Alta traición
(novela)

 

Por Alberto Ambard y Amelia Mondragón

Alta traición nació durante el año 2008 como reacción a lo que estaba sucediendo en Venezuela. Siendo venezolanos radicados en el extranjero, nos sentíamos testigos mudos de la profunda transformación que a todo nivel experimentaba el país. La novela fue una forma de expresarse y de vincularse a un proceso que nos pertenecía, a pesar de no vivir en Venezuela.

Finalizada Alta Traición en el 2012, escribimos un prefacio para ofrecerle a nuestros lectores no venezolanos, el contexto histórico donde transcurría la acción. Nos ceñimos a los hechos sin elucubraciones, esforzándonos por ser objetivos.

En tono quizás hasta académico, concluimos que las consecuencias del chavismo no podían ser del todo medidas, pero pensábamos que el país se recuperaría de la dictadura. Todavía hoy en el 2019, no podemos medir las consecuencias del chavismo, pero consideramos que si acaso el país se recupera, será en un futuro muy lejano.

Ni el más ingenioso de los escritores que experimentaron con el realismo mágico hubiera podido imaginarse el daño causado por el Plan Socialista del Siglo 21 desarrollado por Hugo Chávez y continuado por su heredero. Los niveles vulgares de corrupción—aún dentro de los estándares de corrupción venezolana; el desmoronamiento progresivo de la infraestructura y los recursos naturales, la aniquilación total de las instituciones democráticas, el aumento de la violencia extrema, la polarización sistemática de la sociedad, y la maquinación entre el chavismo y el gobierno cubano para agotar las riquezas de un país son ahora parte de un argumento inobjetable en contra de un régimen fallido.

¿Quién podía haberse imaginado que dentro de la perla suramericana que era Venezuela, íbamos a ver niños comiendo basura y muriendo en hospitales por falta de insumos médicos básicos? La crisis humanitaria que ocurre hoy en Venezuela era impensable en el 2012 hasta para el más pesimista de los venezolanos.

Alta Traición es una novela histórica porque registra hechos ocurridos desde los inicios del chavismo en 1998, hasta el año 2008 con Hugo Chávez en pleno poder. Es también histórica porque muestra la ingenuidad que los venezolanos teníamos en ese entonces.

CAPÍTULO 12

3 y 4 de febrero, 1992.

A Oscar Sánchez le habían encontrado un tumor en el estómago.  Faltaban algunos exámenes para saber el diagnóstico completo pero temiendo lo peor, Manuel quiso pasar más tiempo con su padre, con quien sentía haber compartido muy poco.

Tenía razón. Recuerdo ver al señor Sánchez esos domingos de mañana en los que, tras dormir en casa de Manuel, los tres nos sentábamos alrededor de la mesa de la cocina mientras Miriam nos preparaba el desayuno, que siempre resultaba bastante complicado pues constaba de jamón, caraotas, huevos, plátanos fritos y otras ligerezas muy necesarias, según ella, para la gente joven. Aunque sólo era cuestión de recalentar algunas cosas y echar otras en una sartén, pensábamos nosotros, Miriam siempre se complicaba la vida cuando Alfredo y yo íbamos de visita, a tal punto que al servir el desayuno, la pobre lucía exhausta y lista para cancelar el domingo.

El señor Sánchez entraba en la cocina apenas el café terminaba de colarse. Era extremadamente agradable con nosotros pues se tomaba la molestia de gastarnos a cada uno una pequeña broma y hacernos algún comentario sobre cualquier cosa que le hubiéramos dicho varios domingos antes y que a esas alturas ya habíamos olvidado. Pero no así él, cuya prodigiosa memoria era capaz de recordar esas insulsas anécdotas que le confiábamos con ánimo más bien caritativo, como para darle la impresión de que nuestras almas eran un libro abierto. A su vez él nos correspondía insuflándole a sus recuerdos algunos toques de heroica ficción que nos hacían sentir realmente especiales, seguramente sospechando que nuestro atajo de confidencias no era fidedigno.

A mí esa triunfal entrada me fascinaba ya que tiempo atrás Alfredo, Manuel y yo, más que adolescentes éramos como una jauría que hubiese perdido a su perrero y ladrara desaforada compitiendo por ver quién lo hacía más alto y con más ánimo. En casa de Manuel no eran pocos los despelotes que armábamos incluso cuando ya se nos había pasado la edad para tales hazañas, quizás porque el temperamento de Miriam era una continua fuente de inspiración. O era tal vez la calidad de sus platillos, pues sólo en su casa y con ellos se nos ocurría jugar. En más de una ocasión recibí en el ojo una cataplasma de huevo frito o lancé mi cuota de plátanos a alguna franela sin respetar los sentimientos culinarios de Miriam, quien por toda dialéctica nos forzaba a limpiar el reguero haciendo uso de sus acostumbrados gritos.

