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José Emilio Pacheco

Conferencia dictada en la Universidad de Maryland para la «Cátedra José Emilio Pacheco»

Noviembre 1, 2017


Por Elena Poniatowska

Emilio le hubiese conmovido este heroísmo, ya que fue un escritor preocupado por los problemas sociales. Como poeta, José Emilio Pacheco sabía lo que era vivir en un país tan peligroso e impredecible como México.

Había escrito en Miro la tierra:

 

Mudo alarido de este desplome que no acaba nunca,

las construcciones cuelgan de sí mismas. Parecen

grandes camas deshechas puestas de pie

porque sus ocupantes ya están muertos.

Pesa la luz de plomo. Duele el sol

en la ciudad de México.

 

Cuando era un joven estudiante, a José Emilio le interesaba todo menos el baile. Íbamos al centro de la ciudad en autobús a pesar del tráfico a escuchar en EL Colegio Nacional las conferencias dictadas por el cardiólogo Ignacio Chávez o el astrónomo Guillermo Haro, a fin de aprender sobre el corazón y las estrellas. También escuchamos hablar a Martín Luis Guzmán sobre la Revolución Mexicana y Diego Rivera nos enseñó cómo pintar un mural. La curiosidad de José Emilio no tenía límites, y su prodigiosa memoria lo convirtió en una enciclopedia viviente. Quería saber sobre ciencia, matemáticas e incluso trigonometría.  Estoy segura que cuando entró en el imponente y extraordinario edificio de El Colegio Nacional, en el corazón de la Ciudad de México, detrás de la Catedral y de la tumba de la diosa Coyolxhauqui, nunca se imaginó que se convertiría en uno de sus más queridos, preciados y sobresalientes miembros. Era imposible que José Emilio llegara a ser un esnob o alguien aburrido porque siempre se preocupada por los demás: «¿Has comido?», «¿Te puedo ofrecer algo?», «¿Escuchaste la mala noticia?».

José Emilio publicó su primer poemario, Los elementos de la noche, cuando tenía veinte años. No sabía que no nada más llegaría a ser un destacado poeta mexicano sino que sería traducido a muchos idiomas. En una ocasión lo visité y estaba emocionado porque había recibido un cheque con el equivalente a ochocientos dólares por la traducción de algunos de sus poemas al ruso, luego de ser traducidos al polaco.

           

En su poesía y sus novelas, José Emilio escribió sobre los demás. Sólo en novelas como Las batallas en el desierto y El principio del placer se recordó a sí mismo de niño. Más que todo, escribió poesía, y aun en ella hacía retratos mentales de los otros, de la gente en las calles, porque creía que en México, en donde todo desaparece, la fotografía es al menos una manera de permanecer vivo. Así lo escribió en el poema «Contra la Kodak»:

          Cosa terrible es la fotografía.

Pensar que en esos objetos cuadrangulares

yace un instante de 1959.

Rostros que ya no son,

aire que ya no existe.

Porque el tiempo se venga

de quienes rompen el orden natural deteniéndolo,

las fotos se resquebrajan, amarillean.

No son la música del pasado:

son el estruendo

de las ruinas internas que se desploman.

No son el verso sino el crujido

de nuestra irremediable cacofonía.

 

José Emilio se fue de México para enseñar en la Universidad de Maryland por más de veinte años. Desde ese momento se comenzó a preocupar por lo que les enseñaría a los estudiantes, sus horas de oficina, las reuniones de maestros, sobre dónde y cómo viviría, dónde quedaba la parada de autobús en caso de necesitarla y, lo más importante, las posibilidades que tendría para dedicarse a la escritura. Vino a Maryland por más de veinte años, algunas veces durante la primavera y otras en el otoño, en estancias de más de seis meses. Sin embargo, también enseñó en Canadá, dónde nació su segunda hija, Cecilia, en la Universidad de Essex, en Inglaterra y, por supuesto, en cada universidad o sala de conferencia en su natal México.     

 

Desde 1985, invitado por Saúl Sosnowski, jefe del Departamento de Español de la Universidad de Maryland, José Emilio enseñó literatura y talleres de escritura un semestre año tras año. Muchos estudiantes de posgrado tomaron sus clases y ninguno salió decepcionado. Escucharlo era un privilegio y sus conferencias siempre se abarrotaban.

