Crisis y oportunidad: un abordaje del cambio climático. Sobre la responsabilidad individual y social 

 

Por Horacio Biord Castillo

Introducción

En el mundo actual diversas situaciones y tendencias han sido llamadas, genéricamente, “crisis”. Una expresión estereotipada refiere que en chino las palabras para “crisis” y “oportunidad” comparten ideogramas. No hay que ir tan lejos como para advertir que incluso en español una definición de crisis es cambio favorable o decisivo, e igual sucede con oportunidad. Por lo tanto, crisis y oportunidad se relacionan semánticamente. Visto así, las crisis del presente nos ofrecen oportunidades individuales y globales para el mañana.

 

Una de las crisis más resaltantes en la actualidad es la relativa al ambiente, la cual presenta, a su vez, retos muy particulares, algunos de ellos cruciales para el futuro de la humanidad y de muchas formas de vida que coexisten en el planeta. Se trata, en síntesis, de la interacción entre cambio climático y biodiversidad. Este ensayo intenta mostrar, desde una perspectiva humanística, algunas oportunidades que la crisis del cambio climático nos ofrece a las personas (individualmente consideradas), a las sociedades humanas particulares y a la humanidad en su conjunto.

 

Una aproximación social al cambio climático

En el tema del cambio climático hay tres aspectos involucrados de manera recurrente y  determinante: ambiente, población y economía. Estos aspectos constituyen variables relativamente independientes en sí mismas, pero estrechamente interdependientes al asociarse. Otros aspectos relacionados son las formas de organización, los valores y la ideología. Dicho en otras palabras, el crecimiento poblacional requiere un espacio y actividades productivas y distributivas. Todo esto se denomina, en el análisis marxista, “infraestructura”. De esta manera, como se grafica más abajo, se forma un triángulo cuya base comparten el espacio y la población y cuyo ángulo superior corresponde al complejo producción-distribución (economía).

 

 

La relación entre estos aspectos es obvia: una población requiere un espacio para reproducirse y crecer; dicho crecimiento, a su vez, supone la intensificación de las actividades productivas y distributivas (económicas). Estas, por su lado, se hacen sobre una base material o ambiental que determina el crecimiento demográfico. Estas ideas no son nuevas y ya el Club de Roma[i],1 a partir de los dos primeros informes que encargó a expertos (Los límites del crecimiento y La humanidad en la encrucijada), advirtió sobre los límites ambientales del crecimiento poblacional (o explosión demográfica) y del crecimiento económico (también llamado desarrollo). Tanto la explosión demográfica (que implica el aumento de la tasa de natalidad como la reducción de la tasas de morbi mortalidad y el consecuente aumento de las expectativas de vida y de la edad promedio de una población) como el desarrollo (percibido como un proceso unilineal y unívoco a partir de la revolución industrial) tienen una limitante absoluta: la capacidad del espacio o ambiente de soportar un crecimiento exponencial de la población y las actividades económicas. Esto último, sin embargo, no siempre se entendió así. De hecho, las primeras advertencias sobre la “capacidad de carga” del planeta (concepto hoy en día muy criticado y quizá en desuso, que aquí utilizamos en sentido cualitativo y no cuantitativo) hicieron de la ecología una ciencia un tanto subversiva. Desde entonces se habló de una “ecología política” frente a la pretendida ecología científica o aséptica, tal como se diferenciaba la “economía política” de la economía académica. Los otros tres aspectos también relacionados, como hemos señalado, son las formas de organización sociopolítica, los valores y la ideología. Estos aspectos también pueden graficarse en forma triangular.

 

   

En este triángulo, el ángulo inferior correspondería a las formaciones socioeconómicas y los superiores a la ideología o racionalizaciones y explicaciones de la realidad que justifican un orden de cosas así como las decisiones y los valores que serían básicamente las creencias o significados a partir de las cuales un grupo social o un individuo[ii] determinan la importancia o calidad (buena o mala, provechosa o perjudicial, etc.) de los actos sociales y sus consecuencias. Ideología y valores forman parte de lo que en el análisis marxista se suele denominar “superestructura”.

