Los inconvenientes de la representación en Nicaragua
 
Por Herdy Bravo

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Desde hace 200 años la estrategia sigue siendo la misma: que el pueblo no se entere de su poder. Desde aquella acta de los nublados, las antiguas élites y los revolucionarios devenidos dictadores (¡vaya novedad!) han venido excluyendo de la participación política a la ciudadanía. Ese poder que es pura energía, como un buey que cansado tira el yugo al suelo, no ha logrado tomar forma todavía. Abril fue la muestra de esa energía que quiere liberarse, cansada de los atropellos que ha venido aceptando por acción y omisión durante décadas. Y la bomba de presión de nuestro país es bastante exacta: con unos 30 o 40 años por ciclo. ¿Cómo salimos del bucle?

 

Ya llevamos tres años desde el último estallido, sus fragmentos siguen ahí entre nosotros, somos nosotros. Más escombros en las ruinas que nuestra historia va dejando olvidados porque “la vida sigue”. Sí, tenemos que seguir adelante, pero tenemos que entender qué nos está pasando y cómo podemos salir de tanta basura. En estos tres años hemos aprendido mucho. En tiempos de crisis el sistema muestra sus costuras, abre sus fauces descaradamente y deja ver sus miserias, sus sinsentidos. Su aparente orden lógico se torna en contra de toda lógica vital; es estúpido, una bestia furibunda, calculadora pero aterrada de perder cualquier resquicio de su poder totalitario, una bestia paranoica. Pero nosotros, los fragmentos, seguimos aquí. Después de tres años nos hemos reconocido, juntado, separado, hemos tejido redes de todo tipo. Estas redes tan singulares que han nacido por tantas necesidades e intereses van desde el grupo de vecinos que reunían alimentos y medicinas para apoyar a los heridos que iba dejando la represión, hasta redes de apoyo psicológico, grupos anónimos de estudio y organizaciones con fines más concretamente políticos. Toda esta energía está tomando forma, y tal vez lo mejor: múltiples formas organizativas. 

 

Pero vino el diálogo y después las elecciones, y con ellos la necesidad de representantes. Un solo haz de luz que junte los vigores dispersos ¡necesitamos un santo para la procesión! !Un candidato único! ¿Quiénes van a sentarse en la mesa del diálogo? ¿Qué quieren? Y esos ¿quiénes son? !Ríndase mi comandante!... serán las cabezas que la bestia devorará para que el cuerpo deje de moverse. Serán los que están dispuestos a poner la cabeza para llegar a gobernar -siempre la tentación de gobernar-. También estarán los antiguos aliados, con los que sí se debe negociar… antes que el pueblo lo sepa. Los mecanismos temerosos que desarticulan el poder estaban en marcha. Dos conflictos paralelos: por un lado una ciudadanía que pide libertad, justicia y democracia; por el otro las antiguas y nuevas elites que se disputan quién será el siguiente al mando de la finca. No faltarán los advenedizos que quieran entrar en la disputa. 

 

La lucha por el poder democrático no es la misma que la disputa por el poder del Estado. Cuando el pueblo pide democracia no pide un nuevo gobernante, pide un nuevo sistema que garantice los intereses comunes fundamentales.  Aunque dadas las condiciones actuales, es necesario que ese poder democrático se institucionalice en un Estado democrático. Y es entonces cuando se entra en la disyuntiva: la ciudadanía organizada tendrá que actuar bajo las reglas de un sistema diseñado para excluir a la sociedad civil, un sistema republicano aparente, hecho a la medida por los partidos políticos corruptos, el gran capital y otros poderes fácticos; o actuar al margen de las instituciones, tal vez generando una forma de poder capaz de contrarrestar el poder económico y las fuerzas armadas legales e ilegales. En la historia nicaragüense normalmente esta disyuntiva se ha resuelto con violencia. Lo que ha resultado sorprendente de la última insurrección es la vocación pacifista en la mayoría de la ciudadanía. Esto es muestra de novedad, los tiempos están cambiando. Tenemos ahora el germen de un cambio radical, una nueva realidad política que pugna por nacer y que el viejo orden está obstinado en apagar.

 

Pero volvamos a la disyuntiva. Una parte, quizá una pequeña parte de toda la gente que se politizó en abril del 2018 decidió actuar en la senda electoral. Esto obedece a varias razones: primero porque los actores tradicionales llevaron el conflicto a la pugna por el poder, segundo porque es la salida más evidente según los esquemas de la comunidad internacional -léase Europa y Estados Unidos-; tercero y en consecuencia de lo primero, porque la ciudadanía ha sido llevada a pensar en la lógica electoral: “necesitamos derrocar al gobierno porque el gobierno es el problema.” Y no es que no sea un problema tremendo, es que no es el problema fundamental. En el fondo, las causas y los responsables del colapso permanecen ocultos. Aun así, varios ciudadanos y ciudadanas decidimos entrar en la lógica electoral desde varias posiciones y con diferentes objetivos. Unidos por la idea de democratizar el país, disputarle el poder del aparato estatal al régimen para desde ahí impulsar el cambio. Inmediatamente saltaron todos los resortes del sistema corrupto y excluyente: el partido de gobierno y sus antiguos aliados minaron todas las posibilidades electorales de ese grupo. Este proceso que empezó con la aparente unidad con la Alianza Cívica terminó con la impugnación de la casilla del Partido Renovador Democrático (PRD) que era la casilla vehículo de ese grupo variopinto más cercano a la sociedad civil que es la Coalición Nacional (CN). La diversidad de intereses dentro de esta última no es problema menor, pero no compete a este texto tratarla. Lo importante es mostrar cómo los mecanismos de la democracia representativa en manos del régimen han servido para excluir de la participación política a un sector de la sociedad

