De la Naturaleza pero no fuera de Ella: descubrir a Lucrecio en 2020 

Por Efraín Rodríguez Espinoza

Hace seis siglos, un coleccionista de libros y emisario papal llamado Poggio Bracciolini encontró de casualidad una copia de un extraño poema escrito en latín. No era un poema épico dedicado a describir las hazañas de un pueblo ultrajado ni a relatar la fundación de Roma. Versaba sobre la filosofía de Epicuro, cuyos argumentos se entrelazaban con invisibles partículas que volaban de un lado a otro, disolviéndose, recombinándose y creando en sus movimientos eso que conocemos como realidad. De más de 7,000 versos, el poema hallado por Poggio sobre los átomos que constituyen lo básico de todas las criaturas, la vida vegetal e incluso el cosmos, había sido compuesto cincuenta años a. C. Se titulaba de De Rerum Natura o La naturaleza de las cosas, y había sido escrito por Tito Lucrecio Caro.  

En Europa las bibliotecas públicas habían desaparecido junto con el mundo antiguo, y el único lugar donde los bibliófilos como Poggio podían encontrar estas rarezas era en bibliotecas privadas de abadías y monasterios. Como dice el historiador Stephan Greenblatt en el libro ganador del Premio Pulitzer, El giro (2012), Poggio se unió a otros afamados humanistas como Petrarca y Boccaccio a fin de desenterrar poemas clásicos escritos en latín. Tales poemas habían sido olvidados por el espíritu colectivo europeo, aunque mantenidos vivos debido al escrupuloso sistema de copias de manuscritos a manos de monjes cristianos, como la Eneida de Virgilio, las Odas de Horacio y las Cartas de Cicerón. Para el siglo XIV los humanistas habían resucitado a los clásicos y ahora hablaban de música, belleza, arte, filosofía, política y poesía. Su influencia luego se esparció desde la península itálica al resto de Europa como semillas conducidas por una suave brisa. Pronto los humanistas y la vida moderna florecerían en el fecundo suelo medieval.

En 2020 descubrí De Rerum Natura e imaginé lo sorprendidos que Poggio y los demás humanistas debieron sentirse al traducir el texto de Lucrecio. Como químico y científico que practica su profesión, no estaba yo preparado para lo que me parecía una inverosimilitud: que un poeta y filósofo del año cincuenta a. C. escribiera en versos sobre el invisible universo de los átomos, su papel en nuestra visión, y sus infinitas combinaciones para crear todas las mezclas del mundo. En Lucrecio encontramos argumentos relacionados a la ley de conservación de la masa escritos con más elocuencia que la usada por los científicos en el mundo contemporáneo. Antes de Copérnico y Galileo, Lucrecio había desplazado al hombre del centro del orbe para plantarlo firmemente en el abundante e interconectado cosmos de la Naturaleza.

2020 ha sido también el año en el que la humanidad, en constante movimiento como los átomos de Lucrecio, ha dado un estridente frenazo. Quisiéramos tener una economía pujante, que el Producto Interno Bruto aumentara todos los años para que las mercancías, la gente y el comercio estuvieran en continuo movimiento alrededor del mundo. Pero la Naturaleza tiene algo distinto que decirnos. Incluso el más microscópico y simple de todos los seres, un coronavirus con una sola hebra de material genético puede imponer fuertes límites en nuestra vida moderna. De Rerum Natura nos recuerda que estamos íntimamente ligados a la Naturaleza y a sus fuerzas invisibles. Los átomos de nuestros cuerpos no están más vivos que los que respiramos en el aire, en la comida que consumimos o en el suelo sobre el cual estamos parados. Son exactamente el mismo átomo compuesto de carbono, oxígeno, nitrógeno e hidrógeno que existe en un coronavirus.

 

                     A nuestros raciocinios ya volvamos:

estriba, pues, toda naturaleza,

en dos principios: cuerpos y vacío

en donde aquéllos nadan y se mueven:                                560

que existen cuerpos, el común sentido

lo demuestra; principio irresistible

sin el cual la razón abandonada

de errores en errores se perdiera.

Si no existiera, pues, aquel espacio

que llamamos vacío, no estarían

los cuerpos asentados, ni moverse

podrían, como acabo de decirte.

