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Fuego apartado soy y espada puesta lejos
(Mínima antología de escritoras españolas ante Dios, el mundo y los hombres:
siglos XV, XVI y XVII)

Por Roberto Carlos Pérez

Para cuando Fray Luis de León (1527 o 1528 – 1591) publicó La perfecta casada (1584), inspirado por los Proverbios del Rey Salomón a fin de explicar la función de la mujer desposada, su relación con la familia y con Dios, el debate llamado «Querella de las mujeres» llevaba más de un siglo andando.

El peso y la mayor parte del castigo de la caída del hombre tras la desobediencia en el Jardín del Edén habían recaído en las mujeres quienes, emparentadas con Eva gracias a la patrística, fueron vistas como agentes de tentación y pecado. Relegadas a un segundo plano durante la Edad Media, la mujer cumplía su destino de procuradora de vástagos y el de ser pieza importante en las alianzas reales.

En esta época la pregunta en boga que en torno a ellas dominaba el ambiente interrogaba: «¿Eran [las mujeres] sexualmente voraces, engañosas, inmorales y no fiables?». Tal pregunta arrastraba el legado del poema Roman de la Rose, compuesto conjuntamente en el siglo XIII por Guillaume de Lorris (c. 1200 -1238) y Jean de Meung (c. 1240 – 1305). Uno de sus versos afirmaba: «Todas ustedes son, fueron o serán putas por acción o por intención».

A tales denostaciones le salió al encuentro la veneciana Christine de Pizan (1364 – 1440), considerada la primera escritora profesional de la historia, con su obra más conocida, La ciudad de las damas (1405). Este libro fue el germen del debate la «Querella de las mujeres» puesto que demostró que éstas podían pensar y también atacar la misoginia de los hombres quienes, desde Aristóteles, afirmaban que por naturaleza el macho era superior a las hembras y ellas debían obedecerlos.

No tardaron las quejas de Pizan en llegar a España. Bajo el reinado de Juan II de Castilla (1405 – 1454) e imbuidos por el naciente humanismo, diversos pensadores españoles se dieron a la tarea de defender el valor e importancia de las mujeres.

En menos de cuatro décadas aparecieron las obras de Diego de Valera (1412 – 1488), Defensa de las mujeres (1441); de Juan Rodríguez de la Cámara (1390 – 1450), Triunfo de las donas (hacia 1445); de Álvaro de Luna (1390 – 1453), Libro de las claras e virtuosas mugeres (mediados del silgo XV); de Pere Torroella (c. 1420 – c. 1492), Razonamiento en defensión de las donas (también de mediados del siglo XV); de Joan Roís de Corella (1435 – 1497), Triunf de les dones; y de Fray Martín Alonso de Córdoba († c. 1476), El Jardín de nobles doncellas (1468-1469).

El debate de la «humanidad» de las mujeres pudo progresar debido a la llegada del Renacimiento y de su corriente de pensamiento más importante, el humanismo renacentista, que replanteó la relación del ser humano con la naturaleza y con Dios. El punto más alto del debate se dio en España a raíz de la unión de los reinos de Castilla y Aragón en el último cuarto del siglo XV, y al ascenso de Isabel la Católica (1451 – 1504) al poder.

Para saber gobernar desde su postura de mujer, Isabel I de Castilla se hizo instruir por Beatriz Galindo (c. 1465 – 1535), apodada «La Latina», mujer experta en gramática del latín y discípula de Antonio de Nebrija (1444 – 1522).

Fue Beatriz Galindo quien le enseñó a la reina a hablar en la lengua de los césares y se convirtió en una de sus más cercanas consejeras en asuntos políticos. De haber sobrevivido su obra, quizás sabríamos hasta qué punto «La Latina» contribuyó en la decisión de la reina de conquistar los reinos de Granada, Navarra, las Islas Canarias, Melilla, diversas Plazas de Soberanía en el Norte de África, y de emprender la Conquista de América, convirtiendo a España, ya unificada, en el primer imperio global de la historia.

El entorno humanista fue propicio para las mujeres, al punto de permitir que Luisa de Medrano (1484 – c.1527) impartiera cátedra en la Universidad de Salamanca en sustitución de Nebrija. Fue ella la primera profesora de universidad en la historia. Lucio Marineo Sículo (1460 – 1533), compañero de Cátedra, dijo de ella:  

 

Tu que en las letras y elocuencia has levantado bien alta la cabeza por encima de los hombres, que eres en España la única niña y tierna joven que trabajas con diligencia y aplicación no la lana sino el libro; no el huso sino la pluma; no la aguja sino el estilo (Opus epistolarum, Valladolid, 1514).

