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Seleción poética: El año de la necesidad

 

Por Juan Carlos Olivas

LA BALA

 

Esto es una bala.

Mírala bien.

Ponla en medio de tus labios.

Puede defenderte o matarte en un segundo.

 

Cierra los ojos y piensa

en los días que se acaban

como una bandada de águilas ciegas.

Piensa en los ritos ahogados por la luz,

en los besos que fueron dardos en tu infancia,

en la morfología de árboles fantasmas,

en las palabras que no entiende la piedad,

en los dibujos de diesel

que se agrandan en los charcos

como un pequeño Apocalipsis.

 

Piensa en tu país como en un nido de avispas,

en la casa en la que te tocó vivir, la que no tienes,

en tu trabajo que apenas da para vivir una vida

y no esas otras, las que pasan por tu cabeza

justo después de un accidente.

 

Piensa en los muchos perros que murieron

a la orilla de la carretera,

en los aviones que miras cruzar de un lado

al otro del cielo, hasta que no los ves

ni los escuchas, porque sabes que algo de ti se ha ido con ellos.

 

Piensa en quien espera,

en quien se rompe y cuelga de un árbol

como una fruta que no acaba nunca de caer.

Piensa en tu nombre, borrado de repente

aunque lo vuelvas a escribir en las paredes, en los cristales,

en las esquelas de un mundo que no te pertenece.

 

Ahí está la lluvia, piensa en ella;

siéntela como un aluvión de peces luminosos,

como una fila de ángeles dormidos

por su propia música.

 

Aquí está Dios, en tus manos lodosas de repente;

piensa en Él como un anciano, o como un feto

en el vientre de la galaxia umbría

donde mueve sus brazos para decirte algo

que no acabarás de comprender.

 

Piensa en el trigo que nadie irá a recoger este verano,

en los mundos silentes de la desesperación,

en las puertas que se abren una vez para siempre

y vuelven a cerrarse en un golpe de alas.

 

Aquí están las fechas del día que naciste

y ese incierto día en el que tienes que partir;

piensa en el tiempo, en el aliento que te queda,

y abre los ojos para sentir aún más

                              esa bala entre tus labios.

 

Ha llegado la hora.

Al frente tuyo hay un espejo con forma de papel.

Escupe ahora lo que tengas que decir,

hazte fuego,

               hazte herida,

                               no lo pienses,

                                               dispara.

 

 

 

 

El AÑO DE LA NECESIDAD

 

Éste es el año de la necesidad

Antonio Gamoneda

 

Llegamos al año de la necesidad.

Apenas salió el sol

pudimos medir la dimensión de la catástrofe.

El barro cubría toda nuestra casa;

no dejó lugar para su antigua pulcritud,

y tuvimos que desechar los enseres,

las cartas que flotaban sobre charcos insalubres,

los juguetes que aprendieron la mímesis

con la maleza que arrastraba el río,

la arena que fue pulimentando nuestra vida

hasta sentir el corazón erosionarse dentro;

así, como un breve animal que se guarece

entre las piedras fragmentadas del pecho.

 

Carecimos de agua y luz

y el sueño era lo único que refrescaba nuestra lengua,

oíamos voces que venían al rescate,

linternas que se colaban en las habitaciones

hasta que una panga ancestral –aún cubierta de escamas-

rompía con su hélice la senectud del fango.

 

Nos recibían con mantas y preguntas,

nos lavaban la cara para vernos el gesto,

nos llevaron a albergues

donde todos temblaban sin algo qué decirse,

y después de instrucciones ininteligibles

nos dieron nuestra parcela de nada

y nos dejaron solos.

 

Despertamos a mitad de la noche

porque del cielo caía un agua rencorosa;

resonaba sobre el techo del albergue

y pensamos que pronto tendríamos

una segunda orfandad, y la tuvimos.

 

Aquel fue el inicio de un mal año,

arponeados por la esperanza y la escasez,

y aunque luego llegaron días claros

nunca podré olvidar –bajo esas noches largas-

el sonido de un cuerpo que tirita,

es algo que no es llanto ni dolor,

va más allá de aquello,

es un rezo que se apaga en la inocencia.