           

                                                   Libro I (Edición de Agustín García Calvo, 1983, Ediciones Cátedra).

 

Átomos y vacío. Para Lucrecio estas son las dos realidades de las que se desprenden las demás. Sin el vacío los átomos no pueden moverse y sin su movimiento no hay cambio. Sin esta incesante oscilación el universo carecería de vida. Tal razonamiento pareciera frío materialismo, pero leer De Rerum Natura es familiarizarse con la maravilla de estar vivo, asombrarse por la fecundidad de la primavera y la escasez del invierno; es entender los incesantes ciclos del amor y la lucha, aceptar con dignidad la muerte a fin promover nueva vida, la cual se reduce a dos simples verdades: átomos y vacío.

 

Lucrecio dulcificó estas crudas afirmaciones al escribir De Rerum Natura no en prosa sino en poesía épica. Aunque permanezca como un poema didáctico sobre la filosofía de los epicúreos, De Rerum Natura reviste en versos fenómenos tales como las sensaciones, el movimiento, los colores, quizás siguiendo el ejemplo estilístico de Homero al exaltar también en versos las duras batallas de Aquiles en la Ilíada. Es que de esta manera el texto «calza», pues en sus seis libros o cantos existe una energía cinética de los seres dinámicos y activos, a decir, los elementos de la Naturaleza. Para Lucrecio sólo el verso heroico era lo suficientemente majestuoso como para describirlos y, de paso, para calmar a lectores antagonistas.

 

                       

                        que cuando intenta el médico a los niños

                        dar el ajenjo ingrato, se prepara

                        untándoles los bordes de la copa

                        con dulce y pura miel, para que pasen

                        sus inocentes labios engañados                                            20

                        el amargado brebaje del ajenjo

                        y la salud les torne aqueste engaño

                        y dé vigor y fuerza al débil cuerpo

                        así yo ahora, pareciendo austera

                        y nueva y repugnante esta doctrina

                        al común de los hombres, exponerte

                        quise nuestro sistema de canciones

                        suaves de las musas, y endulzarle

                        con el rico sabor de poesía:

                        ¡Si por fortuna sujetar pudiera                                              30

                        tu alma de este modo con enlabios

                        armónicos, en tanto que penetras

                        el misterio profundo de las cosas

                        y en tal estudio el ánimo engrandeces!

 

                                                                                                                        Libro IV.

 

De Rerum Natura es un exhaustivo tratado de ciencia y filosofía. El lector encontrará en esta obra los juegos de luz que producen los colores, la atracción sexual, la energía necesaria para vivir, nuestro lugar en el cosmos e incluso temas más ligeros tales como el clima del Mediterráneo. No hay nada que quede fuera o no pueda ser tratado. Aun cuando, comparado con las aventuras de Odiseo los temas pueden parecer prosaicos, tienen la virtud de recordarnos nuestro lugar en la Naturaleza y, por lo tanto, de regresarnos nuevamente a la tierra.

 

Luego de explicarnos el movimiento de los átomos, de cómo se juntan y se apartan, Lucrecio intenta desalojar a la humanidad de su lugar central en el cosmos. No hay nada de cuanto existe que sea exclusivo de la especie humana, y no somos la especie «escogida» por algunos benevolentes dioses. Ocupamos el mismo espacio que todas las otras criaturas y también compartimos nuestros átomos con ellas.      

 

Átomos y vacío lo impregnan todo, incluyendo nuestros cuerpos y almas, dice Lucrecio, pues cuerpo y alma están íntimamente conectados, aunque de diferentes formas, por átomos. Lucrecio no imagina el alma como una fantasmagórica presencia desconectada y superimpuesta a un cuerpo terrenal. No es una entidad supernatural, sino una ligada a la Naturaleza. La teoría atómica de Lucrecio sobre el alma puede parecer extraña a los ojos contemporáneos, pero no presenta ningún problema si las «partículas del alma» se hayan contenidas en las neuronas, la sinapsis del cerebro y el sistema nervioso, los cuales emiten las señales eléctricas que instantáneamente producen las sensaciones de la cabeza a los pies. Para Lucrecio las partículas del alma son las más finas de todas y las que nos constituyen como seres humanos, de ahí que nos dice que debemos ocuparnos tanto del alma como del cuerpo si queremos vivir una existencia feliz.

