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Antología amorosa de

los Siglos de Oro
 

(De Garcilaso a Quevedo)

Garcilaso de la Vega

(c.1501 – 1536)

Soneto I

 

Cuando me paro a contemplar mi’ estado

y a ver los pasos por dó me han traído,

hallo, según por do anduve perdido,

que a mayor mal pudiera haber llegado;

 

mas cuando del camino ‘stó olvidado,

a tanto mal no sé por dó he venido;

sé que me acabo, y más he yo sentido

ver acabar conmigo mi cuidado.

.

Yo acabaré, que me entregué sin arte

a quien sabrá perderme y acabarme

si ella quisiere, y aun sabrá querello;

 

que pues mi voluntad puede matarme,

la suya, que no es tanto de mi parte,

pudiendo, ¿qué hará sino hacello?

Soneto V

 

Escrito ‘stá en mi alma vuestro gesto
y cuanto yo escribir de vos deseo;
vos sola lo escribistes, yo lo leo
tan solo, que aun de vos me guardo en esto.

En esto estoy y estaré siempre puesto,
que aunque no cabe en mí cuanto en vos veo,
de tanto bien lo que no entiendo creo,
tomando ya la fe por presupuesto.

Yo no nací sino para quereros;
mi alma os ha cortado a su medida;
por hábito del alma mismo os quiero;

cuanto tengo confieso yo deberos;
por vos nací, por vos tengo la vida,
por vos he de morir, y por vos muero.

 

Soneto XXXVII

 

A la entrada de un valle, en un desierto
do nadie atravesaba ni se vía, 
vi que con estrañeza un can hacía 
extremos de dolor con desconcierto:

 

ahora suelta el llanto al cielo abierto,  
ora va rastreando por la vía; 
camina, vuelve, para y todavía 
quedaba desmayado como muerto.

 

Y fue que se apartó de su presencia 
su amo, y no le hallaba, y esto siente;  
mirad hasta dó llega el mal de ausencia.

 

Me movió a compasión ver su accidente; 
díjele, lastimado: “Ten paciencia, 
que yo alcanzó razón, y estoy ausente”.

Luis de Góngora

(1561 – 1627)

 

Mientras por competir con tu cabello
oro bruñido al sol relumbra en vano,
mientras con menosprecio en medio el llano
mira tu blanca frente al lilio bello;

mientras a cada labio, por cogello,
siguen más ojos que al clavel temprano,
y mientras triunfa con desdén lozano
del luciente cristal tu gentil cuello;

goza cuello, cabello, labio y frente,
antes que lo que fue en tu edad dorada
oro, lilio, clavel, cristal luciente,

No sólo en plata o vïola troncada
se vuelva, más tú y ello juntamente
en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.

 

DE UN CAMINANTE ENFERMO QUE SE ENAMORÓ DONDE FUE HOSPEDADO

 

Descaminado, enfermo, peregrino, 
en tenebrosa noche, con pie incierto 
la confusión pisando del desierto, 
voces en vano dio, pasos sin tino.

 

Repetido latir, si no vecino,
distinto oyó de can siempre despierto, 
y en pastoral albergue mal cubierto 
piedad halló, si no halló camino.

 

Salió el sol, y entre armiños escondida, 
soñolienta beldad con dulce saña
salteó al no bien sano pasajero.

 

Pagará el hospedaje con la vida;
más le valiera errar en la montaña,
que morir de la suerte que yo muero.

Lope de Vega

(1561 – 1627)

 

Ir y quedarse, y con quedar partirse,
partir sin alma, y ir con alma ajena,
oír la dulce voz de una sirena
y no poder del árbol desasirse;

arder como la vela y consumirse,
haciendo torres sobre tierna arena;
caer de un cielo, y ser demonio en pena,
y de serlo jamás arrepentirse;

hablar entre las mudas soledades,
pedir prestada sobre fe paciencia,
y lo que es temporal llamar eterno;

creer sospechas y negar verdades,
es lo que llaman en el mundo ausencia,
fuego en el alma, y en la vida infierno.

 

 

 

Desmayarse, atreverse, estar furioso, 
áspero, tierno, liberal, esquivo, 
alentado, mortal, difunto, vivo, 
leal, traidor, cobarde y animoso;

 

no hallar fuera del bien centro y reposo, 
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo, 
enojado, valiente, fugitivo, 
satisfecho, ofendido, receloso;

 

huir el rostro al claro desengaño, 
beber veneno por licor süave, 
olvidar el provecho, amar el daño;

 

creer que un cielo en un infierno cabe, 
dar la vida y el alma a un desengaño; 
esto es amor, quien lo probó lo sabe.

