Vida en la sangre: selección poética de autoras jóvenes nicaragüenses

Selección y prólogo por América Lainez

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Algunas personas, animadas por su ceguera, su parcialidad  o los lugares comunes, dirán que esta antología no tiene razón de ser, pues no hay que hacer distinción entre literatura de mujeres y hombres, sino solamente entre buena y mala literatura. En esencia, quizá, no estén del todo equivocados; sin embargo, podríamos hablar simplemente de literatura en un universo perfecto, donde la especie humana viva en el empíreo eterno de la igualdad y la armonía; este país y este mundo, no obstante, aún distan mucho de ese ideal. Podríamos hablar simplemente de literatura en un país en el que no existieran reglas tácitas que priven a las mujeres de publicar, en un oasis de paradigmas que no las hiciera dudar de su autoría, ni sentirse prófugas nocturnas, criaturas prometeicas, ladronas de un fuego que no les pertenece. 

Las mujeres que osan hacer suya la palabra son todavía consideradas anomalías, casos aislados o, aún peor, ese subgénero de poeta, la casi, casi poeta: la poetisa. Presa de lo que se consideran inquietudes pueriles, la poetisa, desde un peldaño bajo, vuelve su vista al cielo, admirando el parnaso inmóvil y erecto donde habitan los “verdaderos” poetas. Entonces, escribe, pero se esconde en la vergüenza de haberse atrevido a tanto. No participa públicamente, y cuando lo hace, debe asumir su condición de poetisa y hacerse a un lado, para dar paso a los poetas, o porque las largas diatribas onanistas de estos la cansan. 

Si preguntamos a autores ya (o en proceso) consagrados cuáles son sus influencias literarias, a quiénes admiran, raramente se escuchará el nombre de una mujer. ¿Es porque no existe hasta el momento una escritora que pueda equipararse a Martínez Rivas, a Borges, a Faulkner, a Cervantes o a Shakespeare? ¿O porque el canon literario es una constante lucha edípica entre padres e hijos, un flujo y reflujo de conversaciones, aceptaciones o negaciones de los fantasmas de sus predecesores encarnados en los textos, como apuntaría el a veces acertado, a veces reduccionista Bloom? Lo cierto es que las escritoras se han sentido huérfanas, históricamente sin madres, y con unos padres autorreferenciales, solipsistas y distantes que han llegado a odiarlas o encerrarlas en las igualmente nocivas figuras de musa virginal o criatura pérfida. ¿Les satisface a ellas este canon? ¿Aspiran a fundirse en ese árbol genealógico como enredaderas bastardas que ruegan amor y atención paterna, aspirando a la salvia de la legitimidad artística? ¿O engendrarán un árbol nuevo que constituya un canon solo para ellas? ¿Cómo se conversa o cómo se crea una voz poética si los modelos a la mano son voces tan distintas a las suyas? ¿Cómo ser poetas si la tradición les ha dicho que ellas no son poetas, sino “poesía”? La poeta no solo tiene la abrumadora tarea —don o maldición— de retraerse y tratar de descifrar sus abismos, sino también de legitimarse ante el temor del antagonismo de sus lectores masculinos. 

Últimamente, cuando se habla de la “nueva poesía nicaragüense”, de los profetas y mesías que vienen a anunciar el verbo — Generación de los 90, de Abril, o como quieran llamarlos— no aparece ninguna mujer (y no es que sea necesario demandar una cuota). ¿Es que no hay una sola mujer joven que escriba poesía? Resulta inverosímil.  ¿Es que no quieren ser publicadas? También suena inverosímil. ¿Es que están desencantadas con lo que el ambiente literario y la tradición encierran, y prefieren mantenerse en los márgenes? ¿Es que no quieren lidiar con la condescendencia, con la infantilización, con el sexismo que domina el discurso? Quizá sea el caso, pero no puede asegurarse. 

Los párrafos anteriores se han escrito como justificación o respuesta anticipada a un posible cuestionamiento sobre la necesidad de esta selección poética de mujeres. Ahora bien, dejando de lado estas cuestiones que son pertinentes a los historiadores, a la crítica o a la teoría literaria feminista, y que nos sitúan en una discusión más teórica que poética, sabemos que, como dijo Paz: “la unidad de la poesía no puede ser asida sino a través del trato desnudo con el poema”. En esta selección poética se presentan poemas de cinco autoras nicaragüenses menores de 30 años, con excepción de una de ellas. Podemos tratar de explicar sus obras desde la historia, desde la perspectiva feminista, desde la psicología, desde el contexto históricosocial en que fueron concebidas; podemos tratar de encasillarlas en necios movimientos, en aisladas escuelas o en forzadas generaciones, por afinidad de temas o de estilos. Sin embargo, me parece un poco obstinado pretender encerrarlas en jaulas que pueden ser tan infructuosas como nocivas, pero, al fin y al cabo, desde tiempos primigenios el ser humano ha tenido el afán de acomodar el caos y categorizarlo todo. 

