El futuro del español 

Por Ángel Rosenblat

1. Arcaísmo e innovación

Con todo su anacronismo, no puede negarse que la lengua cambia. Muchas voces que parecen de siempre son increíblemente jóvenes. Sentimental (del inglés) es del siglo XIX (no entra en el Diccionario de la Academia hasta 1834). Coqueta, coquetería y coquetear son de fines del XVIII (entran también en la Academia en 1843). Hacer la corte, hacer el amor, hacerse ilusiones se criticaban en el siglo XIX como galicismos inaceptables. Interesante entra en el Diccionario en 1803, aplicado á las cosas («lo que interesa»), no a las personas. Intriga, intrigar, intrigante son de fines del XVIII, y la Academia los adoptó en 1817. Cursi es de fines del siglo XVIII. Y también de entonces la temible lata (dar la lata), y el latoso. Y la tomadura de pelo, que todavía a Juan Valera, en 1896, le parecía achulada y disonante.

Más nueva y numerosa es la terminología científica y la político-social. Hoy todos hablamos de radar y de radiaciones, de desintegración y de fisión nuclear, de electrones, protones y neutrones, de sincronizar y sintonizar, de electrónica y de cibernética. Interferir e interferencia, que son nuevos en la terminología científica (interferir no entra en la Academia hasta 1956) tienen amplios valores metafóricos hasta en el habla corriente. Impacto era un latinismo de la Medicina y se decía humor impacto, putrefacción impacta, lo cual ya no se entiende ante el impacto de las modernas armas de fuego (la Academia lo recogió en 1899, pero prefería impacción), y no hay duda que la palabra ha hecho amplio impacto en nuestros hábitos expresivos. Y son también recientes (entran en la Academia en 1956) los complejos de la novísima psicología, que han inundado la expresión de todos, hasta de los niños: «Es un acomplejado.» «No te acomplejes.»

      

Todo el vocabulario de la política está rehecho desde la Revolución francesa. Fanatismo y propaganda han pasado de la esfera religiosa a la política, que se ha convertido en la nueva Religión (fanatismo, «voz nuevamente introducida», decía la Academia en 1817). Patria y patriota cobraron valores nuevos. Intransigente es una creación española del siglo XIX (es académico desde 1884), y también la acepción política de liberal, que se remonta a las Cortes de Cádiz. Derechas e izquierdas nacen por azar en la Asamblea Nacional francesa en 1791. Popular y social se vuelven adjetivos para todo servicio. Individualismo le parecía «voz salvaje» a Philarète Chasles a mediados del XIX (entra en nuestra Academia en 1869), y organización y organizar, que encantaban a Saint-Simon y a Comte y a todo el socialismo del siglo XIX, chocaban con el sentimiento tradicional («Sólo el Autor de la naturaleza puede or¬ ganizar un cuerpo», decía la Academia francesa). Partidario era el miembro de una partida, y en el siglo XIX se convirtió en miembro de partido. Proletario era el que tenía prole, pero del viejo derecho romano se tomó de nuevo la palabra como antítesis del burgués insaciable y cruel. Todo nuestro sistema de pesas y medidas (el metro, el gramo, el litro) es creación de la Revolución francesa, y también la Escuela Normal y el Liceo. Por lo demás, aunque Mirabeau quería derribar todo despotismo, hasta el de la lengua, y forjar voces nuevas, la verdad es que muchas de esas «voces nuevas» venían del viejo latín o del más viejo griego.

      

Las mayores innovaciones del siglo XIX procedían de las ciencias o procedían del francés. La Física nos ha dado las masas, y el francés el burócrata y la burocracia. Todavía en 1855 a Baralt, en su Diccionario de galicismos, le molestaba eso de conmover a las masas, solevantar las masas o dirigirse a las masas, y consideraba que «con más claridad y propiedad castellana» se podía conmover o solevantar al pueblo o a la plebe, o dirigirse al público, a la generalidad, al vulgo, a la turba o a la turbamulta. Y que en lugar de burocracia y de burócratas era mejor hablar de covachuela y de covachuelistas: «El espíritu y los intereses de la covachuela (o de los covachuelistas) se opondrán siempre con tesón a las reformas fiscales.»