 

Nuestra casa seguía cayéndose a pedazos

cuando la recordábamos;

al nombrarla, un río invisible

la arrastraba de nuevo

hacia un cielo de escombros.

 

Quizá entonces ignorábamos

que la vida sabe cumplir sus amenazas,

que nadie se acostumbra jamás a la pérdida,

que tan solo se vive con ella

y se sigue esperando

a la vera del sueño,

como para abrir una puerta

donde el agua ya no rebasará sus límites,

donde el viento no posará su espada,

y el frío sea tan solo

el bosquejo de un mal año

que pareciera no acabar.

 

 

 

 

CANCIÓN DEL POBRE

 

Los pobres son muchos

y por eso

es imposible olvidarlos.

Roberto Sosa

 

Es cómico ser tan pobre

y no poder comprar el Golden Gate

y salir a la calle empecinado

en arrojarle tu miseria a las palomas,

escupir en los ventanales de la muerte,

orinar con rabia entre la niebla.

 

Es cómico nunca haberse preguntado

la diferencia entre el apetito y el hambre

y descubrirlo como una cita a ciegas,

                         cualquier día

                                      desempleado,

parecido a un estudiante de lo abyecto,

mientras tus amigos juegan a la Quija

y se parten a carcajadas al conocer tu suerte.

 

Mírate ahí, tú no mataste,

seguiste al pie de la letra

lo que decían tus mayores,

amaste a una mujer,                  

                  tuviste un hijo,

por ellos luchaste y aun así,

la vida no fue buena.

Te carajearon, te hicieron zancadillas,

colgaste de un puente

y te pisaron los dedos.

 

Fuiste a una iglesia

y el Cristo se rió al verte así,

                           demacrado,

vistiendo la misma ropa

en los crucifijos de siempre,

enemistado con la felicidad,

escribiendo un poema

en los resquicios de la lluvia.

 

Y ahora tienes que volver

a una casa que conoce la palidez

de tus manos vacías,

darle un beso seco a tu esposa,

abrazar al hijo con vergüenza

y mirar esa pared que se cae a pedazos,

porque es muy cómico ser pobre

cuando también se ha nacido

con el signo de la belleza en la frente,

porque es muy cómico ser pobre

y trabajar una tierra que no dará sus frutos,

saber que has hecho de tripas corazón con la poesía

y ponerse a cantar,

                          pese a todo,

cuando ha muerto la música solar

y el único,

               raro instrumento,

                                  es tu confianza.

 

 

 

ROMERÍA

 

 

Para un hombre que lleva su casa a cuestas

es difícil caminar.

 

Tendrá sed

y no podrá juntar las manos

                           para elevar el agua,

le dolerán las piernas de puro amanecer,

bogando por una vida simple

se afinará su odio bajo el sol,

sabrá escupir como quien canta una dicha

por lo demás ajena, fermentada,

uncida para el otro que pudo ser él

y que le tira una moneda cuando pasa de largo.

 

Sabe que si se agacha lo hará para siempre

y entonces la deja ahí en el suelo,

se aleja de ella hasta que su brillo

tintinea redonda en los ojos del perro de la muerte.

 

No podrá encontrar el consuelo en las letras,

ni dejar ese peso que carga

para habitar si quiera un aposento

o mirar desde alguna ventana

a esos hombres que peregrinan como él,

por momentos tambaleándose,

por momentos con pie firme

en escarpados fuegos.

 

No podrá decirles a todos ellos

que los ama en silencio,

como se ama el mutismo en la pared

o el sonido imaginario

de los peces al moverse bajo el agua.

 

En su inocencia

pensará llevarse a la boca

cierto Cristo fugaz de tiempo y niebla.

Perecerá su fe, o creerá salvarse

después de haber caminado,

como todos quizás

con un hogar a cuestas,

con su casa invisible de plena voluntad,

por el camino solo

                      de la noche que se rompe.

 

LA CANDELA           

                                                             

 

La noche en que se quedó sin luz

por no poder pagarla,

el poeta encendió una candela

y la puso a un lado de su biblioteca.

 

Sentado ahí, leyó,

garabateó algunos versos

y se quedó dormido por cansancio.

