ENSAYO  

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Por las calles de Atenas
Por Enrique Gómez Carrillo (1873 - 1927)

Atenas, la nueva Atenas que ha resucitado de una muerte milenaria, la Atenas libre, fuerte y docta soñada por Byron, hela aquí! En verdad, yo nunca me la figuré tal cual hoy me aparece en mis primeras peregrinaciones callejeras. A fuerza de oír hablar de su esclavitud, la creí vestida a la oriental, con trapos violentos y joyas vistosas. En vano Moréas me decía: «El Ática es el Occidente». Yo no creía en Moréas. En vano Juan Dargos escribíame: «Aquí no verá usted sino un París diminuto y presuntuoso, algo como una Florencia lejana, algo sin carácter ni sabor raro». Yo no creía tampoco a Juan Dargos. Pero, en cambio, hay una estampa del tiempo del Romanticismo, que aún ahora me obsesiona cada vez que cierro los párpados. En ella aparece la Acrópolis sublime, con sus templos mutilados, lleno de graves, suntuosos y fieros conquistadores otomanos entre bellas esclavas traídas de Corinto y humildes servidores reclutados en todas las islas del Asia Menor. «Los hijos de estos tiranos —dice un rótulo grabado en la margen de la pobre estampa desteñida— poblarán la ciudad de donde la hija de Júpiter ha huido». Sólo que en cuanto abro de nuevo los ojos y veo la vida que me rodea, me convenzo de que, si los turcos estuvieron un día aquí, de sus pasos pesados ni aun la huella queda.

—¿Ves aquellos seis domos minúsculos, allá, en el fondo, al pie de la colina sagrada? —me pregunta Mauricio. 

Después de mucho buscarlos, logro verlos. Más que domos son unas miserables ampollas de tejas que cubren un caserón chato y amplio. 

—Esa mezquita es el único edificio que los turcos le dejaron a Atenas. Es el pago de Santa Sofía. Cada uno da lo que puede. El legado, aunque indigno, no ha sido rechazado por los griegos. Pudiendo destruirlo, lo conservan. Pero como una mezquita, por minúscula que sea, no tendría aquí clientela suficiente, se le buscó otro empleo. Bajo sus domos se hace el pan para la guarnición.

 

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De la época bizantina, en cambio, algo queda. Al pasar vemos la Kapnicarea y nos detenemos ante San Eleuterio, cuya gracia menuda hace pensar en un relicario traído de Bizancio. Su mayor altura es de doce metros y su fachada principal no mide más de siete. Si en su interior reinara una desnudez protestante, cabrían muy bien unos cien fieles. Pero aquí, como en Rusia, las capillas milagrosas son verdaderos museos de amuletos, de exvotos, de imágenes, de joyas y de candelabros, de modo que en el santo recinto apenas hay espacio para que un pappas de luengas barbas blancas recite perpetuamente sus graves cánticos ante los santos tutelares. ¡Y qué grande, que majestuoso parece ese sacerdote, con su birrete altísimo y sus amplias mangas flotantes! En medio de los cuadros de oro que brillan y centellean reflejando los innumerables cirios encendidos, su vasta silueta negra destácase de un modo casi sobrehumano. Cuando levanta los brazos diríase que va a tocar el techo con la diestra; cuando se inclina, su túnica cubre todo el centro con su mancha negra. Y como poco a poco, alucinado por el perfume del incienso y por la armonía de las antífonas, acabo por creerme en una catedral de proporciones normales, ese hombre santo que llena el santuario se me figura un polifemo de sotana, un ministro del culto de los cíclopes perdido en una religión de pigmeos… 

 

