Amado Nervo (1870-1919)
Antología poética

Introducción y selección de Amelia Mondragón

Una de las figuras centrales del Modernismo hispanoamericano, Amado Nervo escribió numerosos poemarios, cuentos, novelas, y una variada colección de artículos: crónicas, crítica literaria, noticias culturales y científicas, y artículos de lingüística. Si sus poemarios han sido muy estudiados, no lo fueron tanto sus ficciones y mucho menos sus artículos, que hoy en día podrían ser la delicia de los estudiosos de la cultura, ya que Nervo escribió sobre el desarrollo técnico y científico de la época, su geopolítica, hábitos urbanos y sobre las lenguas, en especial el español, del que percibió su eficiencia, en paridad a la del francés y el inglés, lenguas ambas cuyos cambios durante el XIX fueron considerables. Si su poesía progresa hacia la espiritualidad, en sus artículos reina el tiempo: el asombro ante los posibles futuros de la humanidad y la visión del pasado como fuente de novedades fueron actitudes de las que Nervo se sirvió en su prosa para mostrar la fugacidad y la unicidad del presente.    

Juan Crisóstomo Ruiz de Nervo nació el 27 de agosto de 1870 en Tepic, capital del estado mexicano de Nayarit. A los veinticuatro años, después de abandonar su carrera clerical se mudó a la Ciudad de México y en poco menos de seis años ya era integrante del mundo artístico de la ciudad, colaborador en varios periódicos importantes del país, en la Revista Azul y su sucesora, la Revista Moderna de México y escritor, en 1896, de una novela titulada El bachiller, cuyo controversial contenido le dio protagonismo literario, y de sus dos primeros poemarios, Perlas negras y Místicas, en 1998.

Entre 1900 y 1904 residió en París, ciudad donde fue inicialmente enviado por el diario El Imparcial para cubrir la Exposición Universal. Allí conoció a Rubén Darío, con quien compartiría apartamento durante unos meses, y a muchos escritores hispanoamericanos, españoles y franceses. Al año de vivir en París conoció a Ana Cecilia Luisa Dailliez, quien sería su compañera durante una década, hasta comienzos de 1912, cuando murió de fiebre tifoidea en Madrid.

Comparado con su posterior período madrileño, el parisino, a pesar de la inseguridad económica que acosó al escritor, resultó ser más feliz tanto emocional como intelectualmente. Entre 1901 y 1903 publicó tres libros de poesía —Poemas (1901), Hermana agua (1901) y La Lírica heroica (1902)— más en 1903 un volumen de prosa y poesía titulado El éxodo y las flores del camino. Al año siguiente Amado Nervo fue nombrado miembro de la Academia Mexicana de la Lengua y también de la Sociedad Astronómica de México. Para la ceremonia de incorporación a esta última, leyó el discurso “La literatura lunar y la habitabilidad de los satélites”. Su interés por la ciencia y por la especulación sobre el futuro lo llevó a publicar un cuento de ciencia ficción, “La última guerra” justo en 1906, año en que salía a la luz el volumen de ciencia ficción (y/o literatura fantástica) de Leopoldo Lugones titulado Las fuerzas extrañas. El cuento de Nervo relata la explotación de los animales por el ser humano, la consecuente guerra entre ambos y la derrota de los hombres. Funda en México, por lo tanto, la literatura de ciencia ficción.

Debido a su inestabilidad económica regresó a México en junio de 1905 para presentar los exámenes de ingreso al servicio exterior o diplomático. A finales de ese mismo mes la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes lo comisionó para investigar en Europa métodos y programas relacionados con la enseñanza de idiomas y literaturas. Días después, el primero de julio, recibió el nombramiento de Segundo Secretario de la legación de México en España y Portugal. En enero de 1906 se instaló con Ana Cecilia en Madrid.

