Cocibolca o el Gran Lago: una ecología del espíritu 

Por Roberto Carlos Pérez y Amelia Mondragón

Profecía del Alfaquí a los nicaraguas:

                                                                                               

 

                                                                                                                          «Vosotros poblaréis de una Mar dulce;

                                                                                                                           que tiene á vista una Isla,

                                                                                                                          en la cual ai dos Sierras altas...»

 

                                                                                                                                                    F. Juan de Torquemada

                                                                                                               

                                                                                                                      «Monarchía Indiana». Libro III. Cap. XL.

1. El lago se puebla

 

El 20 de febrero de 1849 el bergantín Mary de la compañía naviera Gordon’s Line de los Estados Unidos zarpó de Nueva York rumbo a San Juan del Norte en Nicaragua, más conocido como Greytown por los ingleses. Poco menos que un pueblo, San Juan del Norte era un codiciado caserío. De cara al Océano Atlántico, su puerto entregaba a Inglaterra materias primas y metales preciosos extraídos de la franja centroamericana.

 

El barco de la Gordon’s Line que ese año inauguraba la ruta Nueva York-San Juan llevaba ciento treinta ciudadanos estadounidenses que una vez llegados a su destino, intentarían remontar el río San Juan hacia adentro, en bongos, hasta otro puerto llamado San Carlos, y de ahí a la ya entonces hermosa ciudad de Granada, donde seguramente tendrían que descansar varios días, exhaustos por el largo recorrido, el calor y las improntas surgidas en contacto con gentes extrañas, de diversas razas y culturas.

Una vez recuperados, a lomo de mula se trasladarían a El Realejo, el más importante puerto nicaragüense del Pacífico. Seguramente allí, otro buque propiedad de la Gordon’s Line o contratado por ella los conduciría a su destino final: San Francisco.

En 1849, gracias al extraordinario número de estadounidenses que aspiraba a asentarse en California, el Mary intentaba hacer realidad aquello que ingleses y norteamericanos habían soñado durante largo tiempo: la creación de una ruta permanente que permitiera a simples ciudadanos, pasajeros comunes que nada tenían que ver con el comercio o la política internacionales, circular rápida y libremente entre el Atlántico y el Pacífico.

A pesar de su corta extensión, el San Juan tuvo para muchos norteamericanos del siglo XIX una magia similar a la del Mississippi, el inmenso río que le había dado a los Estados Unidos la columna vertebral de su prosperidad al conectar las zonas industriales del noreste con las grandes plantaciones del Sur.

 

También el bergantín de la Gordon’s Line unía dos mundos: el de las escarpadas tierras del área de San Francisco, cuyos arroyos dejaban preciosos sedimentos auríferos, y el de los aventureros de la costa Este, impacientes por hacer fortuna. Porque aun cuando los viajeros que llegaban a San Juan eran ciudadanos comunes, aspiraban en su gran mayoría a cribar el oro californiano. Y los menos, a proveer toda índole de servicios a tan determinada población de improvisados trabajadores.

 

Seguramente los pasajeros del Mary no repararon en el Río San Juan ni en el pueblo que llevaba su nombre. Quizás tampoco en los barqueros locales, que habrían de conducirlos, sanos y salvos, hasta más allá del río. Poseídos como estaban por la fiebre del oro, no se asombraron cuando la barca abandonó el pasadizo fluvial del San Juan para anclar en San Carlos. Al seguir rumbo a Granada, ya familiarizados con la exuberante vegetación tropical, tampoco le prestaron mucha atención a la magnífica pradera acuática de 8,624 kilómetros cuadrados que el bongo se disponía a cruzar: era el Gran Lago de Nicaragua.

 

Nadie contempló detenidamente la majestuosa belleza del lago, la extraordinaria cantidad de aves que lo poblaban y las islas esparcidas como esmeraldas sobre el gris plomizo del agua.

 

Cuatro meses más tarde un arqueólogo estadounidense llamado Ephraim George Squier (1821-1888) llegó a Nicaragua. Su misión no tenía nada que ver con la inmensa riqueza arqueológica del lago, sino con los intereses comerciales de los Estados Unidos en el área centroamericana.

