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Breve antología poética de José Emilio Pacheco

Por José Emilio Pacheco

El rey David

 

El rey David era ya viejo y estaba lastimado por los años. Lo cubrían con mantas y no entraba en calor. Entonces dijeron sus siervos: “Traigan a mi señor el rey una muchacha virgen que lo atienda y lo abrigue y duerma a su lado y le dé calor”. Tras buscar por todo Israel a la más hermosa, hallaron a Abisag, la sunamita. Abisag fue llevada ante David. Y la joven era muy bella y le daba al rey el calor de su juventud. Pero David ya no fue capaz de entrar en su cuerpo.

 Libro Primero de los Reyes 1, 1-4

 

Estas piernas no logran ya sostenerme,
tan frágiles,
tan quebradizos se volvieron mis huesos.

Esta mano ya es incapaz de ser puño.
Nunca jamás volverá a alzar la espada
ni a disparar la honda contra el gigante.

Mi boca ya no muerde.
La abandonaron los dientes.
Todo mi cuerpo es descenso,
huida, caída
hacia la tumba que me está acechando.

Soy el pellejo colgando de un animal
que cazaron hace mil años.

En cambio qué tesura
la de tu piel, Abisag.
Qué esbeltez de tu talle
y qué firmeza tus senos

todo mi ser es como campo en invierno.
Tu juventud no me basta
para incendiar este frío.

Cómo es posible, mi niña,
que no te diga nada la palabra Goliat
y no sepas de mis hazañas.

Desde antes que nacieras fui el viejo rey,
no el adolescente
elegido por Dios para salvar a su pueblo.

¿Puedes creer que era como tú
y llegó a odiarme Saúl
porque mi joven gloria amenazaba su reino?

De mi triunfo en la guerra quedó la hierba
que alimentan los muertos de la batalla.
Se han olvidado mis salmos
y mi salterio está cubierto de polvo.

Es mejor que te vayas, Abisag.
Déjame a solas con la muerte.

 

De El silencio de la luna

                                   

Siameses

Me llamo Tim y odio a Jim, mi hermano 
gemelo —y algo más,
ya que nacimos unidos por una membrana flexible
que otorga libertad de movimiento (hasta cierto punto).
Imposible cortarla pues la escisión
acabaría de golpe con nuestras vidas.

Tenemos dos cabezas muy diferentes.
Jim es glotón y sólo come cadáveres
Yo soy vegetariano, estoico, ascético:
mi rival vive esclavo de la lujuria.
Y cuánto me repugnan sus contorsiones 
en mujeres de paga mientras yo en vano 
hojeo una revista o finjo distancia 
mirando en la pantalla videos idiotas.

Yo simpatizo con el pueblo doliente.
Mi ideal es anarquista y odio el poder.
Jim ama el capital, gana millones
pues tiene genio para invertir en la Bolsa.

Él duerme como un niño. Yo soy insomne.
Leo todo el tiempo y Jim detesta los libros.
Me gusta hablar. Mi hermano es silencioso.
Aborrezco la caza, él es experto en venados.

Nos hace millonarios nuestra danza grotesca,
los diálogos obscenos que improvisamos,
y los feroces juegos con espadas.
Dice la gente “¡es el acorde perfecto!”,
“¡nunca se han visto hermanos tan idénticos!”
¿Alguien se ha imaginado nuestra guerra interior,
la lucha interminable que libramos a solas?
(Ninguno de nosotros sabrá nunca
qué significa la expresión a solas).

No podemos creer que existan seres 
por separado. Los consideramos 
triste mitad de un todo inexistente,
mellizos de un fantasma o espectrales siameses
que alojan en un cuerpo la dualidad, la enemiga
contradicción de opuestos para siempre enfrentados.

Cómo anhelo 
vivir sin este monstruo que me duplica y estorba.

Y no obstante de noche, conversamos
en nuestra propia lengua inventada.
Nadie será capaz de descifrar la clave imposible.
En presencia de extraños no se usa nunca.
La llamamos Desesperanto.
Arde en lumbre de rabia y odio hacia ustedes.

Si puedo hablar ahora es porque Jim 
duerme su borrachera como puerco en zahúrda.
Despertará en un minuto 
y entonces volveremos a la pugna incesante.