De acuerdo con Alfonso Méndez Plancarte en su imprescindible estudio introductorio (Amado Nervo, Obras completas, Tomo II. Madrid: Aguilar, 1967), la escritura poética de Nervo sufrió una importante transformación en los dos primeros poemarios que publicó estando en Madrid: En voz baja (1909) y Serenidad (1912). Dice Méndez Plancarte que la semilla del cambio estilístico ya estaba en Místicas (1898) porque desde siempre tuvo Nervo preocupaciones y sentimientos religiosos, no exclusivamente cristianos, pues era ecléctico y todo tipo de espiritualidad, inclusive la teosófica, le interesaba en grado sumo. Así, su verso empezó a despojarse del oropel, aunque siguió siendo experimental, pero de una nueva manera, porque el lenguaje sencillo, pensaba Nervo, cuando es eficaz no es menos difícil de producir que el abundante en artificios.

Seguramente hubo más causas para los cambios estilísticos. Entre Los jardines interiores (1905), el último de sus libros del período parisino, y En voz baja (1905), el primero de su estadía en Madrid, hay un espacio de cuatro años, y entre este y Serenidad (1912) median tres años. Desde los primeros días de su larga estancia en España el trabajo no lo abandonó. Además de sus funciones diplomáticas, seguía colaborando con la prensa, no sólo con la mexicana, pues enviaba artículos a La Nación de Buenos Aires, a El Fígaro de La Habana y a varios periódicos españoles. A ello se le añadieron entre 1907 y 1911 los informes de lengua y literatura destinados al Boletín de la Secretaría de Instrucción Pública, que sumaron casi ochenta en total. Y en 1910 todavía encontró ánimos para escribir un ensayo sobre la gran poeta y gran olvidada que fue Sor Juana Inés de la Cruz. El rescate de su obra comenzó con Amado Nervo.

Por otra parte, en México, la inestabilidad social había hecho crisis en 1910 y producido la Revolución Mexicana, que duraría aproximadamente diez años, y, por último, no hay que olvidar que en enero de 1912 Ana Cecilia falleció víctima de la fiebre tifoidea. Ante su súbita muerte, Nervo se preguntó por qué no se había casado con ella, por qué la había mantenido oculta ante sus amigos y conocidos.

Las respuestas que se dio a sí mismo y el dolor ante una pérdida tan inesperada como inconcebible quedaron registrados en sus obras autográficas. Ninguna tan importante como La amada inmóvil, un poemario cuya mayor parte fue escrita en 1912 e impresa en 1922 pues Nervo se negó a publicarla en vida. La introducción al poemario refiere, en una prosa sumamente cuidada, la asumida culpabilidad del poeta por haber mantenido a Ana Cecilia prácticamente cautiva y el dolor generado por esa culpa, quizás comparable en magnitud al dolor de haberla perdido. En La amada inmóvil el lenguaje no busca exploraciones psíquicas ni razones, sino la constatación de cuanto fue y ya no es. Se trata, por lo tanto, de un lenguaje confesional por su forma directa, aseverativa e íntima.         

El cambio estilístico fue irreversible pero la poesía de Nervo muy pocas veces abjuró del lirismo aun cuando al correr los años sería criticada de prosaica y simplona, con un rebosante sentimentalismo dirigido al público grueso. No hay tal. Los poemarios posteriores a La amada inmóvil, en particular Elevación (1916) y Plenitud (1918), quizás los mejores de Nervo, muestran que las grandes obras son siempre fieles a su tiempo. Y es que además de la Revolución Mexicana, le tocó a Nervo testimoniar el ambiente que habría de engendrar la Primera Guerra Mundial y el desencanto que tanta violencia causaría tanto en Europa como en América. Y en cuanto a su intimidad, también se vio derrotado ante la belleza que Helena, la hija de Ana Cecilia, a quien adoptó al fallecer su madre y llevó a México para ser criada por sus hermanas. De ella inútilmente se enamoró el poeta cuando había cumplido los cuarenta.