 

Lo que en los comienzos de la «Querella de las mujeres» en España fue una queja o protesta a fin de ser vistas las mujeres como seres capaces de ocupar una vida activa en la sociedad, ya para los siglos XVI y XVII, Siglos de Oro de la poesía española, se convirtió en el esplendor de la literatura feminista. Mediante sus obras las mujeres hurgaron y rellenaron las fisuras que los hombres, en su dominio intelectual, habían dejado abiertas.

 

En la segunda mitad del siglo XV, Teresa de Cartagena (c. 1420 y 1435) dijo valiéndose de la bíblica figura de la educada y belicosa Judit:

 

Deben notar los prudentes varones que Aquel que dio industria y gracia a Judit para hacer un tan maravilloso y famoso acto, bien puede dar industria o entendimiento y gracia a otra cualquier hembra para hacer lo que a otras mujeres, o por ventura algunos del estado varonil no sabrían (Arboleda de los enfermos).  

 

La gran poesía mística y una de las prosas más refinadas llegó con Santa de Teresa de Jesús (1515 – 1582) en el siglo XVI. En Camino de perfección y Las moradas, Santa Teresa mostró un impecable uso de los más importantes conceptos filosóficos y teológicos hasta entonces conocidos para evidenciar la capacidad intelectual de la mujer.

También en el siglo XVI, aunque a diferencia de Santa Teresa, Luisa Sigea de Velasco (1522 – 1560) ya no le reclama a Dios el no ser reconocida su inteligencia, sino que, dándola por hecho, entronca su pensamiento con el de Séneca, para quien «un día es un peldaño más de la vida» que conduce inevitablemente al sepulcro.

En este tipo de afirmación se adelantó Luisa Sigea de Velasco a Francisco de Quevedo (1580 – 1645), al concebir al ser humano como deshabitado o carente de «algo», es decir, de tiempo. Ella también sufría del sentido de brevedad de la vida y, antes de Quevedo, revirtió la tradición neoplatónica y la doctrina moral estoica.

Ese estar «contra sí misma», angustiada por el paso del tiempo, sin poder refugiarse en la razón, es lo que la hace precursora de Quevedo. Dice Luisa Sigea:

           

Un fin, una esperanza, un como ó quando;
tras sí traen mi derecho verdadero;
los meses y los años voy pasando
en vano, y passo yo tras lo que espero;

 

                                                                           «Un fin, una esperanza, un como».

En los Siglos de Oro, lanzadas las poetas al ruedo intelectual sin subterfugios o temores, y hablándoles al tú por tú a los hombres, se adueñaron del discurso masculino para revelar sus experiencias como mujeres. Entre otras cosas, en ellas vemos la apropiación de la tradición cancioneril, la poesía italianizante y el amor cortés.

Como el amante caballero, las mujeres también sufren el mal de amores. Ellas también vagan tristes, no comen ni beben ni duermen bien. Y cuando se encuentran o hablan sobre el amado, el pulso se les acelera. Dice Feliciana Enríquez de Guzmán (1569 – 1644):

 

No tiene la voz acento,
no encuentra el labio palabras;
todo la pena lo oprime,
todo el dolor lo embaraza.

La causa, ¡ay de mí!, es tan triste,
es tan fuerte la desgracia,
que no mata padecida
porque mate imaginada.

Los suspiros desde el pecho
tiernísimamente exhalan
fuego, que a los ojos míos
comunica en vivas llamas.

 

                                                                                             «Romancero amoroso».

 

Las mujeres también incursionaron en el teatro. La misma Feliciana Enríquez de Guzmán se enfrentó en los corrales, dominados por hombres, a su contemporáneo Lope de Vega (1562 – 1635).

En el prólogo escrito en verso libre de la Tragicomedia de los jardines y campos sabeos (1624), la poeta y dramaturga sevillana teorizó sobre el nuevo teatro y desafió los postulados del Fénix en el Arte nuevo de hacer comedias (1609), con el que Lope redefinió el teatro de acuerdo con los nuevos gustos impuestos por el público de la época.

