sensibilidad de los lectores.

En otro diálogo imaginario, Pacheco hace que Ignacio Ramírez diga que la palabra “México” significa “Lugar donde los muertos se convierten en calles”. Visto desde la historia oficial, el pasado es materia inerte, placas que se oxidan en las esquinas de las calles. A contrapelo de la museificación de la historia, el memorialista busca darle vida a lo ya sucedido. Por ello, al evocar la figura de Tina Modotti, Pacheco se refiere a “la nostalgia de lo inmemorable, de lo que no vivimos ni viviremos jamás”. Paradoja de la crónica: el presente es la actualidad que muere y el pasado, la vida que se recupera y no se tuvo. En un juego de perspectivas, el narrador aleja lo próximo y acerca lo distante.

En el periodismo de los modernistas, con Martí y Darío a la cabeza, Pacheco distinguió “el gran campo experimental del movimiento renovador”. Décadas después, “Inventario” se beneficia de la ficción y ofrece, entre otras fabulaciones, el monólogo interior del asesino de Álvaro Obregón y una farsa futurista de la sociedad del espectáculo en la que el actor de telenovelas Ernesto Alonso es secretario de Gobernación, el Indio Fernández secretario de Defensa y Chespirito secretario de Educación.

De manera emblemática, el texto sobre Santa Anna se publica el 27 de junio de 1976, once días antes del golpe a Excélsior. Se trata del penúltimo “Inventario” en el periódico dirigido por Scherer. Al retratar los delirios del poder en otra época, retrata el clima en el que escribe. Pacheco está pendiente de la circunstancia que lo rodea; a tal grado que en ocasiones se reclama a sí mismo su falta de oportunidad. En octubre de 1980 dedica cuatro piezas a Quevedo y al comienzo de la cuarta exclama: “¡Otro artículo sobre Quevedo! Es antiperiodístico. Es evasivo. Realmente no vale la pena. Qué tiene que ver con México. ¿Usted cree que a un campesino de Chiapas le interesa Quevedo, puede entenderlo?”. Esta autocrítica tiene un sentido paródico; obviamente, la literatura del Siglo de Oro no es prioritaria para un campesino de Chiapas, pero tampoco lo son los demás temas de Inventario. Aunque acepta su exageración al concentrarse tanto en un solo autor, su idea del periodismo depende de ese tipo de excursiones intelectuales. Escribe convencido de que la cultura clásica española es parte de nuestra tradición, de que no hay asunto suficientemente complejo para que no lo aborde el periodismo y de que las monedas antiguas tienen valor de cambio en el presente.

Después de abrir su texto sobre el autor de del Buscón con una arenga contra lo “antiperiodístico”, encuentra en el propio Quevedo su razón de ser como cronista: “No se ha dicho que él es el primer periodista español, el primer escritor que habló desde la actualidad inmediata en obras como La España defendida y los tiempos de ahora, Grandes anales de quince días, La rebelión de Barcelona, El alevoso manifiesto de Vasconcelos”.

¿Qué límites plantea el continuo mirar atrás? La recuperación narrativa del pasado corre el riesgo de mistificar a sus criaturas. Al escribir de los piratas de América, señala que los corsarios y los bucaneros corren el riesgo de ser vistos como convenciones literarias y no como realidades que amedrentaron las costas del mundo. Los novelistas se ocuparon tanto y tan bien de ellos que contribuyeron a un “proceso irrealizador” de figuras auténticas. Al glorificar a los personajes históricos, la ficción puede transformarlos en seres de leyenda. Es posible que este prurito haya influido en su renuncia a escribir novelas sobre dos temas que lo apasionaron durante toda su vida y que suelen llegar juntos: los acontecimientos históricos y las batallas. Inventario es una demostración del espléndido novelista de peripecias que Pacheco no quiso ser. El efecto secundario de esa vocación cancelada son indelebles crónicas sobre protagonistas de la Independencia, la Reforma o la Revolución, y sugerentes descripciones de escaramuzas militares. Borges dijo que, en su condición de hombre cobarde, admiraba la valentía. Como otros pacifistas antes que él, Pacheco detestaba la guerra pero se dejaba cautivar por el ajedrez de los ejércitos.