      

Aún más recientes son el totalitarismo y la quinta columna, y la inflación, la deflación y la recesión. Y mil voces más, de las artes, la medicina, los deportes, la técnica y la política, que rigen la vida de todos y que ahora nos vienen fundamentalmente del inglés, junto con otras que inundan la expresión cotidiana, algunas tan triviales como el okey, por ejemplo. Muchas de ellas son igualmente voces viejas que se han llenado de contenido nuevo (vino nuevo en odres viejos). El movimiento político-social y el científico y técnico puede haberse vuelto vertiginoso; el de la lengua es más lento, o es de otro orden. Las palabras, en su vientre fecundo, ocultan o enmascaran muchas veces a las cosas. Alcohol, por ejemplo, tiene una acepción técnica muy definida en la Química moderna, y otra, menos general, pero también muy clara, en la expresión corriente (con toda la secuela del alcoholismo). Como se sabe, viene del árabe. Pero en árabe y en español antiguo y clásico era un polvo finísimo de antimonio que usaban bastante las mujeres para embellecerse. Se lo pasaban por los ojos para ennegrecer las pestañas y aclarar la vista: la dama del romance de amor llevaba en sus ojuelos garzos «un poco de alcohol». ¿Cómo se pasó de una cosa a la otra, tan distante? En la alquimia medieval se empezó a llamar alcohol todo cuerpo fino, tenue, sutil. Luego, la parte más sutil o la quintaesencia de un cuerpo: alcohol sulphuris era el ácido sulfúrico. Paracelso, a principios del XVI, usó con ese valor alcohol vini, el alcohol o quintaesencia del vino (lo que antes se llamaba más expresivamente espíritu del vino o aguardiente), y de ahí se impuso el nuevo alcohol en los siglos XVII y XVIII. Nuestra Academia no lo aceptó hasta 1813 : «Alcohol, seu spiritus vini.» Por otra parte, ¿es concebible que la palabra gas, que designa algo tan viejo como el mundo, sea apenas de ayer? La inventó van Helmont en el siglo XVII, inspirado, se cree, en chaos y en el neerlandés geest, «espíritu». No se encuentra en la Academia hasta 1817.

      

Hasta ahora nos hemos detenido sólo en las palabras, como reflejo de la transformación de nuestro mundo en las últimas generaciones. Con todo lo que tiene de engañoso, ello representa lo más visible, lo más espectacular en el movimiento del inmenso mar del lenguaje. Si es verdad, como dice Oppenheimer, que el 99 por 100 de nuestros conocimientos los debemos a personas que todavía viven, es decir, son nuevos, se puede afirmar que, por el contrario, el 99 por 100 de nuestro léxico se ha mantenido inalterable. Es decir, a un 99 por 100 de conocimientos nuevos corresponde una renovación de un 1 por 100 del léxico (claro que nuestra apreciación carece de validez estadística, y suponemos que también la de Oppenheimer, quizá más exagerada que la nuestra). No hay que creer, sin embargo, que los cambios del léxico son baladíes. El tesoro total de la lengua no está almacenado automáticamente en los diccionarios, sino que constituye un sistema en constante funcionamiento, y cualquier alteración repercute sobre el conjunto. De todos modos, las alteraciones del léxico son fenómenos de superficie, en gran parte de carácter anecdótico. Las palabras —ya lo señalaba Meillet, en su Linguistique historique et linguistique générale— forman a veces familias, pero otras veces viven de manera discontinua, sin relación. Más decisiva, de carácter más profundo, es la estructura gramatical dentro de la cual actúan o funcionan las palabras. ¿No cambia también la estructura gramatical?

      

La estructura gramatical es mucho más arcaica que el léxico. Señalaba también Meillet que, en contraste con el rápido fraccionamiento del latín, durante muchos siglos se ha mantenido el tipo lingüístico en las islas de Polinesia, separadas por vastas extensiones del Océano, que desde hace un millar de años las hablas turcas han conservado el mismo aspecto o estructura, desde Siberia al Mediterráneo, desde la región de Kazán hasta la meseta irania, y que las hablas árabes de hoy, desde Siria a Marruecos, han permanecido fieles al tipo tradicional más antiguo. «La estabilidad —dice— no es cosa excepcional en las lenguas; se puede hasta pensar que es lo normal.»