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No sé si, además de estas dos iglesias, hay en Atenas otros edificios bizantinos. Supongo que no. Los emperadores de Oriente no necesitaron aquí construir ningún palacio magnífico para los dioses nuevos. Con expulsar a Palas del Partenón, se aseguraron la más bella iglesia cristiana del mundo. Luego, la ciudad fue despoblándose hasta quedar casi desierta. ¿Qué monumentos podían necesitar los dos mil pobres pescadores que vivían aquí a principios del siglo pasado? Cuando los turcos, después de decapitar a los últimos dioses de mármol, tuvieron que abandonar la antigua capital del mundo, los soldados franceses del general Fabvier se encontraron en una aldea en donde no había sino trescientas chozas. Pero entre esas chozas, el templo de Teseo continuaba incólume en la impecable blancura de sus mármoles, y dominando esa aldea, las columnas del Partenón, aunque incompletas, seguían siendo el canon de la armonía humana. Y así, si lo vivo hacía parecer miserable a la Atenas mutilada, lo muerto dábala una grandeza épica. Este campo de ruinas es incomparable. Tucídides lo había adivinado. «El día que Esparta desaparezca —decía—, sus escombros no permitirán a los siglos futuros darse cuenta de su inmensidad. En cambio, si se arruinara Atenas, sus restos harían creerla más grande de lo que es». Hay necesidad de recurrir a los cálculos, en efecto, para no hacerse la ilusión de que aquí vivían, por lo menos, en el siglo de oro, un millón de hombres. Esos teatros antiguos, esos templos antiguos, esas plazas antiguas, parecen no haber podido estar encerrados dentro de las murallas que hacían de la ciudad de Pericles una aldea verdadera. 

 

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La aldea del siglo XX, en cambio, tiene el aspecto de una gran capital. Aquí la llaman un «pequeño París». Los «pequeños parises» son infinitos e infinitamente variados. Pero, en realidad, es una ciudad elegante, animada, lujosa, limpia, rica y digna. Por ninguna parte un mendigo, ni una tienda sórdida, ni un grupo andrajoso. En este sentido, Roma es más oriental que Atenas. 

Atenas es occidental, como una ciudad de Francia, como una ciudad de España. 

—Parece —me dice Mauricio— una capital de provincia francesa, poblada por españoles. En el pueblo, realmente, hay algo de orgullo hispano. Además, el tipo es el mismo. Esos oficiales esbeltos que pasan por la calle del Stade, me parece que los he visto antes en Madrid o en Sevilla. Esos jinetes inmóviles en caballos nerviosos, son mozos andaluces que desdeñan el trote inglés y que saben comprender la belleza del centauro. Esas muchachas… 

—No —me interrumpe mi amigo—; las mujeres son parisienses. 

 

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A los que venimos de ciudades creadas por el ardiente capricho de los siglos alrededor de un campanario gótico o al pie de una ruda fortaleza, la blanca Atenas nos desconcierta en su simetría. Con sólo contemplar su panorama desde las alturas de la Acrópolis, se comprende que esas calles tan rectas, tan iguales, tan simétricas, fueron trazadas por ingenieros más entusiastas de la higiene que del Arte. Las amplias avenidas extienden sus líneas paralelas de un extremo a otro, sin desviarse en ningún punto. Las manzanas, todas iguales, son de una ideal uniformidad matemática. De trecho en trecho, un jardincillo pone una nota verde en la implacable blancura del conjunto. Porque la capital de la Hélade es blanca sin mancha, blanca como un juguete nuevo, blanca cual las aldeas árabes que esconden su pintoresca sordidez bajo la cal inmaculada, blanca, marmórea y reverberante. El mismo asfalto de las calles está cubierto por una capa de polvo que brilla bajo el sol como las arenas liliales de la playa faleriana. Y se ve que todo es nuevo, que todo está recién hecho, que todo acaba de ser pulido por los albañiles. En ninguna parte surge la huella del tiempo. Las casas más antiguas cuentan medio siglo. Los árboles de los bulevares apenas han tenido tiempo de acostumbrarse a este suelo seco. Pero todo esto, que en otro país chocaría con su americanismo tirado a cordel, aquí corresponde a la más sagrada tradición. La Atenas de Otto I, en efecto, fue hecha del mismo modo que la Atenas de Pericles. Mi amigo Mauricio, que tiene frescas sus lecturas universitarias, me lo recuerda doctamente diciéndome: —Entre los antiguos, las poblaciones no se formaban con lento y natural desarrollo. En un solo día se señalaba el lugar del templo conforme a las indicaciones del oráculo, y se marcaban los límites de la ciudad. Antes que las leyes, se hacían los planos urbanos. El mismo Licurgo no pensó en legislar sino después de haber delineado los barrios de su Esparta. Los barrios de la Atenas actual fueron delineados por arquitectos de la Alemania católica, traídos por la reina Amelia y deseosos de probar la supremacía del gusto germánico. En medio pusieron una plaza con un edificio muy grande. De esta plaza, como del eje de una rueda, hicieron partir los radios principales de la vida municipal. Y para dejar ver que, aunque bárbaros, sabían respetar el recuerdo de la antigüedad, bautizaron las calles con nombres clásicos. Los atenienses, luego, se encargaron de poblar de palacios esas calles. 

