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La Breve suma de Joaquín Pasos
[Fragmento] 

Por Amelia Mondragón

Joaquín Pasos nació en Granada, históricamente la más conservadora ciudad de Nicaragua, en marzo de 1914, dos meses antes de haberse declarado la Primera Guerra Mundial, y falleció en Managua, la capital del país, a dos años de finalizada la Segunda.

Más que adecuado es llamarlo “vanguardista”, pues el término comprende el arte surgido en Occidente entre ambos conflictos bélicos. A algunos escritores hispanoamericanos mayores que él, como a Pablo Neruda y a César Vallejo, los vemos viajar desde el Modernismo hasta la Postvanguardia en un período de aproximadamente 15 años. A otros, aún en la misma casa, en Nicaragua, se les nota  cierta resistencia a darse de lleno a la experimentación vanguardista, cuya acelerada caída en Hispanoamérica, por cierto, empieza con otro conflicto europeo: la Guerra Civil española (1936-39). A diferencia de ellos, Joaquín entrega su escritura al gozo de imágenes abstractas y surrealistas, inconsistencias rítmicas y juegos lingüísticos.

Ecos de grandes y disímiles poetas como Apollinaire, Alberti, Eluard, Lorca, T.S. Eliot, Huidobro,  Ezra Pound, Vallejo y otros se detectan sin dificultad en la poesía de Pasos, tal como si la suya no estuviera perseguida por el afán de originalidad que pugnaba en la entonces nueva producción. Y a pesar del sincretismo sin reserva, liberada de escrúpulos frente a la idea de “estilo propio”, no existe en Nicaragua, después de la poesía de Rubén Darío, una que ronde el erotismo de manera tan intensa, ni musicalidad tal versátil, ni tan original imaginería.

En su breve madurez, pues sólo vivió 32 años, escribió grandes poemas. El más notable por su tema y factura, "Canto de guerra de las cosas", es un poema largo que Joaquín estuvo trabajando al menos durante dos años antes de morir. En el conjunto poético hispanoamericano de entreguerras, Joaquín inserta una voz única, de velada timidez y melancolía, con una inmensa capacidad para contemplar el desorden y la chatura de su época. En su poesía, por lo tanto, se halla una discreta pero firme perspectiva de irresolución con respecto a los conflictos humanos que curiosamente no aparece, al menos no con tanta insistencia, en las obras de los más reconocidos vanguardistas hispanoamericanos.  

Pasos fue también narrador aun cuando de sus ficciones hoy día sólo se recuerda un relato, "El ángel pobre" (1941), que debe su gran calidad a una de las escasas concesiones de su prosa al Realismo. Si a primera vista puede calificarse como un cuento fantástico, su objetivo es el de representar un arquetipo de la clase burguesa nicaragüense, a la que percibe -como el resto de sus compatriotas de vanguardia-, desligada de la tierra, sus costumbres y creencias, y volcada sobre el bienestar monetario.

De sus artículos en periódicos y revistas cabe decir que además de ser un implacable crítico de la modernidad mal entendida, Joaquín mostró en ellos una gran imaginación, poblada de situaciones absurdas aunque cotidianas y de índole político las más. El tono aparentemente insustancial y en ocasiones ridículo de dichas críticas, unido a un mordaz y a veces infantil sentido de humor, han sido únicos en el periodismo nicaragüense.

 

El primer legado de Joaquín Pasos: Breve Suma

Aproximadamente dos años antes de morir, con la ayuda de su primo,  Pablo Antonio Cuadra, -también poeta vanguardista y el gran aglutinador del pensamiento literario nicaragüense hasta su muerte, en 2002- comenzó Joaquín a coleccionar sus poemas. El resultado fue un pequeño poemario titulado Breve suma, que consta de cuatro secciones con un total de 32 poemas sin fecha.

Poemas de un joven, el segundo volumen de poesía de Joaquín Pasos, compilado por Ernesto Cardenal dos décadas después de fallecer el poeta, es una colección exhaustiva de 119 poemas y como tal, nos ofrece una imagen ecléctica del autor muy distinta a la de Breve suma  cuyos 32 escasos poemas poseen un tono grave, mayormente sombrío y de gran intensidad. 

Publicado primero en México por el Fondo de Cultura (1962) y más tarde en Nicaragua, por Nueva Nicaragua (1981), Poemas de un joven es hasta ahora la edición guía para quienes se interesan en la obra poética de Pasos. Los 119 poemas están repartidos en 6 secciones cuyos títulos, ligeramente distintos a los de Breve suma, se han perpetuado en antologías de diversos autores. Cardenal afirma en su prólogo haber dividido los temas con sus correspondientes subtítulos de acuerdo a la voluntad del poeta, y omitido solamente los poemas que Joaquín escribió en su niñez. También fechó los escasos cuyo momento de escritura o de publicación pudo corroborar.