      

Más dramáticamente lo expresaba Nietzsche, también gran filólogo, en El ocaso de los ídolos (su Götzen-Dämmerung). Nietzsche se revolvía contra las falacias de la razón, momificadora de conceptos, y también contra la vieja y engañosa «razón» en el lenguaje, y decía: «Me temo que no podamos desembarazarnos de Dios porque aún creemos en la gramática.» Es posible que ya no creamos en la gramática, en la gramática de los gramáticos, pero de todos modos somos prisioneros, irremediablemente, de la gramática de la lengua misma. Viejas categorías gramaticales han perdido su sentido, pero conservan la forma. En la forma del masculino y del femenino, por ejemplo, ¿no se mantienen anquilosadas viejas creencias animistas que se remontan a más de cuatro mil años? Un mundo en efervescencia ultramoderna como el de Israel ¿no encuentra hoy su plena expresión en los moldes estructurales del hebreo bíblico? ¿No lo logra igualmente el latín del Papado?

      

Aun así, la estructura gramatical de las lenguas vivas también cambia, aunque de modo menos ostensible. Nuestro sistema verbal ha perdido, en el último siglo, varias piezas importantes. El pretérito anterior (o antepretérito) solo sobrevive como reminiscencia literaria: «Casi hube creído que su conducta era franca y leal, pero al fin se quitó la máscara.» Bello consideraba que creí diría sustancialmente lo mismo. Pero con menos encarecimiento. No parece, sin embargo, que nadie se expresara hoy así. «Cuando hubo amanecido, salí» se reemplaza con expresiones nuevas: «Apenas amaneció, salí.» «Luego que amaneció, salí.» ¿No está también en crisis la distinción entre cantó y ha cantado? El pretérito simple ha hecho grandes avances a expensas del compuesto (el antepresente o pretérito perfecto), especialmente en algunas regiones (Galicia, Asturias, Río de la Plata, Chile, Venezuela, Méjico, etc.). Y el propósito de salvar la diferencia, que ven en trance de desaparición, es uno de los móviles del «Manifiesto a los hablantes en lengua castellana» de Sánchez Ferlosio, Sánchez de Zavala, García Calvo y Piera Gil, publicado en Cuadernos para el Diálogo, de de Madrid, en junio-julio de 1966.

      

Menos vitalidad aún tiene el futuro de subjuntivo en , que subsiste algo en la lengua literaria (sobre todo en la jurídica, arcai¬ zante por naturaleza), en fórmulas hechas (; se oye también, no sé si con más frecuencia, ) y en alguna copla o refrán («Adonde fueres, haz lo que vieres»). La frase del : «No sabemos quién sea esa buena señora que decís: mostrádnosla; que si ella fuere de tanta hermosura como significáis, de buena gana y sin apremio alguno confesaremos la verdad», sin duda se diría hoy de otro modo (... si ella es...»). Y la siguiente, de Lope: «El cielo puede hacer lo que él quisiere», es evidente que se expresaría con con el presente («lo que él quiera»...). Aún más muerto está su tiempo compuesto: «Cuando se hubiere reparado la casa, pasaremos a habitarla.» Hoy diríamos: «Cuando se haya reparado»... En realidad ¿no está en crisis todo el futuro, siempre tan hipotético, aunque sea de indicativo? En el habla cotidiana lo suplanta en gran parte el presente: «El mes que viene me voy de viaje», «Mañana tengo un examen», «En junio estoy en París». O formas perifrásticas: «El día 28 voy a dar una conferencia», «Han de ser las cinco». De todos modos en España me parece más vivo que en Hispanoamérica, si se descartan usos, como los del Ecuador («Daráme unos diez sucres», «Cuidaráste bien») en que tiene puro valor imperativo. En muchos de nuestros países sólo se conserva en el uso literario.

     

Las preferencias testimonian un movimiento. En lugar del viejo pretérito de subjuntivo en las oraciones optativas («Yo viajara a Europa si tuviera dinero») se prefiere hoy decididamente el  llamado potencial o pospretérito («Yo viajaría»...), salvo en ciertos usos literarios de valor evocativo (se encuentra así a veces en la prosa de Ortega) o en el habla de regiones arcaizantes como Venezuela. También ha retrocedido bastante el uso del pronombre enclítico, hoy limitado a ciertas circunstancias (con imperativo, infinitivo o gerundio). Un venezolano de los Andes, anclado en muchos aspectos en las formas tradicionales, puede decir: «Entusiasméme cuando la vi.» En general uno sonríe ante ese tipo de frases, tanto que es frecuente recurrir al enclítico en remedos humorísticos de la lengua vieja.

