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Mínima antología

poética

Por Elena Salamanca

Sobre el mito de Santa Tecla

 

Un hombre pedirá

mi mano

y me la cortaré.

Nacerá otra

y volveré a cortarla.

El hombre pensará:

qué perfecta mujer, es un árbol de manos:

podrá ordeñar las cabras,

hacer queso,

cocer los garbanzos,

ir por agua al río,

tejer mis calzoncillos.

Pero yo seguiré cortando mis manos

cuando me diga:

Mujer, te he pedido,

y debes ordeñar las cabras.

Mujer, eres mía,

trae agua del río,

sírveme el

queso,

ve al pueblo por vino.

Mis manos caerán como caen las flores

y se moverán por el

campo,

necias.

No ordeñarán las cabras,

no irán por vino al pueblo,

jamás zurcirán sus calzoncillos

y nunca,

mucho menos,

acariciarán sus testículos.

El hombre dirá:

Qué mala mujer,

es una maldición de manos.

Irá por un hacha,

cortará mis brazos.

Nacerán nuevos.

Entonces pensará

que el

inicio de

la vida

se encuentra en ombligo

y cortará mi cuerpo en dos.

Mis miles de

manos cortadas

se volverán azules

y se moverán.

Secarán el trigo,

jugaran con el

agua,

secarán el río,

arrancarán las raíces del pasto,

envenenarán a las cabras,

al queso.

Y el hombre pensará:

Qué

maldición más grande:

prohibido debe estar pedir a una mujer que tiene voluntad.

 

 

(Peces en la boca, Editorial Literal, Ciudad de México, México, 2013)

 

 

 

 

La botella en la cartera

 

Llegó el día en el que salí de casa con una botella de cerveza en la cartera.

Se habría esperado que llevara flores

porque las mujeres son seres de jardín

La forma civilizada de decir que aún pertenecen a lo salvaje,

el jardín como la forma civilizada de reducir la selva.

 

No han pasado en vano los siglos

y la Señorita von Humboldt

encerrada en el invernadero como una orquídea del trópico

que el joven Conde von Humboldt, que podía cruzar el mar,

había robado del jardín de América.

 

No ha pasado en vano aquel gran amor que fue un naufragio

del cual rescaté pedazos de vajilla

y una botella de cerveza de raíz

intacta

que guardo en la cartera.

 

Una nunca sabe cuándo necesitará olvidar.

 

Para recorrer la ciudad con una botella en la cartera

tuve antes que lavar los platos,

regar las plantas,

alimentar al gato,

barrer la casa,

limpiar del balcón las cargadas de paloma.

 

Pagué mis cuentas:

todas.

La vida es una deuda que se paga en cuotas.

Y la inflación

y los bancos

y la propiedad privada

hacen imposible pensar que un día pueda a salir de mi casa con una cerveza en la cartera.

 

Pero ya amé y te amé

y siempre te dije usted

porque había que guardar de alguna manera la distancia.

 

El amor es un puente que se tiende de boca a boca en una gramática.

Una gramática propia.

Y cuando el puente se cae,

muere el lenguaje.

Y con él una civilización.

 

Tendremos las palabras

pero habremos perdido su orden:

y no podremos hablarnos más.

 

Lo demás son:

botellas vacías sobre  una mesa,

borrachos que lloran infinitamente la misma noche cada noche,

borrachos que gritan y quiebran botellas,

Armas cortopunzantes, dirá la policía,

rencillas por poder, dirá la prensa.

 

Pero yo no, no voy a quebrar esta botella.

Tanto tiempo para poder pararme en este lugar en el que no sucede nada.

 

La botella es un amuleto

que llevo.

Un botín

del triunfo de un lenguaje que no era mío:

de las palabras que nadie quería que escribiera,

de los gemidos que no podía tener.

No vayan a decir que soy puta,

no lo quieran Dios ni las tías.

 

La botella es transparente

como pocos pueden ser.

