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GRACIELA PALAU DE NEMES


FIEL DISCÍPULA Y AMIGA

de Zenobia y Juan Ramón


Por: Rocío Bejarano Álvarez
Teresa Rodríguez Domínguez


 

Centro de Estudios Juanramonianos

Casa Museo Zenobia-Juan Ramón Jiménez, Moguer (Huelva)

Graciela Palau de Nemes, cubana de nacimiento y afincada en EEUU, fue amiga fiel del matrimonio Jiménez-Camprubí, y durante años convivió y colaboró estrechamente con ambos, siendo además la precursora de la candidatura del premio Nobel y desarrollando una excepcional trayectoria como investigadora y difusora de la vida y obra de JRJ y de Zenobia. Cuando cumple felizmente 100 años, es una oportunidad para agradecer y conmemorar lo mucho que ha significado en la vida y obra del matrimonio. Este artículo contiene la historia de dicha amistad narrada por la propia Graciela, del que hemos hecho una cronología con sus vivencias.

PRIMER ENCUENTRO. PUERTO RICO (1936):

Yo conocí a Juan Ramón desde que era niña y aprendí a leer en la ciudad de Camagüey, Cuba. Nos sabíamos, de memoria, los poemas de niños del gran patriota cubano José Martí, del nicaragüense Rubén Darío y del español Juan Ramón Jiménez, el único a quien llamábamos por su nombre de pila, y nos gustaban más los poemas de él, porque tenían que ver con las cosas que sucedían a nuestro alrededor.

A Juan Ramón sí lo entendíamos bien, decía lo que pasaba a nuestro alrededor, como en el poema de "La cojita". Los niños jugábamos en la amplia acera al frente de nuestras casas adosadas. Nosotros corríamos y saltábamos y nos daba pena que una cojita que pasaba por la casa con su papá no pudiera jugar con nosotros. También pasaba un limosnero con un niño, a quien mi mamá le regaló la ropita de mi hermanito y un día vino con ella puesta y descalcito se veía muy bien, como en el poema de Juan Ramón, que nos sabíamos de memoria.

Cuando se murió una niñita en la casa del frente a la nuestra mi mamá me llevó al velorio, como se acostumbraba. A nosotros nos gustaba mucho ir a los velorios, porque nos daban dulces y nos dormíamos en la falda de mi mamá o en los brazos de mi papá y al otro día amanecíamos en nuestras camitas. La niña muerta era como la describía Juan Ramón en uno de sus poemas de "Versos de niños":

Estaba muerta la niña

dentro de la caja blanca

entre nardos y jazmines

y rosas inmaculadas;

su boquita sonreía

con una sonrisa plácida;

tenía los ojos húmedos,

las mejillas azuladas

y las manos sobre el pecho

como las tienen las santas.

Estaba cursando en Puerto Rico el octavo grado cuando nos dieron a leer el Platero y yo de Juan Ramón. Yo en mi vida había visto a un burro. En Cuba, las carretas y carretones eran halados por mulas y caballos; apenas se conocían los automóviles y mi padre fue uno de los primeros en obtener auto, que llegó en piezas y se formaron en Cuba. Lo único que yo sabía de los burros es que así llamaban a los niños cuando no se sabían la lección o hacían algo torpe: "¡Qué burro!", "no seas burro". Yo leí Platero y yo con indiferencia, prefiriendo las poesías de Juan Ramón. Pero al otro día de cumplir lo asignado, entró en la clase un señor extraordinario, pulcramente vestido de color crema claro, corbata ancha y una barba que se parecía a la del señor en la cubierta de un libro de mi papá que se llamaba El Quijote y que yo sacaba, arrastrándolo, de una vitrina llena de libros, sobre una mesa de pared a pared donde me encaramaba a sacar los libros ilustrados de mi papá. ¡Qué barba, qué ojos negros, qué dientes largos y blancos, qué pausado, qué voz! La maestra nos dijo que el señor era Juan Ramón Jiménez y que le hiciéramos preguntas sobre Platero y yo, sentándolo. El señor se paró y se plantó entre el escritorio y mi pupitre, porque yo me sentaba allí al frente. Yo me paralicé porque si le preguntaba algo, me iba a mirar. Quería hablarle de sus poemas; pero la maestra me iba a regañar, porque no se trataba de eso. Y así pasó la hora de la clase, sin atreverme a abrir la boca, y él se fue. Las niñas lo aplaudieron y yo no me eché a llorar, pero sí cuando llegué a casa, porque esa era la última clase. Mi mamá se creyó que yo estaba malita y me dio tés.