Ciertamente los tiempos habían cambiado. Ahora, sobre todo en Plenitud, publicada un año antes de su muerte, Nervo ahondaba en el silencio, la soledad y la naturaleza, es decir, en aquello que podía conducirlo a Dios o a la trascendencia. Hay poemas de Plenitud que son maravillosos susurros y otros, canciones de extrema sencillez y gran candor. Y siempre, hasta en los más argumentativos, la serenidad ante la muerte.

En 1914, al recrudecer la Revolución Mexicana y cancelarse el servicio exterior, Nervo perdió el cargo de Primer Secretario al que había ascendido en 1909. Sin embargo, permaneció en Madrid hasta que en julio de 1918 el gobierno mexicano lo llamó para nombrarlo Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario ante la Argentina y Uruguay. El 14 de marzo de 1919, al llegar a Buenos Aires, Amado Nervo era prácticamente una celebridad tanto en España como en Hispanoamérica; además ya tenía un considerable público femenino que se incrementó con su muerte y la consiguiente publicación de La amada inmóvil, un verdadero bestseller hasta 1943. A veinticinco años después de su muerte, Amado Nervo seguía siendo, señala Alfonso Méndez Plancarte, el poeta más leído en castellano.

A poco más de dos meses de residir en Buenos Aires, murió Amado Nervo en Montevideo, durante una visita oficial. De ahí, tras ser declarado luto nacional el día de su muerte, el gobierno uruguayo envió su cuerpo a México en la fragata “Uruguay”, que llegó escoltada por embarcaciones de Argentina, Brasil, Cuba y Venezuela.   

 

AL CRISTO

 

Señor, entre la sombra voy sin tino;

La fe de mis mayores ya no vierte

Su apacible fulgor en mi camino:

¡Mi espíritu está triste hasta la muerte!

 

Busco en vano una estrella que me alumbre;

Busco en vano un amor que me redima;

Mi divino ideal está en la cumbre,

Y yo, ¡pobre de mí!, yazgo en la sima...

 

La lira que me diste, entre las mofas

De los mundanos, vibra sin concierto;

¡Se pierden en la noche mis estrofas,

como el grito de Agar en el desierto!

 

Y paria de la dicha y solitario,

Siento hastío de todo cuanto existe...

Yo, Maestro, cual tú, subo al Calvario,

Y no tuve Tabor, cual lo tuviste...

 

Ten piedad de mi mal; dura es mi pena;

Numerosas las lides en que lucho;

Fija en mi tu mirada que serena,

Y dame, como un tiempo a Magdalena,

La calma: ¡yo también he amado mucho!

 

De Místicas (1898).

 

 

UNA FLOR EN EL CAMINO

 

La muerta resucita cuando a tu amor me asomo,

la encuentro en tus miradas inmensas y tranquilas,

y en toda tú... Sois ambas tan parecidas como

tu rostro, que dos veces se copia en mis pupilas.

Es cierto: aquélla amaba la noche radiosa,

y tú siempre en las albas tu ensueño complaciste.

(Por eso era más lirio, por eso eres más rosa.)

Es cierto, aquélla hablaba; tú vives silenciosa,

y aquélla era más pálida; pero tú eres más triste.

 

De El éxodo y las flores del camino (1902).

 

A OTRO ARTISTA

       Ten el santo valor de tu tristeza  

pues que Dios te hizo triste, y no demandes

al ajenjo opalino

un repique locuaz en tu cabeza,

donde hay penas más nobles y más grandes

que el júbilo bellaco de tu vino.

 

Ten el santo valor de tu tristeza

y sé triste hasta el fin del viaje breve,

como la madre Naturaleza,

       cuando las tardes,

       cuando el otoño

       cuando la nieve…

 

De El éxodo y las flores del camino (1902).