El cargo de Profesor Distinguido le fue otorgado, pero a José Emilio nunca le impresionó el puesto, como tampoco lo impresionaron premios extraordinarios como el José Asunción Silva al mejor libro de poemas publicado en español entre 1990 y 1995, el Premio Iberoamericano de Letras José Donoso 2001, el Premio Internacional Octavio Paz de Poesía y Ensayo 2003, Premio de Poesía Iberoamericana Ramón López Velarde 2003, Premio Internacional Alfonso Reyes 2004, Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda 2004, Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca 2005, Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana 2009, Premio Cervantes 2009​, Premio Alfonso Reyes 2011 de El Colegio de México, e innumerables doctorados honoris causa de todas las universidades mexicanas.

José Emilio nunca daba nada por hecho. Preparaba muy bien sus clases; procuraba no herir a nadie y vivía lleno de dudas e inseguridades sobre lo que decía y escribía.

Los poetas jóvenes de México lo llamaban «Maestro», tal como lo hacían con Octavio Paz. Traductor de Victor Hugo, Mallarmé, Marcel Schwob, Quasimodo, Samuel Beckett, Walter Benjamin, Tennessee Williams (Un tranvía llamado deseo), Truman Capote, Harold Pinter, Oscar Wilde, Edgar Lee Masters, William Faulkner y, sobre todo, los Cuatro cuartetos de T.S. Eliot, José Emilio era considerado el nuevo Alfonso Reyes cuando apenas tenía veintitrés años. También un humanista y un intelectual que dominaba todos los géneros literarios. Es fácil recordar uno de sus poemas sobre las trajineras, los barcos llenos de flores que navegaban por los canales de Tenochtitlán, ahora llenos de tierra, para que los coches de los Virreyes, los políticos y los nuevos ricos circularan fácilmente. Los ricos y los políticos siempre arruinan las buenas intenciones y José Emilio lo sabía muy bien.

«El reposo del fuego» es un poema en el que todo regresa al polvo, incluso la visión de las flores en un pequeño jardín. Lo admirable de este gran poema sobre la destrucción es su profunda relación con la historia de México, nuestras raíces y las vidas de nuestros más pobres habitantes. Es en realidad la visión del Valle de México, ese valle que hemos cortado en pedazos, y de las familias que viven en las calles. Es la evocación de la muerte y la injusticia.

Muy temprano en su vida profesional, a los veintiséis, José Emilio descubrió que aborrecía la fama y que no podía conceder entrevistas ni mucho menos aceptar sobornos. Lo que más amaba era su casa en la calle Reynosa. Cuando nosotros, sus amigos, caminábamos por su calle y mirábamos la ventana de su casa, decíamos: «José Emilio está trabajando en su escritorio». En 2009 ganó el Premio Cervantes y una multitud se congregó en la esquina con Reynosa; mariachis, vendedores de helados, niños, estudiantes, señoras mayores como yo gritábamos su nombre, cantamos y esperamos a que él saliera para aplaudirlo. El tráfico se detuvo y todos estallamos de alegría. José Emilio le dijo una vez a su familia que el lugar que más amaba en el mundo era su casa en Reynosa 63. Cada vez que regresaba del trabajo repetía: «Aquí pertenezco, esto es lo mío, es mi lugar en la tierra». Una vez me dijo mientras tomábamos un Martini (detesto los Martinis y él se tomó el mío): «Lo único que quiero es escribir. Pensar que soy un escritor y todo lo que ello implica me molesta. Lo que amo es el acto de escribir, todo lo demás es una pérdida de tiempo. Odio las entrevistas de periódicos y televisión. Odio las fiestas y las conferencias. No quiero ser una figura pública. Entiendo que los libros deben ser leídos y que deben ser completados por los lectores, pero no tengo energía para la autopromoción, los homenajes y mucho menos el reconocimiento público».

También en Maryland se aislaba cuando no estaba enseñando y nunca asistía a fiestas. Su sentido de perfección le otorgó la profundidad de la que otros carecían, y su actitud ante la vida era muy severa: se obligaba a sí mismo a no caer en la rutina y a no hacer concesiones.