—De palacios odiosos —exclama Mauricio—; de palacios que son ridículas parodias de la arquitectura helénica; de palacios sin carácter, sin originalidad.

 

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Sin originalidad, tal vez. Pero es preciso notar que los atenienses actuales tienen la firme convicción de que, en todo, la Grecia del siglo XX no es sino la continuación de la Grecia clásica. 

—Nuestra lengua —aseguran— puede ser un dialecto infame; pero tiene la ventaja de continuar la lengua de Píndaro. Con la arquitectura pasa lo propio. Puede que sea poco grandiosa, poco rítmica, poco genial. Puede que sea un simple remedo sin alma. Puede que, tratando de ser sencilla, no haya logrado sino ser pobre. Mas eso no importa. En su misma humildad hay un reflejo del gran arte antiguo. —¿Hablas en broma? —me pregunta mi compañero. 

—No —le contesto—. Hablo seriamente; y si no temiera hacerte sonreír, hasta te diría que hablo tiernamente. 

 

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Estos esfuerzos por reanudar una tradición gloriosa, me enternecen más a medida que los noto más ingenuos. Las diosas de yeso que vi en las fachadas de las fábricas de cerveza o en los techos de las estaciones, al llegar a Atenas, y que me hicieron sonreír quince días ha, hoy me inspiran una simpatía muy sincera y muy respetuosa. Las columnatas que me chocaron en un principio, ahora me encantan. Porque cuando un motivo decorativo llega así a generalizarse hasta el punto de que todo un pueblo ve en él la expresión propia de sus ideas estéticas, ese motivo toma la importancia moral de un sentimiento religioso. Las columnas del Museo Nacional, aun siendo copias de antiguos y bellos ejemplares, no serían sino un remedo. Mas cuando estas mismas columnas aparecen repetidas en cada esquina; cuando las vemos, menos numerosas, pero no menos sencillas, en la fachada de la Universidad; cuando las volvemos a ver, más altas, en el frontón de la Biblioteca; cuando aparecen a nuestra vista en la logia superior de la Escuela Politécnica; cuando las encontramos al subir la escalinata del Congreso; cuando las descubrimos, a través de las enramadas del jardín regio, en la terraza de palacio; cuando aun en las casas particulares y en los edificios comerciales se yerguen, siempre esbeltas, siempre blancas, siempre puras, no podemos dejar de estimarlas en conjunto. Sus propias proporciones discretas, las hacen amables. Se ve que no quieren rivalizar con sus divinas abuelas del Partenón, ni aun con sus hermanas modestas de Corinto. Lo único que desean es que no se les niegue el abolengo. «Somos vástagos degenerados de la gran estirpe —parecen decir —; somos humildes descendientes de una familia sagrada. Nuestro nombre nos pesa. Cuando los que bajan de la Acrópolis nos contemplan, comprendemos que nos desprecien. La idea de que somos útiles, no nos consuela de la convicción de no ser bellas». Y en este concierto humilde, ninguna voz es discordante. El orgullo no es del reino de la nueva Atenas monumental. El mismísimo Alcázar regio, edificado por el vanidoso Gartner, ha perdido el aire altivo que, al decir de los viajeros románticos, lo hacía aparecer cual una blasfemia contra Fidias. Su pátina amarillenta que, cincuenta años ha, tenía la persuasión de imitar el áureo color de los mármoles milenarios, ha llegado, gracias a la lluvia y al sol, a no ser sino un ligero barniz casi imperceptible que impide a la enorme masa de mármol pentélico convertirse en un reflejo cegador durante las horas de plena claridad. 

 

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—¿Y la Academia? —me pregunta con cruel ironía Mauricio—. ¿Qué me dices de la Academia? ¿Te parece humilde aquel Teófilo de Hausen que, al inaugurar su construcción, creyó dar al mundo un edificio digno de perpetuarse al pie de la Acrópolis de Fidias y de Pericles? El arquitecto pudo no ser humilde. En sus cartas, en sus conversaciones, en sus memorias, debe de verse un orgullo satánico. Mas eso, ¿qué nos importa a nosotros, los que, sin acordarnos de él, colocamos su palacio entre los demás monumentos de Atenas, como un humilde y agradable remedo de los antiguos modelos? Sus mismas columnas jónicas, sobre las cuales el ateniense Drosos colocó las estatuas de Apolo y de Palas, tienen algo de anónimo, que se confunde con todas las otras columnas y que ni choca ni entusiasma. 

