© 2019 by ÁGRAFOS
 

  • Twitter Clean

Follow us on Twitter

​Follow us on facebook

  • w-facebook

Breve semblanza biográfica de Davey Yarborough,
mentor de la juventud

 

Por Roberto Carlos Pérez

Si eligiéramos un pasatiempo para combatir el aburrimiento y las aflicciones de la vida, la música sería el primero. Hace casi dos millones de años se le escuchó al Homo Ergaster, la puntera especie humana, el latido del corazón, y con él, la música. Con el corazón nació el ritmo, la primera manifestación musical, lo natural, lo que viene con el hombre. La melodía, su contraparte, surgió luego de siglos de avances tecnológicos, entre ellos el invento y desarrollo de los instrumentos.

Sin embargo, el mejor pasatiempo es también el más despreciado cuando llega a convertirse en profesión. El niño con habilidades musicales es capaz de acaparar todos los halagos. Por el contrario, el músico profesional es visto con ojos de misericordia puesto que nadie se explica cómo puede de subsistir en un mundo brutal en el que su destino es vivir como mendicante, al menos que se convierta en una celebridad de la música pop.

Los padres quieren a un hijo doctor, abogado o ingeniero. Ansían ver convertida en realidad la idea del winner, el hombre exitoso de acuerdo con los parámetros impuestos por la sociedad, que mide el éxito según los bienes materiales que éste posee.

Decía Beethoven al momento de sentarse a componer: «Divino Creador, tú que puedes mirar en lo más profundo de mi alma, sabes que allí vive el amor hacia el hombre y el deseo de hacer el bien».

La música no sólo moldea vidas, ensancha el cerebro y agranda el corazón, sino que es capaz de producir los más nobles sentimientos. Shakespeare afirmaba que había que sospechar de aquellos que no aman la música, porque albergan los más perversos sentimientos.

La sentencia de Shakespeare parece estrellarse en la figura del gran músico y maestro de generaciones, Davey Yarborough (1953). En él se conjugan la habilidad de cautivar a audiencias alrededor del mundo a través del Jazz, su pasión, y su amor por la enseñanza. Cuarenta años moldeando vidas mediante la música lo han convertido en punto de referencia en las humanitas que, con la retórica, la filosofía, las ciencias y la gramática, también incluyen la música.  

Davey Yarborough es la gran refutación de que la música es sólo esparcimiento, entretenimiento y diversión. Desde 1978, cuando era estudiante de música en la Universidad del Distrito de Columbia (UDC), se ha dedicado a ofrecer conciertos con reconocidos músicos como Billy Taylor, Wynton Marsalis, Dizzy Gillespie, Clark Terry y Benny Carter, entre otros, y también a la difícil tarea de brindarle la mano a la juventud de Washington, DC, ciudad que, entre los años setentas y ochentas del siglo pasado, fue una de las más peligrosas del mundo.

El joven músico que había sido guiado por grandes mentores como Arthur Dawkins, Frank Wess y Sonny Stitt, figuras icónicas del Jazz, se convirtió él mismo en mentor de aquellos adolescentes cuyo futuro no era amable.

Con la férrea disciplina aprendida de sus maestros, y su etérea e imponente figura, les dio a los jóvenes de Washington, DC la salida a la tristeza y el peligro mediante la música. Entre sus más notables estudiantes se encuentran Antoine Roney, Bryan Settles, Donvonte McCoy, Ameen Saleem y Herbert Scott, entre otros, cuya huella en la música, especialmente en el Jazz, es hoy notable.

Su método de enseñanza, que se desenvuelve entre la disciplina y el rigor, no sólo ha producido grandes músicos sino grandes profesionales entre los que se cuentan abogados, doctores, ingenieros, maestros, corredores de la bolsa, etcétera, porque la música, a decir de Davey Yarborough, no se enseña necesariamente para crear músicos sino para hacer de cualquier persona el mejor profesional posible. Para él, la disciplina lo es todo.

Davey Yarborough nació en la ciudad de Washington, DC. Saxofonista y flautista, es máster en música por Howard University. Ha sido profesor titular y jefe del Departamento de Música en Duke Ellington School of the Arts. Es cofundador y director artístico del Washington Jazz Arts Institute y entre sus premios se cuentan el Premio Downbeat Achievement Award Para la Educación en el Jazz. Fue incorporado en el Salón de la Fama de la misma revista y también fue finalista para el Premio Grammy como Maestro del Año.

En Davey Yarborough y en la música, la atribulada juventud de Washington, DC, encontró dónde depositar sus ansias, sus miedos e inquietudes.

 

***

           

Se dice que detrás de un gran músico hay un gran maestro. Háblenos de su formación en la música…

 

Existen muchos maestros y mentores que han tenido, y siguen tendiendo, un papel fundamental al guiarme en esta aventura en el mundo de la educación musical. Los dos más influyentes serían el doctor Arthur C. Dawkins y el doctor Robert N. Felder. Ellos fueron mis profesores y consejeros durante mis años en la universidad. Cuando era estudiante universitario jamás pensé dedicarme a la enseñanza. El ejemplo que ellos me inculcaron y su interés en mi desarrollo artístico me hicieron darme cuenta de la importancia de invertir tiempo y talento en la comunidad que me vio nacer. Creo que mi carrera es el resultado de una intervención divina, y el doctor Dawkins y el doctor Felder son los ángeles que me guiaron. Ellos tuvieron la intuición de preguntarme qué esperaba de la vida y vieron la mejor forma de alcanzar mis metas. Me enseñaron eso y mucho más. No sólo me educaron, también me llevaron de la mano para ser testigo de sus vidas profesionales más allá del aula y me ofrecieron trabajo dando conciertos con ellos. Siento que fui bendecido porque hablo con muchas personas que no tuvieron este privilegio. No me fue difícil querer ser como ellos.