 

La candela permaneció encendida largo rato

y cayó sobre el papel,

devorando en pocos segundos

lo que tardó por siglos escribirse.

 

Exiliado de su propia casa hecha cenizas

el poeta se encuentra en la calle

a un viejo enemigo de la escuela

que al mirarlo le pregunta:

- ¿Todavía sigues escribiendo poemas?

Y él, que nada ha tenido ni tendrá,

sin verlo le responde:

- Sí, todavía. 

 

HISTORIA GENERAL DE LAS SOMBRILLAS

 

 

Las sombrillas provienen de la noche.

 

En otro tiempo, su piel no era de nylon

ni su esqueleto de madera o metal

sino de clorofila, sangre y argamasa,

y caían de lo alto

hasta las manos de una mujer desnuda;

es decir, la primera mujer

poblada de selvas y ciudades,

de animales heridos y fantasmas,

de riveras cuyos nombres son impronunciables.

 

La lluvia es algo que llegó después,

y a alguien se le ocurrió que no debíamos mojarnos.

¡Qué idiotas!

Tratar de detener la tempestad,

guarecerse de lo inevitable con lo débil.

 

A través de los años, las sombrillas

fueron perdiendo su verdadero valor.

Algunos las usaron de bastones.

Otros se batieron a duelo con ellas a falta de espadas.

Hubo quien las usó para bailar

fingiendo ser feliz en la humareda de la luna.

También estuvieron en contra de ellas,

crearon capas para no tener que sostenerlas

pero pudo más el sentimiento de orfandad

en la raíz del hombre

que aquella falsa piel que le inventaron.

 

Su fama se vino tanto a menos

que hasta decían que era de mala suerte

abrir una sombrilla adentro de la casa.

Entonces las dejaron afuera;

y las mujeres comenzaron a desnudarse

sin tener a mano una sombrilla.

Hacían el amor a salvo, bajo techos

que impedían que creciera la intemperie.

 

El hombre se perdía en su confort

y la humedad era tan sólo

la remembranza de un abismo

donde nadie quiso volver.

 

Después vino el verano

con su ojo raspando como una quemadura

y quien salía con sombrillas al sol

era tratado diferente.

 

Cargar de día una sombrilla

era llevar una pequeña noche en las espaldas;

era saber que si subías con ella a un autobús

la dejarías olvidada en uno de sus asientos

hasta que el cielo inclemente te hiciera recordarla,

                                                 muy tarde ya,

porque ellas siempre buscarán perderse,

pasar de mano en mano hasta envejecer

en la materia de todos los diluvios,

en esa flor de sal derribada por el agua.

 

Hoy en día, sólo los parias, los que no tienen casa,

las prostitutas y las libélulas

conocen el verdadero valor de una sombrilla.

No aquella del hongo fulminante en Hiroshima,

no la que yace apolillada entre los sótanos,

no la de bronce en manos del hacedor de estatuas,

sino la primera sombrilla, única, inmoral, irrepetible,

en manos de una mujer desnuda

            que te mira

                      y se bebe la noche.

 

 

 

 

 

DIALÉCTICA DEL CUBO RUBIK

 

 

Naces, como el cubo Rubik, perfecto.

Los colores pertenecen a una sola cara.

Desde el principio hallaste la respuesta

al enigma de tu vida.

 

Más te valdría dejarte ahí,

quieto sobre una repisa de la biblioteca,

como un objeto sagrado al cual acudir

cuando se quiera contestar algo,

comprender el vacío, la otredad,

las ansias por quemarse con lo desconocido.

 

No prestas demasiada atención

y en un abrir y cerrar de ojos

tocas algún lado de ti mismo,

imaginando las múltiples combinaciones

de un color a otro, las posibilidades

de volver a ese estado original,

a aquel momento en el que eras

una cosa uniforme y plana,

una inmaculada forma

que nunca creyó pertenecerle al caos.

 

Entonces dejas de jugar,

sabes que a lo sumo ordenarás uno

o un par de tus lados primigenios

pero tendrás otros lados cuyos colores

jamás volverán a unificarse.