 

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—¿Te acuerdas? —me dice Mauricio—. ¿Te acuerdas que a Taine le bastaba contemplar la mano de una mujer para reconstituir mentalmente todo su cuerpo con los esplendores más íntimos y las delicadezas más secretas? Pues a mí con las ciudades me pasa lo mismo. Una sala de fiesta, un tranvía lleno de gente, un café popular, un escaparate de tienda, cualquier manifestación de vida cotidiana, en fin, me basta para imaginarme la existencia local completa. Los escaparates, sobre todo, me parecen elocuentes con sus mil revelaciones indiscretas. Contemplándolos, o mejor dicho, examinándolos, veo pasar a todo el pueblo que vive de ellos y por ellos. «Esto es lo que comen, pienso; esto es lo que llevan; con esto se adornan; esto tienen en sus hogares». Lo que para la generalidad no es nada o casi nada y lo que apenas despierta interesantes curiosidades en el transeúnte distraído, para mí es un museo vivo, un museo palpitante, el mejor y más instructivo de los museos, el museo de los arcanos del pueblo. Porque en estas vidrieras abiertas a nuestras miradas, cada ciudad pone lo que hay de más secreto en su vida. Sus vicios, como sus enfermedades, están allí. Allí están sus lujos, allí están sus aficiones, allí están sus gustos, allí están sus vanidades, allí está su alma, en una palabra. Los que quieren hacer psicología comparada, podrían, observando escaparates, aprender más que leyendo libros. Entre un escaparate de París y un escaparate de Londres, hay toda una civilización, toda una raza. Y no me refiero a vitrinas con diferencias esenciales, sino a las que sólo se separan por los matices. Contemplando la moutre de un salchichero de Nápoles, y evocando la de un colega suyo de Estrasburgo, se comprende cuán diferentes son los hombres de cada pueblo. Los mismos museos de vida familiar, como el Carnavalet de París, como el vestuario histórico de Amsterdam, como el Palazzo Civico de Venecia, no se me antojan tan sugestivos cual una colección de vitrinas callejeras. Así, ya ves que aquí, donde apenas hay nociones escritas de la nueva existencia ateniense, los escaparates son los grandes confidentes de la vida. Por eso me detengo ante ellos; por eso te obligo a no desdeñarlos… 

 

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 Desde que estamos en Atenas, realmente, hemos encontrado muchos elementos para darnos cuenta de la vida antigua. En cuanto a la vida moderna, sólo la calle nos la revela con sus increíbles confesiones. Este pueblo vive en la calle. 

—Como todos los pueblos —exclama mi amigo.

Este pueblo tiene una encantadora vanidad exterior. No solo esconde poco, sino que se complace en enseñar sus intimidades. Mas no creáis que lo hace con esa sublime desvergüenza de Nápoles, en donde los trapos sucios cuelgan de las ventanas y los trastos inmundos se sacan a la puerta. No. En el griego hay un orgullo salvador. Sus casas, como su persona, son limpias y claras. La sordidez del Oriente aquí es desconocida. Una coquetería general pone cortinillas floridas hasta en las más miserables viviendas. Los niños que corren por los polvorientos barrios bajos, diríase que si van descalzos no es por miseria, sino por travesura. En las mujeres hay siempre algo de adorno, aun en las mujeres que penan en las fábricas y que ayunan en sus casas. ¡Ah, la vida del pueblo en estas tierras de sol y de arena, no está hecha de abundancia! Pero no importa. El buen humor hace olvidar, y el orgullo hace callar. Fumando los hombres y peinándose las mujeres, pierden la noción de sus dolores. A través de los cristales de las ventanillas no se descubren sino las flores que adornan el altar de la Virgen y el espejo que guarda las sonrisas femeninas. 