 

A pesar de haber sido educado en música clásica, se inclinó por el Jazz en tiempos en que este género no gozaba del prestigio internacional del que ahora goza (excepto en las figuras de Duke Ellnigton, Count Basie, Louis Armstrong, etcétera). ¿Cómo fueron esos años como aprendiz de músico en que trataba de decir, a través del saxofón y la flauta, que el Jazz era un género musical que merecía respeto?

No pensé mucho en el papel del Jazz antes de mi penúltimo y último año de secundaria. Los libros de teoría e historia de la música no hablaban mucho sobre este género, excepto cuando hacían mención de algunos artistas como Louis Armstrong, Jelly Roll Morton, Scott Joplin, W.C. Handy, etc. Incluso estos músicos aparecían al final del capítulo de un libro. Muchas veces ni siquiera llegábamos a terminar ese libro en clases. Fue a través de conciertos en vivo que le presté atención al Jazz, aunque debo decir que de niño lo había escuchado. Mis padres tenían un equipo de sonido y una colección de discos de música clásica, música pop y Jazz. Yo escuchaba esos discos mientras ellos trabajaban. Me habían dicho que no tocara el equipo de sonido sin su permiso. Me metía en problemas porque olvidaba apagarlo antes de que regresaran del trabajo. Tocaba los discos de la tía Josefina mientras ella estudiaba en la universidad hasta que ella me regaló el disco «Sounds in Space». Este era una de las primeras grabaciones estereofónicas que produjo el sello RCA Victor. El disco contenía diversos géneros y a él le atribuyo mi amor por todos los géneros en la música hasta el día de hoy. Cuando estudiaba en la universidad y había empezado mi entrenamiento formal en la música, me di cuenta que la sociedad trababa los géneros musicales de manera diferente. Comencé a escuchar palabras como «legítimo» e «ilegítimo», «serio» y «falso».

 

Me habían dicho que no podía estudiar el saxofón porque no era un instrumento «legítimo» de orquesta. Para entonces no había carrera de Jazz, pero yo no fui a la universidad para ser un músico clásico ni jazzista. Sólo quería ser músico. En la secundaria toqué mucho Rhythm and Blues y recuerdo haber escuchado mi primer concierto en vivo de una orquesta de Jazz. Mi maestro de secundaria, el Dr. Robert N. Felder me preguntó si me había gustado lo que había escuchado lo suficiente como para ir a estudiar al Federal City College. Le dije que sí. Me ofrecieron una beca completa y esto convenció a mis padres de dejarme estudiar música. Fue en esta institución donde descubrí que el Jazz era la mayor contribución afroamericanaa la música. Aunque estudiaba la flauta y la mayor parte de mi repertorio provenía de la música clásica, me permitieron ser parte de la orquesta de Jazz como flautista y saxofonista. Mi maestro de flauta, Arthur C. Dawkins se aseguró de mostrarme muchas formas y estilos musicales. El Dr. Dawkins era, y lo sigue siendo, un gigante que tocó, grabó, enseñó y contrató a muchos músicos. El me enviaba a conciertos para observar y luego tocar. Quizás porque soy afroamericano me interesa investigar, documentar y promover el Jazz. Responsabilizo a todos los que no promuevan nuestra herencia. Intuyo un déficit en la enseñanza del Jazz y soy el primer en admitirlo y en tratar de llenar el vacío.

 

Siendo usted mentor y maestro con una influencia directa en al menos tres generaciones de estudiantes que ahora son exitosos concertistas y maestros, tuvo la suerte de tener a otros mentores en su formación musical. En la educación contemporánea la figura del mentor ha desaparecido. Esto representa un reto porque a los maestros ya no los mueve una pasión o la necesidad de transformar vidas. ¿Qué opina sobre esto?

 

Cuando hablamos de maestros de música en el sistema educativo público, puedo dar fe de que siempre ha existido una mezcla entre los que tienen aptitud de mentores y los que ven la educación como un trabajo. A menudo converso con antiguos estudiantes que luego de salir de la universidad regresan a mí diciendo que sienten que su ambiente escolarrequiere la figura de un mentor. Entonces me piden que vaya a sus escuelas a ofrecer talleres o charlas. Hay estudiantes que encuentran la figura del mentor fuera de la escuela o del campus universitario. Aunque ser un gran mentor es un valor para cualquier institución, no creo que para la sociedad contemporánea sea un requisito al momento de contratar a maestros. Tenemos un verdadero problema y este consiste en salarios inadecuados y la falta de recursos que ahuyentan a los mejores candidatos y que a su vez dañan a los que ya están contratados. Uno puede argüir que los salarios más altos atraen a los que están en la profesión por dinero. Pero pienso que los que no están por la labor de enseñar no durarán mucho tiempo, no importa lo que les paguen. Me gustaría comprender la estrategia de la educación en los Estados Unidos, tan de cara a lineamientos «compulsivos». Sería beneficioso proveer la mejor educación a todos nuestros ciudadanos para producir mejores logros en nuestro país. Dicho esto, nada puede doblegar a un buen mentor.