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Cosas nunca oídas ni vistas

 

Por Iván Vélez

El último tramo del viaje a Tenochtitlan se vio favorecido por la ayuda de los porteadores tlaxcaltecas y la colaboración de algunos pueblos que, secretamente, se fueron aliando con los cristianos. Los totonacas y los cempoaltecas, temerosos de lo que pudiera ocurrir en la gran ciudad, regresaron a su tierra.

Incapaz de convencerles para que siguieran a su lado, Cortés les entregó una buena cantidad de mantas en agradecimiento por los servicios prestados. Quienes permanecieron con los españoles fueron los embajadores de Moctezuma, al que mantenían continuamente informado de todo lo que ocurría. En esas condiciones, hubo de escogerse entre un camino que pasaba por Chalco, cuyo inicio estaba despejado, y otro lleno de árboles cortados, por el que finalmente se optó, pues se entendió que la limpieza del primero constituía un señuelo para conducir al ejército a alguna trampa. «Me querían encaminar por cierto camino donde ellos debían tener algún concierto para ofendernos», de esta manera tan intuitiva dejó escrita Cortés su decisión en su Segunda carta de relación. Bernal confirmó esta idea. Era preciso atravesar la sierra, por lo que la comitiva comenzó el ascenso por la ruta que pasaba entre los volcanes Popocatépetl e Iztaccihuatl, que significa «la mujer blanca». La cercana presencia del Popocatépetl permitió a Diego de Ordás protagonizar una proeza. El leonés, junto a nueve compañeros, entre ellos Gutierre de Casamori, el joven Juan Larios y algunos indígenas que hicieron de porteadores, subió hasta las cercanías del cráter del volcán, coronado perpetuamente por un «gran bulto de humo». De la existencia de cumbres blancas tenían alguna noticia los españoles desde antes de su partida de Cuba, pues en la Instrucción de Velázquez ya se hablaba de la provincia de Sancta María de las Nieves. Desde aquella cota, que los veteranos de Italia compararon con el volcán Etna de Sicilia, vieron por primera la ciudad de Tenochtitlan, los lagos y el camino que conducía a ella. Años después, en reconocimiento a su hazaña, cuando Ordás regresó a España para casarse, se le otorgó un escudo de armas con la figura de un volcán.

En la cumbre de la cordillera, la nieve cubrió el suelo que pisó la hueste hispana. Allí, los embajadores pidieron evitar el paso por la ciudad de Huexotzingo, lugar enemigo de los mexicas. A pesar de sus ruegos, la ruta escogida se mantuvo. El frío de las cumbres no fue lo único que atenazó a los españoles. Como en ocasiones anteriores, el miedo volvió a apoderarse de algunos de ellos que, amotinados secretamente, trataron en vano de desandar el camino. De nuevo, la prudencia cortesiana, sustentada por el apoyo de la gran mayoría de los hombres, que estaban dispuestos a seguir adelante asumiendo los riesgos que se presentaran, bastaron para disolver la discordia. No faltaban motivos para la inquietud. Si al final del camino se encontraba la gran ciudad lacustre, durante el camino se habían percibido una serie de indicios que delataban la presencia de espías que merodeaban por los alrededores. Conscientes del peligro en que se hallaban, durante la noche se volvieron a poner centinelas. En la oscuridad, uno de ellos, Martín López, a punto estuvo de acertar con su ballesta en el cuerpo de Cortés, que también velaba.

Finalizado el descenso, el grupo se adentró en territorio chalca. Informado en todo momento de los movimientos de los extranjeros, Moctezuma volvió a consultar a sus dioses y sacerdotes, quienes le aconsejaron que tratara de impedir por todos los medios que éstos entraran en la ciudad. El Emperador envió a cuatro señores, cargados con tres mil pesos de oro y mantas. Con ellos reiteró su compromiso de dar oro, plata y chalchihuis -piedras verdes semipreciosas- al rey español. Moctezuma no se olvidó de Cortés, al que trató de ganarse con el envío de cuatro cargas de oro y una para cada uno de sus compañeros. Cuando los dignatarios llegaron, comunicaron a Cortés que los tributos serían entregados anualmente en el puerto, esto es, en Veracruz. A cambio, le pedían que no entrara en Tenochtitlan. La extensión del pago a toda la compañía buscaba comprar la voluntad de unos hombres a los que se informó de que la ciudad estaba en armas. En la carta enviada por Cortés al rey Carlos, se describió el ofrecimiento, si bien se omitió la extensión de éste a los soldados, acaso con el propósito de concentrar en sí mismo la renuncia al soborno propuesto por Moctezuma. Los continuos cambios de opinión, las «mudanzas» de Moctezuma, fueron sin duda interpretadas como una muestra de debilidad. Aquella intuición se mezclaba con el miedo. Con su habitual viveza, Bernal describió así los sentimientos de la tropa: «Y como somos hombres y temíamos la muerte, no dejábamos de pensar en ello. Y como aquella tierra es muy poblada íbamos siempre caminando muy chicas jornadas y encomendándonos a Dios y a su bendita madre, Nuestra Señora».