 

Así transcurre todo

hasta que un día dejas de intentarlo,

ya no te hace gracia el sueño de la perfección

y abandonas el cubo Rubik adentro de tu pecho

para que vaya empolvándose ahí,

como cualquier objeto sin importancia alguna,

como la fría deidad de la derrota.

 

 

 

MAGNUN 357

 

 

Mi vecino tiene una Magnun 357.

De vez en cuando pelea con su mujer

o llega borracho pateando las macetas.

Busca sus llaves dentro del pantalón

y después pasa horas

intentando abrir la puerta.

Cuando lo logra, vienen los gritos,

los lloriqueos, y luego los gemidos

secundados por el chirrido de una cama

que nunca quiso aceitar.

 

Sale al patio con su Magnun 357

y entre carcajadas

vacía su arsenal contra el cielo

hasta agotar las balas

                      o agotarse él.

 

Después el silencio.

La oscuridad que precede a un raro amanecer.

De camino al trabajo,

mi vecino me saluda como la gente sencilla;

-psicópata- pienso en esa palabra al verlo,

y me apresuro a subir al autobús.

 

Llegan a mi cabeza los sonidos de anoche.

Realmente, los que hacen tiros al aire

                            son creaturas de fe.

Querrán herir a Dios en una pierna,

acariciar su cabello con el plomo,

                            llamar su atención

con esa cuota de odio respectivo,

o asegurarse de matarlo

                       -los más osados-

para ver su cuerpo henchido en la niebla.

 

Pero Dios sabe de armas,

creció en uno de los barrios del sur

donde aprendió a esquivar las balas

o atraparlas con los dientes.

 

Por eso cuando habla sólo se escuchan truenos.

Jamás se ha escuchado la voz de Dios de formas dulces.

Extraña es su manera de darnos el amor.

Su abrazo es una guerra de espejos incesantes,

su mirada un reflejo que agujera la piel.

 

Los que habitamos

         a este lado de la vida

                               ya no creemos en nada.

Nos dimos de alta o abdicamos

de un trono en medio del desorden;

le atribuimos al bochorno tropical

esta manía de pasearnos enfermos

por los ventanales del sueño

y las calles del mal.

 

De todos modos, no se puede estar peor.

Unos harán tiros al aire

y otros buscaremos las migas de la piedad,

ahora que Dios habita el barrio

y desciende hecho lluvia

por el rostro tiznado de los pobres.

 

 

 

 

MEDITACIÓN DEL CUERVO

 

 

A veces me persigue un cuervo.

Como a Poe, en su vuelo me dice nunca más,

toma mi carne por comida y consecuencia

y justo cuando pienso que se fue

lo miro enfrente,

graznando desde el fondo de un violín,

oteando con sus ojos este fuego.

 

Hay un cuervo en cada paso de mi vida.

Estuvieron ahí la vez que estuve enfermo,

se colaban en la sed de la morfina,

descansaban en los hombros de las monjas.

Estuvieron ahí cuando creí perderme

y la gente en la ciudad vestía con sus plumas,

brillaban contra el sol y me dejaban ciego.

 

Vi cuervos arrogantes en la tumba de mi madre

y en lugar de piedras,

sólo pude lanzarles

unas míseras palabras

que devoraron sin dejarlas caer. 

 

Hubo cuervos cuando fui

hasta lo alto de una azotea

y pensé en las posibilidades del vacío.

También cuando fui feliz,

cuando reía hasta partirme el cráneo,

cuando dije amarlo todo

y lo escribí sobre la piedra.

Había un cuervo que rondaba en soledad

y sus garras me robaban la voz.

 

Ahora sé que no se irá

aunque finja dormir en estas horas altas,

en las que escucho sus latidos

más adentro del sueño.

 

Este cuervo ha envejecido junto a mí

y ya es tiempo de enterrarlo en la nieve;

abrirme con una tijera el corazón

y sacarlo de esta celda en la que ha estado preso,

donde día tras día compartimos agua y pan.

 

Juntos cantaremos nunca más;

y así la vida cumplirá sus promesas,

y así lo que ahora duele

no habrá dolido en vano.  

 

 

 

 

MIENTRAS MIRÁBAMOS UNA FOTOGRAFÍA DE VALLEJO

 

 

Partimos de la premisa

de que el poeta es un ser de las sombras.