 

Podemos combinar ambos gráficos para visualizar la mutua interdependencia de la “infraestructura” y la “superestructura”, de lo fáctico y lo racional, y además comprender que la organización sociopolítica combinada con la economía forma una “estructura”.

 

Ambiente, población, economía, sociedad, ideología y valores están mutuamente relacionados. Gran parte de los problemas del mundo contemporáneo provienen ciertamente de la primera tríada o “infraestructura” pero, paradójica y sustantivamente, también de la “superestructura”. Si bien los problemas están relacionados con la “capacidad de carga” del planeta para soportar el crecimiento poblacional y el incremento de las actividades económicas (tanto productivas como distributivas), estos mismos problemas se originan o se agudizan, según el caso, en las formas de organización social (concentraciones urbanas, por ejemplos), en los presupuestos ideológicos y en los valores de determinadas sociedades o grupos sociales (entre otros aspectos, la creencia en la supremacía del ser humano sobre las otras especies y el supuesto derecho que le asiste de atropellarlas para su propio beneficio; o el consumismo que lleva a los grupos sociales a derrochar, malgastar y extralimitarse innecesariamente). En consecuencia, la intervención para lograr correctivos, que sin bien han sido empujados por el deterioro ambiental y la disminución de la calidad de vida de amplios sectores de la población mundial (hambrunas, enfermedades, efectos de fenómenos climatológicos, carencia de agua, etc.), solo podrán lograrse mediante cambios ideológicos y axiológicos que lleven a redefinir las relaciones entre los seres humanos, sus sociedades y el ambiente. Un ejemplo interesante en este sentido es la reciente aceptación, por parte de la Iglesia católica, de que los atropellos al medio ambiente constituyen faltas reprobables o pecados veniales. ¿Contribuirá de alguna manera esta calificación de los delitos contra la naturaleza como hechos pecaminosos a gestar un cambio de actitud en sociedades católicas? Solo el tiempo lo dirá. Quizá el cristianismo y la Iglesia católica, en particular, tengan que armonizar esta idea con la creencia en el mandato divino de crecer y multiplicarse, las implicaciones del papel del ser humano como cumbre de la Creación, las limitaciones al control de la natalidad y la preeminencia o exclusividad de la función reproductiva de la sexualidad humana. En todo caso, lo crucial en esta argumentación es la necesidad de concertar soluciones a partir de los seis aspectos involucrados (ambiente, demografía, economía, sociedad, ideología y valores). Estos aspectos no son los únicos que intervienen en la crisis planetaria relativa al cambio climático sino algunos de los más relevantes y si se limitan en este ensayo a seis es exclusivamente con la finalidad de poder presentar una visión sintética de un asunto en extremo complicado.

 

 

Ideología, valores y cambio climático

La llamada “superestructura” juega un papel determinante en el agravamiento del cambio climático así como en la búsqueda de soluciones efectivas. Por ello conviene reflexionar sobre el papel de la educación formal y la formación universitaria, más concretamente, pues la educación contribuye a formar y desmontar ideologías, a reproducir, crear o desactivar valores. Asimismo es propicio reconsiderar la integración de saberes y la responsabilidad social de la conducta individual y la praxis profesional.

 

El Club de Roma, desde sus primeras formulaciones de lo que podrían ser las crisis del Siglo XXI, hechas a finales de la década de 1960 y en la temprana década de 1970, sostenía, entre otras posibilidades, (i) que había varias crisis interrelacionadas, (ii) que estas, aunque siendo globales, podrían afectar de forma más aguda a algunas regiones que a otras, (iii) que, en todo caso, la solución solo podía ser también global, y (iv) que problemas y soluciones habrían de ocurrir en un contexto mundial de grandes diferencias entre países ricos o industrializados y países pobres o no industrializados, es decir, en el contexto de oposición entre norte y sur estructurales. A esto agrego que también la comprensión de las crisis se intenta hacer fundamentalmente desde una perspectiva “occidental” y básicamente eurocéntrica,[iii] que deja de lado muchas percepciones, conocimientos, saberes y experiencias.

