NARRATIVA  

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Matar a las hormigas
Por César Andrés Zeledón

Estoy preparándome para lavar el baño de mi casa en una acalorada, insoportablemente húmeda, mañana de mayo. Entretanto mis gatos —me refiero a los tres gatos anaranjados que han decidido quedarse en mi patio— duermen y se estiran muy a gusto. Yo, que soy una idiota, antes de empezar con el engorroso asunto del baño, les pongo agua y comida. Están todo el día echados bajo la sombra del palo de limón y siempre que me les acerco gruñen, pero al fin y al cabo me siento acompañada por ellos. Sobre todo, cuando Claudia sale de Managua para ver a sus padres.

No me distraigo más. Inicio la tarea en la que me ocuparé toda la mañana, soy muy meticulosa en lo que a limpieza se refiere. Primero tomo la cubeta que Claudia y yo hemos designado para esto, le echo una, dos y hasta tres panadas llenas de detergente floral, luego un chorrito apenas de cloro y finalmente abundante agua. Hago todo esto maquinalmente, como si fuese otra la que efectúa estas acciones y yo no fuera más que una espectadora algo desinteresada de toda esa espuma blanca llena de pequeñísimas y transparentes burbujas semejante a cientos de ojitos, algo inquietantes.

David Bisbal suena de fondo (actos tan solitarios y reflexivos como lavar el lugar donde se caga lo requieren). Me apuro y recuerdo el porqué de toda esta actividad: hoy viene mi madre a verme. Presiento que como siempre será complicado. Hasta imagino la escena: mi mama me va a pedir el baño para hacer lo que tenga que hacer, y al salir intentará disimular su asco de mala forma. Eso será todo, pero será lo peor. Porque ese gesto mal disimulado será su mejor reproche. El pie de entrada a todos los reproches habidos y por haber, a todos los reclamos que no ha tenido oportunidad de hacerme y se han acumulado desde que me fui de casa.

Será la primera vez que me visite desde que le presenté a Claudia y como la cuarta o quinta vez que la veo desde entonces. Por eso estoy muy nerviosa, inventándome toda clase de películas en la cabeza. Por eso me alivia que Claudia no esté.

En fin, me dirijo al baño con la cubeta a rebosar de la mezcla espumosa con la que pretendo blanquear la arruinada cerámica del lavamanos y el inodoro. El calor es desagradable y el invierno lluvioso parece llegar sólo de forma esporádica. Este año se han registrado algunas de las temperaturas más altas en décadas, lo escuché en el noticiero del 4. Es la primera vez que escucho algo cierto en las noticias.

Mi cara suda como un trapo mojado sin escurrir, además, transpiro de manera copiosa por los lugares más insospechados. Por ejemplo, en las corvas, o debajo de los senos: así el brasier se vuelve una tortura. Entonces me paseo desnuda por la pequeña sala de un lado a otro, un poco divertida, olvidada de mí, arreglando esto y aquello. Hasta que de pronto veo en mi mente su rostro juzgándome maternalmente, como cuando era niña.

Solo ahora, al ver que ya pronto es mediodía, dejo de hacerme la pendeja con lo del baño. Entro decididamente y me hinco sobre la repugnante baldosa. Casi siento náuseas, pero me contengo e inicio a fregar con el paste verde. Las manchas amarillas del exterior van desapareciendo de forma paulatina; me concentro en un solo punto y restriego con toda la fuerza que me permiten los dedos enrojecidos.

Pronto me percato de que no estoy sola. En la empresa que tengo por delante, me acompañan cientos (puede que miles) de individuos coordinados con pasmosa exactitud en filas negras, poblando los azulejos. Me fijo en sus patitas frenéticas, moviéndose con una indiferente diligencia por las paredes de mi baño. Rápidamente tiro todo y un poco desbocada por el pánico que me producen, me dirijo a buscar el insecticida en aerosol. Es curioso, desde hace algún tiempo asocio a estas pequeñas criaturas con el cuento de una escritora rusa acerca de dos gemelos. En la historia uno de ellos termina siendo habitado por una colonia de hormigas que lo controlan por completo, hasta suplantarlo sin que su madre o su hermana gemela puedan saber que el chico no es más que un hormiguero…

Busco el veneno en el fondo de un contenedor con artículos varios de limpieza. Cuando consigo encontrar el alargado cilindro verde con espray, me detengo un segundo a ver la agitada carrera que uno de los gatos pega hasta el árbol más próximo; lo escala, para luego dejarse caer de una altura de más o menos metro y medio. Quién sabe por qué, pero de pronto esa breve caída me recuerda que estoy perdiendo el tiempo, como si con ello conjurara la visita de mi madre.

No es que no la quiera, es solo que… Ella solía ser otra mujer cuando aún disfrutaba de la compañía de su esposo. Muriendo él, murió en ella una dimensión de la vida tranquila y afable, de cierta preocupación contenida pero casi nunca expresada. Cuando falleció mi padre, ella, propensa a las promesas fáciles, se volcó totalmente a la religión; entonces su concepción de pecado terminó, en cierto modo, por dilapidar los puntos de comunión que aún quedaban entre nosotras.

En el pasado, cuando empezaba a convertirme en una adolescente revoltosa, tuve problemas con mi madre. Pero ahí estaban mi padre y mi hermana mayor, mediando siempre entre nosotras y haciendo que al menos intentásemos hablar luego de cada desencuentro. Es totalmente lógico que discutiésemos entonces, pienso ahora: para mí era una edad difícil, supongo que para ella también. La extirpación de su útero era reciente y empezó a tomar pastillas para regular el cambio hormonal que le sobrevino. No había terminado de recuperarse, cuando a mi papa le detectaron un problema cardíaco que un par de años después lo acabaría matando.

El día que falleció mi padre, yo fui a abrazarla; pero entonces ocurrió algo terrible: al estrecharla experimenté una sensación extraña, como hueca y fría, un sentimiento de completa innaturalidad. Así que no es que no quiera ver a mi madre, pero las cosas con ella siempre han sido…  Complejas...

 ¿Puedo pensar que hoy serán de otro modo?

En esas cosas reflexiono mientras llevo la pequeña arma química entre mis manos. Agito, tal y como indica la etiqueta, me posiciono frente a esa diminuta civilización matriarcal a punto de ser exterminada y por un momento pienso en todos nosotros, en la humanidad frente a ese dios o esos dioses invisibles o inventados, que están a la vez que no están. Pienso a escala de hormiga, de pronto yo también soy una hormiga, absorta en mis míseras labores de rutina.

Suelto el cilindro, es decir, lo pongo tranquilamente en el espumoso suelo del baño. Y vuelvo a la humilde tarea de blanquear la cerámica del inodoro. Soy una mujer, joven aún, que hace pequeñas tareas de limpieza en casa un jueves por la mañana porque su madre viene de visita. Eso es todo. Pero de pronto me siento tan pequeña y tan misericordiosa y gentil que probablemente me estoy confundiendo de nuevo, pues quizás solo soy una diminuta hormiga que cree ser la mujer que está limpiando el baño.

Nota biográfica breve:

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César Andrés Zeledón autor nicaragüense, nació en Managua en 1999. Estudió psicología. En 2019 culminó el borrador de su primera novela . Fue alumno del laboratorio de novela en Nicaragua y ha sido participante de diversos talleres literarios. Fue editor en la revista digital Les Escribidores. Parte de sus cuentos se han publicado en Les Escribidores, Cultura Libre y Letralia.