Lope defendió su originalidad y su poder de creación en su «Égloga a Claudio» (1637) al proclamarse rey e iniciador de la nueva comedia en los versos archicitados que aluden a su Arte nuevo:

 

            Débenme a mí de su principio el arte,

            si bien en los preceptos diferencio

            rigores de Terencio

            y no negando parte

            a los grandes ingenios tres o cuatro

            que vieron las infancias del teatro,

 

Pero Feliciana Enríquez de Guzmán parecía habérsele anticipado en el reclamo de este derecho unos años antes:

 

Cree nuestra poeta que ella ha sido

la primera de todos en España

que, imitando a los cómicos antiguos,

propiedad ha guardado, arte y preceptos

de la antigua comedia y que ella es sola

la que el laurel a todos ha ganado

y ha satisfecho a doctos el deseo

que tenían de ver una que fuese

comedia propiamente, bien guardadas

sus leyes con rigor, porque hasta ahora

ni se ha impreso ni ha visto los teatros

 

En su naciente eterno femenino las poetas e intelectuales de España rehicieron la descriptio puellae o «descripción de la dama» encontrada en El cantar de los cantares, pero no desde la visión del hombre, sino desde su ser y esencia mismos, reelaborando el speculum principium, subgénero literario de la Edad Media que servía como manual de enseñanzas con fines moralizantes y doctrinales para el comportamiento público de reyes, príncipes y nobles.

Con tal incuestionable trayectoria, los textos de estas pioneras de la literatura femenina bien podían ser llamados speculum mulieres o «espejo de las mujeres». Las musas cantaron. Nos toca ahora a nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI, escucharlas.

  

 

Teresa de Cartagena (Nacida entre 1420 y 1435)

 

Admiraçión operum Dey, [Fragmento]

 

¿No basta, Señor, que nos tiene el mundo acorraladas e incapaces para que no hagamos cosa que no valga nada por Vos en público ni osemos hablar algunas verdades que lloramos en secreto, sino que no nos habíais de oír petición tan justa? No lo creo yo, Señor, de vuestra bondad y justicia, que sois juez, y no como los jueces del mundo que son hijos de Adán y, en fin, todos varones, no hay virtud de mujer que no tengan por sospechosa.

 

Sí, que algún día ha de haber, Rey mío, que se conozcan todos. No hablo por mí, que ya tiene conocido el mundo mi ruindad, y yo holgado que sea pública, sino porque veo los tiempos, de manera que no es razón desechar ánimos virtuosos y fuertes, aunque sean de mujeres.

 

Santa Teresa de Jesús (1515 – 1582)

 

Alma, buscarte has en Mí,
y a Mí buscarme has en ti.

 

De tal suerte pudo amor,
alma, en mí te retratar,
que ningún sabio pintor
supiera con tal primor
tal imagen estampar.

 

Fuiste por amor criada
hermosa, bella, y así
en mis entrañas pintada,

si te perdieres, mi amada,
Alma, buscarte has en mí.

 

Que yo sé que te hallarás
en mi pecho retratada,
y tan al vivo sacada,
que si te ves te holgarás,
viéndote tan bien pintada.

 

Y si acaso no supieres
dónde me hallarás a Mí,
No andes de aquí para allí,
sino, si hallarme quisieres,
a mí buscarme has en ti.

 

Porque tú eres mi aposento,
eres mi casa y morada,
y así llamo en cualquier tiempo,
si hallo en tu pensamiento
estar la puerta cerrada.

 

Fuera de ti no hay buscarme,
porque para hallarme a mí,
bastará sólo llamarme,
que a ti iré sin tardarme
y a mí buscarme has en ti.

 

Vivo sin vivir en mí

 

Vivo sin vivir en mí,
y de tal manera espero,
que muero porque no muero.

 

Vivo ya fuera de mí
después que muero de amor;
porque vivo en el Señor,
que me quiso para sí;
cuando el corazón le di
puse en él este letrero:
que muero porque no muero.

 

Esta divina prisión
del amor con que yo vivo
ha hecho a Dios mi cautivo,
y libre mi corazón;
y causa en mí tal pasión
ver a Dios mi prisionero,
que muero porque no muero.

 

¡Ay, qué larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros,
esta cárcel, estos hierros
en que el alma está metida!
Sólo esperar la salida
me causa dolor tan fiero,
que muero porque no muero.

 

¡Ay, qué vida tan amarga
do no se goza el Señor!
Porque si es dulce el amor,
no lo es la esperanza larga.
Quíteme Dios esta carga,
más pesada que el acero,
que muero porque no muero.

 

Sólo con la confianza
vivo de que he de morir,
porque muriendo, el vivir
me asegura mi esperanza.
Muerte do el vivir se alcanza,
no te tardes, que te espero,
que muero porque no muero.