Pero el señor Sánchez entraba en la cocina mucho antes de que los atentados se produjeran y lograba mantenernos bajo control mientras su conversación duraba. En esos momentos él era para mí un maravilloso encantador de perros, aunque poco más tarde me di cuenta de que su tinglado no era sólo producto de su inmenso cariño por nosotros, sino también una virtuosa muestra de su gran talento de vendedor.

Tenía la voz alta y le gustaba mucho modularla, quizás porque haciéndolo encontraba más de una oportunidad para enseñar sus dientes blancos y perfectamente alineados, aunque un poco amarillentos por la nicotina. Cuando sonreía o pronunciaba la “a”, la “e” y la “i”, delante o detrás de cualquier consonante, el estrecho y alargado bigotito que era su orgullo, se le movía hacia arriba o hacia los lados, sirviéndole a los dientes de capuchón. El señor Sánchez siempre nos ofrecía una gran charla encapuchada mientras demostraba sus grandes dotes de vendedor.

Sin embargo, su resplandeciente personalidad duraba lo que el rayo, ya que al servirse el café se iba a un extremo de la encimera para sentarse en el único taburete que los Sánchez poseían y allí se enterraba en las páginas de la Gaceta Hípica, sordo al bullicio y a la guerra alimenticia que sobrevenían a su silencio. Leyendo y tomando notas en un papelito que luego guardaba en el bolsillo de la camisa podía pasarse gran parte de la mañana.

Más tarde, vestido de traje y corbata, el padre de Manuel se ponía a deambular por la casa aunque sin incordiar a nadie. En esos momentos, ya totalmente olvidado de su profesión, se convertía en un fantasma enjaulado, tan etéreo que de no haber tenido ojos para contemplar sus idas y venidas del dormitorio matrimonial al balcón y viceversa, con algunas paradas en el baño, jamás nos hubiéramos dado cuenta de su existencia. Sólo a eso de las once y media se escuchaba un pequeñísimo pero inconfundible portazo, seguido del metálico y más sonoro de la puerta enrejada. Ese era el “hasta luego” dominguero del señor Sánchez, quien se dirigía al hipódromo para no volver sino hasta las nueve o diez de la noche.

Cuando lo despidieron de la Jeep de Venezuela su ánimo desechó las bromas y el gusto por los episodios heroicos, pero no así el saludo, que seguía siendo afable. Los nuevos aires también le trajeron al señor Sánchez un horario bastante torvo y mucho más fantasmal que los callados paseos por su casa. Todos los días se levantaba muy tarde y sin acicalarse gran cosa ni detenerse en la cocina por el café, se iba a los “botiquines”, tal como le llamaban él y sus nuevos amigos a los restaurantes de carnes o mejor dicho, a sus bares. En ellos pasaban largas horas unidos por el placer etílico y las carreras de caballos.

—No se, Rodrigo, el doctor dice que es un cáncer de estómago pero teme que haya metástasis. Habrá que hacerle una biopsia a las manchas que se le ven en el pulmón izquierdo ­—me explicaba Manuel por teléfono antes de pedirme que Alfredo y yo lo acompañáramos al hipódromo para pasar un rato con su padre.

Un par de horas más tarde llegamos al restaurante de la segunda tribuna. Allí estaba el señor Sánchez como si nada, compartiendo una botella de whisky con los cosacos de su hermandad de turno, cuatro hombres que llevaban nudos de corbata mal hechos y binoculares colgándoles del cuello. Fuera del señor Sánchez y uno que parecía un palito de queso horneado y seco, los otros ocultaban la hebilla de la correa bajo el mullido volumen del vientre. Todos eran poseedores de una Gaceta Hípica.

Al poco rato de estar con la hermandad, descubrí que sus integrantes también compartían un sentido de humor fuerte y una notable afición a los apodos. Como ninguno se había mostrado particularmente comunicativo con nosotros, ni siquiera el Señor Sánchez, cuya alegría al vernos fue más bien breve, tuvimos que ir haciendo deducciones en el curso de sus comentarios: Ismael Urdaneta resultó ser El chivo, Pedrito Gutiérrez, El bachaco, Julio Colmenares, Dato al oído y al palito de queso seco, el señor Omar Quintero, lo llamaban El Chogüí.

