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El hombre que sí sabía del amor de la lengua española: Ángel Rama (1926-1983)

 


Por Amelia Mondragón

Hace poco menos de 34 años, un accidente aéreo acontecido en el aeropuerto español de Barajas se llevó la vida de 180 personas, entre ellas la de algunos artistas e intelectuales que iban camino de Bogotá, al Primer (I) Encuentro de Cultura Hispanoamericana.  

Convocado por Belisario Betancourt, entonces presidente de Colombia, el I Congreso se había planificado con espíritu festivo, para celebrar la excelente calidad que por décadas habían mostrado las artes y las letras en Hispanoamérica. A tal ánimo también se acogieron los pensadores españoles que leerían sobre la expansión de nuestra lengua en las Américas.

 

Fue espontáneo el luto, el minuto de silencio previo a cada presentación. La concurrencia resentía la desgracia de Barajas y especialmente la muerte de los suyos, artistas de toda índole, entre ellos dos excelentes narradores, el mexicano Jorge Ibargüengoitia y Manuel Scorza del Perú. También dos críticos, Ángel Rama en literatura, y su esposa Marta Traba, en artes plásticas.

Para el campo de la cultura, la muerte de los críticos supuso tanto como la de los escritores, y en los estudios literarios hispanoamericanos, por decir lo mínimo, aún no ha vuelto a darse una crítica tan ágil y temeraria como la de Rama. No en balde era coetáneo de los escritores que pertenecían al Boom narrativo; tenía doce años menos que Julio Cortázar y diez más que Vargas Llosa. Al igual que ellos creció leyendo a modernistas y vanguardistas, y también como ellos aprendió a usar al máximo los instrumentos conceptuales que su época le ofrecía.   

 

Para hacer sus investigaciones Rama no vaciló en echar mano de la rica producción intelectual que entre los años cuarentas y ochentas nació o se reevaluó mayormente en Europa. Así, la modernización de Hispanoamérica, hecho que lo preocupó a lo largo de su vida y que él entendió como constante, incluso desde el período Colonial, se vio asaltada, gracias a él, por conceptos originados en muy diferentes métodos y espíritus críticos. Irreverentemente pareados desfilaron en sus ensayos, por ejemplo, la estilística y el análisis estructural, o el marxismo de la escuela de Frankfurt y el posestructuralismo.

  

No le tuvo miedo ni al tema de la modernidad ni a la borgiana biblioteca de autores que acabó convocado. Su espíritu crítico jamás le hubiera permitido mezclar irresponsablemente lo que no se mezclaba y que le era imperativo conocer para estudiar su tema y estudiarse a sí mismo ¿O acaso no era él parte de esa modernidad? ¿No recibía también él productos altamente procesados y se veía forzado a reordenarlos de acuerdo con sus propios medios allá donde el destino y el exilio lo llevaran, ya fuera a Puerto Rico, Venezuela, Colombia o los Estados Unidos?

La pregunta latente en cada uno de sus ensayos siempre fue el por qué pensamos como pensamos. O mejor aún, desde su posición hispanoamericana, ¿cómo adquiere una cultura periférica sus modos o estructuras de pensamiento? ¿Cuál es la forma simbólica –la huella, la materia y su forma– en que tal cambio se muestra?

 

Si le permitimos a Rama que nos lleve de la mano tenemos que abandonar todo cuanto se parezca a mezcla mecánica de ingredientes, a hibridación o mestizaje biológico y simplón. Y sobre todo tenemos que aceptar la existencia del individuo con sus inherentes energías psíquicas. El punto de partida de Rama es el sujeto. Todos somos sujetos, pensaba él, como es propio de la tradición humanista, y por lo tanto actantes; todos actuamos en el mundo. Para un crítico de literatura tal pensamiento es muy importante ya que el proceso creador no se puede explicar sin la voluntad de quien lo vive y sin esa cantidad de operaciones íntimas e intransferibles, muchas veces inconscientes, con las que el artista reacciona ante el mundo. Tampoco puede explicarse el artista sin el conocimiento acumulado que portan tanto la lengua que usa como el que deviene de su forma de interacción en el mundo.  

 Esta creencia que Rama llevó a sus estudios no niega la inserción meramente operativa de técnicas en una cultura, pero ciertamente afirma que sus efectos intelectuales no son controlables o predecibles. En el siglo XX, sobre todo a partir de la década de los sesentas, los estudios de tipo cultural abandonaron la idea de «sujeto», o lo diluyeron en actitudes simples, tal como lo hace desde los sesentas el Postcolonialismo –que hace del sujeto una víctima—o desde los ochentas, el Transnacionalismo, disciplina para la que el sujeto es el predicado de un entrecruce de textos.   

Para estudiar ese momento en que el sujeto reacciona (artísticamente) ante cambios bruscos, Rama usó el término «ideología», pero redefinido al modo de Clifford Geez, en su artículo Ideology as Cultural System (1964) y en el libro The Interpretacion of Cultures (1973). Con mucho de cosecha propia, Rama entendió que de una forma u otra, una cultura se define por los sentidos (las significaciones, los conceptos) que concibe y/o adopta. El término «ideología», por lo tanto, aparece entendido en sus obras como «una energía sólo comparable a la del hambre o de la libido, que le lleva (al sujeto) a imponer soluciones aparencialmente absolutas en una manera drástica y arrolladora, porque son auténticas ‘razones vitales’ de las que depende la existencia misma dentro del consorcio social». La complejidad de la ideología, así definida, es extrema, y su mutabilidad considerable dada la «ingente masa de intereses vitales a los que debe justificar y legitimar» (Indagación de la ideología en la poesía. p.2, Publicado por primera vez en Revista Iberoamericana, Pittsburg: 1980). 