 

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En los escaparates que mi amigo examina con tanto cuidado se ve toda la coquetería, todo el gusto y todo el desorden de esta vida de Atenas. El desorden he dicho: un desorden de pueblo nuevo, algo que hace pensar en las ciudades creadas en un día y que desconocen la lenta organización de las poblaciones del norte, en las cuales cada alimento, cada objeto tiene su rincón, en donde hay «calle de la Manteca», «calle de las Hierbas», «calle de la Carne», «calle de los Sombreros», «calle de la Alegría»; en donde nada se mezcla, nada se confunde, nada choca; en donde todas las tabernas están juntas y todos los zapateros en el mismo barrio. Mas este desorden es encantador, como el desorden de América. Es un desorden de bazar. Sin tiempo para especializarse, los tenderos lo han mezclado todo. En las mismas vidrieras se ven los objetos más diversos. Un sentimiento innato de la armonía salva, empero, los conjuntos de parecer grotescos. Las vecindades no hieren. No hay contrastes, sino combinaciones. Entre las duras pecheras de los hombres y los exquisitos descotes de las damas, toda una gama de pañuelos bordados, de cintas y de corbatas, establece la transición. Además, hay un leitmotiv que da a las vitrinas atenienses un aire fraternal. Es el bibelot marmóreo, el juguete antiguo, el moulage clásico, la nota de arte. 

 

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Lo primero que se ve, en efecto, es el Hermes de Praxiteles. Hermes de mármol y de similimármol, Hermes de barro cocido, Hermes de porcelana blanca, Hermes de modesto yeso… Sin Hermes no hay escaparate posible. Entre los cuellos ingleses y los sombreros parisienses, el Hermes se yergue, impasible y blanco. Hay Hermes de bolsillo Hermes de alfiler. Hermes para colgarse en la cadena del reloj… Hay Hermes gigantescos, mucho más grandes que el original, hechos para seducir a los yankees que sueñan siempre en llevarse algo colosal con objeto de amueblar sus palacios o de ornar sus jardines. Hay Hermes de vidriera de sastre, que parecen, en las tardes húmedas y friolentas, deseosos de ponerse los abrigos que los rodean y los pantalones que yacen bajo sus plantas. Hay Hermes de anticuario, con todas sus mutilaciones, y Hermes de marmolista, sabiamente reconstruidos. Pero el Hermes que yo prefiero, a causa de su desgracia, es uno que sirve a mi vecino, el ortopedista, para hacer ver la aplicación de sus germánicos productos. Este Hermes lleva una cintura herniaria, una media para las varices, una venda de goma, unos lentes isométricos y un pie articulado de madera y aluminio… Este, al decir de Mauricio, es un Hermes traído de Hamburgo por un loco. Junto al Hermes, por lo general, las cariátides del rey Erecteo pliegan sus espaldas bajo el peso de algún tintero o de alguna caja de cigarros. La utilización de los motivos antiguos no tiene límites. Las columnas del templo de Júpiter olímpico, las Victorias aladas, los frisos partenopeos, las escalinatas de los propileos, el techo del templo de Eolo, el toro airado del Cerámico. A la masa entera del templo de Teseo, y el arco de Adriano, y las Venus, y las estelas funerarias, y los Apolos mutilados, y todo lo que encarna el alma divina de la antigua Atenas, se hace bibelot, se hace rótulo, se hace mueble. 

 

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 —Esto es de mármol del Partenón —dicen los vendedores enseñando sus pisapapeles y sus ceniceros. El mármol de las columnas caídas es como la madera de la cruz de Cristo. ¿Quién no tiene algo esculpido en el palo santo? ¿Quién no acaricia, de vez en cuando, un fragmento del templo de la diosa? Y es en vano decir a los turistas que si se reunieran todos los fragmentos del leño cristiano podríase hacer un bosque entero; lo mismo que es en vano asegurarles que con los pedazos de columnas partenópeas que corren por el mundo sería fácil construir una Babel marmórea. El alma del viajero carece de malicia. 

 

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Además, los atenienses no abusan. En todas mis peregrinaciones por las tiendas de curiosidades no he encontrado un solo comerciante que insista en hacerme comprar lo que no me gusta, ni en hacerme creer lo que no me conviene. Cada vez que he dicho: «Esto no es auténtico», se han contentado con volverlo a poner en su sitio, sin sonreír siquiera. Que los que comparan a los helenos con los turcos vengan a admirar esta dignidad desconocida en el Oriente. «¿No os conviene lo que os ofrezco? —parece pensar el hortera—. Pues dejadlo, que por eso no hemos de reñir. Yo guardo mi elocuencia para los debates interesantes del ágora o del café». Y no hay medio de obligarle a salir de su reserva obsequiosa. Cuando alguno insiste, y jura que no miente, y gesticula, ya se sabe: no es ateniense, ni siquiera es griego, sino italiano, maltés o turco. El ciudadano de Atenas, recordando que es hijo de Ulises, puede ser muy capaz de sutilizarnos el portamonedas; pero de humillarse en inútiles regateos, jamás. El «precio fijo», que a Mauricio le parece la más útil invención del Occidente, es aquí universal. Hasta los más frívolos adornos femeninos tienen su etiqueta con la cifra clara. 

