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La laguna y el mar

Por Helder I. Pérez

La calle de tierra que a diario transité en bicicleta era distinta a la de hoy. En su lugar había una franja de mangle de botoncillo, icacos y uvas de playa, y detrás de ellos, una laguna de agua salobre. Hace veinte años, la calle quedaba a cincuenta metros del mar. Con el paso del tiempo, el creciente vaivén de las olas devoró poco a poco la arena compactada. Esta mañana, más de la mitad de la calle que aún queda estaba cubierta por el mar Caribe, de oleaje lento y voraz. Como respuesta a este fenómeno, la comunidad utileña ha cortado paulatinamente la vegetación litoral y mudado la calle un par de metros hacia adentro, más cerca de la laguna. Ahora, la calle mide apenas tres metros de ancho, con un mar que crece en silencio a un lado y una laguna negra que desparece al otro.

 

Cerca del centro del pueblo, en el popular barrio de Camponado, las calles y los patios de las humildes viviendas han sido tapizadas por una mezcla de agua salada y lodo del manglar. Y allá en el barrio La Punta, donde todas las casas se engalanan con luces de colores en navidad, la marea alta también reclamó a sus verdes patios. 

 

8 kilómetros al oeste de la isla, en la comunidad pesquera de Los Cayitos, ocurrió algo similar. El paso del distante huracán Julia, cuyo ojo cubrió casi por completo el sur de Nicaragua, en dirección hacia el Pacífico de Centroamérica, provocó una marejada que cubrió por completo las calles, la cancha de baloncesto, el colorido jardín de la tía de Chris y el minúsculo arriate donde Mrs. Annie cultiva albahaca y orégano para condimentar las albóndigas de pescado. Para los pescadores de Utila, la presencia del mar en la puerta de su casa es un misterio que esperan desaparezca pronto, ignorando que este fenómeno persistirá. 

 

La comunidad de Iralaya, en el extremo oriental de la Muskitia hondureña, ubicada a más de doscientas millas náuticas de los pintorescos cayos de Utila, ha sufrido la peor suerte. El mar cubrió no solo sus viviendas de madera de pino y techos de tique, sino que también cubrió sus cultivos de yuca, frijol rojo y filipita, una variedad de musácea que forma parte integral del bastimento (guarnición) que acompaña al pescado o la carne de monte. Por segundo año consecutivo esta tierra indígena cosechará tierra salada en sus trabajaderos. Para el milenario pueblo Miskitu, las pérdidas no se cuantifican en dinero sino en días sin comer, en enfermedades infecciosas, cardiovasculares y neuropsiquiátricas. Tanto para isleños como para los pueblos originarios de la costa atlántica de Honduras (y del mundo entero), las crecientes marejadas representan una preocupación que hace un par de décadas atrás ellos desconocían. 

 

Cuando algunos científicos predijeron que el nivel del mar aumentaría a raíz del cambio climático, nadie escuchó. Décadas más tarde, los alarmistas y los guionistas de Hollywood pintaron un lúgubre escenario donde el oleaje oceánico cubría ciudades completas y cordilleras nevadas. Y mientras unos ignoraban el tema de manera proactiva y otros desinformaban, los expertos aconsejaban que “el cambio climático es significativo y persistente. Es real.” Aún a sabiendas que pocos lideres escucharían, continuaron realizando estudios, mejorando sus procedimientos y técnicas, logrando afinar el mensaje: el aumento del nivel del mar no es abrupto ni romántico. Es lento, tenaz y persistente

 

Un equipo multidisciplinario y multinacional liderado por el científico norteamericano Peter Clark, (Clark, P. Et al, 2016) estableció que el nivel del mar aumentaría 25 metros durante los próximos 2,000 años y permanecería allí durante al menos 10,000 años. Es un panorama lúgubre que establece claramente cuan significativo es este fenómeno para las poblaciones costeras de Honduras y del resto del mundo. Posteriormente un estudio independiente realizado por Matías Engel y su equipo (2018), ha expuesto que el mar continuará creciendo al menos durante los próximos 300 años, de manera indistinta a nuestros esfuerzos de mitigación. Ambas proyecciones son significativas. 

