El instinto de los animales demuestra la existencia de la prefectísima sabiduría 

 

Por Fray Luis de Granada 

(Granada, España 1504 – Lisboa 1588).

De humilde origen, quedo huérfano siendo aún niño. El conde de Tendilla, Íñigo López de Mendoza y Quiñones, tras reconocer su muy despierta inteligencia, lo tomó bajo su protección y lo llevó a vivir como paje de sus hijos al palacio de la Alhambra, entonces el hogar de la ilustre familia.

A los veinte años, Fray Luis de Granada profesó en la orden de los Predicadores o dominicos, aunque continuaría sus estudios teológicos por el resto de su vida que transcurre durante los primeros años de la Contrarreforma. De ahí su predilección por los clásicos griegos y latinos y por humanistas como Erasmo de Roterdam, Girolamo Savonarola y también por los padres de la Iglesia latina. Entre sus muchas obras se encuentra Introducción al símbolo de la fe, un compendio del saber cristiano de su época tanto en Europa como en el Nuevo Mundo y sin duda una de las grandes obras de Fray Luis, tanto por su sencilla y honesta erudición como por la calidad de su prosa.

Los textos copiados a continuación pertenecen a la primera parte del libro, dedicada al mundo -materia, accidentes, plantas y animales- que, como nos dice Fray Luis, es reflejo de la razón divina. De ahí que el mundo y sus criaturas estén a nuestra disposición pero no a nuestro servicio, puesto que no se nos ofrecen en esclavitud, sino como escalera para ascender a la percepción de la inefable armonía divina.

 

 

El instinto de los animales demuestra la existencia de una perfectísima sabiduría

Demás de estos fundamentos susodichos, hay otro no menos eficaz para el conocimiento de esta verdad, y muy palpable y fácil de penetrar a cualquier entendimiento por rudo que sea. El cual procede de ver las habilidades que todos los animales de la tierra, del mar y del aire tienen para todo lo que se requiere para su mantenimiento, para su defensión, para la cura de sus enfermedades y para la creación de sus hijuelos.

En todo lo cual ninguna cosa menos hacen de lo que harían si tuviesen perfectísima razón. Así temen la muerte, así se recatan de los peligros, así saben buscar lo que les cumple, así saben hacer sus nidos y criar sus hijos, como lo hacen los hombres de razón.

Y aún pasa más adelante, que entre mil diferencias de hierbas que hay en el campo de un mismo color, conocen la que es de comer y la que no lo es, la que es saludable y la que no es ponzoñosa, y por mucha hambre que tengan no comerán de ella.

La oveja teme al lobo sin haberlo visto, y no teme al mastín, siento tan semejante a él.

La gallina no teme al pavón, siendo tan grande, y teme hasta la sombra de un gavilán, que es mucho menor.

Los pollos temen al gato, y no al perro, siendo mayor, y esto antes aún que tengan experiencia del daño que de las cosas contrarias podrían recibir.

Pues arguyen ahora los filósofos así. Todos estos animales carecen de razón, porque en sola ésta se diferencian ellos del hombre y el hombre de ellos; y con todo eso hacen todas las cosas que pertenecen a su conservación, tan perfectamente como si la tuviesen; luego necesariamente hemos de confesar y una perfectísima sabiduría que de tal manera asiste a todos ellos, y de tal manera los rige y los gobierna, que hagan lo mismo que si tuviesen razón. Porque por el mismo casi que el Criador los formó y quiso que fuesen y viviesen, estaba claro que les había de dar todo lo necesario para conservar sus vidas, porque de otra manera, de balde y sin propósito los criara.