Extraordinariamente informado, su espíritu se mantuvo alerta hasta en los últimos días. Conocía todo lo que se escribía en el mundo, incluso de niño, cuando México ya tenía supermercados pero no televisión, tan solo la radio por la que escuchaba Las Aventuras de Charles LaCroix, Tarzán, El llanero solitario y los primeros carros de las posguerra comenzaban a circular: Parckards, Cadillacs, Buicks, Chryslers, Mecurys, Hudsons, Pontiacs, Dodges, Plymouths, De Sotos. José Emilio se aprendió todas las marcas aunque nunca llegó a manejar.

Errol Flynn y Tyron Power eran los héroes y las canciones más populares eran «Sin ti» y «La burrita». Un viejo bolero puertorriqueño se escuchaba por todas partes: Por alto esté el cielo en el mundo, por hondo que sea el mar profundo, no habrá una barrera en el mundo que mi amor profundo no rompa por ti. Conocía las letras de todas las canciones, pero nunca lo escuché cantar. Todas las mañanas, al amanecer, leía los periódicos y revistas mexicanas, de modo que si necesitaba saber algo, lo llamaba y pasábamos horas en el teléfono chismeando.

«Fue el año de la poliomielitis -escribió José Emilio-: escuelas llenas de niños con aparatos ortopédicos; de la fiebre aftosa: en todo el país fusilaban por decenas de miles reses enfermas… La cara del Señorpresidente en dondequiera: dibujos inmensos, retratos idealizados, fotos ubicuas, alegorías del progreso con Miguel Alemán como Dios Padre, caricaturas laudatorias, monumentos. Adulación pública, insaciable maledicencia privada. Escribíamos mil veces en el cuaderno de castigos: Debo ser obediente, debo ser obediente, debo ser obediente con mis padres y con mis maestros. Nos enseñaban historia patria, lengua nacional, geografía del DF: los ríos (aún quedaban ríos), las montañas (se veían las montañas). Era el mundo antiguo. Los mayores se quejaban de la inflación, los cambios, el tránsito, la inmoralidad, el ruido, la delincuencia, el exceso de gente, la mendicidad, los extranjeros, la corrupción, el enriquecimiento sin límite de unos cuantos y la miseria de casi todos».

Tal vez por eso José Emilio compuso «Alta traición», un poema que hasta los taxistas conocen de memoria:

 

No amo mi Patria. Su fulgor abstracto

es inasible.

Pero (aunque suene mal) daría la vida

por diez lugares suyos, cierta gente,

puertos, bosques de pinos, fortalezas,

una ciudad deshecha, gris, monstruosa,

varias figuras de su historia,

montañas

(y tres o cuatro ríos).

           

José Emilio fue un joven alto, delgado y espiritual, pálido como una estatua en cuya cabeza cargaba una montaña de cabello café. Caminaba por toda la Ciudad de México con sus amigos, ante todo con Carlos Monsiváis, para ver si se topaban con Octavio Paz o José Gorostiza, el autor de Muerte sin fin, que trabajaba en la Avenida Juárez. A veces, cuando tenía dinero, José Emilio tomaba un taxi. Conocía muy bien su ciudad que no quería, pero por la que hubiera dado la vida. En una ocasión en que se bajó de un taxi y se disponía a pagar el servicio, el taxista le dijo: «No me pague padrecito, deme su bendición». El conductor pensó que José Emilio era sacerdote. No estaba equivocado, la religión de José Emilio fue la poesía.

Desde niño tuvo el aura de un monje y vocación para los demás. En todos sus gestos, siempre vestido de negro o cubierto por un largo abrigo negro, entregó su vida a la tarea que nunca termina: escribir y, sobre todo, reescribir, porque -nunca satisfecho- llevaba a los editores al borde del suicidio con sus interminables correcciones. Implacable consigo mismo, no sólo corrigió poemas y novelas, sino también reescribió libros enteros como La sangre de medusa. Incluso ahora, de estar vivo, no tendríamos en las manos Inventario, publicado en 2016. Para él no existía el texto final. Tenía que corregir hasta el último aliento, desde los poemas de Tarde o temprano, de 1980, hasta su última edición antes de morir. Creía que todo trabajo literario es un trabajo en construcción, y el suyo estaba siempre muy abajo, hundido en el sótano y difícil de construir piso por piso a fin de erguirse entre tierra y cielo como una torre.