—¿Ah, Chogüí? —dijo en un momento dado El bachaco refiriéndose al Bagre, quien no era otro que el señor Sánchez, quizás porque los pelos del bigote se le erizaban un poco al nivel de las comisuras de la boca— A éste no hay que jugarle ni “tres ni-ni.”

El pequeño hombrecillo de espaldas encorvadas contestó con un pedazo de morcilla en la boca.

—¿”Tres ni-ni”?, no chico, ni “ocho puestos.” Ese llega manco detrás de la ambulancia.

El comentario se refería a un tipo de apuesta ilegal en las carreras de caballos. En el “tres ni-ni”, el apostador gana si el caballo culmina la carrera de primero o segundo. De ser el tercero, ni gana el apostador, ni lo hace la casa. En el caso del “ocho puestos”, el caballo debe llegar entre los ocho primeros para que el apostador gane algo. Obviamente, Oscar Sánchez era el caballo enfermo e incapaz de llegar entre los ocho primeros. En el remoto caso de que cruzara la línea de llegada, lo haría detrás de la ambulancia, que siempre va a unos cien metros detrás de los caballos para socorrer a algún posible y desventurado jinete caído de su monta.

—No joda, bachaco, ese potro ni siquiera va a corré, no pasó el examen en la veterinaria, ta retirao —añadió el Chivo.

A la altura de la quinta carrera los continuos chistes sobre el moribundo señor Sánchez terminaron por indignarnos a pesar de que a él sí lograban sacarle una sonrisita de vez en cuando. Manuel, también bastante entristecido por la enfermedad de su padre y por el vano intento de acercarse a él a través de las carreras de caballos, quiso que nos fuéramos y Alfredo le propuso una partida de dominó en su casa.

Como no pudimos llevarnos al papá de Manuel con nosotros, pues estaba empeñado en seguir con sus amigos hasta la sexta carrera, se lo encomendamos a Dato al oído, un hombre entrado en años y vecino de la familia Sánchez que ganó su apodo gracias a una parálisis facial sufrida diez años atrás. A partir de entonces el rostro le quedó desfigurado, haciéndolo parecer como si todo el tiempo estuviese diciendo un secreto.

A eso de las ocho ocupamos una de las cuatro mesas del patio trasero de los Piruggi, distribuidas alrededor de la parrillera, a un costado de la casa. Eran mesas de cemento con un gran pie circular cuya parte superior se hallaba revestida de baldosas pequeñas y abrillantadas, de tonos similares a las del piso, aunque éstas eran opacas y de factura más rústica. Bordeando las baldosas que se continuaban en un ancho tramo a lo largo de la parte trasera de la casa, estaba el jardín de césped chino, muy bien cuidado. Al final de éste, justo al lado del muro que separaba del patio vecino la propiedad de los Piruggi, crecían un limonero y unas cuantas matas de lechosa. El cuadrante del patio se cerraba con una gran palmera y algunos rosales en hilera tras los cuales había un declive con pequeñas terrazas construidas para impedir los deslaves. Era un patio realmente hermoso y sobre todo acondicionado para pasar largos ratos, ya que el corredor de baldosas estaba techado y además de las mesas, tenía dos chinchorros, varias sillas de bambú y un televisor. Desde cualquiera de sus ángulos se podía observar la zona este de Caracas.

El nono se nos unió. Ambos solíamos jugar contra Manuel y Alfredo, que juntos eran indestructibles, pero esa noche Manuel no paraba de cavilar sobre los problemas de su padre, matándole de paso las fichas a su compañero. Viendo que el momento era bueno para la revancha, el nono instaba con dulzura a Manuel a que siguiera desahogándose mientras él se descargaba de sus fichas y me hacía señas para que siguiera su ejemplo, a la italiana. Así se nos fueron varias horas hasta que Alfredo regañó al abuelo, advirtiéndole que ganar no lo era todo en esta vida. Dicho esto miró a Manuel muy seriamente y le preguntó si estaba dispuesto a soltar la toalla así no más, sin dar la pelea.

Justo cuando Manuel empezaba a recobrar el tino poniéndonos al nono y a mí contra la pared, sonó una detonación que confundimos con un trueno y poco después, una serie de silbidos, ráfagas de ametralladora y muchas otras explosiones de distintos calibres. Isabel y Roberto bajaron corriendo hasta el jardín y todos contemplamos estupefactos la contienda que permanecía confinada en el aeropuerto de La Carlota. Un poco más tarde los canales de televisión mostraron un video del presidente Carlos Andrés Pérez llamando a la ciudadanía a permanecer calmada. Su nerviosismo era evidente aunque aseguraba que la situación estaba bajo control. El tiroteo seguía despertando a Caracas.