 

SEGUNDO ENCUENTRO. EEUU (1947):

 

Terminada la enseñanza primaria, me gané una beca para la carrera universitaria en un colegio católico del Estado de Vermont en los Estados Unidos. Los jóvenes querían irse casados cuando los mandaran al frente. Mi pretendiente era guapo y formal, graduado de una de las universidades más prestigiosas de los Estados Unidos y cursando estudios para el doctorado en microbiología. Se me declaró, le dije que sí, le pedí permiso a mi familia para casarme y me lo concedieron. Me hice mi traje de bodas, de un modelo de Balenciaga y las compañeras de trabajo, recién graduadas como yo, fueron mis damas de honor.

La guerra terminó y a mi marido no le tocó ir al frente. Hecha la paz, quiso seguir sus estudios para el doctorado en microbiología y se matriculó en la Universidad de Maryland. Me ofrecieron una beca para estudiar el doctorado, más un sueldo, que no acepté porque ganaba yo más. La necesidad les hizo subir los sueldos; acepté, iba a enseñar español.

 

Me asignaron una oficina con otros profesores de español en el tercer piso de un edificio principal, donde Zenobia ya tenía la suya. Recién llegada, vi venir hacia mí a una señora que sonreía y caminaba de una manera muy especial, ni despacio ni de prisa. Zenobia me preguntó quién era yo y cómo me llamaba y me dijo: "Soy la Sra. Jiménez" (que a todas las mujeres casadas nos llaman en los Estados Unidos por el apellido del marido, añadió). Yo no supe que contestar y aclaró: "Mi marido es Juan Ramón Jiménez". Mi reacción fue recitarle estrofas de los muchos poemas de Juan Ramón que yo había aprendido, según los iba recordando y ella riéndose, me dijo: "Pero si esta criatura se sabe todas las poesías de mi marido".

El primer día de clases, él se veía como la primera vez que lo vi en Puerto Rico. Vestía igual: traje de crema claro, corbata ancha, la misma barba, el mismo pausado andar. Al entrar al salón de clases, se iba a la pizarra, escribía los nombres de obras y autores, sacaba la silla del frente de la mesa, la acercaba a los pupitres y entonces hablaba de la literatura de España y América, las comparaba con la literatura universal, mezclaba anécdotas de los autores que él conocía. Eran clases de literatura comparada.

Yo quería hacer el doctorado con especialización en la literatura hispanoamericana, a la que se le daba poca importancia en los Estados Unidos en esa época, excepto en los Estados más cercanos al sur. Juan Ramón suplió la falta, me puso en contacto con Ezequiel Martínez Estrada -de quien me dio una foto-, autor de una famosa obra: Radiografía de la pampa. Sobre ella escribí la tesis de la maestría. Continué estudios para el doctorado en filosofía y letras, y decidí que mi tesis de doctorado sería sobre Juan Ramón Jiménez.

 

VIDA CON JUAN RAMÓN Y ZENOBIA EN EEUU (1947-1951):

 

Zenobia enseñaba, como yo, cursos básicos. Desde su casa a la Universidad de Maryland, iban en coche, el chofer era Zenobia, tenían auto propio. Juan Ramón nunca quiso aprender a conducir... ¿y si arrollo a un niño?, me decía.

El doctorado se daba de las 16 a las 18 h., con lo que en el otoño y el invierno se salía de noche. Y ya yo no podía regresar a casa por el bosquecito que cortaba la distancia, porque estaba oscuro, por lo que Zenobia se brindó a llevarme.  Así creció la amistad y, por sugerencia de ella, los días que teníamos libres, cuando ella aprovechaba para hacer sus diligencias, yo iba a que Juan Ramón me ayudara con mis asignaturas. La sirvienta de ellos se iba temprano por la tarde, mi marido, se pasaba el día en su laboratorio, mi hijo no había nacido, y se iniciaron las visitas a Juan Ramón por las tardes. Yo iba libreta en mano, pero antes de la lección Juan Ramón me contaba los acontecimientos del día: del mendigo andrajoso pidiendo limosna a quien le regaló uno de sus trajes y lo contento que se fue; cuando yo no tenía más preguntas para hacerle a Juan Ramón, él rememoraba. Me hablaba de Moguer, de España, de su exilio, de su generación, de la música, del arte, de lo que estaba pasando en el mundo y de quiénes lo habían visitado: estudiantes, profesores, dignatarios de la institución hispana- o académica, etc. Su casa siempre estaba abierta a todos.

