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Juan Ramón Jiménez: la pregunta del cisne

Por José Emilio Pacheco

Nadie se ha acordado en México de Juan Ramón Jiménez (1881-1958). Al centenario de Virginia Woolf siguen los de Joyce y Vasconcelos. Este hecho, unido a nuestro sexenal apocalipsis, vuelve difícil que alguien nos invite a leer a Jiménez más allá de “Platero y yo”, y justifica una última nota.

 

Su importancia crucial está desde luego en la calidad de la obra. Pero también en haber sido el único poeta que se inicia en el modernismo, pasa por la vanguardia y en los cincuentas cierra el ciclo como contemporáneo de sus jóvenes contemporáneos. El adolescente JRJ es el más simbolista de los modernistas cuando Rubén Darío pregunta en el soneto dedicado a él: “¿Qué signo haces ¡oh cisne! con tu encorvado cuello al paso de los tristes y errantes soñadores?”. Vanguardista a su manera, en los veintes hace complementarios elementos opuestos (monólogo interior y “automatismo psíquico”, despojamiento coloquial de la “New Poetry”, poesía narrativa y poesía sin anécdota). Por último, Espacio (1954), su gran poema final se halla más cerca de Piedra de sol que de Prosas profanas JRJ logró pues la mayor aspiración de Pound: la “excelencia artística continua”. En un siglo en que es fácil comenzar pero casi imposible proseguir, lo vuelve excepcional su triunfo goethiano de ser el poeta de todas las horas, lo mismo de la adolescencia que de la senectud.


LA INMENSA MINORIA


En 1939 Jiménez y su esposa Zenobia Camprubí se instalaron en Coral Gables, Florida Allá escribió las dos primeras partes de Espacio, publicados en 42 y 43 en Cuadernos Americanos, y los Romances de Coral Gables que en 48 editaron aquí Joaquín Díez Canedo y Francisco Giner de los Ríos Luego Zenobia dio clases en la Universidad de Maryland.

En Riverdale fueron vecinos y amigos del vicepresidente Henry Wallace. Jiménez lo defendió cuando, en la primera guerra fría y en pleno macarthismo, Wallace abogaba por un entendimiento con la URSS como única posibilidad de impedir el holocausto nuclear. Mientras escribía Dios deseado y deseante y Animal de fondo volvieron las atroces depresiones de su juventud Sentía nostalgia de su idioma. Para remediarla aceptó un viaje al Río de la Plata Ante su azoro, “la inmensa minoría” a la que dedicó su trabajo formaba ya verdaderas multitudes que paralizaron el tránsito y se entregaron a manifestaciones de histeria colectiva como sólo han vuelto a verse en conciertos de rock.

La sorpresa ante un cambio que no esperaba produjo otro derrumbe. No se recuperó hasta instalarse en Puerto Rico. Jaime Benítez, rector de la UPR, lo invitó a vivir en el país que JRJ celebró en los textos compilados en Isla de la simpatía (1981). Alquilaron una casa en Hato Rey, cerca del campus de Río Piedras Ricardo Gullón ha documentado magistralmente esta etapa final: Conversaciones con Juan Ramón Jiménez (58), El último Juan Ramón (68) y muchos otros ensayos, recopilaciones, prólogos.

 

ZENOBIA CAMPRUBI


No duró mucho la paz hallada al fin en la isla que le recordaba su Andalucía perdida y lo ayudó a cerrar un trabajo de sesenta años con sus mejores poemas Zenobia enfermó de cáncer Los años postreros fueron para los dos una interminable agonía contra lo que se cree, Zenobia Camprubí Aymar no era puertorriqueña (sí lo fue su madre, hija de un angloamericano) Zenobia nació en Cataluña en 1888. Su hermano fundó el diario hispánico de Nueva York, La Prensa Formada en ese ambiente, Zenobia era poco o nada española cuando se encontró con Juan Ramón en el Madrid de 1912. A la eficiencia anglosajona unía  el correlativo puritanismo. Los libros de su pretendiente le parecieron inútiles y horribles; inmoral su erotismo novecentista. Le gustaban los poetas lacónicos y terrestres de lengua inglesa. Los descubrió para su amigo Juntos empezaron a leerlos y a traducir a Tagore, reciente premio Nobel, bendecido por Yeats.

Al fin en marzo de 1916 se casaron en Nueva York. La influencia de su mujer fue decisiva en cuanto Jiménez escribió a partir de entonces Zenobia colaboradora ideal por su inteligencia y gusto literario, tenía a la vez sentido práctico. Gracias a él Juan Ramón pudo entregarse a todas horas a la poesía Zenobia construyó casas de alquiler que los mantuvieron modesta pero cómodamente hasta que la guerra los expulsó de España.

 


RIOS QUE SE VAN


En Puerto Rico Jiménez dio cursos como el que transcribió Gullón acerca de El modernismo y reivindicó a este gran movimiento que había pasado por treinta años de purgatorio “Modernistas somos todos los poetas de este siglo que no seamos académicos, ya que el modernismo une las mejores tradiciones de cada país con las formas más nuevas de todos ellos” Todos los juicios del crítico agudísimo y arbitrario que fue Jiménez son dignos de meditarse Muchos resultan del todo originales, como su idea de que la gran ventaja literaria del castellano es la inagotable variedad de estilos que permite.