 

El lugar de lo que fue casa lo ocupa ahora

un hoyo negro (y representa al país entero).
Al fondo de este precario abismo yacen pudriéndose
escombros y basura y algo brillante.
Me acerco a ver qué arde amargamente en la noche
y descubro mi propia calavera.

En 1968 fui a su casa para mostrarle el manuscrito de La noche de Tlatelolco, un libro sobre el movimiento estudiantil de 1968. Corrió todas las cortinas. «No tienes sentido del peligro, Elena, alguien nos puede ver». La única reseña publicada sobre Masacre en México en toda la prensa mexicana fue escrita por José Emilio. Luego (como si José Emilio no tuviese suficiente trabajo), le llevé otro manuscrito sobre Las piedras del árbol, de Octavio Paz, pero esta vez no corrió las cortinas porque no solamente no era un libro peligroso, sino pésimo.

José Emilio me decía que él era un don nadie y que el «yo» es el fascista que todos llevamos dentro. De la misma manera en que revisó mi texto, José Emilio escribió sobre la obra periodística de Rosario Castellanos y también escribió el prólogo para un libro publicado después de su muerte. Esa es la razón por las que sus conferencias se llenaban y las mujeres aplaudían y gritaban: «José Emilio, te queremos». No existe ninguna mujer que se haya acercado a José Emilio y se halla ido sin algún tipo de reconocimiento.

Si Carlos Monsiváis recogía gatos de la calle y llegó a tener hasta quince con los nombres más intelectuales, José Emilio amaba a los perros:

Despreciamos al perro por dejarse

domesticar y ser obediente.

Llenamos de rencor el sustantivo perro

para insultarlos.

Y una muerte indigna

es morir como un perro.

 

Sin embargo los perros miran y escuchan

lo que no vemos ni escuchamos.

A falta de lenguaje

(o eso creemos)

poseen un don que ciertamente nos falta.

Y sin duda piensan y saben.

 

Así pues,

resulta muy probable que nos desprecien

por nuestra necesidad de buscar amos,

por nuestro voto de obediencia al más fuerte.

 

Por muchos años trabajé junto a él con mucha pasión en México en la cultura. José Emilio, su editor, sufrió mucho la vez que tuvo que rechazar un ensayo mientras Carlos Monsiváis se reía de los artículos recibidos. José Emilio defendía a cada uno de los colaboradores y reescribía artículo tras artículo mientras que Carlos los tiraba en el cesto de la basura.

 

«La canción del sauce»

El que se dobla sin quebrarse, el sauce,

cobra la forma que le dicta el aire

con sílabas veloces, nunca iguales.

Música que se va, tiempo flotante

a la velocidad de vida y muerte.

Resuenan en la tarde

hojas que se desprenden y no vuelven.

Amarga es la canción de los que parten.

Ahora todos están muertos. Los únicos vivos somos el pintor Vicente Rojo y yo. Aún escribo crónicas y entrevistas, y pienso en José Emilio y en Carlos Monsiváis todos los viernes, cuando nuestros ensayos deben estar listos para ser publicados el domingo en México en la cultura. Jamás pensé en sobrevivir a mis dos amigos (soy mayor que ellos) y siempre creí que yo sería la primera en irme. Ahora soy la que recuerda sus palabras y sus obras.

           

Todavía recuerdo lo que José Emilio dijo cuando recibió el Premio Cervantes en 2009: «la lengua en que nací y constituye mi única riqueza».

En la estación final

Todas las cosas

Muestran

Su virtud de cambiar

De no permanecer

Todo se viene abajo

Y se despide.

Nos dice el mundo:

«Ya no eres de aquí,

No te reconocemos

Como nuestro.

Lo que creíste tuyo

Era solo un préstamo:

Ahora mismo

Tienes que devolverlo».

 

José Emilio lo devolvió todo. Así como Carlos Fuentes donó su biblioteca a Jalapa, José Emilio dijo en 1997, diecisiete años antes de su muerte: «Mientras viva, no me iré de aquí. Veracruz vive en mis páginas y ya que no pude nacer aquí pido a su mar que se apiade de mis cenizas».