 

En un buque más modesto, el pequeño bergantín Francis, Squier también había salido de Nueva York con destino a San Juan del Norte. Tal como hicieron los pasajeros del Mary, alquiló los servicios de un remero para viajar por el pequeño río y cruzar el Gran Lago. Nunca sabremos qué pensó realmente Squier cuando contempló sus aguas y su extraordinaria fauna, la isla de Ometepe que, ubicada en el centro de la masa lacustre, fue circunvalada por el bongo.

 

Quizás tampoco lleguemos a saber con cuánto celo cumplió la misión que su país le había encomendado, ni cuáles eran las ocultas instrucciones o los detalles más delicados de dicha encomienda. Pero sí podemos decir que al arqueólogo estadounidense no le tomó mucho tiempo prendarse del lago y de las ciudades y pueblos que se habían desarrollado a su alrededor. El suyo fue un amor discreto, oculto tras la inteligencia utilitarista que su patria le había enseñado a usar y con la que debía rendir informe al gobierno de los Estados Unidos.  

 

Squier escribió el informe con la mira puesta en el futuro canal interoceánico que habría de pasar por Nicaragua. Su lenguaje y razonamientos eran impecables, tal como correspondía a las exigencias del cargo público que lo justificaba, pero el amor, mucho más excéntrico que la burocracia, multiplicó el número de páginas. Fueron más de quinientas y el informe dejó de ser tal para convertirse en un libro de viajes y exploraciones: Nicaragua, sus gentes y paisajes.

 

Este libro es la primera aproximación moderna a la sociedad y geografía nicaragüenses. Su perspectiva carece del cándido asombro y la profundidad filosófica que su contemporáneo Charles Darwin (1809 - 1882) había mostrado ante el paisaje suramericano. Sin embargo, aún con sus debilidades, el libro de Squier es la mayor o quizás la única ganancia de todas cuantas el sueño del canal interoceánico había producido hasta entonces en Nicaragua.

 

Antes de Squier otros hombres llegaron al Gran Lago para reinventarlo con su mirada: Hernando de Soto (1496–1542), el primer español en divisar sus aguas, vislumbró en el lago la ruta perfecta para llegar a China o a la Ciudad del Cielo descrita en los mapas de Marco Polo.

 

William Walker (1824 - 1860) llegó a Nicaragua y huyó por él hacia el Atlántico, no sin antes incendiar la ciudad de Granada y después de haber sido derrotado por las tropas nacionales. Así como otros piratas se empeñaban en tener islas por reino, Walker quiso forjar un reino lacustre guarnecido de la misma depredación que él infería.

 

Mark Twain (1835 - 1910), el célebre autor de Huckleberry Finn, no conforme con las maravillosas aventuras que el río Mississippi le había deparado, navegó por el lago atravesándolo de forma contraria a los fortyniners o buscadores de oro. Con el corazón ya marcado por los ríos, el humorista y también expiloto de barcos escribió algunas de sus impresiones, hasta la fecha inéditas, bajo el título «From San Francisco to New York by way of San Juan and Greytown», («De San Francisco a Nueva York a través del río San Juan»).

 

Hombres célebres y no tan célebres, conquistadores y exploradores, piratas, comerciantes y traficantes, aventureros, colonizadores y oficiales gubernamentales vieron arrimar a las orillas del lago las embarcaciones en las que viajaban. Algunos se llevaron un pedazo de su imagen en la mirada, otros fueron sorprendidos por la tenaz resistencia de quienes habitaban sus alrededores, y muchísimos más, como los pasajeros del bergantín Mary, lo ignoraron

 

Los conquistadores le dieron un nombre meramente descriptivo: Mar Dulce, tal vez sospechando que en sus orígenes, hace un millón de años, antes de una poderosísima erupción volcánica que lo separó del Océano Pacífico, sus aguas eran saladas y el lago no era tal, sino un entrante, una inmensa concha parecida al Lago de Maracaibo en Venezuela.

 

Después, quizás a finales del siglo XVII, cuando las continuas exploraciones del continente americano habían arrojado mapas muy precisos, se le bautizó como Gran Lago, un nombre ambiguo aunque comparativo puesto que, efectivamente, es el vigésimo primero del mundo después del lago Titicaca, situado entre Bolivia y Perú.