El último Juan Ramón no vivía en su glorioso pasado. Sus comienzos, su mitad con Darío, las batallas literarias del novecientos eran historia. El leía todas las revistas y se interesaba genuinamente por los poetas jóvenes. Tres ejemplos cercanos: Tomás Segovia, a quien como críticos debemos el haber sostenido el prestigio de JRJ en México; Ida Vitale (“¡Qué nombre de mujer para llenarlo de misterio y encanto!”), Luis Guillermo Piazza cuya boda apadrinó.
Ante el diluvio de versos que anegaban el mundo, Jiménez resolvió en 1954 imprimir en prosa los poemas nuevos lo mismo que los antiguos incesantemente reescritos (o “revividos” para usar su palabra). Pensaba que la poesía está hecha antes para el oído que para la vista y así enseñaría a leer y a decir el verso a quienes no lo saben Espacio originalmente aparecido en verso, tomó de esta manera su condición final de poema en prosa. Fue la culminación el testamento y despedida de Jiménez.

Aquel año terminó también su ensayo sobre “El romance: río de la lengua española” y se hundió de nuevo en la depresión de la que ya no se repuso nunca. Totalmente minada por el cáncer, Zenobia hizo esfuerzos heroicos por ocultárselo y seguir atendiéndolo, a pesar de las quemaduras brutales que le producían las radiaciones. El 20 de septiembre de 1956 fue internada en una clínica de Santurce. Ya había quedado casi sin habla cuando el 25 de octubre comunicó a su marido que la Academia Sueca acababa de darle el Premio Nobel Jiménez sólo respondió amargamente: “¡Ahora!”.

El 28 de octubre murió Zenobia Camprubí. Juan Ramón no fue a Estocolmo pero escribió en su discurso: “Mi esposa Zenobia es la verdadera ganadora de este premio. Su compañía, su ayuda, su inspiración de cuarenta años han hecho posible mi trabajo. Hoy me encuentro sin ella desolado y sin fuerzas”.

 


ESPACIO Y TIEMPO Y LUZ


De algún modo Jiménez sobrevivió hasta el 29 de mayo de 1958 En 1967, en las páginas añadidas a El arco y la lira, Octavio Paz definió Espacio como la recapitulación y la crítica de la vida poética de JRJ: “Está frente al paisaje tropical de Florida (y frente a todos los paisajes que ha visto o presentido): ¿habla solo o conversa con los árboles? Jiménez percibe por primera vez, y quizá por última, el silencio insignificante de la naturaleza ¿O son las palabras humanas las que únicamente son aire y ruido? La misión del poeta, nos dice, no es salvar al hombre sino salvar al mundo: nombrarlo Espacio es uno de los momentos de la conciencia poética moderna y con ese texto capital culmina y termina la interrogación que el gran cisne hizo a Darío en su juventud”.

Es imposible describir siquiera la complejidad diáfana de Espacio. Preferible citar algunas de sus líneas para despedirnos, por ahora, de Juan Ramón Jiménez y concluir la serie mínima y discontinua que en esta página se le ha dedicado: “¡Espacio y tiempo y luz en todo yo, en todos y yo y todos! ¡Yo con la inmensidad! Esto es distinto; nunca lo sospeché y ahora lo tengo. Los caminos son sólo entradas o salidas de luz, de sombra, sombra y luz; y todo vive en ellos para que sea más inmenso yo, y tú seas ¡Qué regalo de mundo, qué universo mágico, y todo para todos, para mí yo! ¡Yo, universo inmenso, dentro, fuera de ti, segura inmensidad! Imágenes de amor en la presencia concreta; suma gracia y gloria de la imagen, ¿vamos a hacer eternidad, vamos a hacer la eternidad, vamos a ser la eternidad? ¡Vosotras, yo, podemos crear la eternidad una y mil veces cuando queramos! ¡Todo es nuestro y no se nos acaba nunca! ¡Amor, contigo y con la luz todo se hace, y lo que haces, amor, no acaba nunca!

José Emilio Pacheco Berny (Ciudad de México, 30 de junio de 1939 - Ciudad de México, 26 de enero de 2014). Poeta, narrador, ensayista y traductor, ha sido uno de los escritores más importantes de la literatura mexicana del siglo XX. Estudió en la Universidad Nacional Autónoma de México, donde inició sus actividades literarias en revistas estudiantiles. Colaboró en el suplemento Ramas Nuevas de la revista Estaciones, y fue jefe de redacción del suplemento México en la Cultura. Fue profesor en universidades de México, Estados Unidos, Canadá e Inglaterra. Su obra poética, caracterizada por la depuración extrema de elementos ornamentales, destaca por su compromiso social con su país. Temas como el paso del tiempo, la vida o la muerte vertebran su obra. De su poesía destacan Los elementos de la noche (1963), No me preguntes cómo pasa el tiempo (1969), Los trabajos del mar (1984), Miro la tierra (1986) y Ciudad de la memoria (1989). Su obra narrativa destaca por la experimentación en nuevas estructuras y técnicas narrativas. Temas como la pérdida y singularidad de la niñez, así como la relaciones afectivas son recurrentes en su obra, aspectos todos ellos enmascarados por su preocupación social e histórica de México. Como narrador destacan sus relatos El viento distante (1963), El principio del placer (1972), La sangre de la Medusa y otros cuentos marginales (1990) y las novelas Morirás lejos (1967) y Las batallas en el desierto (1981). Sus artículos y ensayos son numerosos y casi todos versan sobre literatura, aunque también abordan asuntos políticos y sociales. Destaca también su labor como editor y traductor. Entre los galardones otorgados destacan los premios Magda Donato (1967), Xavier Villaurrutia (1973), Premio Nacional de Periodismo (1990), Premio Nacional de Ciencias y Artes en el campo de la lingüística y literatura (1992), Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (2009) y el Premio Miguel de Cervantes (2009). Fue miembro de El Colegio Nacional (México) desde 1986 y profesor distinguido en el Departamento de Español de la Universidad de Maryland.