Al día siguiente ya el Señor Sánchez no era noticia aún cuando estábamos lejos de saber que al mes siguiente lo operarían con gran éxito. Su rutina seguiría siendo la misma por muchos años, pero no así la de Caracas, cuyas calles cerradas y llenas de militares, preludiaban el fin de una época.

Durante varios días, temiendo que existiera en el país alguien que no se hubiera enterado del fallido golpe de estado, los canales de televisión mostraron insistentemente, entre comerciales no menos insistentes, el mismo video que vimos esa madrugada.

Compañeros —decía el teniente coronel Hugo Chávez aceptando su fracaso con voz grave aunque optimista—, lamentablemente, por ahora, los objetivos que nos planteamos no fueron logrados en la ciudad capital.

Y efectivamente, mientras Maracaibo y Maracay fueron tomadas con éxito por los golpistas, la toma de Caracas resultó fallida.

—Si no fuese por el inútil del tal Chávez —dijo Manuel a eso de las seis de la mañana, cuando el rostro de nuestro futuro gobernante apareció por primera vez en la pantalla del televisor­— estuviésemos ahora mismo en manos de militares. Y quién sabe, quizás repitiendo la historia de Chile, Argentina o Uruguay. Bueno, por ahora no hay que preocuparse, no estamos en manos de militares.

Al igual que Manuel, muchos entendieron el “por ahora” como una amenaza. A mi me pareció una frase más, dicha por quien saltaba las vallas de su muy limitado vocabulario intentando impresionar a la gente. Pero en la Universidad Central se la convirtió en una frase profética y a su autor en un mártir misterioso, un valiente de cuya boca aún no salía la última palabra.

—No Manuel, no digas eso ni en broma, muchacho —dijo Isabel Piruggi horrorizada— sería terrible…

El rostro de Isabel me hizo imaginar a una Venezuela con miles de torturados y desaparecidos. Y en un dos por tres, todo el romanticismo de un cambio radical, tal como el que se aspiraba en la Universidad, me pareció una pesadilla.

Pero Carmen tenía un parecer mucho más esperanzado cuando la llamé desde el jardín de los Piruggi, en donde por primera vez en mi vida me sentía sitiado.

—Rodrigo, no quiero que me malentiendas. No estoy diciendo ¡qué bueno, viva el golpe militar! Pero te aseguro que este es el fin de los adecos. Ahora saben que pueden caer. No, no…déjame hablar, tienes razón, si hay golpe lo sufriremos nosotros, los huevones, como tú nos llamas, pero alguien tenía que decirle a los políticos que ya basta, ¿no? ¡basta de tanto abuso y corrupción!

­—Déjala tranquila, pana —me dijo Manuel, quien calladamente se había aproximado a mi lado y adivinaba la discusión— ella tiene sus ideas y tú las tuyas ¿o es que la política también va a separarnos de nuestra familia y amigos? No te atasques, bróder, no vale la pena.

Los otros se mantenían pegados al televisor y el teléfono no dejaba de sonar. Cada quien tenía sus propias predicciones políticas y trataba de hacerse oír por los otros quizás para autoconvencerse de que el enfrentamiento de La Carlota no tendría la menor transcendencia. Todos menos Alfredo, quien en silencio y detenidamente veía una y otra vez la alocución de Chávez.

—El coño de su madre parece un mandril —dijo como sin querer.

Alberto Ambard (Venezuela, 1970) divide su tiempo entre la escritura y el ejercicio de la prótesis maxilofacial. Su cuento Julia Florida ha sido leído en varios festivales de guitarra internacionalmente. Sus cuentos se han publicado en inglés en el Pennsylvania Literary Journal y en antologías editadas por Devil's Party Press y Adelaide Books.  Su novela, Dogma, A Red Door, and a Birthday será publicada en el 2020 por Adelaide Books. Su novela, A Dream In The Grove, en español Un Sueno En La Floresta está terminada, pero sin publicar.

Amelia Mondragón es catedrática en Howard University (Washington, DC). En 1989 completó sus estudios de doctorado en la Universidad de Maryland con una tesis sobre la novela nicaragüense, convirtiéndose en la pionera de dichos estudios. También fue editora del libro de artículos Cambios estéticos y nuevos proyectos culturales en Centroamérica (1994). Es autora de varios artículos sobre literatura nicaragüense y poesía hispanoamericana, entre ellos dos sobre José Emilio Pacheco. Es también coautora con Alberto Ambard de la novela Alta traición (High Treason, 2012).

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