No hay que negar, sin embargo, la presencia recurrente de ciertos temas, motivos o figuras en los poemas que aquí se presentan. Por un lado, la imagen de la mujer que derrumba los mitos en los que la historia la ha lapidado, que busca palabras nuevas o subvierte las antiguas en un afán de autodefinición y autoconocimiento. Usando a menudo imágenes bestiales, usurpan los puestos de dios creador y de Adán, el primer hombre que nombró todas las cosas, como muestra Noelia Espinoza: “Nací con cabeza de leona,/ los ojos en el cielo,/ pezuñas en el lodo,/ la piel abierta”. Otro de los temas recurrentes es el tiempo como medida de todo lo perdido, que ronda como fantasma en Cuarentena, de Avril Regina, y La casa de mi infancia, de Elsa Orozco. Y, por supuesto, como hijas de su tiempo y del país en que nacieron, también hacen impresiones de los estragos que deja en el alma y en la psique de una sensibilidad poética el sordo espanto de una dictadura. 

En Praxis, Valentina Gutiérrez Blandón propone un nuevo modo de ser ante el terror político y las consecuencias de la represión: “Mi venganza personal va a ser la ternura /  como praxis ante el horror”; de igual forma, Midna Guerrero en Después de las revueltas convierte la voz poética en “herida abierta / rellena de pus” hasta llegar a la autonegación y supresión del ser, producto del inefable dolor de presenciar muerte y destrucción en la Rebelión de Abril de 2018. Un dolor que estas jóvenes jamás habían vivido antes, o al menos no en ese contexto. En estos poemas abundan las imágenes violentas y sórdidas, imágenes de sangre, de mutilaciones, imágenes orgánicas que no son sino reflejo del mundo, orgánicamente sórdido y violento. 

Las poetas de esta antología realizan lo que supone ser el oficio último y primordial del poeta: jugar con el lenguaje, trastocarlo, matarlo y redimirlo de forma azarosa y premeditada, para llegar al fin en sí mismo que es el poema. Bien lo expresa Espinoza: “Quise otro lenguaje/ un lenguaje viento/ráfaga sonora/ un lenguaje fuego límbico de placer”. Con el verso libre como enseña, no sabría discernir si por ingenuidad de quien esboza sus primeros versos en estos tiempos o de manera deliberada, aunque algunos poemas apuntan a lo último. Por ejemplo, la forma es la que da el sentido y ritmo desenfrenado de Espinoza, un canto-grito-llanto-carcajada vertiginosa de gorgonas y bacantes. Otras recurren a ejercicios poéticos parecidos a la poesía concreta: palabras como ladrillos, como adoquines que erigen una barricada, como en el caso de Espejos de Midna Guerrero, o como la Telaraña tejida con letras y espacios, ritmos y silencios, del poema de Avril Regina. El desencanto, la traición llega al punto en que la gramática de los hombres no basta y se prescinde de ella en algunos casos. Aunque es claro que estas estrategias ya han sido usadas antes, sí constituyen una negación, una trasmutación y una rebeldía.

Volvemos, pues, a la parte central de esta antología: los poemas que perfectamente pueden explicarse por sí mismos. Poemas desangrados, poemas que no parecen haber sido paridos, sino abortados, iguales en amor y en dolor, nihilistas y vitales, en éxtasis de horror y de belleza, como toda experiencia estética.





Noelia Espinoza (Managua, 1988). Guionista de cine.

 

Canto para Liddell

 

I

 

Hijos míos,

debí haberles abortado.

Quisiera que permanecieran inocentes,

quisiera privarlos de toda razón.

La razón los devorará vivos,

conocerán la angustia

 

y un dolor inexplicable se apoderará de ustedes.

 

Hijas mías,
he aquí la especie humana:

una serie de rebaños,

rebaños sombríos,

repletos de todas las violencias,

 

cada uno con un jefe que lo guarda,

lo guarda para comérselo
a dentelladas

glotonamente

violentamente.

 

Debí haberles abortado,

lo deseé,

corté toda la ruda necesaria,

me di múltiples baños,

pero estaban amarrados a mi vientre como hiedra

y así han venido al mundo: como sombras,

a resistir para ser débiles

porque no puedo enseñarles otro camino
que el de la debilidad

y la poesía.