 

A pesar haber vivido mil setecientos años antes que Descartes, Lucrecio había dado con lo que llamamos «mente» para centrarla como la más importante experiencia humana. Pero al contrario de Descartes, Lucrecio no separa la mente del cuerpo. Al igual que las manos y los pies, la mente se degrada y duele. A pesar de ser una especie de apéndice auxiliar, es tan vital como cualquier órgano mayor. Si equiparamos el concepto de Lucrecio sobre el alma y la mente, comprenderemos que su argumento es que la mente no puede existir sin el cuerpo ni el cuerpo sin ésta. Una y otro perecerían inmediatamente.

 

                       

Voy a enseñarte ahora cuáles sean                                        250

de esta alma los principios, y qué especie

de átomos la componen y la forman.

Primeramente, digo ser compuesta

de unos sutilísimos principios

y muy delgados: convendrás en esto,

si atiendes a la grande ligereza

con la que se decide y obra el alma:

no nos presenta la Naturaleza

más activos los cuerpos; luego debo

esta movilidad extraordinaria                                                260

componerse toda ella de elementos

los más redondos y los más delgados,

que puedan obligarla a que se mueva

al más ligero impulso, pues si el agua

por causa ligerísima se mueve,

tiene átomos volubles y pequeños;

           

                                                                                                                        Libro III.

Muchas de las verdades de Lucrecio inicialmente no nos reconfortan, pero luego de una reflexión a fondo calman nuestras ansiedades. El miedo a lo desconocido desparece al leer De Rerum Natura y la humildad nos sobrecoge. En tiempo y espacio está nuestra existencia constreñida. ¡Qué refrescante ha de haber resultado esta aseveración en el año cincuenta a. C., cuando la República Romana vivía momentos convulsos por refriegas y contrarrevoluciones, y lo que parecía una lucha sin fin! Incluso en nuestros días, con el constante tirón de guerras entre conservadores y progresistas, y la ansiosa expectativa de que éstas en cualquier momento desemboquen en violencia, la filosofía de Lucrecio nos obliga a comprender que podemos sobreponernos a los conflictos humanos.    

En lo personal, me resulta descorazonador descubrir que la Naturaleza impone duros límites en lo que podemos lograr. Puesto que somos átomos y vacío, sólo podemos llevar a cabo ciertas cosas por restringidos periodos de tiempo. A diferencia de las doctrinas religiosas, De Rerum Natura niega la posibilidad de existir por siempre. También niega el poder de los individuos para gobernar indefinidamente. Los tiranos se marchitan y mueren tanto en la esfera pública o en la privada. Este pensamiento en sí nos libera del miedo y coloca a los tiranos a nuestro nivel.

Sólo los átomos son eternos de acuerdo con De Rerum Natura; son infinitos e indestructibles, premisa ésta no tan diferente a la encontrada en las filosofías presocráticas de Leucipo y Demócrito. Lo que vemos se destruye y se regenera, ya que en la escala atómica nada termina. Lo que tiene fin es nuestra existencia, pues está compuesta de átomos, pero éstos deben volar y separarse para mezclarse con otros y así formar nueva vida. Esta sencilla afirmación nos ayuda a estar en paz con nosotros mismos porque niega el eterno tormento de nuestras almas después da la muerte.  

Aunque para Lucrecio los dioses existan, no se interesan por los mortales. Se distancian de ellos, nunca interfieren en los asuntos humanos y son felices. De Rerum Natura es una reprimenda a la intromisión de los dioses encontrada en la Teogonía de Hesíodo y en la Ilíada de Homero. Vergüenza y culpa son poderosísimas armas, pero no son sobrenaturales; ni siquiera son permanentes. De ahí que Lucrecio no necesite del cielo o del infierno para motivar un comportamiento ético. Nuestra propia liberación del miedo a la muerte es suficiente para proponer una verdadera ética. Lucrecio nos alerta que, de caer en el miedo a la muerte, seremos esclavos de aquellos que nos dominan a través de la superstición.

                       

Referidos por todos los poetas,

quizá huirás de mí también tú, Memmio,                              150

juzgándome inventor de sueños vanos

que sin cesar toda tu vida agiten,

y el temor emponzoñe tu ventura.