 

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Mas no sé por qué digo «hasta los frívolos adornos», puesto que aquí lo más importante, lo más visible, lo más general, es eso: el adorno. Tiendas de comestibles hay pocas. En su sobriedad, esta gente parece no querer ni aun ver las suculentas golosinas que tanto entusiasmo despiertan en Alemania. De lo que se traga, sólo los bombones y los pasteles logran los honores de las grandes vidrieras. Luego, casi todo lo demás que vemos expuesto es para ornar o para ostentar. En escaparates dignos de París, entre lindos bibelots y frascos de esencia, las sedas vistosas de los chales fraternizan con las plumas rizadas de los sombreros. Hay rinconcillos llenos de camisillas de batista, bordadas, festoneadas y transparentes, que habrían entusiasmado a Teófilo Gautier. Hay grandes espacios llenos de corbatas claras, de camisas nítidas, de calcetines ligeros, que de seguro hicieron reír con satisfacción a Maurice Barrès, recordándole su época de dandismo británico. Hay de todo lo que se luce: desde el ligero alfiler con su camafeo antiguo, hasta el terrible abrigo peludo de automovilista. Y lo que me llama la atención no es que haya de todo esto, sino que casi sólo de esto haya.

—Ello indica —me dice Mauricio— que la raza sigue siendo la misma, y que lo único que ha cambiado es la manera de vivir. Como en tiempos de Pericles, los atenienses no piensan más que en satisfacer su gusto de exquisita ostentación y de incurable elocuencia. Por eso, siendo pobres, han llenado de palacios marmóreos su ciudad nueva; por eso han reemplazado el Ágora, en donde se discute sin fin, por infinidad de cafés; por eso piensan en vestir con elegancia y en ornarse con lujo sin recordar que no comen sino aceitunas e higos: por eso, aun siendo miserables, lo primero que hacen, al salir de sus casas, es llamar al lustrabotas para que dé brillo al charol querido…

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Enrique Gómez Carrillo (Ciudad de Guatemala, 1873 - París, 1927). El más internacional de los cronistas hispanohablantes residió en París desde los 18 años. De naturaleza díscola, a los 15 se negó a seguir estudiando para trabajar como reportero. Durante una visita a Guatemala en 1890, al conocer los escritos del joven, Rubén Darío lo recomendó ante el presidente del país, pero debido a sus inexistentes credenciales estudiantiles, fue imposible enviarlo a una universidad. Se dispuso que Gómez Carrillo pasara un año en Madrid como corresponsal del gobierno guatemalteco. 

Al llegar a Le Havre se encaminó hacia París y en pocos meses ya estaba aclimatado al mundo de la bohemia parisina, en la que ganaría gran estimación a partir de 1906, al publicar sus primeras crónicas. Tuvo, sin embargo, que cumplir con las condiciones de la beca y fue justamente en Madrid donde escribió su primer libro de crítica sobre escritores franceses. Para 1993 había publicado dos libros más de crítica literaria y tres novelas. En 1905 fue contratado por El Liberal, diario madrileño, para cubrir el Domingo Sangriento en la rusia zarista. El resultado fueron los tres libros de excelentes crónicas que iniciarían su reconocimiento internacional. 

Gran entrevistador, viajero astuto y formidable estudioso de la historia y cultura de las zonas a las que viajaba, pronto consiguió financiamiento para ir al Japón, cuyas crónicas acompañó lo que escribiría de Ceilán -hoy Sri-Lanka-, Singapur, Saigón y Shanghái. Otros dos largos viajes, uno a Grecia y otro al Medio Oriente (Israel y Egipto), también darían como resultado numerosas crónicas. En 1918 fue invitado por el gobierno francés para cubrir el Frente Occidental durante la Primera Guerra Mundial y en 1922, comisionado por El Liberal para reportar la Guerra de Marruecos.