La siguiente escala se hizo en Amecameca. Allí, los españoles fueron acogidos en las estancias de su cacique, que les entregó cuarenta esclavas y tres mil pesos de oro. Junto a los regalos, el señor transmitió sus quejas sobre el trato que recibía de los mexicas, que ya esperaban a los españoles a orillas de la laguna. Aquellas palabras, como tantas otras del mismo tono, agradaron a Cortés que, cerca de su objetivo final, seguía verificando la división existente en los dominios de Moctezuma. Dos noches después de su llegada, el ejército abandonó Amecameca, dejando nuevos aliados. Al día siguiente, los castellanos, acompañados por un buen número de criados de Moctezuma, pernoctaron a orillas del lago. En la oscuridad de la noche, el campamento español recibió un ataque que fue repelido por disparos de arcabuz. La siguiente noche la pasaron en Ayotzingo. Con la luz del día apareció un lujoso cortejo en el que destacaba Cacamatzin, señor de Texcoco y sobrino de Moctezuma, que venía llevado sobre unas ricas andas de platería y plumas verdes, exhibiendo gran boato o «fausto». Unos sirvientes barrieron el suelo antes de que Cacamatzin lo pisara. El señor excusó la ausencia de Moctezuma, que dijo hallarse enfermo. Una vez más el mensaje varió. Ahora, el Emperador ofrecía a los barbudos entrar en la ciudad. Cortés respondió a la embajada con la entrega de tres perlas o margaritas. A las puertas de Tenochtitlan, un número creciente de curiosos se acercaron a los españoles. Para evitar que se provocara un tumulto, el capitán pidió a sus lenguas que avisaran a los lugareños de que no se entremetieran en la tropa ni tocaran los caballos. La distancia favorecía la seguridad, al tiempo que mantenía ese halo de fuerza invencible que trataban de preservar.

En compañía de Cacamatzin, los españoles pasaron por la bella y torreada ciudad de Mixquic. La siguiente parada se hizo en Cuitláhuac, pueblo construido sobre el lago, que contaba con unos dos mil hogares dedicados en su mayoría a la pesca. Como en ocasiones anteriores, el señor de aquel poblado mostró su descontento a Cortés por los agravios que recibía del Emperador. El ejército, que ya pisaba las calzadas, fue apremiado por el rey de Texcoco para que siguiera hasta Iztapalapa. Pese a que las vías parecían sólidas, Cortés sopesó entrar en la metrópoli a bordo de embarcaciones, sin embargo, carente de clavazón y herramientas, era imposible armarlas. Desestimada esta opción, dos jinetes se adelantaron para avisar de cualquier dificultad que pudiera surgir en el camino. Mientras tanto, el trasiego de mensajeros que iban y venían al palacio de Moctezuma era constante.

El siguiente en aparecer en escena fue el hermano de Moctezuma, Cuitláhuac, que llegó acompañado por otro lujoso séquito en el que destacaba el señor de Culhuacán. Cuando el señor mexica se encontró frente a frente con Cortés, se produjo un nuevo intercambio de regalos. La ciudad, la mitad de ella situada sobre la laguna y la otra sobre tierra firme, tenía, a decir de Cortés, entre doce y quince mil vecinos. Hechas las habituales cortesías, los españoles quedaron aposentados en el gran palacio ajardinado que ocupaba el centro de la ciudad. En su estanque pudieron ver garzas y diferentes tipos de peces. Construido con piedra y madera cedro, el edificio, de planta cuadrada, disponía de un embarcadero propio al que se accedía a través de unas escaleras. En tan suntuosos aposentos pasó el ejército su última noche antes de entrar definitivamente en la ciudad.