 

El único nombre misterioso –y quizás el más equívoco que ha tenido– es Cocibolca, una voz náhuatl cuya traducción, «hogar de la serpiente» o «lugar donde mora la serpiente» indica que existe alguien cuya identidad está afincada en el lago. Y ese alguien, la serpiente, es nada menos que un dios, el más grande de cuantos nacieron entre las etnias que hablaban el náhuatl. Quetzalcóatl o la serpiente emplumada es el dios humilde, industrioso y valiente que, como Jesucristo, acabó sacrificándose para que los hombres vivieran.

 

La ironía histórica y lingüística del término Cocibolca empezó en la Conquista y todavía no ha terminado. Desde el siglo XVI, a pesar del asombroso escenario que ofrecía a quienes eran lo suficientemente lúcidos como para prestar atención, el lago siempre ha sido línea de fuga, posta, puente o simple vaso comunicante. En ningún caso, el hogar del dios, la morada sagrada, el lugar que nos imanta y sostiene, transformándonos en un solo espíritu sedentario y sereno, aquietada ya para siempre la fibra tránsfuga y ambiciosa de nuestros corazones.  

 

Nunca volveremos al Cocibolca, incluso ahora que ya no partimos y nos hemos afincado en las tierras del Gran Lago. Ahora menos que nunca, porque aún siendo nosotros una mezcla de colonizadores europeos y habitantes autóctonos, seguimos mirando al lago como si estuviéramos a punto de partir. Para nosotros sigue siendo el Gran Lago, el que se ve desde afuera y desde afuera se lo compara con los miles de lagos que existen en el mundo.  

 

Nos hemos quedado afincados en él, pero nuestro sedentarismo es una ecuación que cambia constantemente sus incógnitas. A medida que pasa el tiempo, nuestra presencia ha forzado al lago a expeler de sí todo cuanto constituía el antiguo hogar, vigilado por un dios que obviamente ya no existe o ha dejado de residir en sus aguas.

2. El lago se despuebla


 
                                                                                                           
                                                                                           «En verano

                                                                                                                          tu atarraya y tu anzuelo:
                                                                                                                          llenarás el bote de mojarras
                                                                                                                          guapotes y guabinas: En verano
                                                                                                                          el agua estará en su reino».

 


     
Pablo Antonio Cuadra: Cantos de Cifar y del Mar Dulce (1969)

 
 
Pongamos, por ejemplo, el caso de los tiburones de agua dulce, únicos en el mundo. Hablar del lago es hablar de sus tiburones. El nombre científico es Carcharinus nicaragüenses. Dada su asombrosa similitud con el tiburón toro –el más peligroso del mundo– los científicos todavía se preguntan si verdaderamente existe una especie particularizada en el lago o si, por el contrario, se trata de advenedizos toros que han conseguido saltar los rápidos del Río San Juan para fijar morada definitiva en el Cocibolca.


En la década de los setentas, la dinastía de los Somoza negoció con una industria japonesa la comercialización de las aletas de estos tiburones. Los japoneses levantaron un edificio en las cercanías del Río San Juan para exportarlas a China, Taiwán, Hong Kong y Singapur. Fueron miles los tiburones que sufrieron un trágico destino. En 1974, un estudio del Instituto de Fomento Nacional afirmaba que durante el año 1968, en el lapso de dos semanas, cincuenta tiburones habían sido capturados con fines gastronómicos y afrodisíacos.


Los últimos avistamientos del tiburón nicaragüense acontecieron nada menos que en el año 2000 y luego, dos décadas después, en 2020. En El Nuevo Diario un artículo fechado el 23 de enero del 2008 afirmó que «si bien no están extintos, la cantidad es tan baja que difícilmente se puede ver alguno», mientras que el científico Jaime Incer Barquero dijo el 13 de febrero de 2020 para La Prensa de Nicaragua que «para que se recupere la misma cantidad de tiburones que había en la década de los cincuenta van a pasar muchos años, y dependerá de la calidad del agua del lago Cocibolca». En la época en que se comercializaba la aleta de tiburón también se atesoraba su hígado, lleno de vitamina «A». Sin embargo, su precio se vino abajo cuando se logró sintetizar dicha vitamina.