 

Estas ideas resultan importantísimas para comprender la relevancia de atacar los problemas o crisis desde una doble perspectiva, es decir, infraestructural y superestructural. Las responsabilidades tanto de los seres humanos como de las formaciones sociales (grupos sociales, naciones, países, bloques regionales, etc.) son dobles y se expresan en ámbitos distintos: individuales y colectivas, en un caso; particulares y globales, en el otro. De allí, la necesidad de distinguir adecuadamente los límites de cada  uno. Así como es una asunción muy ingenua suponer que un cambio de actitud individual sería suficiente en sí mismo para una transformación global y el advenimiento de una pax mundi fundamentada en un elevado estadio de la consciencia (como pretenden algunos movimientos de la Nueva Era), también constituye una gran y grave irresponsabilidad pensar que por ser el problema “global” o “general” no incumbe a la persona como ser humano concreto sino a las grandes corporaciones y entidades, que en esta argumentación se desdibujan y terminan por generar una especie de eterismo social. Ambos extremos (la actitud del militante ecologista ciego en su entorno y la de desentenderse del problema) son terriblemente perniciosos. Es necesario, en consecuencia, asumir que no será un simple cambio individual ni la agregación de otros similares, sino mediante la conjunción de éstos con las grandes decisiones proactivas de los países, gobiernos, corporaciones y grupos sociales como se podrá generar un cambio de rumbo que no destruya la vida del planeta. En este sentido, es importante recordar la teoría de Gaia formulada por James Lovelock[iv]: se debe distinguir entre el planeta como una entidad física (similar a los otros del sistema solar) y de la Vía Láctea y de otras  galaxias y el complejo de ecosistemas que posibilitan y mantienen la vida y su diversidad en la Tierra. La base física y la vida no son lo mismo. Esta última requiere a la primera, pero la base puede seguir existiendo sin la segunda hasta el final de los tiempos, una existencia sin vida, sin historia, monótona en su transcurrir esencial de rocas y otros elementos sometidos a procesos físico-químicos independientes de lo que entendemos, valoramos y anhelamos como “vida”.

 

La educación formal y la formación universitaria no son los únicos mecanismos de transmisión de saberes en las sociedades industrializadas y en aquellas otras que, sin serlo, se asumen como tales o dependen de la producción industrial (es decir, gran parte del planeta). Aunque de hecho “escuela” y“universidad” son desplazadas cada vez más por la televisión y los medios masivos de comunicación

y otros agentes socializadores, tienen, sin embargo, el prestigio y la autoridad transferida y reconocida por los Estados para legitimar los conocimientos. De allí que su papel sea extremadamente importante

para propiciar cambios que puedan ayudar a salir de las crisis planetarias del siglo XXI relativas al cambio climático.

 