       

Otra serie de hechos quizá correspondan más bien a cierto cambio en el estilo lingüístico, o en el gusto. La adverbialización del adjetivo, por ejemplo, tiene antecedentes en la lengua antigua y clásica, y es recurso del español popular de todas partes («Que te vaya bonito», en la Argentina, Chile, el Ecuador, etc.; «Hable pasito», en Venezuela; «Conversa sabroso», en Colombia, Venezuela, Méjico, etc.; «Escribe fatal, lo pasamos bárbaro», en España), pero en los últimos tiempos ha escalado posiciones: es frecuente en la prosa de Azorín, y a veces lo han considerado recurso del llamado «estilo impresionista». Quizá se deba al moderno afán de brevedad, por evitar las lentas formas en -mente (¿ no será por eso que se generalizan formas como a diario o de inmediato?). Lo cual quizá explica también la preferencia por los posverbales (el cuido, el relajo, el desespero, la contesta, más o menos regionales) en lugar de los viejos nombres en -miento o en -ción (Simón Bolívar, por ejemplo, escribía cambiamientos, pagamentos, comprometimiento, equipamiento, acomodamiento, fascinamiento, y también protestaciones). Hoy se tiende a la palabra más corta, a los modos expresivos, más condensados: de ahí el triunfo de cine, foto, moto, radio, quilo, chelo (violonchelo), bus (ómnibus o autobús), y en ciertos niveles la mili, la poli, el dire, la seño, el profe, etcétera) y de ahí también el triunfo universal de las siglas (O.N.U., O.E.A., O.T.A.N., U.N.E.S.C.O., U.R.S.S. y cien más, pronunciadas como nombres reales, en contraste con un millar de otras, como F.B.I., M.I.T., etc., que se siguen deletreando), a las que Dámaso Alonso, en un poema, llama «gris ejército esquelético», «legión de monstruos», «fríos andamiajes en tropel». Vivimos efectivamente en «el siglo de las siglas». Voltaire, en época de más pres¬ tigio de la razón, decía «C’est le propre des barbares d’abréger les mots». ¿No constituyen un ejemplo más del que Simmel daba como signo de nuestros días?

     

Quizá quepa también dentro de esa tendencia la adverbialización del nombre («Estuvo fenómeno», «Se divirtieron horrores») y su también frecuente adjetivización (hombre masa, empresa piloto, villa miseria, etc.). Hoy hay, indudablemente, mayor libertad en la formación verbal, y también para socavar los cimientos de la gramática tradicional. Cierto desquiciamiento de los moldes lingüísticos que se observa en algunas novelas de la nueva ola, ¿no tendrá sus repercusiones en el léxico y la sintaxis, como en la época del gongorismo? 

    

Cambia también la pronunciación. Los minúsculos desplazamientos articulatorios que se producen de generación en generación son menos perceptibles, pero la ll está cediendo su lugar a la y (a diversas formas de y), aun en gran parte de España, sobre todo en los grandes centros urbanos, y no parece lejano el triunfo general del yeísmo, lo cual ya implica una alteración del sistema fonológico. Otros hechos. Una cantidad muy grande de nombres han cambiado de género: análisis, énfasis, cutis, por ejemplo, eran femeninos a mediados del XIX y hoy son masculinos. Otros muchos siguen vacilando hoy. Hace cien años todavía se podía decir: entre ti y mí, entre Juan y mí, entre María y ti (Don Quijote decía: «La diferencia que hay entre mí y ellos es que ellos fueron santos y pelearon a lo divino, y yo pecador y peleo a lo humano»). Hoy nos suenan ya extrañísimos (decimos entre tú y yo, etc.). Hace un siglo uno decía yo vacio la copa hoy yo la vacío. Emilio Lorenzo, en un libro reciente (El español de hoy, lengua en ebullición, Madrid, 1966), analiza una serie de hechos en que nota un abismo entre la lengua hablada de nuestro tiempo y la gramática tradicional: los tiempos del verbo asumen nuevas funciones, surgen nuevas perífrasis verbales que tienden a gramaticalizarse, se observa una decadencia general del subjuntivo, desaparecen una serie de formas, convergen y se contaminan usos variados, se forman nuevos modos prepositivos y se imponen formas nuevas de economía de expresión. Ya Rafael Lapesa estudiaba hace poco, en la Revista de Occidente (noviembre-diciembre de 1963), los cambios producidos en nuestra lengua, en estos últimos cuaenta años (1923-1963), entre ellos, algunos que afectan a la estructura (desplazamientos de significación en conjunciones, adverbios y locuciones equivalentes, etc.). También en la misma revista (septiembre de 1964) se detenía Fernando Vela en los nuevos Modos de hablar, y llamaba la atención sobre la generalización del , que acorta las distancias («el usted formaba una especie de barrera protectora»). La generalización del tuteo (ya en 1947 anunciaba Dámaso Alonso la muerte del usted) es expresión clarísima del igualitarismo social de nuestro tiempo. Pero lo curioso es que con ello se tiende a restablecer el viejo orden latino: el romano de la época clásica no conocía más que el para dirigirse al padre, al hijo, al emperador, a Dios.