El pez sierra es otro de los habitantes del lago en vías de desaparición. En el citado estudio del Instituto de Fomento Nacional se decía que:

 

En el presente existen dos compañías pesqueras que están explotando el pez sierra y cuya producción anual se eleva a cerca de 500, 000 libras (2.0 millones de lbs. de pescado entero; considerando un 25 0/0 de rendimiento de carne por animal). Esta cifra significa una explotación anual de 10, 000 individuos, entre grandes y pequeños, con un peso promedio unitario de 200 libras.

 

El estudio afirma que la población de peces sierra que habita en el lago «no es lo suficientemente grande como para soportar durante más tiempo esa captura anual. También se ha encontrado que los ejemplares de pez sierra de menos de 2.5 metros son sexualmente inmaduros. Su período de gestación es de seis meses, entre junio y noviembre. Por lo tanto, se cree conveniente establecer una veda dentro de ese lapso».


Hasta el momento no ha aparecido un nuevo artículo que documente cifras sobre la población actual de peces sierra en el lago. Otras especies que navegan en sus aguas son el sábalo real, el gaspar, el róbalo, el tarpón y el guapote. El guapote es un tipo de mojarra que tanto los nicaragüenses como los peces de mayor medida consideran indispensable en su dieta. Hábiles depredadores, tienen las escamas bellamente coloreadas y es, de todos los peces del lago, el que menor daño ha sufrido por el embate de los humanos. No obstante, sería ilusorio pensar que esta especie se encuentra completamente a salvo, pues en los últimos años sólo se le ha podido pescar en aguas profundas.


Se ha especulado muchísimo sobre la futura desaparición del guapote. Desde que se fomentó en el lago la crianza de tilapias, un pez de origen africano, existe el temor de que el guapote desaparezca. En Centroamérica las granjas de tilapia empezaron a crearse en 1960. Se trata de una industria millonaria que vende casi toda su producción a los Estados Unidos y a China, los países que más tilapia importan en el mundo.


Dado que es un pez con gran capacidad de adaptación y resistencia a las enfermedades, la tilapia se reproduce rápidamente, aún en confinamiento. Puede vivir en agua salada y dulce y digerir todo tipo de alimentos. Por lo tanto, su crianza suele resultar en sobrepoblación, por lo que los países productores han tratado de incubar –con gran éxito– tilapias de un solo sexo: machos. De acuerdo con el Centro Para la Investigación de Recursos Acuáticos de
Nicaragua (CPIRAN), «las jaulas de tilapias se idearon y diseñaron para usarse en 6 estanques, no en aguas naturales. Las tilapias son muy parecidas a las ratas en su gran capacidad de adaptarse, resistir, y aprovechar lo que encuentran a mano para alimentarse, por ello resultan peligrosas para el equilibro de ecosistemas naturales. La tragedia que causan las ratas en el campo equivale a lo que hacen las tilapias en las aguas naturales».


Según Jaime Incer Barquero las tilapias circulan libres por el lago desde 1982, cuando el huracán «Aletta» consiguió rebasar el río Malacatoya, donde ya existían sembradillos de huevos de tilapias fugitivas que a su vez invadieron las aguas del lago. 

 

El CPIRAN añade que la desaparición de peces nativos de Nicaragua, tales como el guapote lagunero no ocurre porque las agresivas tilapias devoren a los guapotes, sino porque son mucho más eficientes encontrando comida en un lago pobre. El caso es que la tilapia es increíblemente vital: tiene pocos rivales compitiendo por espacio y alimento.


En 2001, el Departamento de Incidencia Ambiental del Centro Humboldt sostuvo que si seguíamos criando tilapias a gran escala, el lago podría quedar completamente infectado en un lapso de diez años, los cuales han transcurrido. La enorme cantidad de materia fecal que estos peces producen es suficiente como para que el lago agote su capacidad de purificarse de manera natural.


Más allá del problema que supone la industria de las tilapias, nadie puede negar en estos momentos la alta contaminación de las aguas del lago y las del Río San Juan, el desaguadero natural del lago. Si los nicaragüenses contaminamos el río a través del lago, Costa Rica, que lo reclama como propio, ha intentando desviar su curso y derramando en él desechos químicos.