 

II

 

No tengo la voz de león para mandar

ni la fuerza, ni el látigo

no puedo expresar más que este estado mío

de recepción absoluta

 

doy lo mejor de mí,

mis emociones más profundas
y misteriosas, a los hombres

y a cambio la especie humana

me esclaviza

me devora

tal vez les devore a ustedes también

como a nosotras que nacimos muertas

que nacimos ensangrentadas

que nunca nos bañamos en río sino en pozo

 

nosotras

 

que a media noche despertábamos

invadidas por la luna
por el deseo indomable
de caminar a solas por los bosques

deseo que contuvimos por temor

 

nosotras

 

que seguimos
con navajas en el bolsillo

avanzando en la oscuridad

en carcajadas frenéticas y enloquecidas

 

nosotras

 

aberraciones enfermas

suicidas sin suicidio

desde niñas

convirtiendo el miedo

en rituales

y los rituales

en lluvia

y en viento

 

tal vez esa sea vuestra única salvación:

devenir bestias silenciosas.


 

Sed 

 

Nací con cabeza de leona,
los ojos en el cielo,
pezuñas en el lodo,
la piel abierta. 

Alguien me dijo en sueños que bebiera hasta saciarme,
pinté ríos de sangre, pero mi sed no cesó nunca. 

Aprendí con azotes a ver en la oscuridad,
a ser más silenciosa, más sutil, más invisible;
a beber con solo oler, a comer con la mente. 

Me negaba a salir del vientre de mi madre,
intuía que en el mundo no había más que horror y aburrimiento.

Mi madre pujó siete días y siete noches de fiebre,
hasta que una mujer sombra le dio de beber un líquido espeso.
Cuando despertó sintió temor de Dios 
y estuvo a punto de enloquecer. 

Luego no quiso verme. 

Aprendí a dormir con la bestia en la esquina de la cama.
Cada vez que la bestia entraba en mí,
soñaba que no era yo, 
sino una perra negra con pelo de gato. 

Una mañana me cortaron los brazos y la lengua. 

Huí en la cola de un huracán,
habité los montes del Delirio,
me sumergí 
y aprendí el idioma de los mares. 

Cuando volví a la tierra hacía mal tiempo
me abrigué con pieles de otras bestias e hice autostop
Devorando camioneros solitarios, llegué a Tuxtla Gutierrez

y viví mareada en el jazz.
Tenía un solo vestido rojo que mostraba mis senos,
lo usaba todas las noches en todas las fiestas. 

Una noche por fin desperté 
y caminé hasta perderme
y luego no quise volver,
sino trazar un nuevo camino alucinante
y luego otro
y otro
danzando
hasta desaparecer. 

Desperté en un campo de flores azules
y me supe entre una manada de lobas.
Las invité a mi garganta
Una de ellas me devoró y me dijo: 
La carne es la única verdad en el mundo

Entonces, le abrí las piernas a la eternidad.

Quise otro lenguaje
un lenguaje viento/ráfaga sonora
un lenguaje fuego límbico de placer
Descubrí la telepatía en el temblor de la piel,
reconocí el misterio de la vida en la sangre. 

 

Me dices que el mundo es frío,
que incluso en verano necesitas cortinas gruesas
sobre ventanas cerradas,
y que cuando abres un poco las cortinas
para ver si algo ha cambiado, los parqueos siguen ahí,  

como hielo congelado en las mentes
 

pero siento,
siento demasiado todo el tiempo.
A veces tengo la sensación de que voy a explotar. 

 

Tengo una navaja en la mano  y no sé por dónde empezar
a devolverle la verdad al mundo.

 

Empezaré con tu cuello, tal vez. 

 

¿Has visto a esos pájaros de alas negras
y pecho aterciopelado y brillante?
¿Has visto cómo cantan,
cómo se inflaman antes de cantar
y dejan que en su canto salga
hasta la última gota de aire, 
para que afuera, canto y aire
hagan metamorfosis con el cosmos? 

Vivir debería ser así.


 

Midna Guerrero (Managua, 1991). 

 

Sobre la primera foto de un agujero negro

Sí, hubo una mujer
detrás del algoritmo.
Sin duda era brillante
–si es que existe una certeza –,
cual luz que no traspasa.

¿Cómo ver después de la oscuridad?
¿Cómo llegar al cúlmen sin tener miedo?
Buscar el agujero negro:
objeto invisible, pesado y pequeño,
tan denso que te atrapa
si te acercas demasiado
(cual ego tuyo
tragándose mi luz).

Una mujer y su visión:
¿cómo retratarla?
¿cómo demostrar que existe
sino es por su sombra?


 

Espejos

    

 

                           horizontal                              
              abierto                                 autoconvocado   popular

      

                                                                               así  me cubro de ver
                                                                          a quien me quiera engañar




 

Después de las revueltas

Durante meses no he sido
más que herida abierta
rellena de pus
mi corazón
toda yo
nada
no
.