 

 

 

6. El futuro del español

 

      

Esa dispersión y fraccionamiento ¿no trabaja también en el campo de la cultura y de la lengua? El desequilibrio numérico entre España e Hispanoamérica ¿no desplazará inevitablemente el centro de gravedad de la lengua? ¿Hay además verdadera unidad entre los distintos países hispanoamericanos?

      

Desde hace un siglo se augura al español el destino que le cupo al latín en las distintas regiones de la Romanía. Aún hoy suenan voces de alarma, el temor de que un siglo de agitaciones convierta las actuales diferencias en abismos insalvables, de que en pocas generaciones no nos podamos entender los unos a los otros.

      

Es verdad —ya lo hemos visto — que la lengua está en un proceso vertiginoso de transformación. Si en pocos siglos — del quinto al décimo — el latín se transformó en una serie de lenguas nuevas, ¿qué nos espera a nosotros? El tiempo histórico es hoy más vertiginoso que nunca, y cincuenta años del siglo XX tienen sin duda más dinamismo que quinientos de entonces. Pero mucho más vertiginoso aún es el desarrollo de las comunicaciones. El fraccionamiento del latín se produjo en circunstancias especialísimas. Don Ramón Menéndez Pidal, en su Introducción al volumen de la España visigótica, relata el hecho siguiente, sin duda muy significativo. El año 587 Recaredo se convirtió al catolicismo romano. El año 589 se reunió en Toledo el Concilio de la España goda, de la Galicia sueva y de la Galia narbonense. El Rey comunicó la conversión de todo el pueblo godo, lo cual cerraba el cisma arriano de varios siglos y las persecuciones religiosas. El obispo Leandro pronunció la homilía congratulatoria: «La Iglesia ha dado a luz un nuevo pueblo para su esposo Cristo...» Con todo, Recaredo tardó un año en anunciar el acontecimiento al Papa, «a causa de los negocios del reino». Una comisión de abades enviada a Roma tuvo que regresar desde Marsella, por el naufragio de la nave. Llevó el mensaje un legado pontificio que se hallaba casualmente en Málaga. El papa Gregorio tardó otro año en contestar. Desde la conversión habían pasado cuatro años. ¿Cuánto tardaría hoy una noticia semejante en dar la vuelta al mundo? 

       

Estamos ante algo extraordinariamente nuevo: la rapidez de las comunicaciones, la circulación de personas, libros y periódicos, los progresos de la radio, que ya tiene programas de carácter universal, y los de la televisión, que los tendrá muy pronto. Más aún. La cultura medieval mantuvo a todo trance su fidelidad a una lengua latina inmovilizada en sus viejas formas clásicas, sin contacto con el habla viva de la casa o de la calle, que siguió su rumbo propio. Nada de eso se observa hoy. Además, un mundo entero que sabe leer y escribir, ¿no es también un mundo enteramente distinto? Contra todos los vaticinios agoreros, y a pesar de una serie de factores efectivos de disgregación, se puede asegurar que la unidad de la lengua culta en todos nuestros países es hoy mayor que nunca. Una unidad que respeta la legítima e inevitable diversidad de cada región, y hasta de cada persona. Que no puede estar dictada desde un lugar, sino que es y debe ser obra de amplia colaboración de todos los escritores, pensadores y científicos de nuestra lengua.