En este contexto, una función fundamental de la educación en sus diversos niveles (incluido el de los estudios universitarios) sería fomentar cambios significativos en los modos de vida industriales o inspirados en las sociedades industriales, constantemente promovidos y reforzados por las prácticas sociales y la publicidad engañosa. Es muy difícil sustraerse, abandonar, modificar, morigerar, o disminuir hábitos nocivos para la persona y para el ambiente. Sin embargo, esto se debe lograr teniendo en cuenta las anteriores consideraciones sobre las falsas dicotomías (individual/colectiva o particular/ global) relativas al cambio climático. La escuela y la universidad deben entender que su papel predicante compite fuertemente con los medios de comunicación y con las industrias del consumo y del entretenimiento. No es una tarea fácil; pero además encierra una contradicción capital: el modelo educativo o político-socio-económico en el que se fundamenta. Es algo así como lo que expresa el chiste de “hacer lo que yo diga, y no lo que yo haga”. Se trata de disociar los mensajes explícitos y la conducta, privilegiando entonces mensajes ocultos que se autorrefuerzan y niegan la bondad de lo que se dice (amén de los problemas sociales que tales actitudes tienden a generar). Ejemplos sencillos son la defensa de los árboles y de la vegetación, las prédicas a favor de los bosques, y el uso desmedido e incontrolado (innecesario) de papel, cuyo empleo no se optimiza sino que tiende al despilfarro. ¿Muchos maestros pensarán en las veces que obligan a repetir deberes escolares redundantes? Recuerdo a una profesora de bachillerato que obligaba a sus estudiantes a repetir los mismos ejercicios en un cuaderno, en un bloc y en hojas sueltas ordenadas dentro de una carpeta. Quizá, pensaría, de esa forma los jóvenes retendrían los conocimientos asociados a tales ejercicios. Sin embargo, más que a casos como éstos, me refiero a valores asociados con emplear (comprar, obviamente) un cuaderno para cada asignatura y la poca estima social de usar cuadernos de cursos anteriores apenas utilizados anteriormente. Otro ejemplo puede ser el mal uso de la energía eléctrica, tanto en los centros educativos como, principalmente, en las residencias. ¿Pensamos cuántos televisores puede haber encendidos a la vez en una casa o apartamento sin que nadie esté viendo la programación u otros aparatos innecesariamente encendidos sin ninguna razón? ¿Los bombillos eléctricos deben permanecer encendidos aunque no haya nadie en determinadas exagerado de los combustibles fósiles en los automóviles particulares: como las computadoras personales también hay vehículos personales. Siempre será un dilema su uso, especialmente en aquellas ciudades con pésimo transporte público o con condiciones orográficas poco favorables para el uso de vehículo de tracción de sangre (como las bicicletas). En una megalópolis como Caracas, enclavada en terrenos muy quebrados y accidentados, rodeada de ciudades satélites (algunas próximas, otras no tanto, muchas bastante alejadas) el uso de bicicletas aún es un sueño con grandes obstáculos para su realización. Sin duda, un reto es incorporar el cambio climático a nuestra cotidianidad como preocupación y reto individual, social, profesional.

 

Indicios cotidianos del cambio climático

El cambio climático cada vez parece captar mayor atención. Desde visiones apocalípticas hasta actitudes despreocupadas, el asunto comienza a calar con mayor fuerza en la vida cotidiana de las personas de todo el mundo. Basta con citar unos pocos ejemplos a modo de alarmas… Un indígena del Alto Orinoco me comentaba que ya no se sabía cuándo iba a llover en aquellos parajes que muchos consideran “selvas vírgenes” y, por tanto, escasamente afectadas por dinámicas ambientales exógenas. Algunos campesinos de la región centro-norte de Venezuela ven con desconcierto el comportamiento del clima que no se corresponde con lo que había sido por décadas. Los medios de comunicación muestran incendios estivales en California, Portugal y España, por solo mencionar algunas regiones no tropicales. Los efectos devastadores del huracán Catrina aún persisten en Nueva Orleáns, sobre el Golfo de México. El derretimiento de los casquetes polares empieza a preocupar a los científicos. Grupos ecologistas se organizan para defender a los osos polares ante el calentamiento global y la consecuente reducción del hábitat de estos plantígrados. Los glaciares de las montañas tropicales comienzan a desaparecer. Los ciclos de sequía se alargan, mientras que la pluviosidad va en aumento en otras zonas. Quizá nuestros modos de vida tengan que adaptarse a oscilaciones entre períodos más húmedos y otros más secos, a lluvias más intensas, a sequías muy prolongadas. Sin embargo, estos parecen asuntos ajenos a nuestras preocupaciones diarias. La gente urbana (es decir, que ha internalizado modos de vida fundamentalmente urbanos) está muy alejada de los ritmos de la naturaleza y parece tener poco aprecio por el conocimiento de esta última.

 

Un reto para la educación formal es crear o reforzar, según elcaso, una verdadera conciencia sobre los impactos del cambio climático y la responsabilidad humana. Ciertamente la evidencia sobre la antropogénesis de los procesos de recalentamiento global son muy discutibles, pero las amenazas del efecto invernadero deberían ser motivo constante de meditación e incluso de investigación/acción en todos los niveles educativos. En una ocasión coincidí con unos dueños de fábricas más o menos exitosas. Incluso uno de ellos era egresado universitario de una carrera vinculada con la naturaleza. Estos industriales negaban la responsabilidad de los seres humanos en el aceleramiento del cambio climático. Para mí esta actitud no solo fue motivo de una gran preocupación, sino evidencia de que, como dice la sabiduría popular, no hay peor ciego que quien no quiere ver. Sentí que sus intereses económicos les impedían ver la realidad…Para ellos era un problema manipulado por políticos de izquierda y no una verdadera amenaza para la humanidad entera. Quizá sea un buen ejemplo de la actitud que asume que el cambio climático es algo ajeno a los individuos y a sus responsabilidades profesionales o laborales.