 

Mira que el amor es fuerte,
vida, no me seas molesta;
mira que sólo te resta,
para ganarte, perderte.
Venga ya la dulce muerte,
el morir venga ligero,
que muero porque no muero.

 

Aquella vida de arriba
es la vida verdadera;
hasta que esta vida muera,
no se goza estando viva.
Muerte, no me seas esquiva;
viva muriendo primero,
que muero porque no muero.

 

Vida, ¿qué puedo yo darle
a mi Dios, que vive en mí,
si no es el perderte a ti
para mejor a Él gozarle?
Quiero muriendo alcanzarle,
pues tanto a mi Amado quiero,
que muero porque no muero.

 

Luisa Sigea de Velasco (1522 – 1560)

 

Un fin, una esperanza, un como
 

Un fin, una esperanza, un como ó quando;
tras sí traen mi derecho verdadero;
los meses y los años voy pasando
en vano, y passo yo tras lo que espero;
estoy fuera de mí, y estoy mirando
si excede la natura lo que quiero;
y así las tristes noches velo y quento,
mas no puedo contar lo que más siento.
En vano se me passa qualquier punto,
mas no pierdo yo punto en el sentillo;
con mi sentido hablo y le pregunto
si puede aver razón para sufrillo:
repóndeme: sí puede, aunque difunto;
lo que entiendo de aquel no se dezillo,
pues no falta razón mi buena suerte,
pero falta en el mundo conocerse.
En esto no ay respuesta, ni se alcanza
razón para dexar de fatigarme,
y pues tan mal responde mi esperanza
justo es que yo responda con callarme;
fortuna contra mí enrristró la lanza
y el medio me fuyó para estorvarme
el poder llegar yo al fin que espero,
y así me hace seguir lo que no quiero.
Por sola esta ocasion atrás me quedo,
y estando tan propinquo el descontento,
las tristes noches quento, y nunca puedo,
hallar quento en el mal que en ella quento;
ya de mí propia en esto tengo miedo
por lo que me amenaza el pensamiento;
mas passe así la vida, y passe presto,
pues no puede aver fin mi presupuesto.

 

Feliciana Enríquez de Guzmán (1569 – 1644)

 

Tragicomedia de los jardines y campos sabeos (Prólogo)

 

De dos amantes que en sus tiernos años

se amaron y adoraron con envidia

y emulación de muchos enemigos

desde el primero instante en que se vieron

y en el mismo en sus almas dulcemente

con recíproco amor se transformaron,

aunque ella se mudó y a él, que fue firme,

remuneró el muy Alto con ventajas,

la historia en nuestros tiempos sucedida

que vio el famoso Betis y otro río

y hoy leen escrita por sus verdes álamos,

cifra nuestra poeta sevillana

en su Tragicomedia, que en Arabia

finge haber sucedido en los sabeos

campos y sus jardines, que gozaron

los amores de Venus y su Adonis.

Los aledaños de estos tiempos fueron

los que vio el mismo Betis expeliendo

los viles excrementos agarenos

que sus claros cristales enturbiaban

y los que vio llevando hijos suyos

que en Ostende, Alarache y la Maroma

dejaron tremolando las banderas

de Felipe tercero, rey de España;

y los que vieron él y el claro Tajo,

el Ebro, Duero, Turia, Guadiana,

Genil, Tormes, Pisuerga, Manzanares,

en coros de sus ninfas celebrando

de vos, reina escogida, la limpieza,

con voces tales que del Tibre el sueño

su pastor despertando, interrumpieron

con gozo general de su rebaño.

¡Oh bella niña, hermosa, limpia y pura

de toda mancha y deuda de pecado!

Cree nuestra poeta que ella ha sido

la primera de todos en España

que, imitando a los cómicos antiguos,

propiedad ha guardado, arte y preceptos

de la antigua comedia y que ella es sola

la que el laurel a todos ha ganado

y ha satisfecho a doctos el deseo

que tenían de ver una que fuese

comedia propiamente, bien guardadas

sus leyes con rigor, porque hasta ahora

 ni se ha impreso ni ha visto los teatros.

Unas veces Borbón da asalto a Roma

 y en Bolonia el pontífice Clemente

corona a Carlos máximo, y Florencia

contra su duque y Médicis conjura

y al Rey de Francia prenden en Pavía.

Otras ya Escipión entra en Cartago

y Aníbal por Italia, y en España

 los cónsules romanos hacen guerra.

