ENSAYO  

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El Modernismo en la crónica viajera

Por Amelia Mondragón

En su extraordinario ensayo La crónica modernista hispanoamericana (José Porrúa Turanzas. Madrid: 1983) Aníbal González nos dice que las primeras crónicas o croniques aparecieron en el diario parisino Le Figaro entre 1850 y 1852. Su antecedente había sido una columna de noticias diversas, apenas separadas entre sí, sobre el acontecer y las personalidades parisinos. La transformación de la serie de noticias o “chismes” –tal como también se les llamaba— en crónicas aconteció cuando en lugar del listado, se le ofreció al lector un relato que, siempre sobre París, ordenaba y vinculaba acontecimientos dispares desde una perspectiva concreta, personal, alejada del anonimato que caracteriza a la noticia periodística.

El antecedente de tal subjetividad se hallaba en el artículo de costumbres romántico (cuyos orígenes se remontan a la Inglaterra de finales del siglo XVIII) puesto que en él no sólo se insertaba al relato el testimonio o la experiencia del propio escritor, sino comentarios fundamentados en nuevas disciplinas tales como las ciencias naturales, la arqueología e incluso la filología, nacidas en el método empírico que, basado en la experiencia o la práctica, se había expandido considerablemente para la época.   

Las crónicas que comienzan en París a mediados del siglo XIX, sigue diciéndonos Aníbal González, incorporaron a las características del artículo de costumbres, con su carga de subjetivismo y/o empirismo, una nueva significación del tiempo que seguramente había comenzado a plasmarse en los chismes parisinos y también en los últimos artículos costumbristas del escritor español Mariano José de Larra (1809-1837). 

 No se trataba de un tiempo congelado durante la observación de la escena; era uno dinámico, el que existe en un acontecer o en todo suceso que irrumpe en lo cotidiano y, desde luego, lo interrumpe. La crónica que empieza a escribirse en Europa a mediados de siglo y que adoptan nuestros modernistas hispanoamericanos desde 1880 aproximadamente, bien puede ser moralista, aunque muy rara vez lo es, pues no le interesa el “así somos” y sus desviaciones, sino una noción del “estar aquí” que además de hacernos imaginar el futuro, es capaz de establecer nuevos vínculos con nuestro pasado.  

Hacia fines del siglo XIX, Buenos Aires tenía cerca de 600.000 habitantes y medio millón la Ciudad de México. Gran parte de la población trabajaba en servicios: oficinistas públicos y del sector privado, dueños y empleados del pequeño comercio y del área de mantenimiento, etc. Incluso los dueños de la tierra habían pasado a vivir a las ciudades, desde las que se controlaba la importación y exportación de productos. La prensa, más que estar al servicio de las nuevas economías, fue producto de ellas y gran parte de su objetivo, dentro de lo que hacia fines del siglo XIX comenzó a ser el comercio de la información, fue la de familiarizar a los ciudadanos de cuanto ocurría en el exterior y de la importancia que tal conocimiento tenía para el bienestar nacional. Las noticias, sin embargo, resultaban inconsecuentes para quienes no tuvieran muy claras las cosas en el mundo desarrollado. De ahí la necesidad periodística del cronista, que era también un intérprete, un mediador provechoso tanto para la prensa como para los gobiernos locales. 

Al cronista le fue permitido “subjetivar” la noticia, es decir, hacerla parte de su experiencia.  Fue siempre, en Hispanoamérica, un viajero, y no cualquier viajero sino uno altamente leído, bilingüe siempre y estudioso de las culturas cuyos sucesos refería. Hasta la más pequeña noticia que enviaba a la prensa resultaba en manos de este experto, que además era poeta, novelista y/o crítico literario, un acontecer, pues daba en su artículo la justa medida del pensamiento, las costumbres y hechos que nos hacían entrever la marcha del mundo. 

Aun cuando era común en el cronista elegir su tema, no siempre resultó este bien recibido en los periódicos. En 1888 la crónica que sobre las elecciones presidenciales estadounidenses había enviado José Martí a La Nación, periódico liberal de Buenos Aires, fue publicada bajo el título “Narraciones fantásticas”, con una aclaración que terminaba así: “Solamente a Martí, escritor original y siempre nuevo, podría ocurrírsele pintar a un pueblo, en los días adelantados que alcanzamos, entregado a las ridículas funciones electorales…” (citado por Susana Rotker: La invención de la crónica. Ediciones Letra Buena, Argentina: 1992).  