Oigan lo que les digo: de verdad
la convivencia es imposible

De: El silencio de la luna

 

Una mosca juzga a Miss Universo

Qué repugnantes los humanos.
Qué maldición
tener que compartir el aire nuestro con ellos.

Y lo más repulsivo es su fealdad.
Miren a ésta.
La consideran hermosísima.
Para nosotras es horrible.
Sus piernas no se curvan ni se erizan de vello.
Su vientre no es inmenso ni está abombado.

Su boca es una raya: no posee
nuestras protuberancias extensibles.
Parecen despreciables esos ojillos
en vez de nuestros ojos que lo ven todo.

Asco y dolor nos dan los indefensos.
Si hubiera Dios no existirían los humanos.
Viven tan sólo para hostilizarnos

con su odio impotente.

Pero los compadezco: no tienen alas
y por eso se arrastran en el infierno.

 

De La arena errante

 

Gato

Ven, acércate más.
Eres «mi oportunidad
de acariciar al tigre»
—y de citar a Baudelaire.

 

De Irás y no volverás

 

Papá

 

En el Jardín des Plantes,

A la vista de todos y sin recato,

Grita ebrio El Poeta Loco al gorila preso:

 

«Papá,

¿Por qué al pararte en dos patas

Y oponer el pulgar a los otros dedos

(Te autonombraste Adán por haber cumplido doble azaña

Y dijiste estar hecho de arcilla roja

Animada por el Gran Soplo Divino),

Lo primero que hiciste fue aparearte

Con otra simia o primata,

Desgajar una rama para volverla maza o lanza o espada,

Asesina a tu hermano el mono

Y a tus otros hermanos los neandertales

E imponer tu primatecía?

 

»Papá,

Con tu acto fundacional

Nos diste la certeza más perdurable:

La gente mata, daña, veja, humilla, tortura

Sólo porque el hacerlo le da un placer infinito.

 

»Papá,

Mejor te hubieras quedado allá arriba en tus árboles

En vez de poner en marcha,

Con tu triste ambición de hacer dioses,

Todo este gran desastre que no ha cesado

Y acabó por hacernos lo que somos.»

 

De Como la lluvia

 

Antología autorizada por los herederos de la obra de José Emilio Pacheco

José Emilio Pacheco Berny (Ciudad de México, 30 de junio de 1939 - Ciudad de México, 26 de enero de 2014). Poeta, narrador, ensayista y traductor, ha sido uno de los escritores más importantes de la literatura mexicana del siglo XX. Estudió en la Universidad Nacional Autónoma de México, donde inició sus actividades literarias en revistas estudiantiles. Colaboró en el suplemento Ramas Nuevas de la revista Estaciones, y fue jefe de redacción del suplemento México en la Cultura. Fue profesor en universidades de México, Estados Unidos, Canadá e Inglaterra. Su obra poética, caracterizada por la depuración extrema de elementos ornamentales, destaca por su compromiso social con su país. Temas como el paso del tiempo, la vida o la muerte vertebran su obra. De su poesía destacan Los elementos de la noche (1963), No me preguntes cómo pasa el tiempo (1969), Los trabajos del mar (1984), Miro la tierra (1986) y Ciudad de la memoria (1989). Su obra narrativa destaca por la experimentación en nuevas estructuras y técnicas narrativas. Temas como la pérdida y singularidad de la niñez, así como la relaciones afectivas son recurrentes en su obra, aspectos todos ellos enmascarados por su preocupación social e histórica de México. Como narrador destacan sus relatos El viento distante (1963), El principio del placer (1972), La sangre de la Medusa y otros cuentos marginales (1990) y las novelas Morirás lejos (1967) y Las batallas del desierto (1981). Sus artículos y ensayos son numerosos y casi todos versan sobre literatura, aunque también abordan asuntos políticos y sociales. Destaca también su labor como editor y traductor. Entre los galardones otorgados destacan los premios Magda Donato (1967), Xavier Urrutia (1973), Premio Nacional de Periodismo (1990), Premio Nacional de Ciencias y Artes en el campo de la lingüística y literatura (1992), Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (2009) y el Premio Miguel de Cervantes (2009). Fue miembro de El Colegio Nacional (México) desde 1986 y profesor distinguido en el Departamento de Español de la Universidad de Maryland.