Otras ya el rey Fernando entra en Sevilla

y pide a Almuncamuz los cuerpos santos

de Justa y de Rufina, y llega a Roma

el bravo Cid Ruy Díaz y por Francia

revuelve y en León triunfa Fernando. Y

 el auditorio a todas estas partes

por Malgesí es llevado o cual Perseo,

por las veloces alas de Mercurio;

o el rojo Apolo, por su carro ardiente.

Dejo que muchas veces el teatro

ya es sala, ya jardín, ya plaza y calle,

ya ciudad, ya desierto, ya recámara,

ya templo, ya oratorio, ya floresta,

ya navío, ya mar, ya el propio cielo.

Esto es cuanto al lugar, mas cuanto al tiempo

es pasatiempo lo que en esto pasa.

Una misma jornada, un mismo acto

casa a los padres y a los hijos luego

saca de cuatro, diez y veinte años,

y junta sin poética licencia

unos siglos con otros, no guardados

mas ni entendidas sus sutiles leyes.

Que en un Saturno y Hércules permiten,

 en un Jove, Mercurio, Apolo, Marte,

Jasio, Dárdano, Orfeo, Anfión, Cadmo,

los hechos celebrar de muchos héroes

y de tres Geriones hacer uno,

como de muchas una Juno y Palas,

una Venus, Diana, Ifis y Vesta;

fineza, hermosura y elegancia

que a los campos sabeos no ha faltado.

¿Que diré cuántas veces queda solo

el proscenio ninguno en él quedando

de una escena para otra antes que llegue

el fin de acto, haciendo que sean ciento

los que deben ser solos cinco actos?

En estos sí no solo es permitido,

mas es precepto se entren todos dentro;

como por el contrario es el decoro

que antes que acto se acabe no le dejen

sin alguna persona que concurra

en la escena siguiente, aunque no hable,

 con quien saliere nuevamente a ella.

Si estos preceptos con rigor guardados,

yo, señores, os diese dos comedias

y el primor del decir de nuestros tiempos

y versos elegantes no faltasen

jardines, huertas, campos, bosques, ríos,

sueños, máscaras, letras, cartas, joyas,

 afectos amorosos, castos, puros,

flores, donaires, danzas, bailes, músicas

torneos, luchas, coros, desposorios

y otras diversidades no sin gala.

Y en todas ellas siempre un mismo sitio,

siempre un mismo lugar, en los jardines

en la primera parte, en toda ella,

y en la segunda por la propia forma

en los campos sabeos se observase.

Y un contexto de tiempo continuado

de un solo sol a otro que pudiesen

naturalmente hallarse a todo el hecho,

sin divertirse de él a otros extraños

los que presentes se hallan a la fábula,

nunca dejando sola la palestra

en medio de las escenas sin fin de acto.

¿Qué yedras, qué laureles, qué guirnaldas,

si me oyesen Tímolos y no Midas,

no podría esperar?, ¿qué honor y aplauso?

Este espero y ahora que del magno

Felipe visitada dulce patria

te veo, aunque de paso, me contento

con solo verlo a nuestra acción atento.

 

En Sevilla, primero de marzo de 1624.

 

Romance amoroso

 

A lágrimas y a silencios
reducida, Elisio, el alma,
modo le falta a la queja,
de referirse mis ansias.

No tiene la voz acento,
no encuentra el labio palabras;
todo la pena lo oprime,
todo el dolor lo embaraza.

La causa, ¡ay de mí!, es tan triste,
es tan fuerte la desgracia,
que no mata padecida
porque mate imaginada.

Los suspiros desde el pecho
tiernísimamente exhalan
fuego, que a los ojos míos
comunica en vivas llamas.

Estos de mis sentimientos
verás y extremos declaran;
atiende, Elisio, a mis ojos,
pregúntales lo que pasa.

Mas el corazón te envían,
no saben decirte nada;
no es mucho que aquesta vez
le falten lenguas al agua.

Mi afecto, amigo, te explique
la desdicha más extraña,
que si ha de volver al pecho
no importa del pecho salga.

No para buscarme alivios,
para negociarme lástimas
dispensa mi mal conmigo;
que en razones mal formadas

yo propio, ¡Ay, cielo!, te informe;
valor y aliento me falta,
que expiró, ¡terrible lance!,
la generalmente amada.

 

María de Zayas (1590 – 1661)

 

Amar el día, aborrecer el día,
llamar la noche y despreciarla luego,
temer el fuego y acercarse al fuego,
tener a un tiempo pena y alegría.