 

EVOCACIÓN

 

Yo la llamé del hondo misterio del pasado,

donde es sombra entre sombras, vestiglo entre vestiglos,

fantasma entre fantasmas...

        Y vino a mi llamado,

desparramando razas y atropellando siglos.

Atónitas, las leyes del tiempo la ceñían;

el alma de las tumbas, con fúnebre alarido,

gritábale: ¡Detente! ‒Las épocas asían,

con garfios invisibles, su brial descolorido.

 

Mas, ¡todo inútil! Suelta la roja cabellera,

La roja cabellera que olía a eternidad,

aquella reina extraña, vestida de quimera,

corría desalada tras de mi voluntad.

Cuando llegó a mi lado le dije de esta suerte:

‒¿Recuerdas tu promesa del año Mil?

                 ‒Advierte

que soy tan sólo sombra…

        ‒Lo sé.

           ‒Que estaba loca…

‒¡Me prometiste un beso!

           ‒¡Lo congeló la muerte!

‒¡Las reinas no perjuran!...

           Y me besó en la boca.

(1902)

De El éxodo y las flores del camino (1902).

 

NO ME MUEVE MI DIOS PARA QUERERTE

 

Señor, sin esperanza de un bien terreno

ni celeste, sin miedo de tu grandeza,

he de ser bueno, en nombre de la belleza,

del ritmo y la armonía que hay en ser bueno.

 

Y quiero estar sereno, siempre sereno,

como la santa madre naturaleza

en las tardes de otoño, con la realeza

de un mar que late en calma como un gran seno.

 

Y quiero amarte sobre seres y cosas,

porque de las criaturas esplendorosas

eres el Arquetipo y el Soberano,

 

¡Porque encarnas en todas las mujeres hermosas,

porque enciendes los astros y perfumas las rosas

y dilatas la hondura del rebelde océano!

 

De En voz baja (1909).

 

VIEJA LLAVE

 

Esta llave cincelada

que en un tiempo fue, colgada,

(del estrado a la cancela,

de la despensa al granero)

del llavero

de la abuela,

y en continuo repicar

inundaba de rumores

los vetustos corredores;

esta llave cincelada,

si no cierra ni abre nada,

¿para qué la he de guardar?

 

Ya no existe el gran ropero,

la gran arca se vendió;

sólo en un baúl de cuero,

desprendida del llavero,

esta llave se quedó.

 

Herrumbrosa, orinecida,

como el metal de mi vida,

como el hierro de mi fe,

como mi querer de acero,

esta llave sin llavero

¡nada es ya de lo que fue!

 

Me parece un amuleto

sin virtud y sin respeto;

nada abre, no resuena...

¡me parece un alma en pena!

 

Pobre llave sin fortuna

...y sin dientes, como una

vieja boca; si en mi hogar

ya no cierras ni abres nada,

pobre llave desdentada,

¿para qué te he de guardar?

 

Sin embargo, tú sabías

de las glorias de otros días:

del mantón de seda fina

que nos trajo de la China

la gallarda, la ligera

española nao fiera.

 

Tú sabías de tibores

donde pájaros y flores

confundían sus colores;

tú, de lacas, de marfiles

y de perfumes sutiles

de otros tiempos; tu cautela

conservaba la canela,

el cacao, la vainilla,

la suave mantequilla,

los grandes quesos frescales

y la miel de los panales,

tentación del paladar;

mas si hoy, abandonada,

ya no cierras ni abres nada,

pobre llave desdentada,

¿para qué te he de guardar?

 

Tu torcida arquitectura

es la misma del portal

de mi antigua casa obscura

(que en un día de premura

fue preciso vender mal).

 

Es la misma de la ufana

y luminosa ventana

donde Inés, mi prima, y yo

nos dijimos tantas cosas

en las tardes misteriosas

del buen tiempo que pasó...

 

Me recuerdas mi morada,

me retratas mi solar;

mas si hoy, abandonada,

ya no cierras ni abres nada,

pobre llave desdentada,

¿para qué te he de guardar?