No como un ángel gótico,

con una flor maldita en los bolsillos,

sino simple y llanamente, de las sombras.

 

Nadie le dijo que eligiera el fracaso,

ni que se contuviera de reír

en las más raras circunstancias,

pero el poeta acaso fue llamado

a servir de testigo a la infelicidad,

le fueron encomendadas

ciertas dosis de sufrimiento

y unos gastaron su dolor de tal forma

que llegaron, como Pessoa,

a fingir el dolor, para sentirlo.

 

De nada les sirve la verdad,

ni morder con sus dientes postizos

la cabeza de un fénix.

A los poetas no les va bien

posar para las fotografías;

usualmente salen pálidos o despeinados,

demasiado flacos o demasiado obesos,

y sus ojos de hambre

siempre están mirando hacia otro lado.

 

Un día me encontré una foto de Vallejo,

estaba haciendo la limpieza anual de vacaciones

y cayó desde una de las estanterías de la biblioteca.

Tú miraste al suelo y la cogiste,

y tomándola de una de las esquinas me dijiste:

entonces es así como terminan los poetas.

No dije nada, la desempolvé

y la volví a guardar entre la página 23 y 24 de Trilce.

 

Quizás tenías razón.

Es posible que algún día

termine viejo, apoyando mi cabeza en el bastón,

con un par de valijas cuyo adentro ignoro,

esperando el tren

que no ha de llegar a la estación jamás,

sino tal vez a unas pocas palabras

o tachones que se extienden

de un lado al otro de lo que fue mi vida.

Y es que a veces quiero reír, pero me sale mal,

y es que a veces te oigo llegar

desde la habitación

y se convierte en espuma

tu rostro si lo toco.

Me canso de tener un trabajo normal

y que me crean respetable.

 

Pero volviendo a lo que estábamos;

ah, sí, los poetas son seres de sombras,

y a pesar de sí mismos, un día

tienen la necesidad de iluminarlo todo.

Entonces buscan la tinta,

repletan sus bolsillos con los poemas

que no les dio tiempo de escribir,

se fuman un cigarrillo, lo apagan con la lengua

y así, ante la atenta mirada

de aquellos lectores que aún no tienen

salen hacia la noche sin fin,

convertidos en una gran

                   antorcha humana.

 

(Poemas tomados del libro “El año de la necesidad”; Diputación de Salamanca, 2018)

Juan Carlos Olivas (Turrialba, Costa Rica, 1986). Estudió Enseñanza del Inglés en la Universidad de Costa Rica (UCR). Se desempeña como docente. Ha publicado los poemarios La Sed que nos Llama (Editorial Universidad Estatal a Distancia; 2009) Premio Lisímaco Chavarría Palma 2007; Bitácora de los hechos consumados (Editorial Universidad Estatal a Distancia; 2011) por el cual obtuvo el Premio Nacional Aquileo J. Echeverría de poesía 2011 y el Premio de la Academia Costarricense de la Lengua 2012; Mientras arden las cumbres (Editorial Universidad Nacional; 2012), libro que le valió al autor el Premio de Poesía UNA-Palabra 2011, El señor Pound (Editorial Universidad Estatal a Distancia, 2015; Instituto Nicaragüense de Cultura, Nicaragua, 2015) acreedor del Premio Internacional de Poesía Rubén Darío 2013,  Los seres desterrados (Uruk Editores; 2014), Autorretrato de un hombre invisible (Antología personal) (Editorial EquiZZero, El Salvador; 2015), El Manuscrito (Editorial Costa Rica; 2016) Premio de Poesía Eunice Odio 2016, En honor del delirio (El Ángel Editor; 2017) Premio Internacional de Poesía Paralelo Cero 2017 en Ecuador, La Hija del Agua (Amargord; Madrid, 2018), El año de la necesidad (Ediciones Diputación de Salamanca; Salamanca, 2018), Premio Internacional de Poesía Pilar Fernández Labrador, y Colección Particular – Antología personal (Nueva York Poetry Press; New York, 2018). Su obra ha sido traducida parcialmente a más de 15 idiomas.