El ingeniero civil, hidráulico y ambiental Carlos Laínez ha asegurado que el río, a raíz de los continuos dragados, hoy va «sin dirección, imposibilitado de mantener su curso por el arrastre de sedimentos que, provenientes en gran parte del territorio tico, se han depositado en un largo trecho de su desembocadura y ocasionan el desvío, tanto de los caudales propios como los provenientes de las cuencas de los lagos Cocibolca y Xolotlán, a un promedio de 350 metros cúbicos por segundo». 


Los costarricenses son culpables por degradar el ecosistema del Río San Juan. Nosotros, los nicaragüenses, también. Todos los días, treinta y dos municipios nicaragüenses vierten enormes cantidades de residuos en el lago y el río. A ellos se les une la acelerada deforestación y erosión del suelo causada por la agricultura y la ganadería. Los desechos agropecuarios y los nutrientes que se utilizan contaminan grandemente la cuenca del lago.  

 

Hay más. La creciente urbanización y el desarrollo industrial de Granada han producido gran cantidad de desperdicios y desechos tóxicos que terminan depositados en las costas del lago. Los alcantarillados granadinos sólo pueden absorber un treinta por ciento de desechos. El setenta por ciento de las aguas negras de la ciudad circula por calles y arroyos. Estos últimos reciben a su vez entre seis y siete toneladas de basura al día.


Un análisis hecho por el CPIRAN descubrió que en cada cien mililitros de agua extraída del lago habitan dieciséis millones de bacterias fecales. Según los expertos, la contaminación del lago aumentó dramáticamente con el azote del huracán «Mitch» en 1998, pues el desborde del lago Xolotlán, al cual llegan diariamente más de un millón de libras de excrementos humanos, hizo que sus aguas se filtraran por el Río Tipitapa, que a su vez las envió al Gran Lago.

 

 

3. El vacío

 

Mucho después de que el arqueólogo Ephraim George Squier utilizara más de quinientas páginas para darnos a entender su inconfeso amor por la tierra y las aguas nicaragüenses, le tocó el turno a Pablo Antonio Cuadra (1912 - 2002). Siendo granadino y poeta, no tuvo mayores dificultades en hacerlo, máxime cuando había crecido en un momento histórico en el que los escritores nicaragüenses optaban por transcribir y valorar las formas de vida autóctonas del país.

 

En 1969, mientras la caza del tiburón y la industria de la tilapia se disponían a marchar a toda vela, Cuadra publicó uno de sus más conocidos poemarios: Cantos de Cifar y del Mar Dulce. Como el nombre lo indica, los «cantos» o poemas congregan a una gran cantidad de voces. La más distintiva es la de Cifar, un pescador joven, hábil y fuerte, totalmente compenetrado con el lago y su gente.   

 

La idea que preside los «cantos» fue extraordinariamente singular y perspicaz. Nunca se había intentado en la poesía de lengua española y sólo años más tarde el escritor Álvaro Mutis (1923 - 2013) decidió retomar la idea, con considerables variantes, a través de Maqroll el gaviero (1986).

 

En los «cantos» Cuadra utiliza el lago, el Gran Lago, el Mar Dulce o Cocibolca como un espacio simbólico altamente determinado por el oficio de la pesca, pero vago en cuanto a señalar la temporalidad y ofrecer un perfil concreto de las voces que «cantan» o hablan. Dicho de otro modo, ignoramos cuándo acontecen las acciones referidas en los poemas y la mayoría de sus voces –con la excepción de las de Cifar y el Maestro de Tarca– surgen en anonimato; son voces colectivas, tan propias del lago como su fauna y flora.

  

El lago de Cuadra no es un mero objeto, sino un centro carismático, una mandala cuyo equilibrio sólo se logra en la medida en que los seres humanos –los nicaragüenses– invierten esfuerzo y/o trabajo.

 

El lago no es sólo el hogar del dios, sino de todos. No es un simple espacio, sino un espacio que nos construye, nos hace ser lo que somos. No es el hogar de ayer ni el de mañana, sino el que existe por encima o más allá de las determinaciones temporales. Finalmente su héroe no realiza hazañas fantásticas ni tiene ambiciones desmedidas. Como un trabajador sencillo y como buen pescador, conoce todos los recodos del lago y entiende el lenguaje de sus aguas y de la brisa.