El 8 de noviembre de 1519, el ejército español, «con mucho concierto», es decir, en orden de formación, tomó la calzada que llevaba a Tenochtitlan. La anchura de la vía permitía que ocho de a caballo pudieran ir a la par. En los bordes de la laguna brillaban las salinas. Tenochtitlan estaba conectada con la tierra firme por tres calzadas, si bien en la de Iztapalapa moría otro tramo que, partiendo de las inmediaciones de Coyoacán, se unía al ramal principal en un punto fortificado que disponía de dos puertas con las que se controlaba el paso de mercancías y personas. En ese sitio, los españoles fueron recibidos por otro grupo de notables, que escenificaron una prolongada salutación. El ejército mantuvo en todo momento su estructura. Al frente de la tropa, compuesta por unos trescientos hombres, a lomos de los caballos que hacían sonar a su paso los cascabeles de sus pretiles, se situaron cuatro jinetes cubiertos con sus armaduras: Pedro de Alvarado, Gonzalo de Sandoval, Cristóbal de Olid y Juan Velázquez de León. Tras ellos iba el alférez Cristóbal del Corral que, de tanto en tanto, hacía girar el estandarte. Protegido por caballeros armados con lanzas, le seguía Diego de Ordás al frente de la infantería. Más atrás los ballesteros, vestidos con sus corazas de algodón prensado. Cerraban el grupo jinetes y arcabuceros. En la retaguardia, Cortés, con más jinetes y sus gentes de servicio. La cola del desfile la formaban los aliados indios, unos seis mil hombres que, con sus rostros pintados con colores de guerra, que destacaban sobre sus capas rojas y blancas, llevaban la artillería y otros enseres. Es fácil imaginar los murmullos de los soldados, también las de los curiosos que, desde la tierra, las azoteas o sobre las canoas que se acercaban por los costados de la calzada, contemplaban por primera vez a esos hombres venidos del mar, montados sobre extraños animales. Nadie mejor que Bernal para describir la honda impresión que la ciudad causó en las filas españolas: «Y otro día por la mañana llegamos a la calzada ancha y vamos camino de Estapalapa. Y desque vimos tantas cibdades y villas pobladas en el agua, y en tierra firme otras grandes poblazones, y aquella calzada tan derecha por nivel cómo iba a México, nos quedamos admirados, y decíamos que parescía a las cosas de encantamiento que cuentan en el libro de Amadís, por las grandes torres y cúes y edificios que tenían dentro del agua; y todas de calicanto. Y aun de nuestros soldados decían que si aquello que veían era entre sueños. Y no es de maravillar que yo aquí lo escriba de esta manera, porque hay que ponderar mucho en ello, que no sé cómo lo cuente: ¡ver cosas nunca oídas ni vistas y aun soñadas como víamos!».

La fascinación de los visitantes convivía con el recelo que provocaba la presencia, cada cierto tramo de calzada, de cortaduras para el paso de las canoas, sobre las cuales se situaban puentes móviles de madera que, una vez retirados, impedían la salida de la ciudad. Bernal transmitió con su pluma el temor que sintieron los soldados durante su marcha hacia el corazón del imperio mexica: «¿qué hombres habido en el universo que tal atrevimiento tuviesen?». Mientras avanzaban por la vía de piedra, muchos recordaron las continuas advertencias que habían recibido sobre sus anfitriones. Finalmente, al fondo de la calzada apareció el cortejo que traía a Moctezuma, llevado en una fastuosa litera cubierta por un palio de plumas verdes, oro y plata. La litera iba a hombres de nobles que iban descalzos, precedidos por otros que barrían el suelo y por los encargados de portar las insignias imperiales. Los reyes de Tacuba, Texcoco y Tlatelolco, independiente de Tenochtitlan hasta 1473, también formaban parte del séquito imperial. Al ver a los españoles, los señores hicieron el habitual saludo, besándose las manos después de tocar la tierra. En ese momento, Moctezuma, tomado de la mano de Cuitláhuac y de Cacamatzin, descendió de la litera y pisó unas mantas estiradas sobre el suelo, que impedían que sus imperiales pies, calzados con unas sandalias de oro y pedrería, entraran en contacto con la tierra. Ninguno de aquellos hombres miraba a la cara al Emperador, al que Cortés, al igual que otros caballeros, correspondió bajándose de su montura y descubriendo su cabeza. De manera instintiva, el capitán español quiso abrazar a Moctezuma, pero los señores que le rodeaban lo impidieron.