Aunque es una colección de demostrada utilidad para estudiar a fondo al poeta, Poemas de un joven produce en el lector una imagen irregular, o más bien desordenada de Joaquín Pasos. En esta imagen convive la escritura rigurosa, grave, de gran madurez, con poemas casi infantiles y otros rápidos y contestatarios, escritos en la premura de decir algo, tanto para mostrar la extensión perceptiva de la estética vanguardista como para reconocer el grave momento histórico que enfrentó Nicaragua desde la guerra civil de 1926-27, cuyas secuelas prosiguieron por décadas.

En la historia de las vanguardias hispanoamericanas fue única la situación política que acompañó el surgimiento de la nicaragüense, cuyos miembros eran en gran medida jóvenes de ilustres apellidos granadinos, de sello conservador y algunos educados en el mismo colegio jesuítico.

Tal educación, exquisita a su modo aunque vista como deficiente por los propios vanguardistas, sumada a la conflictiva relación de sus mayores (dirigentes políticos conservadores, intelectuales y productores en gran escala de materias primas) con los Estados Unidos, es la rúbrica  de esta vanguardia. Su historia no puede separarse de la historia cultural del conservadurismo granadino y de su partido político que en 1926 perdió definitivamente el poder tras haber avalado por segunda vez la intervención estadounidense.

Como lo muestra su primera proclama, escrita por José Coronel Urtecho en 1931, los vanguardistas surgieron mucho más demarcados en términos políticos y culturales que en términos estéticos. Los estilos literarios del grupo variaron extraordinariamente, pero no así su frustración ante las pugnas partidistas, el agobio que les supuso la acelerada incorporación de productos intelectuales estadounidenses desde comienzos de los anos veintes, entre ellos el protestantismo religioso y la cultura del placer, y finalmente su catolicismo, fiel a la encíclica de Pio XI y a la noción del  corporativismo católico 1. Esta noción  justificó en gran medida la alianza de muchos vanguardistas, incluido Joaquín, con Anastasio García Somoza, quien en 1937 fue reconocido como presidente e inició una dictadura sangrienta y dinástica, prolongada hasta 1979 por sus hijos.  A principios de la década de los treintas, sin embargo, los conservadores no vieron a Somoza como caudillo sino como a un líder capaz de imponer orden entre las facciones políticas y unificar al país. 

Aborrecidos del Naturalismo y del Romanticismo, poco  retuvieron incluso de los escritores nicaragüenses que consideraron sus precursores: Alfonso Cortés, Azarías Pallais, y Salomón de la Selva, para volcarse sobre dos nociones estéticas profundamente marcadas por el irracionalismo intelectual nacido algunos años antes de la Primera Guerra: el tiempo y la total libertad de la representación artística.

 

La noción de tiempo cristalizó tanto en la idea de generación –concepto aplicado a la literatura nicaragüense a partir de los vanguardistas—como en la de intensidad. Basta pensar en la "Oda a Rubén Darío", publicada por José Coronel Urtecho en 1927, para entender la distancia que establece el hablante con ese poeta que, muerto apenas en 1916 y después de haber revolucionado la poesía hispanohablante, se le aparece a los vanguardistas doblemente derrotado en su estética y visión del mundo.

Pero mucho más allá de ese tiempo que nos divide de nuestros mayores, los vanguardistas exacerbaron el presente y por lo tanto, la validación de quien percibe, es decir, del escritor que envuelto en una especie de desnudez retórica, o más bien en la pretensión de escribir dentro de ella, parece contemplar el mundo por primera vez.

Liberados de su propia literatura, aprehendieron y transculturaron las nuevas formas producidas a ambos lados del Atlántico, sin atarse a estilos o técnicas particulares. Bien puede ser la vanguardia nicaragüense la más abierta que ha dado Hispanoamérica, no sólo por el amplio criterio estético que poseían sus miembros, sino porque sus préstamos les ofrecieron el impulso necesario para crear un neo-folclore de grandes repercusiones en la poesía nicaragüense. En otras palabras, sin su irreverencia ante el presunto rigor literario y gracias a la misma irreverencia literaria de las tendencias vanguardistas que absorbieron, particularmente del absurdo dadaísta, del Surrealismo y del Imaginismo estadounidense, los jóvenes escritores no hubieran podido abocarse a un lenguaje sencillo, a uno conversacional y a imágenes cotidianas hasta entonces impensables en el país como motivos estéticos. 

