Al recibir el premio Octavio Paz – Discurso de Eugenio Montejo

[Fragmento] 

IV

En los actuales días, si bien aún se pregunta por los poetas y por sus obras, con mayor frecuencia se suele interrogar acerca de la utilidad de la poesía, acaso como uno de los distingos de la era presente, tan inclinada a sospechar de todo cuanto no propenda a un fin material y palpable. Las contestaciones a menudo esgrimen el contrasentido quizá para esquivar la futilidad de la pregunta, cuando no sirven de pretexto para desahogar los ánimos vanidosos. Una especie de respuesta, sin embargo, que es posible invocar desde la hora que vivimos, se concreta en la prueba que les correspondió afrontar a los artistas durante la centuria que concluyera hace apenas un lustro. Entre las lecciones dejadas por ese siglo terrible, una de las más decisivas concierne a los avatares del poeta frente a los regímenes totalitarios. Fue ésta, como sabemos, una prueba dolorosa, muchas veces cruenta, en la que no pocos pagaron con su vida la defensa de la libertad y de la tolerancia. Se sabe que al poeta Ossip Mandelstam lo pierde un poema contra Stalin, un poema que, a decir de Joseph Brodsky, resulta demasiado logrado como para que Stalin no sintiese que le había llegado muy cerca. Asimismo, al leer la obra de Ana Ajmátova, resulta difícil precisar qué asombra más en la genial poeta rusa, si el don verbal que la arrebata y la lleva a escribir poemas como Réquiem, creaciones icónicas de su tiempo, o la inaudita capacidad de sobreponerse a todos los golpes de sus perseguidores.

De igual modo se sabe que en las confrontaciones de la época no faltaron los artistas que defendieron ardorosamente los dogmas ideológicos, algunos con rectificaciones más o menos oportunas, otros con la insistencia empedernida que hasta el final de sus vidas los hizo víctimas de sus credos. Desde nuestra hora, aunque la perspectiva histórica haya despejado la evaluación de las cosas, se hace visible la confusión que propició en muchos espíritus la proximidad de los hechos. Aquello que a una determinada adhesión añade en definitiva el carácter, más que los discernimientos de la inteligencia. De algún modo, las decisiones fundamentales siempre han dependido más del ser que del saber. Sin embargo, más allá de las posturas que son parte de la historia, una lección principal que nos depara la anterior centuria arraiga en el convencimiento de que nunca debe rehuirse la adhesión a la lucidez y a la tolerancia del pensamiento. De acuerdo con el ya citado Joseph Brodsky, en tales circunstancias siempre habrá que partir de un arte denso, pues “constituye una regla el hecho de que, para sobrevivir bajo la presión totalitaria, el arte debe aumentar su densidad en proporción directa a la magnitud de la presión a la que se ve sometido”.

Y es en este dominio de las elecciones vitales donde Octavio Paz legó también otra de sus lecciones más perdurables. El poeta devoto de la renovación lírica de su lengua, el perspicaz y penetrante ensayista, fue también el pensador de la polis, el mismo que desafió denuestos e incomprensiones al reafirmar su lucha contra el dogmatismo fanático, cualquiera fuese el disfraz de su prédica. Diré más: de nuestros maestros literarios, de nuestros faros, para usar la metáfora baudelaireana, ¿no fue acaso Paz quien con mayor ahínco invocó en nuestro continente la necesidad de la puntualización crítica frente a las obcecaciones ideológicas? Recuerdo cómo José Bianco, otro maestro querido, mientras blandía una vez en sus manos un mazo de cartas manuscritas de Paz, me confirmaba una tarde en Buenos Aires la clarividencia del poeta mexicano que a él mismo le había servido para orientarse en su momento.