 

Dos cronistas y sus cronistas

El primero que subrayó el espacio extranjero fue José Martí. En la crónica “Coney Island” (1881), una de tantas que versan sobre los Estados Unidos, describe el área vacacional de la península que con dicho nombre se halla ubicada al este de Brooklyn. La imagen que nos brinda Martí es casi contemporánea. En oraciones más bien cortas, sin gran complejidad gramatical, aunque con extraordinaria precisión, describe el parque de diversiones, los cuatro hoteles, los veraneantes, tanto adinerados como obreros neoyorquinos, enfatizando en ambos grupos la cantidad de madres que se paseaban o jugaban a orillas del mar con sus pequeños hijos, los más pobres obviamente enfermos a juzgar por su delgadez y la insalubre calidad de las aguas neoyorquinas. La velocidad del texto aumenta, pero no por la enumeración de estampas sino porque todas ellas reflejan actividad y porque tal dinamismo va paralelo al propio de los neoyorquinos, llenos de energía y del optimismo que en cualquiera de sus clases sociales indica un futuro próspero.

De pronto y casi al final, el texto baja la velocidad para explicarnos lo que sienten los hispanoamericanos que llevan años viviendo en los Estados Unidos:

…mas es fama que una melancólica tristeza se apodera de los hombres de nuestros pueblos hispanoamericanos que allí viven, que se buscan en vano y no se hallan; que por mucho que las primeras impresiones hayan halagado sus sentidos, enamorado sus ojos, deslumbrado y ofuscado su razón, la angustia de la soledad les posee al fin, la nostalgia de un mundo espiritual superior los invade y aflige; se sienten como corderos sin madre y sin pastor… 

Acabada la explicación, vuelve el texto a la velocidad que había quedado interrumpida, pero ahora más gozosa, como si Martí hubiera penetrado de lleno, mucho mejor que a comienzos de la crónica, en la alegre y febril actividad estadounidense: 

Pero ¡qué ir y venir!, ¡qué correr del dinero!, ¡qué facilidades para todo goce!, ¡qué absoluta ausencia de toda tristeza o pobreza visibles! Todo está al aire libre: los grupos bulliciosos; los vastos comedores; el original amor de los norteamericanos, en que no entra casi ninguno de los elementos que constituyen el pudoroso, tierno y elevado amor…

Al crear la oposición entre unos habitantes y otros, la separación cultural, totalmente subrayada mediante el ritmo, no condena a los llenos de alegría; por el contrario, durante el proceso de escritura, José Martí ha estado probando su capacidad para dar cuenta del sentimiento ajeno desde la postura del ciudadano, el hombre de a pie, ese que no es jefe de Estado ni su funcionario, que no es experto (a pesar de su increíble conocimiento) en ninguna rama del conocimiento ni busca acólitos, sino un individuo que perteneciendo a sociedades libres y civiles (o que están maduras para serlo, pensaba Martí), se dirige a sus coterráneos con la misma naturalidad que establece ante lo diferente.    

En 1908 Enrique Gómez Carrillo, siendo ya un consumado cronista, publicó Grecia eterna, la colección de crónicas resultantes de su tercer gran viaje, el que emprendió al mundo griego. Desde el siglo XV hasta 1827, Grecia había sido parte del Imperio Otomano, también conocido como Imperio Turco. Sin embargo, un siglo antes de liberarse, los griegos habían adquirido un papel relevante en el comercio imperial y por ello consiguieron importantes cargos y privilegios. A principios del siglo XX, al lado de la semiderruida metrópolis ateniense, de los templos bizantinos que también utilizaron los turcos como centros religiosos y administrativos, sólo una mezquita evocaba los siglos de sumisión; el trazado de Atenas era relativamente nuevo al igual que algunos edificios gubernamentales construidos durante el siglo XIX por los alemanes en su peculiar neoclasicismo. Los atenienses sabían que de su grandeza quedaba poco pero, aun así:

…es preciso notar que los atenienses actuales tienen la firme convicción de que, en todo, la Grecia del siglo XX no es sino la continuación de la Grecia clásica.

-Nuestra lengua –aseguran— puede ser un dialecto infame; pero tiene la ventaja de continuar la lengua de Píndaro.