      

Estamos entrando en una edad nueva. Jamás había conocido el mundo las fuerzas de unificación que están hoy en juego. Wells, que ya en 1902 escribió unas Anticipaciones del porvenir, creía que se había detenido toda nueva diferenciación de las lenguas en España, Francia, Italia, Alemania, los Estados Unidos, que se estaba imponiendo en todas partes una norma centralizadora y que el acento regional tendía a desaparecer. ¿No tenía las mismas raíces el optimismo de Karl Vossler? Es también la idea que ha reiterado en varias ocasiones don Ramón Menéndez Pidal: los actuales medios de comunicación y la acción de los organismos internacionales lograrán suprimir las diferencias dialectales y unificar los neologismos.

    

Dámaso Alonso, en cambio, ha dejado oír ya varias veces su grave voz de alarma (prefiere un moderado y razonable pesimismo). Ante los peligros futuros, que no coloca en el período histórico actual, sino «en la posthistoria», quiere que vigilemos hoy los fenómenos diversificadores, que luchemos contra el vulgarismo, que vitalicemos las fuerzas cohesivas, que enriquezcamos nuestra vida cultural, «único elemento refrenador de las quiebras fonéticas y sintácticas ya existentes». Pide respecto por las variedades nacionales (tomando como espejo del mejor uso los grupos rectores, intelectuales, académicos, universitarios y literarios de cada país), pero quiere que haya instituciones internacionales de acción urgente 202 que defiendan la unidad. «Podemos — dice —, obrando sobre el presente, ampliar nuestra proyección histórica sobre el futuro.»

       

El surgimiento de una lengua argentina, venezolana o mejicana no parece hoy aspiración de nadie, y quizá en serio no lo haya sido nunca. Además, en ese terreno, ¿por qué una lengua argentina, y no varias, si se consagran y estimulan todas las variedades regionales? El hispanoamericano de cualquier parte, ¿en nombre de qué va a renunciar a los entrañables lazos de hermandad que lo unen con el inmenso mundo hispanohablante? El signo de los tiempos es evidentemente el universalismo. La vida de una lengua de veinte naciones, celosas de su propia personalidad, pero pendientes de la marcha del mundo y con la legítima aspiración de desempeñar un papel en esa marcha, no puede verse ni con estrecho espíritu de campanario ni tampoco con la visión del viejo purismo, tan pobre y timorato, sino con una perspectiva generosa de amplia unidad. Las lenguas — todas las lenguas— se están volviendo más receptivas, más internacionales, no solo en la terminología científica, económica y política, sino hasta en el repertorio general de imágenes (piénsese, por ejemplo, en el éxito universal del tigre de papel, acuñado por los chinos). A favor de ese universalismo, puede afirmarse que se está gestando una amplia y rica unidad de la lengua hispánica, con ventanas abiertas a todos los aires del mundo. El futuro próximo no parece que nos depare peligros graves. ¿Cabe escrutar más allá, hacia los siglos venideros, eludiendo a la vez deseos y temores, las dos vertientes del sueño, o de la profecía? La lengua es un producto de la historia: ella la hace y ella la deshace.

      

El futuro lejano ¿puede predecirse? Hasta hace poco predominaban las utopías beatíficas (el año 2000 como retorno a la edad de oro). Hoy prevalecen las visiones de pesadilla (Huxley, Orwell, etc.). ¿Está acaso asegurada la supervivencia del hombre o de nuestro planeta? Tampoco está asegurado, para ninguno de nosotros, el minuto próximo. Pero la vida del hombre se sustenta en la fe del mañana, y gracias a ella trabaja y sueña. El ansia humana de inmortalidad se proyecta también sobre la lengua, que anhelamos ver siempre engrandecida y eterna. Cada generación es responsable de la vida de su  lengua. ¿No es ella el legado más precioso de los siglos y la gran empresa que nos puede unir a todos?

Angel Rosenblat (1902 -1984). Lingüista y ensayista venezolano, de origen polaco, nacido en 1902 y muerto en 1984. Llegó a Venezuela en los años cuarenta, y se dedicó a partir de entonces a la Filología, llegando a convertirse en uno de los grandes conocedores del habla venezolana, con libros clave como Buenas y malas palabras (1960). Sobre los problemas ocasionados por el mestizaje en el español de América versa El castellano de España y el castellano de América (1962). Otros importantes ensayos suyos de lengua y literatura son El nombre de Venezuela (1956) y La primera visión de América y otros estudios (1965). Es fundamental su ensayo sobre La lengua del Quijote (1971).

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