Varias veces se refirió al primer Porfirio Díaz, en el que no podía intuirse al futuro dictador, el héroe que recuperó la Ciudad de México durante la Intervención Francesa, apoyándose en una tropa muerta de hambre, los chinacos. Su entrada a la capital produjo más susto que alivio, no por lo que esos andrajoso batallones pudieran hacer ahí, sino por el estado en que se hallaban. Hombres enjutos, famélicos, almas en pena que sin embargo habían derrotado a uno de los ejércitos más poderosos sobre la Tierra.

En otro pasaje, Pacheco describe con precisa logística la toma de Puebla por parte de Díaz: “Al frente de cuatro mil hombres Díaz ya estaba entrando casa por casa en Puebla. Cuando supo que Márquez se aproximaba, decidió jugarse el todo por el todo y lanzarse al asalto general. Tres columnas atacaron el convento del Carmen a fin de distraer a los imperialistas mientras otras catorce columnas esperaban la señal para la gran ofensiva: un enorme lienzo que ardería en la iglesia de San Juan”.

Los pasajes épicos de Inventario contrastan con dosificadas y eficaces ráfagas de humor. En su registro de la realidad no faltan los golpes de ironía (“El Congreso —tradicionalmente formado por hombres capaces de aplaudir de pie su propia sentencia de muerte”), ni los asombros del observador atento: “El gran talento urbanístico estadounidense fue confiar la belleza de sus pueblos exclusivamente a los árboles”. Tampoco escasean los atinados atisbos del porvenir. En 1979, JEP anticipa la pérdida de privacidad que traerá la cultura digital: “En algún lugar hay una computadora en cuya memoria está inscrita nuestra intimidad toda” y aborda un tema que años después será tratado por Paul Virilio, el cortocircuito que provoca la excesiva marea de datos. Antes de la avasalladora llegada de las redes sociales, profetiza: “La información es tan abrumadora que no sirve para nada, la plétora nunca vista de datos hará prácticamente imposible reconstruir nuestra época”.

El autor de No me preguntes cómo pasa el tiempo no podía resistirse a practicar ejercicios contrafactuales, imaginando la posible historia alterna de hechos verídicos. En un “Inventario”, imagina que Ramón López Velarde no muere a los 33 años. Como ha sido maestro de Miguel Alemán en la Preparatoria, obtiene un “hueso” y se convierte en burócrata de la cultura. En otro texto, Álvaro Obregón no es asesinado en 1928: el general invicto de la Revolución se consolida en el poder y se convierte en un dictador comparable a Porfirio Díaz.

Historiador de los demás, en ocasiones también lo fue de sí mismo. De pronto exhumaba alguno de sus textos para contrastarlo con sus ideas en el presente. En 1982 recordó que, veinte años antes, había escrito la primera nota mexicana sobre un ilustre desconocido, Gabriel García Márquez. En otro texto recupera una crítica a Las peras del olmo, de Octavio Paz. Estamos ante un singular caso de ambivalencia, muy propio de la barroca cortesía mexicana. El redactor de “Inventario” se descalifica con estas palabras: “Pontifiqué con el aplomo que sólo puede dar la ignorancia”. Luego cita in extenso la reseña en la que habla de “las retorcidas ‘Semillas para un himno’” y arremete contra los “súbditos laudatorios y críticos particulares” que tanto daño le están haciendo al poeta. Al reproducirse en 1982, cuando Paz es la figura dominante y en cierta forma opresiva de la cultura mexicana, la crítica ofrece una saludable nota discordante en un medio donde la discrepancia casi siempre ha sido vista como enemistad (el propio Paz lamentó que no hubiéramos tenido una Edad Crítica). Es cierto que Pacheco se descalifica, pero su argumentación no deja de surtir efecto.