 

Otro reto importante para la educación formal es propiciar desde sus propios espacios el pluralismo cultural, la interculturalidad y el diálogo de saberes. Me ha tocado interactuar con ingenieros forestales, agrónomos, biólogos, geógrafos y otros profesionales de carreras afines en temas relacionados con prácticas de horticultura entre poblaciones indígenas y campesinas e incendios forestales, especialmente en áreas protegidas y/o vulnerables. Indígenas y campesinos tienen conocimientos tradicionales asociados a la biodiversidad y el empleo de fuegos controlados para la tumba de conucos, desmalezamiento y control natural de plagas. Muchos de estos conocimientos son despreciados por universitarios que, imbuidos de la certeza de sus propias nociones académicas, consideran como empíricos y carentes de base científica o experimental otros saberes. Sin embargo, muchos estudios han concluido que la acumulación de madera y otros materiales inflamables contribuye a aumentar la combustión y magnitud de los incendios. En cambio, quemas periódicas, en condiciones controladas (como durante épocas de entrada o salida de lluvias y no en los meses más secos y cálidos del año) resultan beneficiosas para la regeneración de especies vegetales, exterminio de plagas y abono de los suelos. Paradójicamente, la provocación intencional de pequeños incendios controlados evita la destrucción ambiental  que causan incendios mayores, provocados o espontáneos.

 

La Convención sobre Diversidad Biológica, de 1992, en efecto, protege los conocimientos de los indígenas y poblaciones locales asociados a la biodiversidad. Se ha comprendido, tras décadas de investigación, la enorme importancia de sociedades tenidas despectivamente como “rudimentarias”, “incultas” o “incivilizadas”. Aquí se refleja, precisamente, ese sentimiento de superioridad de las sociedades occidentales o con una cultura dominante de inspiración occidental. De allí que una perspectiva postoccidental, o de desmontaje de las percepciones y valoraciones sesgadas por una óptica occidental (como, por ejemplo, sobredimensionar el conocimiento “científico” como único válido en desmedro de conocimientos locales, tradicionales, “folclóricos”, etc.) tenga también una enorme importancia. Así se podría, por ejemplo, enfrentar algunos de los riesgos de fenómenos naturales a los que amplios sectores han estado expuestos a lo largo de centurias o quizá milenios.

 

Finalmente, las universidades como generadoras y transmisoras de conocimientos tienen una enorme responsabilidad social. La formación de sus profesionales debe requerir, cada vez más, de tres componentes: (i) técnico o de la especialidad, (ii) humanístico o transdisciplinario, y (iii) ético. El primero garantizará la experticia de los egresados, el segundo la dimensión integradora de su formación y el tercero la adecuada práctica profesional, la integridad de su desempeño y la pertinencia de la reflexión sobre los alcances y consecuencias del ejercicio de la carrera. Con frecuencia los estudiantes suelen seleccionar la carrera que han de estudiar siguiendo o bien un criterio vocacional (real o inducido por modas, prestigio, antecedentes familiares, etc.) o bien una motivación crematística, o incluso ambas. Obviamente todo trabajo merece una remuneración y ésta debe ser más alta cuanta mejor formación, desempeño y aportes haga la persona. Sin embargo, un título universitario no debe tener solo un mero valor de cambio: los conocimientos (expresados en servicios, tecnología, asesoría, etc.) por una suma de dinero. Tiene no solo un valor de uso, sino también una responsabilidad social de gran trascendencia. Esta responsabilidad involucra desde aspectos personales y de dedicación hasta consecuencias sociales y ambientales de determinadas prácticas. Es posible que un antropólogo pueda saber cómo contribuir a la destrucción de una sociedad, pero ¿es éticamente aceptable que lo haga o que utilice sus conocimientos para favorecer intereses de terceros? Un ingeniero civil sabrá cómo acometer obras de envergadura que podrían resultar dañinas para el ambiente. ¿Qué debería, entonces, privar en esos casos: el interés de ganar dinero o prestigio o la responsabilidad de evitar daños ambientales? ¿Será la solución silenciar efectos indeseables, reducirlos o matizarlos, o procurar por todos los medios evitarlos? ¿Cómo debería resolver un ingeniero industrial amenazas de contaminación derivadas de las industrias? Ante cada pregunta, ante cada caso particular, habrá también una respuesta, pero ésta siempre debe ser objeto de una profunda reflexión y de un compromiso consigo mismo, con sus semejantes y con el destino de la naturaleza y sus múltiples formas de vida.