Con esta percepción culturalista de la ideología, Rama leyó los poemas de José Martí, Rubén Darío y otros modernistas, y pudo dar cuenta, al menos parcialmente, de las representaciones o «formas» verbales con las que Martí dispuso, por ejemplo, una oposición entre cultura y naturaleza nunca antes elaborada en Hispanoamérica. Esta construcción, evidente según Rama en Versos sencillos, muestra que si la naturaleza sigue su curso independientemente del ser humano, la sociedad también puede prescindir del sujeto que la contempla, es decir, del mismo Martí. En el caso de Darío, el otro gran representante de la modernidad de finales del siglo XIX, Rama muestra el «yo» inserto en «la selva sagrada», un escenario poético lleno de figuras contradictorias cuyo incesante movimiento las mantiene vinculadas pero siempre distantes (Prologo. Rubén Darío. Poesía. Caracas: Editorial Ayacucho, 1977).  Tanto Darío como Martí refieren en su poesía fragmentaciones del Yo paralelas a las que perciben en la sociedad. 

Según Rama, a la ideología debe atribuírsele no sólo un contenido sino también una forma, y ambos, contenido y forma, pueden pertenecer «a sistemas ajenos y anteriores al autor –desde las ideas hasta la lengua, desde las melodías hasta los regímenes de tropos e imágenes–, los que son conjugados al servicio de una invención original (…)». Para el caso de Martí y Darío, Rama halla en Martí, como contrapeso a la fragmentación del sujeto y del mundo, un sistema extraordinariamente simple y tradicional de la lengua española, como lo es el octosílabo pareado, y para Darío, una complejidad de imágenes cuya delineada perfección es más propia de la literatura española clásica que de la literatura parnasiana y simbolista francesas. En otras palabras, ambos echaron mano de un viejo caudal contenido en la lengua para crear un punto de equilibrio respecto a la erosión psíquica que experimentaban con la modernidad.

Es curioso que Rama, quien al igual que los críticos que lo precedieron estudió las homogeneidades culturales en Hispanoamérica, e incluso en Iberoamérica, resultara ser uno de los primeros críticos en fomentar el estudio y la crítica de las literaturas nacionales. Hace apenas cuarenta años que las universidades hispanoamericanas muestran en su pensum, no uno, sino varios de estos cursos literarios en desmedro de las visiones globales, paradójicamente mermadas con la globalización.

El último de los libros de Rama y el más polémico se titula La ciudad letrada. Se trata de un libro ambicioso y quizás incompleto, pues se publicó a los dos años de morir el autor, que explica las diferentes actitudes culturales que desde la Colonia se han tenido en Hispanoamérica frente a la palabra escrita, y cómo ésta, ya sea literaria, jurídica, pedagógica, filosófica o perteneciente a cualquier otro sector intelectual y gremial, ha jugado un papel importarte desde que la lengua fue transportada a las Américas.  

La lengua es una fuente de poder; la escritura es su memoria, no mera historia, sino también el crisol donde se mezclan nuevos significados y actitudes, donde dialogan y compiten el arte y la pedagogía, o la ley, o la economía, o la sociología. Ningún poder, incluso hoy, puede ejercerse en una sociedad sin que se haya impreso en su escritura.

Si hoy en día resulta enciclopédico y cuestionable para la crítica trabajar en los términos aglutinantes de Rama, no puede ésta negar la importancia de la lengua en tanto sujeto y objeto, en tanto continua unificante ideológica y cultural como instrumento psíquico.  

           

                                   

En 1974 Ángel Rama se exiló en Venezuela y en 1979 empezó a enseñar permanentemente en la Universidad de Maryland, Estados Unidos. A mediados de 1982 el gobierno de Ronald Reagan le negó la visa de residente, y aunque pocos meses más tarde le fue otorgada, después de apelaciones, por intervención del presidente de Colombia y quejas de muchos intelectuales hispanoamericanos, Ángel Rama y Marta Traba ya habían decidido residenciarse en Europa.

Poco antes de viajar a París, Ángel Rama convocó al profesorado y a los estudiantes del Departamento de Español y Portugués a una «conversación» de despedida cuyo título El amor de la lengua española dio mucho que hablar a sus estudiantes; algunos pensaron que con las preocupaciones, el profesor había cometido un error, pues la preposición lógica era «a», ya que a la literatura se acercan quienes aman la lengua.

De ningún modo. Con muy pocos apuntes y un montón de poemas que se sabía de memoria, Ángel Rama habló durante casi una hora ante unas ciento cincuenta o más personas de la lengua y sus modos de amar. Esta «conversación» que hoy publica Ágrafos fue grabada, literalmente transcrita y publicada en el último número Prismal/Cabral (12/13), la revista de los estudiantes del Departamento de Español y Portugués de la Universidad de Maryland.

 

 

 

Amelia Mondragón es catedrática en Howard University (Washington, DC). En 1989 completó sus estudios de doctorado en la Universidad de Maryland con una tesis sobre la novela nicaragüense, convirtiéndose en la pionera de dichos estudios. También fue editora del libro de artículos Cambios estéticos y nuevos proyectos culturales en Centroamérica (1994). Es autora de varios artículos sobre literatura nicaragüense y poesía hispanoamericana, entre ellos dos sobre José Emilio Pacheco. Es también coautora con Alberto Ambard de la novela Alta traición (High Treason, 2012).