Desde muy temprano, el caso de José Emilio fue el de una sobresaliente vocación literaria, a pesar de que la ilusión de su padre era que su único hijo estudiara derecho y heredara su despacho de Notario Público. Pero detrás de su timidez y aparente obediencia, José Emilio escondía una profunda inclinación por la poesía como sólo los grandes artistas saben albergar.

 

Ser amigo de José Emilio implicaba una gran responsabilidad; era como estar en confrontación con uno mismo: había que evitar caer en la rutina o hacer concesiones. José Emilio vivió en permanente ansiedad porque temía discriminar, cometer una injusticia o provocar tristeza en aquellos que se acercaban a él en busca de consejos. Se preocupaba por los libros que publicaban sus amigos como si fuesen los suyos.

Según José Emilio, los amores desdichados son los primeros, es decir, los amores de los niños y las niñas que, por su edad, no tienen esperanza. «En cualquier otra etapa de la vida, uno puede tener al menos una mínima posibilidad de comunicación con la persona que amas, sin embargo, para un niño no existe futuro para su historia de amor», nos dijo sobre su novela que jóvenes y adolescentes leen ávidamente, Las batallas en el desierto, hecha película, cuyo guion él mismo escribió. Su novela ha servido de introducción para muchos jóvenes a la literatura mexicana, y es justo recordar que José Emilio escribió muchos otros guiones, entre ellos El castillo de la Pureza y Mariana, Mariana.  

Ninguno de los que llamamos a José Emilio «profeta del desastre» comprendíamos que había escrito la historia de nuestro futuro. Sabía de antemano lo que nos sucedería. Quizás su abuela, Emilia Berny, su Scheherezada de Veracruz, sospechaba que él podía ver el futuro; esa señora que antes de acostarlo a dormir por las noches le contaba todo lo que nutrió su imaginación, la misma que le abrió las puertas a su creatividad, la diosa que le inculcó la pasión por la literatura y se esforzó por explicarle el mundo.

Aparte de Alistair Reid, a José Emilio lo tradujo una maravillosa intelectual y amiga mía, Cynthia Steele, quien escribió que él se había afincado en una voz humanista y liberal, a veces desesperanzada y cautelosamente optimista. Sus obsesiones fueron «los efectos destructivos del tiempo, el esencial egoísmo y crueldad del mundo natural con el hombre como eje violento, y la capacidad del espíritu humano de alcanzar la trascendencia momentánea y mantener obstinadamente la esperanza a pesar de todo».

A diferencia de otros escritores mexicanos (los he entrevistado a todos), José Emilio era verdaderamente humilde, y se comportaba como otro más de los millones de mexicanos de finales del siglo XX, que es lo mismo que llamarse sobreviviente de un bravío experimento revolucionario que ha degenerado en corrupción y en una creciente desigualdad. Enemigo del dogma y la intolerancia -como afirma Cynthia- José Emilio «defiende los Derechos Humanos, pero siempre en tonos suaves de ironía y sutileza; meditando siempre sobre la mudable tensión de la naturaleza humana que oscila entre la crueldad y la compasión, el egoísmo y la generosidad; José Emilio retrata al ciudadano mexicano como un alma solitaria, hurgando entre las ruinas de México en busca de signos sobre el renacimiento de su nación».

En una de sus últimas presentaciones en la Feria del Libro de Guadalajara en 2009, cuando supo que había ganado el Premio Cervantes, el más alto reconocimiento en lengua española, miles de jóvenes se congregaron para escucharlo, pues tuvo la generosidad de decir que «todo lo que escribimos lo escribimos entre todos», como su admirado Alfonso Reyes lo había dicho antes que él: «Todo lo que sabemos lo sabemos entre todos». José Emilio se puso de pie, sonriente frente a nosotros y frente a miles de personas que lo aclamaban, porque leer sus libros nos ofrecía la posibilidad de no hacer concesiones o tomar el camino fácil.  