 

De En voz baja (1909).

 

EN PAZ

 

Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida,

porque nunca me diste ni esperanza fallida,

ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;

 

porque veo al final de mi rudo camino

que yo fui el arquitecto de mi propio destino;

 

que si extraje la miel o la hiel de las cosas,

fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:

cuando planté rosales, coseché siempre rosas.

 

...Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno:

¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!

 

Hallé sin duda largas las noches de mis penas;

mas no me prometiste tú sólo noches buenas;

y en cambio tuve algunas santamente serenas...

 

Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.

¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!

 

De Elevación (1916).

 

SI TÚ ME DICES «VEN»

 

Si Tú me dices: «¡Ven!», lo dejo todo...

No volveré siquiera la mirada

para mirar a la mujer amada...

Pero dímelo fuerte, de tal modo

que tu voz, como toque de llamada,

vibre hasta en el más íntimo recodo

del ser, levante el alma de su lodo

y hiera el corazón como una espada.

Si Tú me dices: «¡Ven!», todo lo dejo.

Llegaré a tu santuario casi viejo,

y al fulgor de la luz crepuscular;

mas he de compensarte mi retardo,

difundiéndome, ¡oh Cristo!, como un nardo

de perfume sutil, ante tu altar.

 

De Elevación (1916).

 

 

EL DÍA QUE ME QUIERAS

 

El día que me quieras tendrá más luz que junio;

la noche que me quieras será de plenilunio,

con notas de Beethoven vibrando en cada rayo

sus inefables cosas,

y habrá juntas más rosas

que en todo el mes de mayo.

 

Las fuentes cristalinas

irán por las laderas

saltando cristalinas

el día que me quieras.

 

El día que me quieras, los sotos escondidos

resonarán arpegios nunca jamás oídos.

Éxtasis de tus ojos, todas las primaveras

que hubo y habrá en el mundo serán cuando me quieras.

 

Cogidas de la mano cual rubias hermanitas,

luciendo golas cándidas, irán las margaritas

por montes y praderas,

delante de tus pasos, el día que me quieras...

Y si deshojas una, te dirá su inocente

postrer pétalo blanco: ¡Apasionadamente!

 

Al reventar el alba del día que me quieras,

tendrán todos los tréboles cuatro hojas agoreras,

y en el estanque, nido de gérmenes ignotos,

florecerán las místicas corolas de los lotos.

 

El día que me quieras será cada celaje

ala maravillosa; cada arrebol, miraje

de “Las Mil y una Noches”; cada brisa un cantar,

cada árbol una lira, cada monte un altar.

 

El día que me quieras, para nosotros dos

cabrá en un solo beso la beatitud de Dios.

 

De El Arquero divino (1919)

 

POETA, TÚ N O CANTES LA GUERRA…

Poeta, tú no cantes la guerra; tú no te rindas

ese tributo rojo al Moloch, sé inactual;

sé inactual y lejano como un dios de otros tiempos,

como la luz de un astro, que a través de los siglos

llega la humanidad.

Huye de la marea de sangre, hacia otras playas

donde se quiebran límpidas las olas de cristal;

donde el amor fecundo, bajo de los olivos,

hinche con su faena los regazos, y colme                                                                                  

las ánforas gemelas y tibias de los pechos

con su néctar vital.

 

Ya cuando la locura de los hombres se extinga,

ya cuando las coronas se quiebren al compás

de orfeón coloso que cante marsellesas;

ya cuando de las ruinas resurja el ideal,

la lira entre las manos,

ágiles y nerviosas y puras, cogerás,

y la nítida estrofa, la estrofa de luz y oro,

de las robustas cuerdas otra vez surgirá;

la estrofa llena de óptimos estímulos, la estrofa

alegre, que murmure: «¡Trabajo, Amor y Paz!».        

 

De El estanque de los lotos (1919)

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