Inventario registra la evolución de un temperamento intelectual que muy rara vez, pero siempre en forma definitiva, toca la vida del autor. Dentro de los escarceos autobiográficos, vale la pena detenerse en la columna del 7 de noviembre de 1977 que rememora una estancia en el Campeche de 1951. A los doce años, José Emilio descubre los placeres del mar y la naturaleza. El hedonismo del entorno representa un decisivo rito de paso. Sin embargo, en esa apartada costa también conoce la pobreza extrema, se siente perseguido por los “otros” y se avergüenza de sus privilegios. Aprende que el paraíso existe pero ha sido mancillado. Esta lección no lo abandonará en ninguno de sus textos, muchos de ellos dedicados a ejercer un recurso que encomió en Quevedo: “la imaginación del desastre”.

En las sobremesas, disfrutaba narrando el sinfín de coincidencias necesarias para que un milenario bloque de hielo hubiera chocado con el Titanic. Con peculiar deleite, conectaba los datos dispersos que volvían explicable la tragedia.

A propósito de la relación entre la Nueva España y la metrópoli escribió: “Los pobres ven a sus opresores devorar platos de una cocina suntuosa, engendradora de la siesta que aprovechan sus frugales enemigos protestantes para ir socavando el suelo donde se apoya el dominio peninsular”. De nueva cuenta, acontecimientos que parecerían destinados a no cruzarse explican lo real de modo sorprendente: la injusticia social del siglo XVI permite a las clases altas de España sucumbir a la glotonería, lo cual les impone la moda de la siesta; mientras tanto, más sobrios y calculadores, los puritanos ingleses se preparan para vencer a la Armada Invencible. Demasiados guisos y demasiadas siestas cambian la historia del mundo.

Compendio de asombros disfrazados de minucias, Inventario es la aventura, necesariamente parcial, de un artífice que se planteó, con modestia de artesano y pasión por lo imposible, abarcar la totalidad.

 

 

 

 

*La versión completa de este texto fue publicada por El Colegio Nacional en su serie Libros de Canasta.

 

 

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[1] Escribo “Inventario” para referirme a una columna puntual de Pacheco e Inventario para aludir al libro que las reúne.

 

[2] En El lenguaje comienza después de la muerte, conversaciones con Claude Bonnefoy.

Juan Villoro nació en México, en el Distrito Federal, el 24 de septiembre de 1956. Estudió Sociología en la Universidad Autónoma Metropolitana. Condujo el programa de Radio Educación, “El lado oscuro de la luna” de 1977 a 1981 y fue agregado cultural en la Embajada de México en Berlín Oriental, dentro de la entonces República Democrática Alemana, de 1981 a 1984. Ha ejercido como director del suplemento “La Jornada Semanal” de 1995 a 1998, además de impartir talleres de creación y cursos en instituciones como el Instituto Nacional de Bellas Artes y la Universidad Nacional Autónoma de México. Como redactor ha colaborado en las revistas Cambio, Gaceta del Fondo de Cultura Económica, Universidad de México, Crisis, La Orquesta, La Palabra y el Hombre, Nexos, Vuelta, Siempre!, Proceso y Pauta, de la cual fue jefe de redacción, así como en los periódicos y suplementos La Jornada, Uno más uno, Diorama de la Cultura, El Gallo Ilustrado, Sábado, entre otros. De 1976 a 1977 fue becario del INBA en el área de narrativa y del Sistema Nacional de Creadores Artísticos de 1994 a 1996. Villoro ha sido profesor en la Universidad Autónoma de Madrid, en Yale, Universidad Pompeu Fabra de Barcelona y Princeton. En 1991 publicó su primera novela El disparo de argón pero su éxito como novelista llegó en 2004 con El testigo, Premio Herralde. Vive entre México y España.

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