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De zopilotes, revoluciones, y la necesidad de dispersar el poder

Por Francisco Larios

De la pesadilla emerge la conciencia: ante nuestros ojos, pedazo a pedazo, la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo colapsa.  No está muerta aún, y una vez muerta, vale el estribillo de la antigua canción nicaragüense: “ya el zopilote murió, ya lo llevan a enterrar, échenle bastante tierra, no vaya a resucitar”.

No está muerta todavía, pero es evidente su avanzado estado de debilitamiento.  La pareja nefasta ya es un remedo de gobierno, y hasta un remedo de poder. El ejército, por ejemplo, ha hecho sus propios cálculos, y –al menos hasta ahora—decidió no volcarse públicamente a favor de Ortega.  La Policía fue, por sus propios medios institucionales, claramente incapaz de sofocar una protesta que la rebasaba en números y en legitimidad.  Y en el campo, que antes se supuso irremediablemente sometido ante la represión del Ejército, los campesinos han avanzado en la reconquista de su geografía. 

 

La acción de “poder” que le resta a Ortega-Murillo es a la vez cruel y patética: el terrorismo de los sicarios y las turbas que desde el anonimato y con la complicidad de la policía disparan contra las barricadas, saquean iglesias, secuestran a jóvenes y los torturan, o incluso matan.  Hordas paramilitares al margen de la ley, en un paroxismo de violencia insostenible, se apuntan “triunfos” que la Murillo atribuye al Espíritu Santo y al amor, pero que son realmente victorias pírricas.

 

Un “poder” así ya no es poder político.  Si todas las acciones represivas del Estado tienen que ejecutarse desprovistas de uniforme, enmascaradas, y hasta sin jefe visible impartiendo las órdenes, el Estado claudica.

 

Este fenómeno de “remedo de poder” refleja el vaciamiento casi total de la legitimidad del régimen.  Las más recientes encuestas de opinión indicaban un anti-orteguismo de alrededor del 70%.  Es probable que hoy en día el porcentaje sea mucho mayor, aunque en cualquier caso esa cifra sería abrumadora para cualquier gobierno, especialmente cuando se manifiesta de manera tan persistente, tan decidida, y tan abierta como en Nicaragua. 

 

Como resultado, todo el andamiaje de alianzas políticas del régimen se ha resquebrajado.  La Iglesia Católica, por ejemplo, se mueve en dirección al “Renuncien”, y está cada vez más unificada alrededor de esa consigna.  Los empresarios del COSEP, a quienes la población identifica como cómplices de Ortega, han visto cómo su opción de “aterrizaje suave”, que esperaban fuera bendecida en el Diálogo Nacional, no consiguió siquiera despegar; han tenido que plegarse—pasivamente al inicio; con renuencia, hay que decirlo; y no sin dañina resistencia—a la lucha cívica contra la dictadura.  En el plano internacional, el informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, más la denuncia insistente de los crímenes del régimen a través de las redes sociales, y la testarudez sanguinaria de los Ortega-Murillo, quitaron lo que quedaba del maquillaje revolucionario y humanista con que la dictadura gustaba aparecer en público.  El régimen va en camino, merecidamente, a convertirse en un paria, a ser identificado con lo peor de la tradición represiva latinoamericana, con las dictaduras militares y los golpistas al estilo Pinochet.

 

El escenario está entonces listo para el último acto: la caída del régimen.  ¿Cuándo? La debilidad de su poder y la convicción colectiva de que hay que enterrar al odiado zopilote (“no vaya a resucitar”) sugieren que la respuesta es “pronto”.  ¿Cómo? A ese nivel de detalle la historia es todavía más difícil de predecir.  Pero cualquier respuesta especulativa debería incluir la palabra “precipitosamente”. 

Porque la caída de este gobierno no se reducirá al destronamiento de los reyes insanos.  El aparato del Estado, con la excepción posible del Ejército, colapsa con ellos: la Asamblea Nacional, el Consejo Supremo Electoral, la Corte Suprema de Justicia y el Poder Judicial, la Policía Nacional. 

De hecho, lo que está en ciernes es una singular revolución, de impulso claramente democrático.  Singular, porque es la primera vez que la consigna de los nicaragüenses no es simplemente “cualquier cosa menos el dictador”.  Esta vez el espíritu rebelde del pueblo marcha con los ojos abiertos, en libertaria desconfianza, y reclama que no se repitan las decepciones del pasado. 

Singular también porque no hay nostalgia de otros dictadores, ni ensoñación con otros autoritarismos.  Hay todo lo contrario: la rebelión reescribe la épica de la revolución “sandinista” en clave nacional, y rescata los símbolos patrios y populares, desde las consignas y los héroes hasta la propia bandera.

 

Pero lo más importante es que hay un proceso de avance en la constitución de una identidad colectiva, en una nación muy joven a pesar de nuestras antiguas raíces.  Y ese proceso pasa por un momento esperanzador: no hay otro episodio de la historia de Nicaragua en que gente de todos los variados grupos sociales, económicos, y hasta de las diferentes coloraciones de nuestro hermoso mestizaje, entrara conscientemente, por su propio pie, sin caudillos, ni vanguardias, ni coacciones, a participar en la conversación nacional. 

Este es el auténtico “Diálogo”, el que hace falta, el que puede dar nacimiento a una nueva era.  ¿Cómo llegar a ella?  Cada quién tendrá su visión.  En la mía, la construcción de un futuro democrático que respete el legado de la revolución cívica iniciada en abril del 2018, y que honre el sacrificio de sus mártires, tiene que ser guiado por un principio fundamental: “Dispersar el Poder”.

Francisco Larios, Francisco Larios, Nicaragüense. Ha publicado los poemarios Cada Sol Repetido, anamá Ediciones, Managua, Nicaragua, Noviembre del 2010, The Net in Sight/La red ante los ojos, Editorial Rascacielos, Quito, Ecuador, 2015, La Isla de Whitman, Editorial Buenos Aires Poetry, Argentina, 2015, Sobre la vida breve de cualquier paraíso, Editorial 400 Elefantes, Nicaragua, 2017, más la plaquette bilingüe (inglés/castellano), Astronomía de un sueño/Astronomy of a Dream, Carmina in minima, Barcelona, 2013.  Como traductor y antologista, ha publicado Los hijos de Whitman – Poesía norteamericana en el siglo XXI (Valparaíso, México, 2017).