 

“Los cochones y las lesbianas nada tienen que hacer en la asamblea”

 

Como si hablara en nombre de todas las generaciones de políticos nicaragüenses, el abominable Wilfredo Navarro dijo el año pasado lo que ha sido la actitud general de los poderes hegemónicos desde hace décadas: los cochones y lesbianas no tienen nada que hacer en la Asamblea. Se refería a las reformas electorales cuando se le preguntó si serían consultadas con todas las organizaciones de la oposición. Más allá de que su estupidez no le deje ver que la condición de ciudadanía es independiente de la opción sexual, para el señor Navarro la política en la Asamblea Nacional es exclusiva para los partidos políticos. Por otro lado, en semanas cercanas a esto, la presidenta de Ciudadanos por la Libertad (CxL) decía en una conferencia de prensa que la CN y la Unión Nacional Azul y Blanco (UNAB) no existían. Se refería a las organizaciones de la sociedad civil y partidos políticos sin personería jurídica. En esta actitud de absoluta invisibilización de un buen sector de la sociedad, podemos ver cómo funciona el sistema político excluyente de Nicaragua: un sistema partidocrático y corporativo, donde se vienen cerrando cada vez más los espacios de incidencia de la ciudadanía. 

 

El sistema político nicaragüense es un círculo que se cierra cada vez más en torno a un grupo de interés. La disputa no puede ser por ver quién entra en el círculo, si no ensanchar ese círculo cada vez más. En la consigna “Nicaragua volverá a ser Republica” de Pedro Joaquín Chamorro podemos ver un ansia de pluralidad, de orden jurídico y división de poderes, cosa que nunca hemos tenido. Al parecer Padreo Joaquín hacía referencia a un pasado mítico de la tradición conservadora. Sin embargo, el sueño es válido, deseable diríamos. Pero no podemos quedarnos ahí, aunque a la mayoría de los políticos de buena voluntad solo les dé para pensar en las coordenadas republicanas, no podemos quedarnos ahí, porque la República no es igual a democracia. 

 

La República es la forma que encontró la oligarquía de legitimar su poder sobre la mayoría. Es una concesión de los que tienen el poder, una concesión necesaria para estabilizar el poder. Las repúblicas modernas están fundadas en las ideas de Montesquieu que plantea la división de poderes y la elección de representantes que tomarán las riendas del gobierno por un periodo determinado de tiempo. Esto, en realidad, no es democracia, es una forma de legitimar el poder de los que se sienten llamados a gobernar y una forma de delegar el poder de los que se sienten llamados a obedecer. En secreto, tal vez todos, pero sobre todo los que ostentan el poder, le tenemos miedo a la democracia. A fin de cuentas, le tienen miedo al pueblo, ¡y cómo no! Si parece que la fuerza desbordada de las masas, como el fuego, puede arrasar todo a su paso. De fondo está la antigua idea del pastoreo: la gente no sabe lo que quiere y alguien se lo tiene que decir. Idea muy conveniente para quienes de hecho ya tienen el poder. En realidad, lo que sucede es que las personas perdemos la capacidad de incidir en la construcción de la realidad pública, la política. La República es necesaria para la minoría que gobierna, que se ve en la necesidad de ceder en apariencia algo de poder. Pero, a fin de cuentas, firmarán ellos en nombre de todos antes que el pueblo lo sepa.


Pero tendremos que ceder también nosotros que la República es mejor que la Monarquía, que un poco de libertad es mejor que ninguna. Aunque nunca la libertad o justicia ha sido otorgada por gracia de los poderosos. Mas nunca tenemos que conformarnos con poco, porque el poder no es una cosa que se dé como limosna para que nos callemos la boca, la libertad quiere más libertad, se expande. Por eso no solo queremos que Nicaragua sea Republica, queremos que sea democrática. El poder, la potencia de decidir y crear, le es dada al ser humano. Estamos condenados a ser libres, decía Sartre. Es, por lo tanto, el poder que acumulan “los poderosos” el poder nuestro -nuestra libertad-, al igual que la riqueza que acumulan los ricos es la riqueza nuestra -nuestro trabajo-. Tomémosle el codo a la mano que nos tiende la República, y repartamos esta res publica de verdad; hagamos de este país un lugar donde todos y todas podamos intervenir.

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Herdy Bravo (Nicaragua). Egresado de la carrera de Humanidades y Filosofía por la Universidad Centroamericana (UCA). Actualmente es Coordinador de Formación del movimiento político Propuesta Ciudadana.