Estar juntos valor y cobardía,
el desprecio cruel y el blando ruego,
temor valiente, entendimiento ciego,
atada la razón, libre osadía.

Buscar lugar donde aliviar los males
y no querer del mal hacer mudanza,
desear sin saber qué se desea.

Tener el gusto y el disgusto iguales
y todo el bien librado en esperanza,
si aquesto no es amor, no sé qué sea.

 

Ana Caro (1590 – 1646)

 

Valor, agravio y mujer (Comedia de capa y espada)

 

Yo, ¿Soy quién soy?

Engañaste sí imaginas

Ribete, que soy mujer;

mi agravio mudó mi ser.

 

Más es mujer, ¿qué no hará?

Que la más compuesta tiene

Mil pelos de Satanás.

 

Sor Violante del Cielo (1607 – 1693)

 

Belisa, el amistad es un tesoro

tan digno de estimarse eternamente
que a su valor no es paga suficiente
de Arabia y Potosí la plata y oro.
 

Es la amistad un lícito decoro

que se guarda en lo ausente y lo presente,
y con que de un amigo el otro siente

la tristeza, el pesar, la risa, el lloro.
     

No se llama amistad la que es violenta,

sino la que es conforme simpatía,
De quien lealtad hasta la muerte ostenta.
   

ésta la amistad es que hallar quería,

ésta la que entre amigas se sustenta,
y ésta, Belisa, en fin, la amistad mía.

 

Catalina Ramírez de Guzmán (1611 – 1684 o 1685)

 

Deja vivir, Temor, a mi esperanza,
que apenas nace cuando apenas muere;
y si no ha de lograr, deja que espere,
ya que está el bien del mal en la tardanza.
 

No tengo en sus promesas confianza,
mas le agradezco que adularme quiere;
no estorbes que me engañe si pudiere,
fingiendo que en mi mal habrá mudanza.
 

Si esperar la esperanza me entretiene,
deja tan orto alivio a mi tormento
que por lisonja el gusto lo previene.
 

No me niegues, Temor, tan corto aliento;
ya sé que el concederte me conviene,
que es seguir la esperanza asir el viento.

 

Leonor de la Cueva y Silva (Siglo XVII – 1705)

 

Ni sé si muero ni si tengo vida,
ni estoy en mí, ni fuera puedo hallarme,
ni en tanto olvido cuido de buscarme,
que estoy de pena y de dolor vestida.
 

Dame pesar el verme aborrecida
y si me quieren, doy en disgustarme;
ninguna cosa puede contentarme,
todo me enfada y deja desabrida;
 

ni aborrezco, ni quiero, ni desamo;
ni desamo, ni quiero, ni aborrezco,
ni vivo confiada ni celosa;
 

lo que desprecio a un tiempo adoro y amo;
vario portento en condición parezco,
pues que me cansa toda humana cosa.

Roberto Carlos Pérez (Granada, Nicaragua). Músico, narrador y ensayista. Estudió Música en Duke Ellington School of the Arts y se licenció en Música Clásica por Howard University, en Washington D. C. Además es máster en Literatura Medieval y en los Siglos de Oro por Maryland University. Producto de sus investigaciones son los numerosos ensayos aparecidos en revistas nacionales e internacionales. Es autor del libro de cuentos Alrededor de la medianoche y otros relatos de vértigo en la historia (2012), de la novela corta Un mundo maravilloso (2017), y del libro de ensayos Rubén Darío: una modernidad confrontada (2018).  Ha sido incluido en las antologías Flores de la trincheraMuestra de la nueva narrativa nicaragüense (2012), Un espejo roto (2014), Nicaragua cuenta (2018) y SOS Nicaragua (2019). Su cuento «Francisco el guerrillero» fue traducido al alemán y apareció en la antología Zwischen Süd und Nord: Neue Erzähler aus Mittelamerika (2014). Es también editor del libro en homenaje al poeta mexicano José Emilio Pacheco: José Emilio Pacheco en Maryland (1985-2007), de la edición crítica de la novela El vampiro (1910), de Froylán Turcios y de Breve suma (1947), antología original de Joaquín Pasos. Sus áreas de investigación incluyen los Siglos de Oro y el teatro áureo español, el Modernismo y los efectos de la guerra civil nicaragüense en la literatura contemporánea, Roberto Carlos Pérez es miembro colaborador de la Academia Norteamericana de la Lengua Española y Secretario de la Delegación de Washington, D.C. de esta entidad. A su vez, es cofundador de la revista Ágrafos.