          

El más lírico de los vanguardistas nicaragüenses fue Joaquín Pasos. Fue también quien más exploró el surrealismo en virtud de la intensidad con que concibió el tiempo. No resultó ser el suyo un presente claro, libre de la nostalgia de románticos y modernistas por el pasado, sino uno  hecho tal por la intensidad del sentimiento. 

Para Joaquín, quien como el resto de los vanguardistas detestaba la literatura “llorona”, no debió ser fácil inscribir la melancolía, la impotencia y el desaliento en sus poemas. Las técnicas de desapego que utilizó para evitar el sentimentalismo son varias: aliteraciones excesivas en algún trecho de alguna estrofa, interpelaciones fuera de tono en el punto dramático del  poema y acotaciones cuya impertinencia de sentido proyectan cierta sensación de absurdo.

 

La más interesante de sus técnicas fue, sin embargo, el movimiento. En sus mejores poemas el movimiento ofrece a la imagen una fuerza acumulativa. Así, por ejemplo, tanto el poema "Imagen de la niña del pelo" como en el titulado "Raudal", se producen partiendo de un punto fijo. La imagen crece a medida que los versos avanzan. En el primero viajamos desde el presente hasta el pasado, donde la imagen de la amada se va expandiendo hasta regresar al presente en las estrofas finales. Es entonces cuando sentimos cómo la ausencia de la niña está marcando incluso los más sencillos actos del poeta.

 

En "Raudal", por movimientos acumulativos, el río va ganando espacio. En su expansión, la corriente arrastra los desechos del pasado e interactúa con su hábitat: árboles, frutos, viento y animales. Es así como el poeta puede percibir simultáneamente la violencia de la naturaleza en estado primigenio y la que emana de los desechos (cráneos) que arrastra, y convertir al raudal en “la larga herida” del planeta. 

La distancia entre el ayer y el hoy, o entre el momento edénico y el apocalíptico (Raudal) y las dislocaciones de sentido y de ritmo, parecen borrarse o a lo sumo figurar como trasfondo de una corriente emocional y energética que elevada al máximo, desemboca en  una nueva imagen desasistida de hondo relieve, tal como si estuviera sostenida en el vacío o circunvalada por la bruma. De aquí que por  más poderoso que sea el concepto (la melancolía ante la amada que se ha ido y la poderosa naturaleza), su fuerza no llega a controlar el poema.

Técnicamente se trata de una simple aceleración del movimiento  que el poema modernista ya había producido, pero intelectualmente representa una especie de existencialismo vitalista. El poeta desecha el por qué y el cuándo de las cosas para vivir o vivirse en ellas. Ni la amada tiene nombre ni el raudal está geográficamente especificado. Ambos son agentes de un instante de percepción, un breve momento en que todo sucede en flujo, y ese instante es la vida misma, haciéndose, cumpliéndose limpia de calcinaciones.

 

Pocos han hablado de este existencialismo vitalista con el que Joaquín desterró las coordenadas de las cosas y puso simultáneamente en relieve el aherrojamiento de la realidad, del que también era un gran observador. Mucha de su poesía responde directamente a esa doble y molesta sensación de estancamiento y progreso que debió haberse vivido en la Nicaragua de entonces, pero más que nada, a la personalidad  de Joaquín, a su interiorización del mundo y extraordinaria fantasía. En la introducción a Breve Suma, incluida en este volumen, dice Pablo Antonio Pasos de su primo:

(…) He sido su amigo desde niño y soy testigo de que sólo muy raras veces

ocupa su identidad común. No voy a asegurar que su biografía está en sus

poemas, sino que es mucho más fácil encontrarla allí que en Joaquín Pasos.

Al menos en sus poemas aparece el enunciado de una vida que nunca se ha

preocupado por realizarse de otro modo y que, a falta de otras huellas, debemos

suponer que posee más realidad que otras realidades suyas que el poeta no habita.

 

Efectivamente y a juzgar por algunas de sus cartas, Joaquín parece transcurrir por la vida sin hollarla. Perpetuo estudiante de derecho en Managua, de salud frágil, bebedor y padre de un hijo al que no llegó a conocer, Joaquín también es para nosotros un personaje suspendido en la bruma. Afirma Cardenal en su prólogo a Poemas de un joven haber subtitulado los poemas de Joaquín de acuerdo al deseo del poeta, y por eso aparecen en su compilación los subtítulos: “Poemas de un joven que no ha viajado nunca”,  “Poemas de un joven que no ha amado nunca”, y Poemas de un joven que no sabe inglés”. Es el no ser lo sintomático de estos subtítulos, su reducción a una ausencia que se desdice tan pronto  surge la poesía. Apresado entre el subtítulo y el poema, Joaquín afirma y simultáneamente borra su biografía.