 

Cuadra no pudo llegar a imaginar lo que la ciencia y la técnica nos ha descubierto: al paso que vamos, el lago morirá.

 

Si decidimos explotar sus recursos hasta convertirlo en el Gran Vertedero de Hispanoamérica –el primero o el segundo, o quizás, para nuestro orgullo, el vigésimo primero del mundo– tendremos que huir de sus aguas pestilentes, volvernos exploradores o emigrantes, y asentarnos en otros espacios con otros climas, otras vegetaciones y otras improntas.

 

Sin duda sobreviviremos. Pero la propuesta de Cuadra continuará vigente. Ahora somos nicaragüenses porque invertimos nuestro esfuerzo o accionamos a través del trabajo en Nicaragua. En otras tierras, en otros horizontes, también tendremos que accionar. Pero entonces ya no tendremos el lago ante nuestros ojos y, obviamente, sólo en el recuerdo seremos nicaragüenses. Quizás tampoco logremos entender cuándo y cómo partimos, ni a dónde y por qué hemos llegado, si es que la fortuna nos ayuda a arrojar el ancla.

 

No importa qué nombre le demos al lago ni cómo lo hemos mirado hasta ahora. Nuestra mirada e imaginación deben estar atentas al precio que deberemos pagar por el inminente desastre ecológico del lago.

 

Y tal desastre ocurrirá en un futuro cercano si es que no está ocurriendo en este preciso momento. Como el resto del planeta, el Cocibolca ha ido transformándose de manera tan acelerada que, en pocas décadas, ya ni siquiera podremos utilizar el nombre de «lago» para nombrarlo. Sin un vínculo espiritual ni racional con lo que en algún momento fue nuestra casa, bien podremos decir como Joaquín Pasos (1914 – 1947), otro gran poeta nicaragüense:

 

 

            (…)

            Los marineros están un poco excitados. Algo les turba su viaje.

            Se asoman a la borda y escudriñan el agua,

            se asoman a la torre y escudriñan el aire.

            Pero no hay nada.

            No hay peces, ni olas, ni estrellas, ni pájaros.

            Señor capitán, ¿a dónde vamos?

            Lo sabremos más tarde.

            Cuando hayamos llegado.

            Los marineros quieren lanzar el ancla,

            los marineros quieren saber qué pasa.

            Pero no es nada. Están un poco excitados.

            El agua del mar tiene un sabor más amargo,

            el viento del mar es demasiado pesado.

            Y no camina el barco. Se quedó quieto en medio del viaje.

            Los marineros se preguntan ¿qué pasa? con las manos.

            Han perdido el habla.

            No pasa nada. Están un poco excitados.

            Nunca volverá a pasar nada. Nunca lanzarán el ancla.

            (…)

 

                                                                                                    

                                                                                 «Canto de guerra de las cosas», 1946

Roberto Carlos Pérez (Granada, Nicaragua, 1976). Músico, narrador y ensayista. Estudió Música en Duke Ellington School of the Arts y se licenció en Música Clásica por Howard University, en Washington D.C. En la Universidad de Maryland estudió una maestría en Literatura Medieval y en los Siglos de Oro. Es autor del libro de cuentos Alrededor de la medianoche y otros relatos de vértigo en la historia (2012), de las novelas cortas Un mundo maravilloso (2017) y Rodrigo: un relato sobre el Cid (2020), y del libro de ensayos Rubén Darío: una modernidad confrontada (2018). Roberto Carlos Pérez es miembro correspondiente de la Academia Nicaragüense de la Lengua y cofundador y editor en jefe de la revista Ágrafos

Amelia Mondragón es catedrática en Howard University (Washington, DC). En 1989 completó sus estudios de doctorado en la Universidad de Maryland con una tesis sobre la novela nicaragüense, convirtiéndose en la pionera de dichos estudios. También fue editora del libro de artículos Cambios estéticos y nuevos proyectos culturales en Centroamérica (1994). Es autora de varios artículos sobre literatura nicaragüense y poesía hispanoamericana, entre ellos dos sobre José Emilio Pacheco. Es también coautora con Alberto Ambard de la novela Alta traición (High Treason, 2012).

© 2020 by ÁGRAFOS
 

  • Twitter Clean

Follow us on Twitter

​Follow us on facebook

  • w-facebook