 

Y acto seguido añade: 

Estos esfuerzos de reanudar una tradición gloriosa me enternecen más a medida que los noto más ingenuos. Las diosas de yeso que vi en las fachadas de las fábricas de cerveza o en los techos de las estaciones, al llegar a Atenas, y que me hicieron sonreír hace quince días, hoy me inspiran una simpatía muy sincera y respetuosa. Las columnatas que me chocaron en un principio, ahora me encantan…

Es insaciable, sigue observando Gómez Carrillo, el énfasis ateniense por remedar el mundo antiguo. Las columnatas, “repetidas en cada esquina”, son indispensables hasta en las casas de construcción más reciente y en los edificios públicos del XIX levantados por los bávaros: el Alcázar, el Antiguo Palacio Real, el Parlamento griego y la Academia. A estas columnas, incomparables a las antiguas, Gómez Carrillo les hace decir:

-“Nuestro nombre nos pesa. Cuando los que bajan de la Acrópolis nos contemplan, comprendemos que nos desprecien. La idea de que somos útiles no nos consuela de la convicción de no ser bellas” Y en este concierto humilde, ninguna voz es discordante.

Como la lengua griega de hoy, las nuevas columnas poseen una valiente bastardía porque al unísono y no sin orgullo aceptan el destino de ser útiles, aunque no hermosas. La utilidad no acaba ahí pues la Atenas moderna, esa que según dicen los que la aprecian es una “pequeña París”, ha hecho del Ágora un área de cafés y de sus calles céntricas un espacio comercial que sirve tanto a griegos como turistas.

¿Cómo es la Atenas moderna? No tanto como Martí en Coney Island, pero también Gómez Carrillo, llegado este punto, acelera la prosa para dar cuenta del movimiento de la nueva Atenas que, si no febril, sí alegre y original, trasluce en los escaparates comerciales. Todo pueblo, dice Gómez Carrillo, se revela en ellas: 

Sus vicios, como sus enfermedades, están allí. Allí están sus lujos, allí están sus vanidades, allí está su alma, en una palabra (…) Los que quieren hacer psicología comparada podrían, observando escaparates, aprender más que leyendo libros. Entre un escaparate de París y un escaparate de Londres hay toda una civilización, toda una raza. 

Y en las vitrinas de Atenas hay desorden, un amasijo de objetos producto de la rápida modernización, lejana a la de los países del norte de Europa, donde siglos de economías relativamente estables han producido vitrinas de productos regiamente catalogados: “…este desorden (de Atenas) es encantador, como el desorden de América”, dice Gómez Carrillo.

 Y a la coquetería, al buen gusto griego en ropas, sombreros y calzado, añaden las vitrinas el Hermes de Praxíteles. “Hermes de mármol y de similimármol, Hermes de barro cocido, Hermes de porcelana blanca”, etc. Es el Hermes que en estatuas y estatuillas compran los turistas, así como las estatuillas de cariátides, que sirven para sostener ceniceros o cajas de cigarros, y “las victorias aladas, los frisos partenópeos, las escalinatas de los Propíleos (…)” y un sinfín más de motivos de ostentosa bastardía, pero de extraordinaria utilidad en el comercio del presente, tan próspero o más que el de aquellos griegos cuya habilidad mercantil había sobresalido durante tantos siglos de sometimiento a los turcos.

Aunque la crónica modernista es considerada un género a caballo entre el arte y el periodismo, su importancia para la prosa en nuestra lengua es enorme; en primer lugar por la experimentación y la gran flexibilidad requerida ante el extenso público  hispanohablante que provenía de distintos países y distintos niveles de desarrollo; en segundo lugar porque desertó de los lenguajes calcinados, tales como el académico y el político para hablar de literatura y de asuntos sociales y sobre todo, porque el cronista nos habló como ciudadano del mundo, si no muy amante del Progreso, sí ferviente defensor del futuro, uno que en nuestros países él imaginaba totalmente distinto a su presente, precedido por más de medio siglo lleno de guerras civiles y regímenes autoritarios.

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Amelia Mondragón es catedrática en Howard University (Washington, DC). En 1989 completó sus estudios de doctorado en la Universidad de Maryland con una tesis sobre la novela nicaragüense, convirtiéndose en la pionera de dichos estudios. También fue editora del libro de artículos Cambios estéticos y nuevos proyectos culturales en Centroamérica (1994). Es autora de varios artículos sobre literatura nicaragüense y poesía hispanoamericana, entre ellos dos sobre José Emilio Pacheco. Es también coautora con Alberto Ambard de la novela Alta traición (High Treason, 2012).