 

Avril Regina (Rivas, 1996). Licenciada en Comunicación Social, lectora voraz, pintora y escritora. Sus escritos han aparecido en las antologías Morir Soñando,  y Liberoamérica, y en la revista 400 elefantes.

Telaraña

 

Algo espeso se enreda
en mis callejones cerebrales.

Quiere llenar mis tardes y mis noches
–y hasta mis mañanas– de silencio.

 

Distorsiona los inicios
hasta convertirlos en decadencia.

 

Parece una telaraña,
se oscurece cada vez más

 

                                           CRECE

 

s  e   e  x  t  i  e  n  d  e

 

                                  –comienza a aprisionar mis costillas–


Me quiere envejecer,
tragar mi luz,
robarme el lenguaje,
esconderme eternamente bajo las sábanas,
transmutar mi aire en miedo.

 

Ahora empieza a ascender...
                                                                                              me quiere ganar…


 

Mi refugio es el color y la ambigüedad.






 

Cuarentena

 

Soñé que olvidaba el miedo

y bailaba bajo el sol por la mañana.

 

                               .

  

                                                                                     Soñé con un muerto.

                                                   El muerto estaba conmigo en una foto y sonreía.

                                 

                              .

 

Soñé con un gato blanco y negro,

le faltaba la pata delantera izquierda.

Yo le daba de comer.

 

                             .


 

                                                                      Soñé con mis vidas pasadas.

                                                                     “Qué rápido pasa el tiempo”,

                                                                          les decía entre suspiros.

                                                                                   

 

                          .

 

Soñé con la ausencia

y, al despertar, me encontré mutilada. 




 

Elsa E. Orozco (Managua, 1990). Comunicadora social, escritora, pintora y coleccionista de rocas. Ha aparecido en la antología Frutos de Invierno de la Sociedad Nicaragüense de Jóvenes Escritores (2012), así como en las antologías internacionales Poemas Dulces (2012), Voces Nuestras (2013), Grito de Mujer (2015) y la Antología Internacional Erótica (2019). Publicó el libro virtual Ecos y Reflejos (Biblioteca de las Grandes Naciones, 2016).  Fue creadora de la “Gira poética por espacios artísticos libres de violencia sexual” (2019).

Perpetua

Puedo despertar
y surgir en la dicotomía de un sueño,
dibujando la silueta del cielo con mis pies,
camuflando mi tristeza en el rocío.
Puedo revolver el arcoiris con sangre
y hacer erupción en mis caderas.

Puedo confundirme con el viento,
ser manto de cualquier estación del año,
abastecerme del fuego
con el ombligo de mis instintos,
guiarme con la sabiduría de la luna
y las estrellas, cual guerrera inmortal.

Puede la noche mezclarse
con mi mirada,
puede mi cuerpo convertirse
en guanacaste,
puedo tejer anhelos y olvido
con la llama de una luciérnaga en mis dedos.

Puedo ser supernova,
mujer erótica perpetua,
pasearme con gracia en el zodiaco
y verme hecha hoja de sol naciente,
pero jamás seré ceniza. 

 

La casa de mi infancia

El viento fisga
donde hubo una vez cerraduras,
donde se atizaba el perol
de atol hecho con maíz tierno,
refugio en las noches frías.

Esta noche no queda más
que madera encontilada,
paredes cargadas de cansancio.

Fantasmas habitan la cueva:
vagan sobre carbón y olvido.  

Valentina Gutiérrez Blandón (Managua,1996–2020).

 

Praxis

 

Este mundo me ha hecho cosas indignas 

gracias a eso, contemplo la nada
sentada en el borde del horizonte.

 

De la nada florece todo
y de la noche nace el concepto de día... así de simple.

La felicidad está en las asimetrías de la vida,
pero no abundan… y así debe ser.

 

Este mundo me ha hecho cosas indignas
y mi venganza personal no va a ser robar
—como Tomás Borge—,
convertirme en lo que me torturó, en lo que detesto.

 

Mi venganza personal va a ser la ternura
como praxis ante el horror. 

Cómodamente, desde la nada.


 

Palmeras

 

Hay cierta tensión en las cuerdas que no vibran,

pero en las hojas de las palmeras no hay calma.

Por eso las venero, ofrezco mi aliento como botana

para después de que se traguen el sol,

para que consideren la posibilidad 

de que, a pesar de todo, yo también soy vida,

para que me reconozcan como familia,

aunque yo no produzca el verde-amarillo
de la niñez consciente

ni tenga en la muerte la elegancia
de las hojas secas que caen rotundas acariciando el aire.

Sin embargo, confieso que me conmueve
que, aún siendo familia —bastarda, pero familia—,
esas palmeras de mí no sepan nada.

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América Lainez (Managua, 1992). Escritora, editora y traductora literaria.