 

 

Suelta mi manso, mayoral extraño, 
pues otro tienes de tu igual decoro, 
deja la prenda que en el alma adoro, 
perdida por tu bien y por mi daño.

 

Ponle su esquila de labrado estaño, 
y no le engañen tus collares de oro, 
toma en albricias este blanco toro, 
que a las primeras hierbas cumple un año.

 

Si pides señas, tiene el vellocino 
pardo, encrespado, y los ojuelos tiene 
como durmiendo en regalado sueño.

 

Si piensas que no soy su dueño, Alcino, 
suelta, y verásle si a mi choza viene, 
que aun tienen sal las manos de su dueño.

 

 

 

Es la mujer del hombre lo más bueno,
y locura decir que lo más malo,
su vida suele ser y su regalo,
su muerte suele ser y su veneno.

Cielo a los ojos, cándido y sereno,
que muchas veces al infierno igualo,
por raro al mundo su valor señalo,
por falso al hombre su rigor condeno.

Ella nos da su sangre, ella nos cría,
no ha hecho el cielo cosa más ingrata:
es un ángel, y a veces una arpía.

Quiere, aborrece, trata bien, maltrata,
y es la mujer al fin como sangría,
que a veces da salud, y a veces mata.

 

 

 

Resuelta en polvo ya, mas siempre hermosa,

sin dejarme vivir, vive serena

aquella luz, que fue mi gloria y pena,

y me hace guerra cuando en paz reposa.

 

Tan vivo está el jazmín, la pura rosa,

que, blandamente ardiendo en azucena,

me abrasa el alma de memorias llena,

ceniza de su fénix amorosa.

 

¡Oh memoria cruel de mis enojos!

¿qué honor te puede dar mi sentimiento,

en polvo convertidos tus despojos?

 

Permíteme callar sólo un momento:

pues ya no tienen lágrimas mis ojos,

ni concetos de amor mi pensamiento.

Francisco de Quevedo

(1580 – 1645)

 

AMANTE CULPABLE EN TODAS SUS ACCIONES POR DESDICHADO

 

Diome el cielo dolor y diome vida;
el nombre, no los hechos, ha negado
de muerte a mi pasión, pues he quedado
vivo, y ella con nombre de homicida.


Amar, que fue locura bien nacida,
me castiga Fortuna por pecado:
siempre fue delincuente el desdichado:
si no le acusa Amor, Amor le olvida.


Yo persevero y dicen que porfío;
mis sacrificios llama robo el cielo,
cuando en prisión me tiene el albedrío.


Y ansí se extrema ya mi desconsuelo,
que hasta de breve muerte desconfío,
que hasta de larga vida me recelo.

 

 

 

AMOR CONSTANTE MÁS ALLÁ DE LA MUERTE

 

Cerrar podrá mis ojos la postrera 
sombra, que me llevaré el blanco día, 
y podrá desatar esta alma mía 
hora, a su afán ansioso linsojera;

 

mas no, de esotra parte, en la ribera, 
dejará la memoria en donde ardía:
nadar sabe mi llama la agua fría, 
y perder el respeto a ley severa:

 

Alma a quien todo un Dios prisión ha sido, 
venas que humor a tanto fuego han dado, 
medulas que han gloriosamente ardido,

 

su cuerpo dejarán, no su cuidado; 
serán ceniza, mas tendrán sentido;

polvo serán, mas polvo enamorado.

 

 

 

PERSEVERA  EN LA EXAGERACIÓN DE SU AFECTO AMOROSO Y EN EL EXCESO DE SU PADECER

 

En los claustros de l’alma la herida 
yace callada; mas consume hambrienta 
la vida, que en mis venas alimenta 
llama las medulas extendida.

 

Bebe el ardor, hidrópica, mi vida, 
que ya ceniza amante y macilenta, 
cadáver del incendio hermoso, ostenta 
su luz en humo y noche fallecida.

 

La gente esquivo, y me es horror el día; 
dilato en largas voces negro llanto, 
que a sordo mar mi ardiente pena envía.

 

A los suspiros di la voz del canto, 
la confusión inunda l’alma mía: 
mi corazón es reino del espanto.