El Cerbero de Tony Hernández

 

Por Oscar Estrada

Vestido en su uniforme azul penitenciario, Devis Leonel Rivera Maradiaga pierde el peso de quien alguna vez fue el rey de la droga en toda la costa norte hondureña. Allí, en la corte en Nueva York, desde su silla de testigo, se burla de todos. Hace reír a la audiencia que celebraba sus sarcasmos, frustra a la defensa de Juan Antonio Hernández con medias respuestas. Parecía un payaso cualquiera, un Guasón tropical para el entretenimiento de Honduras. Pero Devis Leonel Rivera Maradiaga, el Cachiro, no es un payaso. Es un monstruo que devoró 78 almas humanas, un demonio cruel y perverso, una de las tres cabezas del Cerbero.

En La Divina Comedia de Dante Alighieri, Dante desciende al tercer círculo del infierno. Allí guarda la entrada el Cerbero, un perro de tres cabezas que cuida la entrada al inframundo.

 

Se ceba el monstruo con los condenados, hunde, desgarra, arranca y despedaza los cuerpos con sus uñas avezadas, y aquellos miserables atrapados, queriendo huir, le dan como carnaza, las partes que no han sido desgarradas. Ojos rojos de sangre, desvaídos, pelo negro y grasiento, vientre hinchado y vacío; tres bocas —desgarrado deseo—, los miembros, estremecidos, no dejan de temblarle.

 

Tres monstruos nos mostró la fiscalía de Nueva York esta semana, tres pecados capitales que guardan la puerta del infierno de nueve millones de personas. La envidia, El Rojo y su guerra sin cuartel por arrebatar el imperio de su amo, aquel Don H sumido en la gula y la lujuria, que no fue capaz de ver la traición de judas y cuando la vio, no podía ya sostener las columnas de su templo. La avaricia, el alcalde Alexander Ardón, de un pueblo perdido en el culo del mundo, que quiso ser como los reyes y regaló casas, tierra, calles, pensando ganar corazones y cayó, porque no era más que un marginal, una rata perfumada. Y la ira del Cachiro, el odio y el desprecio por todos y por todo por igual.

Devis Leonel odia las instituciones, a todas; para él no hay moral sino su deseo, no hay reglas sino su palabra. Usó a los políticos con desprecio, viéndolos como sanguijuelas. Pagó a policías riéndose de su hambre, pateando sus traseros como quien maltrata a un perro de la calle y a los banqueros, burgueses de familias viejas, niños de manos de mujeres, los trató con asco, como al cerdo de Judensau. A los empresarios el Cachiro los vio siempre con burla. El sabía que su empresa era más grande que cualquiera de la que aquellos infelices podía nunca siquiera imaginar: hizo mascaradas con constructoras de juguete para reírse. ¿O no les parece una bofetada, que el único zoológico decente de toda Honduras sea de él?

«¿No es cierto, señor Rivera Maradiaga —preguntó el abogado defensor— que tenía usted un zoológico real, uno con animales de verdad, con rinocerontes, leones y jirafas y que allí iban familias de toda Honduras, que no sabían que usted era narcotraficante?».

«Rinocerontes no, pero leones y jirafas sí», respondió el Cachiro, saturando el micrófono de la sala.

Y nos reímos. ¡Aquello era increíble! Él se ríe de todos nosotros, en nuestra cara y no hacemos sino reírnos más, de su burla, sin saber que somos su chiste.

Para el Cachiro todos somos nada: un millón de dólares o diez muertos son nada. Nombra a los políticos de Honduras, porque sabe que con su palabra los hace templar y disfruta verlos correr como cucacharas, explicando que no lo conocen, que nunca tomaron su dinero; habla de dineros que sabe nunca veremos, juega con nuestra imaginación y lo disfruta. Pero él, que creyóse dueño de todos nosotros y en nuestra Historia, quedará como un «Calixto Corta cabezas» cualquiera, un bandolero, un payaso asesino: nada más y esa, será la burla de sí mismo.

El Cachiro habló y dijo lo que ya había dicho antes —ahora lo digo con más audiencia—. Ya había contado que sobornó a policías, a militares, a políticos de ambos partidos, que todos esos ilustres ciudadanos eran parte de su estructura para mover droga y lavar dinero, para burlar la justicia y para matar. Dijo que pagó a la campaña de Pepe Lobo y usó a Fabio, ese pobre infeliz que se pensó importante, para llegar a la institucionalidad hondureña. Dijo que don Jaime era su amigo, que fue quién le avisó para salvar cien millones de lempiras, porque entiende que el nombre es la última propiedad de los muertos; habló de asesinatos que él ordenó sin siquiera cambiar su semblante.

«¿A usted le parece mucho 50,000 dólares?», preguntó el abogado.

 

«En aquel tiempo no», respondió Devis Leonel.

Señaló a sus «amigos»: a Óscar Nájera, que «conoce desde que tiene uso de razón»; a Reynaldo Ekónomo, otro diputado, rapaz según sus descripciones; a Carmen Rivera y a los que no pudo señalar los mató, como a Juan Gómez.

Colaboró con la DEA grabando a los incautos, porque él desprecia también a los de su calaña, y al hacerlo se burló además de la DEA, porque sabe que nunca lo hubieran agarrado si él no se entrega.

Mostró el video de Denny´s que ya había dicho que tenía. Hace años, cuando Fabio Lobo fue condenado, él Cachiro dijo que tenía el vídeo de Tony Hernández aceptando un soborno de 50,000 dólares. Luego se burla del juicio entrando a detalles sobre la entrega del video.

«Me fui directo al hotel porque tenía miedo de andar ese chip conmigo. La policía podía pararme y quitarme el video», dijo primero… «yo no podía sentir miedo porque acababa de sobornar al hermano del presidente», dijo después y cuando se desnudó su broma, dijo nomás que se había equivocado, que en verdad se lo había dado al abogado para que aquel se lo diera a la DEA.

No mostró siquiera que esos 50,000 dólares alguna vez existieran,  dijo además que Tony quería hacer negocios con él en el narcotráfico sin demostrar nada más que la palabra de los muertos, ¿acaso El Cachiro ha necesitado alguna vez demostrar algo?

Las cabezas del Cerbero son poderosas. Basta su voz para hacer temblar hasta el imperio. ¿O alguien dudará si dice, mañana o en un futuro lejano, que pagó un millón de dólares a la Reina de Inglaterra?

Me desperté del desvanecimiento

de la pena, en el círculo tercero,

el de la lluvia eterna. Allí Cerbero

ladra con tres gargantas. Ni un momento

cesan lluvia y aullidos en tormento

continuo. Hiede la tierra, vertedero,

lodazal, agua sucia, sumidero

de dolor, soledad y desaliento.

Óscar Estrada (Honduras, 1974). Es guionista, novelista y abogado. Productor de radio novelas y documentales sociales. En 2008 dirigió el largometraje El Porvenir. Ha publicado los libros Honduras, crónicas de un pueblo golpeado (2013), la novela Invisibles (2012) y más recientemente su colección de cuentos El Dios de Víctor y otras herejías (2015). Fundador de la revista Lastiri. Actualmente dirige la editorial con sede en Washington, D.C. Casasola Editores y es director del periódico digital El Pulso.

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