 

A manera de conclusión

Definitivamente la crisis del clima, la crisis ambiental, no es algo aislado ni localizado. Se trata de una crisis global, interdependiente de otras e interrelacionada con muchas más. De allí que solo una mirada transdisciplinaria y, en cierta medida, transcultural pueda advertir que más allá de las diferencias humanas que han de respetarse profundamente existe un compromiso con la humanidad en su conjunto y con su ecosistema global u hogar (Gaia) y con su soporte (el Planeta). Para los creyentes de cualquier religión o sistema de creencias es un compromiso con lo Sagrado, en sus múltiples expresiones: con aquello que la da sentido y trascendencia a la realidad empírica. Para creyentes o no debe ser, en todo caso, un compromiso con los derechos fundamentales, irrenunciables e inalienables, de todos los seres humanos, sin importar su género, edad, raza, orientación sexual, cultura, idioma, y con todos los seres vivos y elementos abióticos que permiten su reproducción.

 

Las crisis socioambientales que se nos avecinan a pasos agigantados, o que se expresan tímidamente en aquellas que ya se manifiestan de diversas maneras, nos ofrecen la inmejorable oportunidad de rectificar y de volver los ojos a las motivaciones que nos llevan a destruir –conscientemente o no- nuestro entorno, nuestros semejantes y todas las formas de vida que nos acompañan y sostienen. Hay demasiadas evidencias sobre la crisis ambiental y del cambio climático; pero, en contraste, poca voluntad (individual, colectiva e institucional) para enfrentarlas, para buscar soluciones, para accionar en busca de un entorno más saludable que permita la coexistencia de todas las formas de vida que pueblan el planeta y lo constituyen. La biodiversidad debe ser preservada y junto con ella, como condición sine qua non para su mantenimiento, la diversidad sociocultural o sociodiversidad, la diversidad lingüística o linguodiversidad,[v] el pluralismo ideológico, etc. A más homogeneización también habrá más riesgos de pérdidas significativas. La hiperespecialización conlleva el riesgo de distorsionar u ocultar el carácter sistémico de Gaia y sus gentes, de nosotros mismos. Sin oponerla de manera excluyente a una perspectiva científica (que no cientificista ni tecnocrática, obviamente deleznables), el mundo “occidental”[vi]  requiere potenciar una visión humanística que posibilite el diálogo de saberes, la promoción de los valores humanos (universales y particulares),[vii] la validez de una perspectiva transdisciplinaria y la preeminencia de la reflexión ética. En otras palabras, parece impostergable una orientación humanística y transcultural para analizar las causas y consecuencias del cambio climático y trazar asertivamente una estrategia mundial para resolver las crisis socioambientales.

[i]. El Club de Roma es una asociación integrada por científicos, intelectuales y políticos, nacida en 1968, con sedes o capítulos en diversos países, que reflexiona sobre las consecuencias socioambientales del crecimiento desmesurado de la población y las actividades productivas (para más información ver www.clubofrome; www.clubderoma.net; http://200.2.14.175/clubderomaVenezuela/club.htm).

 

[ii]. Resulta un terreno espinoso decidir si los valores son individuales o colectivos, en todo caso, probablemente hay valores colectivos (culturalmente determinados) que los individuos reinterpretan y adoptan con su propia visión personal.