 

V

En el umbral de este milenio las nuevas señales de la poesía no difieren mucho de las que resumió nuestro poeta en sus iluminantes ensayos. Se la tiene por el mismo arte minoritario, a la vez indispensable y secreto, cuya extinción se suele anunciar de tanto en tanto, sólo para convenir en que su condición periférica en los actuales tiempos apenas si delata la carencia de un sentido artístico más hondo por parte de la sociedad contemporánea. Digamos también que al menos se espera de ella, con la integridad con que lo ha reiterado Rafael Cadenas, que pueda hacernos “más vivo el vivir”. Monológica, oculta, la voz del poema elude nuestros días las formas estridentes porque encarna el lenguaje esencial de la intimidad, el lenguaje con que a solas nos hablamos a nosotros mismos y hablamos a los seres y cosas que más nos atañen; la parte del lenguaje, en fin, que por sí misma es refractaria a cualquier indicio de mentira. Inmodificable pese al fundamentalismo del dinero que prevalece en la actual época, parece recordarnos con palabras de Herbert Read, que “el dinero puede comprar casi todo menos la verdad, y a casi todos menos al poeta poseído por la verdad”.

Hemos hablado de la poesía, pero ¿qué idea nos hacemos del poeta en los días actuales? ¿Cuál misión se le supone tácitamente encomendada? “Siempre creí profundamente -afirmó el poeta brasileño Cassiano Ricardo- en la enorme tarea que corresponde al poeta en nuestro tiempo. Forma de gnosis, de autocrítica o introspección para que el poeta se conozca a sí mismo, la poesía ejerce, simultáneamente, una decisiva función pacificadora frente al desespero lúcido de la preguerra atómica”. Y define al poeta como Un hombre/ que crea el poema/ con el sudor de su frente. Más canónica y en buena parte vigente desde finales del siglo XIX es la conocida definición de Stephane Mallarmé, para quien el poeta es aquel capaz de purificar las palabras de la tribu, de devolver las palabras a su estado de pureza genérica. Podríamos citar varias otras, pero me gustaría recordar, entre las más sugestivas, sólo una más que, por cierto, cuenta con el prestigio de provenir de la era prehispánica, puesto que se debe a los nahuas. Para ellos, que veneraban las formas de expresión noble y cuidadosa, según afirma Miguel León Portilla, el poeta o narrador, el tlaquetzqui, es “aquel que al hablar hace ponerse de pie a las cosas”. ¿Debemos ir a buscar otra definición del poeta en abstrusas bibliotecas, en culturas remotas, si disponemos de ésta que nos resulta tan entrañable? En todo caso, la antigua noción de magia verbal, tan cercana a esta definición, que ha logrado sobrevivir al asedio racionalista, viene a recordarnos que la escritura de un texto lírico nace acompañada de una porción de enigma inseparable de la voz que la recorre.

VI

Con el nuevo milenio que despunta, sin embargo, se acentúan otros signos perturbadores que atañen en mucho a la vida y, por ende, a la poesía y al arte de nuestro tiempo. Me refiero, entre otros, al peligro mayor de una devastación nuclear, como una amenaza que otras generaciones desconocieron al menos en la magnitud con que hoy ésta nos concierne. Puesto que la poesía lleva implícita la defensa de la vida, y la vida no se deja definir sino en términos de esperanza, la amenaza apocalíptica es un extraño sol negro, frente al cual hemos de escribir en el siglo que ha comenzado, un siglo, como pocos, difícil de atravesar en la historia de la humanidad.

No trato de decir que el artista haya de imponerse como tema el sombrío referente atómico, pues es sabido que en el arte las determinaciones voluntarias casi siempre pueden poco. La noción apocalíptica, no obstante, forma parte de la vida en este nuevo siglo en una proporción desconocida por las generaciones de otras edades. De existir una determinada entonación que distinga a esta era que vivimos, en las distintas lenguas debería de escucharse una cierta sintonía en los tonemas que reflejan el peligro. El hecho de que nada sepamos del futuro, salvo que debemos crearlo entre todos, aumenta la responsabilidad del artista. Su adhesión ética ha de estar del lado de la civilizada tolerancia y de parte del desarme tanto por fuera como por dentro del hombre. 

1⁰ de agosto de 2005