 

De acuerdo con las observaciones realizadas por científicos de NOAA (la Administración Norteamericana Oceanográfica y Atmosférica, por sus siglas en inglés), el nivel medio del mar mundial ha aumentado entre 21 y 24 centímetros (8 y 9 pulgadas) desde 1880. Más aún: en 2021 el nivel del mar mundial estableció un nuevo récord: 97 mm por encima de los niveles de 1993. Hoy en día el nivel global del mar ha aumentado en un 300% a 900% del nivel del mar en relación a los niveles pre-revolución industrial, y no hay ningún indicio que retrocederá. Ante el escalofriante escenario observado y el perturbador futuro pronosticado por la comunidad científica internacional, cabe preguntarse si podemos hacer algo al respecto. La respuesta no es agradable, pero es urgente: No podemos detener el mar, pero sí podemos salvar vidas. 

 

Es urgente establecer un diálogo nacional donde participen distintos representantes de la sociedad civil, el gobierno de la república, la academia y el brazo armado (el panorama socioambiental es también cuestión de seguridad nacional). Urge un plan de adaptación al cambio climático basado en comunidades y destinado específicamente para comunidades costeras que integre las proyecciones actuales del aumento del nivel del mar y su impacto en la seguridad alimentaria, la salud y la cultura ancestral de nuestros pueblos isleños y originarios.

 

 Aunque resulte difícil para muchos aceptar esta realidad, y aún más, considerar la idea de abandonar nuestros pueblos natales, es necesario involucrarnos y aceptar que el éxodo de las poblaciones costeras ha comenzado. Según la Agencia para Refugiados de las Naciones Unidas (UNHCR, 2022), los impactos crecientes y desproporcionados de la emergencia climática en los países y comunidades más vulnerables son causa del desalojo forzado de 20 millones de personas cada año. Aunque la migración sea un derecho humano, es vital trabajar de manera conjunta para establecer nuevos asentamientos y reducir pérdidas humanas en el camino. Esperar que el mar lo haga antes que nosotros no es una opción. 

 

Tegucigalpa, noviembre 2022.



 

Referencias


Clark, P., Shakun, J., Marcott, S. et al. (2016) Consequences of twenty-first-century policy for multi-millennial climate and sea-level change. Nature Clim Change 6, 360–369. https://doi.org/10.1038/nclimate2923

 

DeBenedette, V. (2022). Hurricanes Impact Public Health for Months After Storm. VeryWell Health. https://www.verywellhealth.com/hurricanes-public-health-5222874

 

Engel, M., Nauels, A., Rogelj, J., et Schleussner, C-F. (2018). Committed sea-level rise under the Paris Agreement and the legacy of delayed mitigation action. Nature Communications. https://www.nature.com/articles/s41467-018-02985-8

 

Lindsay, R. (2022). Climate Change: Global Sea Level. National Oceanic and Atmospheric Administration. https://www.climate.gov/news-features/understanding-climate/climate-change-global-sea-level

 

UNCHR. (2022). Climate Change and Disaster Displacement. UNCHR The Refugee Agency. https://www.unhcr.org/climate-change-and-disasters.html

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Helder I. Pérez es profesional de biología dedicado al estudio y conservación de la naturaleza por más de 20 años. Además, es mediador de conflictos profesionales, al recibir un diplomado auspiciado por la embajada de los EEUU y realizado por el Instituto Universitario de Democracia Paz y Seguridad (IUDPAS) de la UNAH. Helder es ex-becario del prestigioso Climate Change Professional Fellows Program del Departamento de Estado de los EEUU y Laspau-Harvard y buzo profesional (Divemaster). Al cuminar su beca, Helder lideró proyectos de adaptación al cambio climático con indígenas Miskity en la moskitia hondureña, pobladores de las Islas de La Bahía, y garífunas en la bahía de Tela dando como resultado el fortalecimiento de las capacidades de alrededor de miles de ciudadanos en Honduras. Además de este proyecto, descubrió una nueva especie de mangle, Pelliciera rhizophorae, en Honduras que es considerada entre las especies más raras y menos estudiadas del mundo. Por otro lado, Helder es miembro fundador de la Red Nacional de Voluntariado: Honduras Voluntaria, la Fundación Islas de la Bahía, la Red de Mediadores de Conflictos de Honduras, la Asociación de ex becarios de Honduras y más recientemente de la Fundación Camina Conmigo; organizaciones civiles dedicadas a generar cambios positivos para la sociedad y el ambiente. Es socio de la fundación Honduras Global, la cual es presidida por Sir Salvador Moncada, y miembro de la Sociedad Mesoamericana para la Biología y Conservación, la Asociación de Ornitología de Honduras y la Red Nacional de Buzos Científicos. Actualmente Helder se desempeña como docente de biología. Recientemente fue nombrado como "Catracho de Éxito" por la Embajada Americana en Tegucigalpa por sus contribuciones a la conservación de la naturaleza en Honduras. Helder habla cuatro idiomas y una lengua indígena.