 

[iii]. Ante la dificultad de definir qué es y qué abarca lo “occidental” (Cfr. Enrique Dussel: El encubrimiento del Otro. Hacia el origen del “mito de la Modernidad”, Colección Academia, Nº 1, La Paz, Plural Editores y Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Universidad Mayor de San Andrés, 1994), aquí asumimos que es sinónimo de eurocentrismo en el sentido de prevalencia de los valores, culturas y tradiciones dominantes de Europa, asociados, además, al imperialismo y al colonialismo.

 

[iv] James Lovelock: La venganza de la tierra. Por qué la Tierra está rebelándose y cómo podemos todavía salvar a la humanidad, Caracas, Planeta Venezolana, 2008.

 

[v]. Debe tenerse en cuenta que muchos conocimientos tradicionales sobre los ecosistemas y su funcionamiento, así como las formas de vida que los integran, provienen de culturas y lenguas minoritarias y amenazadas (como las de los pueblos indígenas americanos, por ejemplo).

 

[vi]. Tal vez otros “mundos”, otros horizontes civilizatorios (conjunto de tradiciones y matrices culturales que son comunes a varias sociedades), de los que son creadores, re-creadores y herederos otras sociedades o “humanidades” (término que se pluraliza para aludir a la diversidad intrínseca de los seres humanos, individual y colectivamente considerados: la humanidad europea cristiana frente a la(s) humanidad(es) amerindia(s), por ejemplo), se planteen visiones del mundo (cosmovisiones) menos etnocéntricas, lo que facilita enormemente el diálogo de saberes y experiencias. En otras palabras, “cientificismo”, “racionalismo”, “eurocentrismo”, “occidentalismo”, “imperialismo” y “colonialismo”, aunque obviamente son fenómenos distintos en sí mismos, concurren en una forma de etnocentrismo que ha condenado a los pueblos no “occidentales”. Sobre este tema ver, por ejemplo, los trabajos de Dussel (Op. Cit.), Roy Preiswerk y Dominique Perrot (en Etnocentrismo e historia, Serie Interétnica, México, Nueva Imagen, 1979) y Wolf (en Eric R. Wolf: Europa y la gente sin historia. México, Fondo de Cultura Económica, 1987).

 

[vii]. Aunque sea un terreno en extremo pantanoso establecer las fronteras que separan a ambos, valga la distinción entre valores generales o universales y particulares, es decir, aquellos propios de una sociedad o de un horizonte civilizatorio.

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Horacio Biord Castillo (Caracas, 30 de septiembre de 1961). Presidente de la Academia Venezolana de la Lengua. Tomó posesión el 7 de julio de 2008 con el discurso titulado Perspectivas de una lectura postoccidental de estudios coloniales sobre lenguas indígenas caribes. Secretario desde 2008. Elegido presidente el 11 de mayo de 2015.Licenciado en Letras, magíster en Historia de las Américas y doctor en Historia, Horacio Biord Castillo es profesor de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB). Además, trabaja como investigador asociado y jefe del Centro de Antropología del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas. Entre 1995 y 2002 se desempeñó como jefe de la División de Servicios Técnicos de la antigua Dirección de Asuntos Indígenas del Ministerio de Educación. Sus principales áreas de especialización son la etnohistoria, la etnicidad y la sociolingüística. Realiza investigaciones sobre pueblos, culturas y lenguas caribes de las regiones central y oriental de país, sobre políticas públicas para minorías étnicas y sobre la conformación de las identidades regionales de Venezuela.Entre sus publicaciones se destacan Sueño que nunca llega (1994); Aborígenes de la región centro-norte de Venezuela (1550-1600): una ponderación etnográfica de la obra de José de Oviedo y Baños (2001); Niebla en las sierras: los aborígenes de la región centro-norte de Venezuela. 1550-1625 (2005); Retazos (2012), y Mea estrellas la noche (2013). En 1995 fue distinguido con el Premio Municipal de Literatura, mención Estudios Indígenas.Durante el VII Congreso Internacional de la Lengua Española, presidió la sesión «El español en el mundo: un idioma diverso, pero unido».