Y con razón; pues si los hombres viesen

que cierto fin tenían sus desdichas,

en alguna manera se armarían,

resistirían contra el fanatismo

y amenazas terribles de poetas:

pero no hay medio alguno de hacer frente,

porque se han de temer eternas penas                                 160

más allá de la muerte; no sabemos

cuál es del alma la secreta esencia:

 

                                                                                                Libro I.

 

Aquí vemos a Lucrecio como a un antecesor de Spinoza. No debemos hacer de nuestra existencia algo miserable y absurdo sino rechazar el miedo a lo desconocido para vivirla plenamente. Tampoco es necesario forzar a la Naturaleza a que se ajuste a nuestras vicisitudes, sean éstas afortunadas o no. Como dijo Spinoza en el Tratado teológico-político: «De ahí que, el no aplacar con votos y sacrificios a esa divinidad, les parece una impiedad a estos hombres, víctimas de la superstición y contrarios a la religión, los cuales, en consecuencia, forjan ficciones sin fin e interpretan la Naturaleza de formas sorprendentes, cual si toda ella fuera cómplice de su delirio» (Traducción de Atilano Domínguez, Altaya, Madrid 1997).

 

No tenemos que ocupar un lugar especial fuera de la Naturaleza, pues «somos» Naturaleza. No hay necesidad de fuerzas sobrenaturales y tampoco de realidades metafísicas. Lucrecio no explica estas necesidades nuestras más que como herencias de la religión. Pero a la luz de la filosofía de Schopenhauer y de la biología de Darwin, vemos que nuestra arrogancia y nuestro mundo egocéntrico derivan de la voluntad o del deseo de vivir. Sin este deseo no hubiésemos sobrevivido hasta hoy ni luchado contra las otras especies por los recursos que la tierra nos provee.  

 

Schopenhauer reconoce que la voluntad busca dominar, pero a costa de grandes sufrimientos. La arrogancia nos engaña; nos dice que como especie debemos someter al planeta y que nuestras vidas son lo más importante en el universo. Tan indispensable para nosotros resulta la existencia que debemos construir estatuas y monumentos para eternizar el breve paso por la vida. En este particular se equivocaron los humanistas, en cambio los epicúreos como Lucrecio acertaron. La vida es extremadamente efímera y nuestra vanidad no es fuente de placer sino de dolor. Lucrecio se ríe de nuestra arrogancia ya que el tiempo se sobrepone por encima de esas estatuas, incluso sobre las estatuas de los dioses.

 

 

 Así en vez de tener el Sol, la Luna

y estrellas como cuerpos inviolables

debes creer que solo nos alumbran                                       420

siempre por emisiones sucesivas,

que sin cesar se pierde y renuevan.

Por último; ¿no ves triunfar el tiempo

aun de las piedras, y venirse al suelo

altas torres, y a polvo reducirse

los peñascos, hundirse y arruinarse

a pesar de los dioses, sus estatuas;

que la deidad no puede hacer traspasen

los limites prescriptos por el hado,

ni ella misma luchar contra las leyes                                      430

que la Naturaleza ha establecido?

¿No vemos los humanos monumentos

caer desmoronados ciertamente

como si fueran por vejez minados?

  

                                                                                                                        Libro V.

 

En la medida en que meditamos las palabras de Lucrecio, concluimos que el orgullo nos ha influenciado sobremanera al ver a la muerte como una tragedia. No lo es; es sólo el fin de nuestro cuerpo. Como dice el libro de Génesis: «Porque eres polvo y al polvo volverás», la Naturaleza recupera sus átomos. Una que vez que regresan a la tierra y se esparcen nuevamente, se reincorporan a las demás formas de vida.  

En el siglo XIX los científicos Avogadro y Cannizzaro fueron los primeros en plantarse cuántos átomos hay en un gramo de sustancia. Lo que descubrieron todavía nos asombra si consideramos sus verdaderas repercusiones. Hay más átomos en nuestro meñique que estrellas en el universo. El número es tan vasto que escribir todos sus ceros es inimaginable. Para simplificar tal problema lo llamamos el número de Avogadro. Este número nos dice que cuando morimos nos esparcimos de forma inconcebible a través de la Tierra. Hoy eres humano, pero mañana quizá seas un árbol, una rana o una hoja de hierba.