De él, sin embargo, nos es dable acceder a la extraordinaria pasión que abrigó por la literatura, particularmente por la poesía, aunque no hay que escatimar como fuentes de retórica sus relatos periodísticos, algunos de ellos con un alter-ego como personaje, ensimismado en una lógica propia y absurda que contrasta con la también absurda de los gobernantes. Del término de su filiación con la dictadura de Anastasio Somoza García nos habla Alberto Ordoñez Arguello, también vanguardista y primo de Joaquín:

(…) Tras haber ocupado, hacia 1938, el cargo de Secretario del Jefe de Protocolo,

devino dentro de una actitud de abierta rebeldía contra el régimen Somocista,

hasta el punto de llegar a padecer cárcel, según puede comprobarse a lo largo de

sus campanas libradas en Los lunes, de La Nueva Prensa (...)

 

Y aquellos que vivimos la intimidad de Joaquín Pasos, sabemos de la tremenda

crisis espiritual experimentada por su fina y exquisita sensibilidad, en vista de la

quiebra total de todas las ideas que habíamos sustentado. Sobre mi relación

con Joaquín Pasos, P.108

 

Llegado este punto y a pesar de muchos juicios que circulan con respecto a la actitud política de Joaquín durante la dictadura somocista, el criterio de Ordoñez Argüello es sin duda el más prudente y está respaldado por la obra del poeta, es decir, por los poemas que dos o tres años antes de morir seleccionó bajo el título Breve suma. Poeta en crisis, escéptico al final de su vida ante las ideologías políticas, debilitado por sus dolencias y el abuso del alcohol, recoge en el pequeño poemario tanto las formas estéticas que consideró más íntimas como los tonos que le parecieron más hondos. Y en ese momento, justo cuando está poniéndole el punto final a su extraordinario "Canto de guerra de las cosas", Joaquín se aferra, quizás como nunca, al cristianismo.

 

Por su carácter liberal, escasa es la crítica que asume la cultura y creencias católicas como materia seria para el análisis de la poesía hispanoamericana. A ello han ayudado los mismos escritores, abocados a un pensamiento secular desde el período independentista. En el caso de Joaquín, es indudable que un poema de alta factura, como lo es "Canto de guerra de las cosas", no tiene nada de fortuito, especialmente su extraña vivencia religiosa.

Lejos de mantenerse distante, como espectador, de la hecatombe producida por la Segunda Guerra, el hablante de “Canto de guerra de las cosas” padece sus estragos y por lo tanto, recorre o mejor dicho, encarna incesantes instancias de la muerte:

 

Toca mi mano, esta mano que ayer sostuvo un acero:

puedes pasar en el aire, a través de ella, tus dedos!

He aquí la ausencia de hombre, fuga de carne, de miedo,

Días, cosas, almas, fuego.

 

En este poema no hay redención a menos que se considere la cita de Pablo de Tarso que lo encabeza como contraparte y única ventana a la esperanza. En la Carta a los romanos citada, refiere el apóstol su visión de los padecimientos que le esperan al planeta y una subsecuente era de prosperidad.  Sin esta cita, el poema se entiende como un testimonio  secuencial, aunque fragmentado e intercalado con recuerdos, de la destrucción.  

No dudó Joaquín Pasos de la profecía evangélica de San Pablo, así como en sus últimos años, tampoco de la teoría evolucionista de Jacques Maritain, que asegura la perfectibilidad del espíritu. En otro lugar, otra vida o dimensión, también Joaquín sería redimido, pero no en ésta, consciente, como debió haberse sentido, de sus propios desaciertos, tanto personales como políticos, y también, por supuesto, del envejecimiento de sus ideas vanguardistas, que hacia 1945 y solitario, el poeta seguía sosteniendo en Nicaragua.

Amelia Mondragón es catedrática en Howard University (Washington, DC). En 1989 completó sus estudios de doctorado en la Universidad de Maryland con una tesis sobre la novela nicaragüense, convirtiéndose en la pionera de dichos estudios. También fue editora del libro de artículos Cambios estéticos y nuevos proyectos culturales en Centroamérica (1994). Es autora de varios artículos sobre literatura nicaragüense y poesía hispanoamericana, entre ellos dos sobre José Emilio Pacheco. Es también coautora con Alberto Ambard de la novela Alta traición (High Treason, 2012).