 

Un día, me atreví a invitarlos a mi casa a cenar. Vivíamos tan cerca. Aceptaron. Yo no tenía servicio y le rogué a mi marido que mientras yo me encargaba de poner y quitar, él actuara de anfitrión. Mi marido no hablaba español, ni Juan Ramón inglés, pero Zenobia y yo animábamos la conversación traduciendo. Acababa yo de comprar unos cuadritos baratos con unos pajaritos para nuestra vacía pared y le pregunté a Juan Ramón, orgullosita e ignorante, si le gustaban. Los miró largo rato y me contestó: “Algún día va a tener muchos buenos cuadros en la pared”. Con el tiempo, según mi marido y yo adelantábamos en nuestra profesión y nos regalaban artistas, alumnos, colegas y familiares pinturas originales con que adornar muestras paredes, siempre recuerdo las palabras de Juan Ramón que supo, de manera tan extraordinaria, pasar por alto mi ignorancia y augurarme un porvenir mejor. Al limpiar yo la mesa, rápidamente, Zenobia cumplió su misión de llevar la conversación traduciendo a beneficio de mi marido. Al día siguiente, al pasar yo, como de costumbre, la tarde con Juan Ramón, me dijo que mi marido, a mí, no me ayudaba para nada. Demás estuvo el explicarle por qué.

Juan Ramón tuvo un ataque de depresión: estuvo internado en distintos hospitales. Zenobia me invitó a ir a ver a Juan Ramón al hospital donde estaba recluido, lo que no me atrevía a hacer sin su permiso. El deprimido poeta no era sombra del Juan Ramón que yo conocía: ocurrente, regañón a veces, y dulce otras, bien enterado, pausado. Ahora, casi llorando, me dijo que se moría; yo me lo creí y se me salieron las lágrimas. No pude animarlo, no sabía cómo. Me fui acongojada y Zenobia me dijo: "Yo no la mandé a ver a mi marido para que llorara con él, sino para que lo animara". Está de más decir que no se repitió la visita. Él empeoró; los médicos le aconsejaron a Zenobia que lo llevara a un país donde pudiera ser atendido por personas de su lengua. De allí el viaje a Puerto Rico.

 

VISITAS A PUERTO RICO (1951-1956):

 

La biblioteca de Juan Ramón había sido trasladada a Puerto Rico. Yo necesitaba ir allá a convertir la tesis en el libro y Zenobia, siempre generosa, me invitó a estar con ellos, acomodándome en una casa vecina en la buena barriada donde vivían, de una viuda que discretamente alquilaba cuartos.

Yo conocí a Juan Ramón en la mejor época de su vida en Washington y Riverdale y lo volví a tratar en Puerto Rico, en los veranos de 1954, 1955 y 1956 cuando iba aliado de él y Zenobia a documentarme en sus papeles y libros de la Sala de la Universidad de Puerto Rico para Vida y obra de Juan Ramón Jiménez , derivado de la disertación de doctorado que empecé con el apoyo del poeta en la Universidad de Maryland en 1949.

El Juan Ramón que encontré en Puerto Rico distaba del que conocí en Maryland. Callado, pasaba el día sentado en un salón de la biblioteca de esa Universidad, donde Zenobia guardaba los libros y papeles de su marido. En vano le hacía preguntas, como antaño, ¿cómo se iba a acordar?, me decía.

La extraordinaria Zenobia se ocupó de mí, hizo mi estancia agradable en lo posible, y yo me enteré de muchas cosas que desconocía, entre ellas, que alguien había querido proponer o propuso a Juan Ramón para el Premio Nobel y no pasó nada.

 

GRACIELA Y ZENOBIA:

 

Graciela y Zenobia mantuvieron una intensa relación epistolar desde 1948 hasta 1956, con más de 130 cartas. Las cartas de Graciela a Zenobia trataban sobre su labor docente, su hijo, su tesis, el profesorado de la Universidad de Maryland... Las de Zenobia, sobre su enfermedad, Juan Ramón, el Nobel, la venta de la casa de Riverdale...