Los jóvenes lo amaban porque él se ponía en sus zapatos. Generaciones llegaron y generaciones se fueron, y José Emilio, que también una vez fue un niño lleno de preguntas inquietantes, continuó cuestionándose a sí mismo, cuestionando a los otros, cuestionándonos a nosotros, cuestionando a los políticos mexicanos para después sintetizar las noticias más importantes a nivel mundial a fin de crear nuevas formas de comunicación. Para él, lo más importante y lo más esencial era leer para poder pensar bien y hablar con la gente y escribir bien. «Me gusta que la poesía sea la voz de nuestro ser interior, esa que nadie escucha y que se transforma en la voz de la persona que lee. De esta manera, el «yo» se convierte en «tú» y el «tú» se transforma en «yo» y, a través de la lectura, en «nosotros», que existimos en ese frágil momento saturado de literatura».

Al final de su vida, José Emilio tuvo que caminar con un bastón, y cuando le preguntaron por su salud, respondió con un poema:

Un trapo viejo el cuerpo.

Si algo de él sobrevive

será en cajón de sastre como remiendo

de otros vestuarios.

O lo enviarán al molino

en que de trapos viejos, cartones sucios

se hace el papel en blanco.

 

José Emilio murió el 26 de enero de 2014. Su velorio se llevó a cabo en el hermoso edificio de El Colegio Nacional, donde de joven había escuchado respetuosamente tantas conferencias y ofrecido otras tantas con ovaciones de pie cuando se convirtió en un intelectual.

Muchas gracias por escuchar.

(Texto escrito originalmente en inglés. Traducción al español de Roberto Carlos Pérez)

                                                                                          

Cuando éramos jóvenes, José Emilio y yo caminábamos por las calles de México. Caminar es bueno para el pensamiento y para la escritura. Lo es también para la depresión, porque todo puede suceder en las calles de mi horrible y amada ciudad. Nadie te mira en las calles de Nueva York, pero en la Ciudad de México, la hermandad nace en las calles. Lo acabamos de experimentar durante el terremoto del 19 de septiembre cuando muchos Millenials rescataron a otros enterrados en los escombros. A José

Elena Poniatowska Amor, hija de padre francés de origen polaco, Jean E. Poniatowski, y madre mexicana, Paula Amor, nació en París, en 1932. Primera mujer en recibir el Premio Nacional de Periodismo, entre sus obras se cuentan La noche de Tlatelolco, un clásico desde su publicación, al que se le otorgó el Premio Xavier Villaurrutia que rechazó preguntando quién iba a premiar a los muertos. Sus novelas y cuentos son La flor de lis, De noche vienes y Tlapalería, Paseo de la Reforma, Hasta no verte Jesús mío, Querido Diego, te abraza Quiela, Tinísima,  ganadora del Premio Mazatlán (1992), La piel del cielo, ganadora del Premio Alfaguara de novela 2001 y El tren pasa primero, sobre la vida de los ferrocarrileros mexicanos, Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos (2007). Leonora obtuvo el Premio Biblioteca Breve Seix Barral (2011). El Universo o nada (2013) es la biografía del astrofísico Guillermo Haro. Rondas de la niña mala es su primer libro de poesía, y cinco libros de cuentos para niños. Boda en Chimalistac, La vendedora de nubes, El burro que metió la pata, Sansimonsi, lustrado por Rafael Barajas, El fisgón y El niño estrellero,  por Fernando Robles. Traducida a veinte idiomas, Gaby Brimmer y Las mil y una historia de Paulina abordan problemas sociales. Tras recibir doctorados Honoris Causa de la UNAM y de la UAM, le fueron otorgados los de la Universidad de Puebla, de la de Sonora y del Estado de México, de la de Guerrero, la de Chiapas y la de Puerto Rico. También recibió el New School of Social Research de Nueva York, Manhattanville College y la Florida Atlantic University en los Estados Unidos y en Paris 8, La Sorbona y en Pau-Pyrénées, así como el premio Mary Moors Cabot de periodismo en la Universidad de Columbia, Nueva York (2004) el de la Universidad Complutense, Madrid (2015), la Legión de Honor Francesa a título de oficial, el “Gabriela Mistral” de Chile y en 2006 el «Courage Award» de La International Women’s Media Foundation. El 19 de noviembre fue nombrada Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes 2013.