Si regresar a los átomos de Lucrecio nos parece anticlimático y decepcionante es porque nos hemos convertido en una sociedad desensibilizada por el materialismo. Consumimos y tiramos lo que producimos a una velocidad alarmante. También nos deshacemos de las personas tranquilamente al pulsar un botón en Facebook. Bloqueamos y borramos. Podemos, sin embargo, encontrar la felicidad si regresamos a lo básico. Ahí radica la simplicidad de la vida, la que no podemos apreciar en este siglo XXI. En el sigo I a.C. Lucrecio ya había encontrado la salida del ajetreo y el bullicio de Roma para regresar a una «buena» vida. Para ello promovió no la apatía de los estoicos sino la ataraxia de los epicúreos, que nos es la ausencia de pasión sino la imperturbabilidad.

 

 

Revolviendo los vientos las llanuras                                       1

del mar, es deleitable desde tierra

contemplar el trabajo grande de otro;

no porque dé contento y alegría

ver a otro trabajado, mas es grato

considerar los males que no tienes:

suave también es sin riesgo tuyo

mirar grandes ejércitos de guerra

en batalla ordenados por los campos:

pero nada hay más grato que ser dueño                               10

desde los templos excelsos guarnecidos

por el saber tranquilo de los sabios,

desde do puedas distinguir a otros

y ver cómo confusos se extravían

y buscan el camino de la vida;

 

Libro II.

 

Este año reevaluamos lo que significa ser humano en el siglo XXI. Lo acontecido en los últimos meses nos ha forzado a enfrentarnos a nuestro aislamiento y a comprender que hemos construido un mundo abundante en riquezas materiales, pero vacío en cultura y espiritualidad. Hemos intercambiado «felizmente» lo primero por lo segundo puesto que nos engañábamos al pensar que la felicidad derivaba de la última innovación tecnológica del Silicon Valley. Ahora que la ilusión ha desaparecido vemos cuán vacía ha sido esta promesa. La felicidad es esencial para la filosofía de Epicuro en De Rerum Natura y no debe ser evadida. La búsqueda de la felicidad no es una invención de Thomas Jefferson sino una antigua premisa del jardín de Epicuro y sus discípulos. Debemos meditar sobre los verdaderos componentes de la felicidad y no dejar que los dogmas y el consumismo nos dicten cómo vivirla.

2020 pasará a la historia no sólo por la pandemia sino también por el aislamiento. El virus y el encierro son asesinos silenciosos que se anuncian sin violencia. He sentido sus pasos porque en este año en menos de un mes murieron mi madre y mi primo hermano. En respuesta a estas pérdidas me refugié en la familia, los amigos y la filosofía. También construí mi propio jardín como lo hizo Epicuro. Dirigí la mirada hacia la filosofía, pero no de forma superficial o de autoayuda a la manera de los Bestsellers del New York Times. Como Poggio Bracciolini, encontré la filosofía inesperadamente en un antiguo poema épico de siete mil versos. De Rerum Natura me ayudó a transformar la ansiedad asociada a las pérdidas familiares, la pandemia y el turbulento ambiente político de 2020. Para no ser perturbado por los incesantes bombardeos de noticias en diarios y televisión, me recuerdo a mí mismo que sólo somos átomos y vacío, y que esta vida es milagrosa en sí misma.

 

 

Traducción del inglés al español por Roberto Carlos Pérez.

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Efraín Rodríguez Espinoza es catedrático de química y bioquímica en la Universidad de Maryland, College Park. Obtuvo la licenciatura en el Massachusetts Institute of Technology (MIT) y se doctoró por la Universidad de California, en Santa Barbara. Efraín terminó sus investigaciones posdoctorales en el Instituto Nacional de Estándares y Tecnología (NIST) mediante una beca del Consejo Nacional de Investigación. En 2015 recibió el premio CAREER de la Fundación Nacional de Ciencia (NSF) por sus investigaciones sobre el estado sólido. Es miembro de la Junta Directiva del Instituto Americano de Física. Obtuvo la beca Alexander von Humboldt en 2020.