Tras el intercambio de los saludos de cortesía, facilitados por las lenguas que acompañaban a los españoles, el de Medellín le entregó el collar de margaritas perfumadas con almizcle, que llevaba al cuello. Un sirviente de Moctezuma entregó a Cortés dos collares, uno de caracoles rojos y camarones de oro, que eran las insignias de Quetzalcóatl, y otro de hueso. Cuitláhuac tomó al conquistador de la mano. Después de atravesar un tramo de ciudad ante la atónita mirada de sus habitantes, los españoles llegaron al centro ceremonial y fueron conducidos al palacio de Axayácatl, en el cual se guardaba el tesoro y se aposentaban las sacerdotisas. En su sala principal, se había habilitado un estrado en el que hicieron sentar a Cortés. Moctezuma le pidió que aguardara mientras sus compañeros se instalaban en el palacio, en el que se habían dispuesto esteras a modo de camas, con almohadas de cuero llenas de borra y braseros en los que se quemaban materias olorosas. Antes de que Moctezuma regresara, al tiempo que reponían fuerzas y daban cuenta de los alimentos ofrecidos por sus anfitriones, los españoles examinaron el edificio y la forma de defenderlo. La artillería quedó instalada apuntando a la puerta. Según lo dicho, el huey tlatoani volvió más tarde, con joyas de oro y plata, plumajes y muchas piezas de ropa de algodón. Entregados los obsequios, se sentó junto a Cortés. En aquel escenario se entabló un diálogo del que existen varias versiones. Según el conquistador, el Emperador mexica le confesó que desde hacía tiempo, por las escrituras de sus antepasados, sabía que su pueblo procedía de otras tierras. Que eran, en definitiva, extranjeros en ese valle al que habían llegado gracias a un gran señor del que renegaron en su ausencia. Ofendido por el trato que recibió a su regreso, Quetzalcóatl prometió volver y sojuzgar a sus antiguos vasallos. El anunciado regreso se haría desde la parte de donde nace el sol, es decir, desde donde habían llegado aquellos hombres blancos. Moctezuma estaba relatando la leyenda de Quetzalcóatl, cuyos perfiles parecían ajustarse a los del gran rey al que Cortés representaba. En ese momento, siempre según Cortés, Moctezuma propuso obediencia y vasallaje al Emperador español, su «señor natural». Dada la lejanía del rey de España, Moctezuma añadió: «vos sed cierto que os obedeceremos y tendremos por señor en lugar de ese gran señor que vos decís y que en ello no habrá falta ni engaño alguno y bien podéis en toda la tierra, digo que en la que yo en mi señorío poseo, mandar a vuestra voluntad, porque será obedecido y hecho y todo lo que nosotros tenemos es para lo que vos en ello quisiéredes disponer. Y pues estáis en vuestra naturaleza y en vuestra casa, holgad y descansad del trabajo del camino y guerras que habéis tenido…». A estas palabras añadió otras. El representante del rey de España, convertido de facto en un virrey que todavía no podía recibir órdenes desde la Península, debía hacer oídos sordos a todo lo que le habían contado de los mexicas, sus nuevos vasallos. Moctezuma trató también de hacer ver la modestia de su imperio, señalando que las paredes de sus palacios no eran de oro, sino de piedra y cal. Incluso alzó su vestimenta para mostrar que era de carne y hueso, «mortal y palpable».

Cortés fue consciente de los réditos que podía ofrecerle la leyenda del dios blanco y barbado, de la que ya había oído hablar durante su viaje a la corte de Moctezuma. Según escribió al emperador Carlos, «yo le respondí a todo lo que me dijo, satisfaciendo a aquello que me pareció que convenía, en especial en hacerle creer que Vuestra Majestad era a quien ellos esperaban»…

Iván Vélez (España, 1972). Es arquitecto. Ha publicado con Encuentro Sobre la Leyenda Negra (2018, segunda edición) y El mito de Cortés (2016). Es autor, además, de Agua, máquinas y hombres en la España preindustrial (2012) y de La conquista de México (2019). Ha colaborado en obras colectivas como Contra los mitos y sofismas de las «teorías literarias» posmodernas (2010), Gustavo Bueno. 60 visiones sobre su obra (2014), The individual and utopia (2015), Podemos ¿Comunismo, populismo o socialfascismo? (2016). Es colaborador habitual en revistas especializadas —El Basilisco, El Catoblepas, Altamira, Folklore, Ábaco— y en prensa generalista —ABC, El Mundo, Libertad Digital, La Gaceta–. Asimismo, ha dado múltiples conferencias dentro y fuera de España en torno a la cuestión de la Leyenda Negra antiespañola.