Si viésemos un niño de edad de tres años que hablase con tanta discreción y elocuencia como un grande orador, luego diríamos: otro habla en este niño, porque esta edad no es capaz de tanta elocuencia y discreción. Pues como veamos que todas las criaturas que carecen de razón hagan todas sus obras conforme a la razón, que es todo lo que conviene para su conservación, necesariamente hemos de confesar que hay esta razón universal y esta suma sabiduría, la cual, sin darles razón, les dio inclinaciones e instintos para que lo que en los hombres hace la razón hiciese en ellas la inclinación. Y en esto advirtieron claramente los filósofos, los cuales dicen que las obras de naturaleza son obras de una inteligencia que no yerra; queriendo decir que son obras de una Suma Sabiduría, que hace sus obras con tanta perfección que ningún defecto se puede hallar en ellas.

Esta consideración que nace de las criaturas movió a San Agustín a decir que más fácilmente dudaría si tenía alma en su cuerpo, que dudar si hay Dios en este mundo, por razón del testimonio que de esta primera verdad nos dan las cosas criadas.

Libros sobre los animales

Otro grado de vida más perfecto tienen los animales que las plantas de que hasta aquí hemos tratado, porque tienen sentido y movimiento. Y cuanto éstos son más perfectos que las plantas, tanto nos dan mayor noticia del Criador, el cual tiene mayor providencia de las cosas más perfectas.

Y así hay libros de grandes autores, y aun de reyes ilustres, los cuales, maravillándose de la fábrica de los cuerpos de los animales, y mucho más de las habilidades que tienen para su conservación, se dieron a adquirir las naturalezas y propiedades de los animales. Aquel grande Alejandro, que no parece haber nacido más que para las armas, en medio de este negocio, que basta para ocupar todo el hombre, deseó tanto saber las propiedades y naturalezas de los animales, que mandó a todos los cazadores y pescadores y monteros y pastores de ganador y criadores de aves o animales que había en todo Grecia y Asia, que obedeciesen a Aristóteles, y le diesen noticia de todo lo que cada uno en su facultad supiese para que él escribiese aquellos tan alabados libros de los animales. Y todo esto se hacía por un pequeño gusto que la curiosidad del ingenio humano recibe de semejantes cosas.

Era éste ciertamente pequeño premio de tan gran trabajo. Mas, ¿cuánto mayor lo es el que se promete al varón religioso en esta consideración, pues por ella se levanta sobre las estrellas y sobre todo lo criado, y sube al conocimiento de aquel soberano Hacedor, en el cual conocimiento está gran parte de nuestra bienaventuranza? Y así dice él por Jeremías (9, 23):

 

No se gloríe el sabio en su sabiduría, ni el esforzado en su valentía, ni el rico en sus riquezas, sino en todo se gloríe el que se quiere gloriar, que es tener conocimiento de Mí.

Utilidades de este tratado

Pues para este conocimiento tan grande se orden este tratado, El cual, si fuere más largo de lo que se conviene al filósofo, pues ésta es propia materia de filósofos, no se me ponga culpa, pues no la trato aquí como filósofo, sino como quien trata de la obra de la creación, que es propia de la teología, mayormente refiriéndose toda ella al conocimiento del Criador.

También lo hice por ser esta materia más suave y apacible al lector, el cual no podrá muchas veces dejar de maravillarse de la sabiduría y providencia de Dios, que en estas cosas singularmente resplandece.

Los animales, instrumentos de Dios

Mas quien considere que en todos los animales suple Dios la falta que tienen de razón, con su providencia, obrando en ellos por medio de las inclinaciones e instintos naturales que les dio lo que ellos obraran si la tuvieran perfecta, no le será increíble lo que en esta materia se dijere. Porque el que por su sola voluntad y bondad las crió, y quiso que permaneciesen en el ser que les dio, estaba claro, pues sus obras son tan perfectas, que les había de dar todo lo que les era necesaria para su conservación, obrando Él en ellos lo que para esto les convenía. Y así dice Santo Tomás (1) que todos estos animales son instrumentos de Dios, el cual como primera y principal causa los mueve a todo lo que les conviene, mediante aquellas inclinaciones e instintos naturales que les dió cuando los crió.