 

Zenobia me escribía y me pidió que se pusiera la casa a la venta y les enviaran sus muebles y pertenencias a Puerto Rico. Era inútil enviar más de lo que se necesitaba. Yo recibí mi doctorado en Filosofía y Letras, escrita, sin su ayuda, una biografía de Juan Ramón que habría de convertir en libro aceptado y publicado por una empresa prestigiosa, si quería tener éxito en mi carrera como profesora de literatura hispánica.

Zenobia llegó a alturas impensadas de generosidad. Enferma de cama ella, yo iba a su lado todas las mañanas y le dejaba las páginas de mi libro que ella corregía y le leía al poeta por las noches, saliéndose de su cama a tirarse en el chaiselonge de la salita a la que daba el cuarto en que él se pasaba todo el día sentado. Al otro día Zenobia y yo discutíamos las correcciones.

 

 

LLEGA EL PREMIO NOBEL (1956):

Decidida a proponer a mi querido poeta para el Nobel, mi propuesta de que lo hiciéramos nosotros en el Departamento  de Lenguas Extranjeras de la Universidad de Maryland fue acogida con entusiasmo.  Mandé a buscar las reglas y enviadas, me dediqué a la tarea de escribir la propuesta. Como en Suecia, obviamente, no podían conocer gran parte de la obra de Juan Ramón, le pedí a Zenobia que me mandara alguno de sus libros; no había tiempo de buscarlos fuera. Habiendo estudiado la vida y la obra del poeta, pude aportar toda la información necesaria y se mandó el paquete a la Academia Sueca a finales de enero de 1956 para que estuviera allí el 1 de febrero.

Tiempo después, recibí un cable del Presidente de la Universidad de Puerto Rico, Dr. Jaime Benítez, enviándome un pasaje de ida y vuelta a petición de Zenobia. Al ir a coger el avión ese día, que salía de noche, compré el periódico de Washington de la tarde, con la noticia que se le había concedido el Premio Nobel de Literatura al poeta español Juan Ramón Jiménez.

 

UNA VIDA DEDICADA A ELLOS:

 

Cuando yo volví a España me llevaron a Moguer, a un sencillo cementerio donde estaban sus tumbas (las de Zenobia y Juan Ramón), cerca del frondoso árbol. No había monumentos, ni muchas cruces, sólo los dos, cerca de un frondoso árbol. Me habían dejado sola. Me abracé al árbol y lloré de tristeza, ¿alegría? No lo sé. Si sé que fue de un sentimiento extraño porque mi querido Juan Ramón y Zenobia estaban donde debían y hubieran querido estar, en Moguer.

En la Universidad de Maryland se hizo un nuevo edificio para la enseñanza de lenguas y literaturas extranjeras, además del inglés. Había que darle un nombre. Pensé que podía ser el de Juan Ramón, el Nobel de dicha institución. Había que hablar con los dirigentes del Estado. Un hermano mío, abogado, que trabajaba para las oficinas del Gobierno de Puerto Rico, se puso en comunicación con las debidas autoridades, que cortésmente accedieron a darle a este edificio el nombre de Juan Ramón, el único extranjero en recibir tal honor. Un escultor amigo, de Washington, nos regaló el busto del poeta, que fue situado en el vestíbulo del edificio. Después, sin necesidad de consultar con nadie, se le dio el nombre de Juan Ramón, con el de una gran escritora de Maryland, a uno de los dormitorios en el recinto universitario: "Jiménez- Porter''.

La Universidad de Maryland, durará lo que duren los Estados Unidos y así, el recuerdo de Juan Ramón. En cinco años, será mi centenario. No sé dónde estaré, ni lo que mereceré; pero, pese a las vicisitudes de la vida, ¡qué bella y bien vivida la mía!, y en gran parte, como profesora de lenguas y literatura hispana, por el contacto con todas las grandes figuras de las letras que han visitado la capital y nuestras clases y alumnos en dicha Universidad. Yo creo que estaba predestinada a conocer de cerca al más grande de ellos, Juan Ramón, en cuyos libros de poemas aprendí a leer, de niña, en Cuba; a quien encontré otra vez en Puerto Rico, cuando vino a visitar mi clase; y por última vez, en la última etapa de mi vida, en los Estados Unidos y la Universidad de Maryland. Yo nunca he podido olvidarlo.