Ni la luz precisa

ni la sombra.

 

Dos pies plantados sobre un sitio

donde no pasa nada.

 

Y no es preciso que ocurra algo.

La calma debería ser también una ambición.

 

 

Por hoy

podría ser ese borracho absorto en el llanto que ve en las botellas a su alrededor

los edificios de una ciudad desconocida,

podría quebrar la botella en un pleito:

arma cortopunzante, dirá la policía,

crimen pasional, dirá la prensa.

 

Pero ya dinamité los puentes

Y quebré las vajillas.

 

(Del libro Mimosa impúdica, inédito)

 

 

 

 

  

Sor Juana en el espejo

 

El agua,

como el espejo,

cae de las paredes.

Siempre temimos asomarnos al espejo:

Podía ser un estanque.

Y esta boca

que ha buscado tanto tiempo

podría besar

a esta boca que puede ser cualquier otra

y caer dentro del agua

como la humedad que nace en lo profundo del cuerpo

 

(Peces en la boca, Editorial Literal, Ciudad de México, México, 2013)

 

 

 

Bodegón con Sor Juana

 

Morderé la fruta.

Mancharé los baberos de encaje que tejí por tres siglos como la araña:

siempre sujeta a la mosca, siempre sujeta al aire.

La fruta escurrirá por mi boca

como escurre la baba, como escurre la sangre.

Clavaré las uñas sobre los gajos de la mandarina:

mujeres que se abren en espera de dientes mayores que los míos.

Seré animal como el negro que carga la fruta en el mercado:

no lee vocales y nunca ha visto el sol.

Yo no bajaré el ojo, como el negro,

puedo ver el sol entre tus piernas.

Gajo de mandarina

has sido.

 

(Peces en la boca, Editorial Literal, Ciudad de México, México, 2013)

 

 

 

Sor Juana vomita la cena

 

Mira, Juana, este panecillo será abundante como la tierra,

con él se alimentarán los hijos de los hijos

de tu vientre, Jesús.

Juana no contiene el asco del fruto de un vientre de donde salió

un hombre del que manó agua y vinagre,

y se lleva las manos a la boca

y se dobla en la cocina.

Reconoció el negro a su mujer en la pulpa fresca de la fruta

y el indio cayó de hinojos ante el pájaro:

antes eran iguales, vivos en esa tierra,

ahora no puede siquiera mirar el vuelo:

El pájaro está más cerca de Dios –le han dicho-,

no mereces verlo.

Ese pan tiene la sangre de los pájaros y de las frutas,

la sangre negra estancada del negro

y la sangre roja derramada del indio.

Y Juana se dobla, tose,

se retuerce frente al pan.

Qué pasa, Juana.

Y Juana

escupe:

pajarillos

peces de acuario

y dos hostias

blancas

Como papel.

 

(Peces en la boca, Editorial Literal, Ciudad de México, México, 2013)

 

Elena Salamanca (San Salvador, 1982) Escritora e historiadora.. Ha publicado La familia o el olvido (El Salvador, 2017 y 2018), Peces en la boca (México, 2013, y El Salvador, 2011), Landsmoder (El Salvador, 2012) y Último viernes (El Salvador, 2008 y Suecia, 2010). Su obra sido traducida al inglés, francés, alemán y sueco. Vincula literatura, performance, memoria y política en el espacio público a través de las piezas Solo los que olvidan tienen recuerdos (México 2009; El Salvador 2012 y 2018); Landsmoder (2011); El descanso del guerrero. Un duelo amoroso para Roque Dalton (2017); Hiato (2017) y Letanías para Mélida Anaya Montes (2018). En 2012, fundó, junto al artista Nadie, la Fiesta Ecléctica de las Artes, FEA.Es Candidata al Doctorado en Historia en El Colegio de México, México. En su tesis estudia la relación entre exilio, ciudadanía y unión centroamericana entre las dos guerras mundiales.